jueves, 12 de febrero de 2015

La santidad sin santos

Por: Juan Carlos Pino Correa

Hace año y medio o dos, no recuerdo muy bien la época, mientras tomábamos un café en Bogotá, le pregunté a Juan Esteban Constaín por el tema de su siguiente novela, después de la excelente recepción de ¡Calcio! Él me respondió que estaba empezando a escribir una historia sobre una propuesta de canonización del escritor inglés G. K. Chesterton por parte del Vaticano. Yo no le conté que en mi infancia almaguereña había leído El candor del padre Brown porque recordaba muy poco aquel libro que hacía parte de la biblioteca contemporánea de Editorial Losada que era uno de los tesoros más preciados de mi padre y que fue la culpable de que yo habitara luego, a veces dando tumbos de ciego, los caminos y territorios de la literatura. Ese libro aún lo tengo.
El caso es que eso me dijo Juan Esteban de su novela en ciernes, y cuando apenas salió publicada con el título El hombre que no fue Jueves la compré con premura en el primer lugar donde la ofrecían: el café Rabo de nube, en Popayán. Entonces la devoré en un par de días y me di cuenta de que sí, que la historia que allí se contaba era la fallida canonización de Chesterton. En lo primero que pensé fue en todo lo que había entre la brevísima sinopsis que había hecho Juan Esteban en Bogotá y el libro que tenía en mis manos. Y sé, por experiencia propia, que hay un largo camino recorrido entre una cosa y la otra. Entonces no pude evitar imaginar al autor payanés esbozando los personajes de la novela: Giacomo Girolamo Casanova, Cinzia Crivellari (profesora de Historia que “jamás enseña temas ni cosas sino pasiones”), los sacerdotes Giuliano y Vicenzo, Jorge Bergoglio y Benedicto XVI, entre otros. Y no pude evitar imaginar a Juan Esteban quizá sonriendo cuando decide proyectar un narrador de corte autoficcional, es decir donde nosotros, los lectores, podamos pensar que ese narrador es el propio Juan Esteban Constaín, un joven escritor que ha vivido en Italia con sus hijas y es capaz de hacer traducciones del latín y del inglés de los bárbaros. Lo imagine sonriendo porque Juan Esteban sabe que la autoficción es la biografía puesta en duda y porque sabe que en el universo literario el narrador es distinto al autor, aunque a veces se llamen igual o coincidan muchos detalles de sus vidas, como por ejemplo que para buscar un seudónimo se opte por Percy Thrillington.
En definitiva, el Vaticano contacta subrepticiamente a un latinoamericano que vive en Padua y que ha adelantado estudios de posgrado en Venecia para que traduzca con la más absoluta confidencialidad unos documentos que hacen parte del expediente Chesterton. El proceso de canonización del escritor se apoya, entre otras cosas, en las notas escritas en 1972 por un novicio jesuita llamado Jorge Bergoglio y cuenta con el beneplácito del papa Benedicto XVI. En la novela se señala que canonizar a Chesterton era una obsesión de Juan XXIII desde su llegada al Vaticano en 1958. En referencia a su interés por acercarse a la Iglesia de Inglaterra, aquella que creo Enrique VIII por dar rienda suelta a su pasión por Ana  Bolena, “a Juan XXIII se le había metido en la cabeza que Chesterton, un inglés que había sido descreído y anglicano y luego católico de verdad, es decir, un hereje, le podía servir más que nadie para cerrar esa herida que unas faldas abrieron”. Pero pese a aquella voluntad política todo en el camino se va llenando de espinas y la iniciativa del papa Roncalli no la puede acabar de concretar el papa Ratzinger. De la evidencia del expediente sólo queda la copia que hace el traductor, subrepticiamente también. Porque, en el fondo, esta novela es una forma de mostrar cómo se tejen las historias, cómo se escriben las novelas.
Con El hombre que no fue Jueves, Juan Esteban Constaín quizá quiera recordarnos que el argumento fundamental para canonizar a Chesterton puede aplicarse a muchas cosas en el mundo de hoy: “la santidad no es cosa de santos”. 


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