sábado, 7 de marzo de 2015

De telenovelas, crímenes y dinero fácil



En la Londres de hoy, una payanesa cuya educación sentimental proviene de la cultura pop y las telenovelas, se gana la vida en el mundo del crimen: le hace daño a quienes hacen daño, saquea a quienes saquean y chantajea a chantajistas, por mencionar algunos de sus delitos. A pesar de ello, su comportamiento se rige por un “código de justicia” que saca de su mira telescópica a los justos, evitando, así, que paguen como si fueran pecadores. La nueva novela de Rubén Varona es un postre de intrigas, móviles y acción pura. Reacciona frente a la cultura del dinero fácil y a la homogenización de las voces narrativas actuales que llegan a parecer meras traducciones. De La hora del cheesecake (La Pereza Ediciones), publicada en el mes de febrero, se tomó el siguiente fragmento de la segunda parte.

¿QUÉ DIJISTE pues, mi blanquito, que me voy a acostar contigo así nomás? Je, a mejores albinos me he ligado. Y no me abras los ojos que no te voy a echar gotas, tampoco te vayas a herniar que la baranda es de hierro y con esos bracitos de lagartija somalí no irás a ninguna parte. Ayayay, pero es que eres bien ingenuo: ¿en serio pensaste que soy la hija de Ulrica y de Javier Otárola? Debes ver más televisión, a ver si aprendes un poquitín de la vida. ¿No tienes tele? Pues deja la tacañería y cómprate una. Y suscríbete a un servicio de cable, je, porque la televisión pública suiza es peor que la del tercer mundo, ¿cómo te parece?
       Hazme caso mi cándido-blanquito, cómprate una, y siéntate en el piojoso sillón de allá abajo, ármate de palomitas de maíz y sintoniza cualquier telenovela, incluso una mexicana, que por mal que te vaya, te irá bien, pues cualquier cosa es más interesante que los bostezos del Borges ese que tanto te gusta leer. Ya verás que en poco tiempo sabrás tanto de la vida que de un vistazo serás capaz de desentrañar los secreticos de quienes te rodean. Je, si no mírame a mí, quien gracias a los teleculebrones afiné mi detector de casquiflojas, sintonicé mis antenitas de vinil en la frecuencia de estafadores y las lacras como tú, porque ayayay, mijitico, resultaste ser el colmo: tras de ingenuo, profanador de tumbas; tras de absurdo, borgiano; tras de traficante de huesos, langaruto, blanquito y calentón.
       Ya que estamos en confianza, te cuento que te conocí por pura coincidencia. Llegué a Ginebra esta mañana, y como mis compromisos eran hoy en la tarde, de inmediato salí a turistear. Hice el típico recorrido en lancha por el lago Lemán y sí, las fotos clichesudas con el chorrito ese de las postales. Luego fui a las joyerías de la rue du Rhone, y cómo te parece: me enamoré de un anillo de diamantes que me quedó de infarto. No seas malito, mi blanquito-detallista, ¿me lo regalas?
       Anyways, miré la hora y me di cuenta de que el avión de Air France proveniente de la Argentina ya debía haber aterrizado. Tenía el tiempo justo para llegar al cementerio de los Reyes. Je, compré una rosa para la condesa Grisélidis Réal y como estaba tan cerca, me fui caminando; ¿de casualidad la conociste? No me mires de esa forma que esa nena sí que tenía carácter; fíjate que defender la dignidad de las prostitutas… Je je, el caso es que iba rumbo a Plain Palais, cuando divisé a un joven bien simpático. Justo a tiempo: se trataba de Sebastián Tapia, el comprador; je, tenía la misma camisa de la foto de su perfil en Twitter. Me acerqué a preguntarle la hora: las cinco menos cinco, me dijo. Por su francés escamoso como el de Sergio Pelz, confirmé que era el galán de las pampas que esperaba, che. Obviamente él también iba para el cementerio, pero según dijo, a visitar a Jorge Luis.
       —Hey, Sebas, ¿y Borges no debería estar sepultado en Buenos Aires?
       Y él se puso de todos los colores, y mientras decía que ajá, que cómo no, y que si yo podía creer semejante disparate, abrió y cerró cien veces los dedos de las manos como cazando pispirispis.
       —Pero tarde o temprano descansará en la Recoleta, porque, che, Borges es porteño, nacido a escasas cuadras del Río de la Plata. No es ningún patrimonio de la UNESCO, como nos hace creer la boluda de la María Kodama.
       En la rue des Rois divisamos los cipreses del cementerio y aceleramos el paso; la brisa descendía helada de los Alpes.
       —¡Che, nos vemos! ¡Disfrutá de la visita a la gran puta de tu amiga!
       Sebastián entró en la oficina de atención al público.
