Lo bueno de llegar tarde (a La Mandrágora)


Por: Mónica Chamorro

A veces es casi conveniente llegar tarde. Y sentarse en medio de los rescoldos de la fiesta a oír las anécdotas del jolgorio. Es casi mejor que llegar temprano, siempre y cuando quien cuente las anécdotas sepa contarlas, porque podemos bailar sin la fatiga de bailar y emborracharos sin resaca española o el guayabo criollo. Y  en este sentido llegar tarde es óptimo porque, además de casi poder sentir el ritmo de la música y  el ruido de los zapatos en el piso, nos evitamos los momentos aburridos, las peleas de novios, las copas rotas y lo peor: ese instante en el que la fiesta está acabándose y los pocos que aun están bailando no saben si deben quedarse o irse.
No tuve la culpa. Fue por el taxi  y por el trafico. Pero antes de pasar hacia el fondo y colocarme en la fila de atrás donde los que llegamos tarde somos menos inoportunos, quiero decirles que, pese al infame retardo, al menos estoy ya aquí.
Quisiera mencionar que estas excusas son sobre todo dirigidas a mí.  Es una forma de consolarme por haberme perdido todo lo que me perdí. No sólo por lo concreto, es decir por la gran calidad que tuvo la Mandrágora en su versión de tinta y papel o por no haber podido tener la amistad que hubiera querido con Johann Rodríguez Bravo, la verdadera alma de la fiesta, sino también por lo abstracto, por no haber asistido a la aventura de inventarse una revista literaria de la nada en este mundo sin honra, por no haber batallado con la inevitablemente esquiva financiación. Por no haber estado cuando dio sus primeros pasos, por no haberle tomado fotos cuando empezaba a hablar. Si, llegué definitivamente tarde para ser su mamá o su papá y no me queda a estas alturas más que considerarme una especie de pariente político, de esos que se adquieren sin querer por el camino, algo así como el hermano de la cuñada, o la prima del primo. Aunque no pierdo la esperanza de ganarme su cariño.
Llegué definitivamente tarde y siento una nostalgia en negativo, de  aquellas que humedecen los ojos por todo lo que no se pudo hacer.  Como por ejemplo, conocer a Harry, el primer editor de La Mandrágora, a quien he terminado por imaginar como Vito Corleone en la primera versión de El Padrino. Harry no se mostraba de día y solamente era posible encontrarse con él en una casa semidestruida en el Barrio Chino de Popayan que, como todos los Chinatown del mundo no es un barrio  -Olvídalo Jack-   sino un lugar de nuestra mente frecuentado por mandarines y maleantes. Harry los recibía en una habitación donde él ocupaba la única silla y antes de entregarles la revista apenas impresa, imponía silencio para emitir sus opiniones sobre los artículos. Este me gusto, aquel no. Mejor este lo volvemos a escribir. Creo que incluso dejaba pausas para los aplausos. Esas sesiones llegaron a instituirse como algo oficial, como una suerte de premio para quienes escribían en la Mandragora, los Premios Harry. Su colaboración con la revista terminó cuando, poco antes de ser encarcelado por falsificación de dólares, Harry huyó con el dinero de la publicación del último número.
Pero la historia de la forma en la que se recuperaron el dinero y la revista podrían contarla mucho mejor sus verdaderos padres: Carlos M. Munoz en su estilo en el que se unen la fogosidad y la calma o Rubén Varona, en quien arde una pasión por la literatura que no se había vuelto a ver desde los tiempos en los que en Paris estallaron las vanguardias.
A veces no está tan mal, esto de llegar tarde. Si tienes quien guarde para ti, como en mi caso, lo mejor de las historias condensadas en píldoras de humor.  Como sucedió la noche memorable en la que se firmo, contra el fondo de las nunca suficientemente ponderadas Torres del Rio, el Pacto de Buffalo, para darle nacimiento a la nueva versión digital de La Mandragora. De hecho era curioso eso de estar departiendo en un lugar llamado Buffalo Bill mientras nos rodeaban los edificios de las Torres del Rio que parecen sacados de la Rusia estalinista. 
Tengo que decir que no estuvo nada mal. Y solamente espero que Dios todopoderoso, cualquiera que este sea, nos de las fuerzas de continuar con esto tan difícil de hacer una revista de literatura en un mundo en el que la literatura se enfrenta al mayor desafío al que se haya enfrentado nunca: el sobrevivir con sus propios medios en la era de la tecnología digital. 
Para terminar podría afirmar como va de moda: Llegué tarde ¡Y qué! Pero me temo que no sería mucho más que un consuelo modesto. No puedo negar que a esa rumba de la creación de La Mandragora, celebrada hace un poco más de seis años en esta ciudad  abandonada a la mala voluntad de las legiones de Luzbel, me hubiera gustado asistir en primera fila.

No hay comentarios:

Publicar un comentario