       En la cartelera de la pared hallé el listado de huéspedes, así como el número de la suite de cada uno de ellos. En ese momento fue cuando te vi, mi manchita de cloro, y por mi vida que fue amor a primera vista. Secretiabas con el argentino ese. Entonces seguí mi camino hasta la tumba de Grisélidis Réal, atenta de que ustedes concretaran el business que nos traería a todos felicidad. Minutos después, el argentino se marchó por donde entró, sin haber visitado a su compatriota, ajá, y tú te fuiste de inmediato al sector D, para hincarte frente a la tumba 735. ¡Todo estaba consumado! Je, fuiste a pedirle perdón a Borges por el sacrilegio que te disponías a cometer; ¿o me equivoco?
       By the way, El Escocés, tu patrón, sí que es un peso pesado del marketing delicuencial: mis respetos. Dizque venderle al argentino un cadáver sin exhumar, como quien dice, sobre planos, como si se tratara de un apartamento por construir en el Bronx.
       Dejé mi flor sobre la leyenda: Escritora – Pintora – Prostituta y, pensando que Grisélidis se pondría fúrica al perder a uno de sus clientes habituales, me acerqué a ti, mi blanquito-coquetón, decidida a hablarte, como José Francisco cuando abordó a Venus al terminar la clase: ¿viste Claroscuro de pasión?
       Que me llamo Menganito y soy fotógrafo profesional; que por accidente escuché que acabas de llegar de Dinamarca y te interesa hacer contactos en el mundo de la belleza; y para sus adentros, que le ganaría la apuesta a su amigo Beto, que antes de terminar la semana sus Converse vinotinto amanecerían bajo la cama de su nueva compañera de clase. Y Venus que qué gusto conocerlo, que había ido a Venezuela por ser una fábrica de reinas y que la disculpara por su español, que como Carito lo hablaba poquito; y José Francisco que se diera una vueltica, que qué cuuuerpazo; je, y no veía la hora de ganarle a su amigo el acetato de Rafael Orozco, el cantante vallenato. Y ella que su sueño era representar a su país en Miss Universo, y él que trabajaba como fotógrafo en Sésamo, la revista donde salían las nenas más hot del continente, y que claro, que cómo no, que tenía muchísimos contactos en el medio, que la miss Dayana Mendoza era la novia de su primo Enriquito, y sonrisa va y sonrisa viene, y Venus que necesitaba unas fotos, y él que esa misma tarde le haría todo un estudio en su casa.
       Je, hice algunas tomas a la cripta, sin importar que tú, mi blanquito-deslactosado, siguieras allí de rodillas. Fotografié la leyenda que se encontraba en la cara anteroposterior izquierda de la piedra, debajo del grabado de la nave vikinga:
       De Ulrica a Javier Otárola.
       Entonces recordé una conversación con don Juaco, el ilustre lustrabotas de la plaza central de la ciudad donde nací.
       —¿Sabía que Popayán ha sido mencionada tres veces en la literatura universal?
       —¿Y usted, señor, por qué sabe todo eso?
—No ve que me gano la vida lustrando, ¿y qué mejor que sacarle brillo al ego de los payaneses? No me vaya a decir que esa sonrisita tan picarona es falsa.
—¡Atrevido! Je, a ver si deja de mamar gallo y se concentra en su trabajo, porque harto brillo que sí necesito.
—¿En las botas o en el ego?
—Pues en ambos.
—La alusión que más me gusta es la de Moby Dick, la novela de don Herman Melville. El capitán del barco le ofrece un doblón forjado aquí al marino que aviste al cachalote blanco.
—¿Y por qué le gusta tanto?
—Vea, niña, yo no la he leído, pero me parece la berraquera por aquello que dicen que este pueblo era grande cuando era chico, y como en la Colonia aquí quedaba la casa de la moneda. Mejor dicho, ahí le suelto ese dato…
—¿Y cuál es la mención que menos le gusta?
—Ah, pues la de Roberto Bolaño, en Putas Asesinas; ¿no ve que no salimos bien parados? Imagínese que un actor porno aparece colgado en una habitación de esta ciudad. Debió ser en el Hotel Arabia, porque allá puede pasar cualquier cosa.
—¡Quién lo ve a usted tan dateado!
—La última de las alusiones la hace Borges, en su cuento Ulrica. Javier Otárola, el protagonista, es un payanés que trabaja como profesor de la UniAndes. Dicen que el cieguito lo escribió pensando en el maestro Negret; ¿sí lo distingue? El que hace girasoles a punta de tuercas y tornillos.
El lustrabotas estaba en lo cierto, además de sacarle brillo al ego de los payaneses, Borges dejó en ese relato una sentencia tan memorable para la gente de mi país, que por ella, y solamente por ella, todo el mundo allá es seguidor suyo.
—¿Qué es ser colombiano? —Ulrica le pregunta a Javier.
—No sé —él le responde—. Es un acto de fe.
¿Que qué significa eso? Je, pues ni idea, pero aquel fraseo nos encanta, así como creer que Medellín es la capital mundial del tango, sólo porque Carlitos Gardel, el Morocho del Abasto, colgó su bandoneón en esta tierra santa; ¿viste?
—¿Cómo te llamas?
—Ulrica, Ulrica Otárola, y vengo de Popayán.
Te respondí con firmeza; je, como si hubiera dicho Montecarlo, Praga o Lisboa. Arrugaste el ceño, ajá, de la misma manera en que lo haces ahora.
       —Debo irme, pero te aseguro que pronto volveremos a encontrarnos.

       ¿No hablaba yo la lengua de los pájaros?