jueves, 12 de febrero de 2015

Cárdenas y Constaín: una cosecha literaria


Por: Juan Carlos Pino Correa

El miércoles a medianoche leí en la página web del periódico El Espectador que Juan Esteban Constaín había ganado, con El hombre que no fue Jueves, el Premio Biblioteca de Narrativa Colombiana que se otorga a la mejor novela publicada en 2014 en nuestro país. Debo decir que me alegré mucho, de la misma manera que me alegré al enterarme el pasado diciembre que la novela Los estratos, de Juan Sebastián Cárdenas, había obtenido el Premio Otras Voces Otros Ámbitos, distinción que dan editores, escritores y libreros españoles a la mejor novela de culto publicada en 2013. Me alegré en ambos casos porque estos jóvenes escritores payaneses empiezan a cosechar los frutos de un trabajo que han ido forjando al recorrer caminos geográficos y literarios muy vastos.
A Juan Esteban Constaín me he referido en un par de ocasiones en mis columnas, aunque no he comentado en detalle que una de las facetas de su obra es la novela histórica pero no a la manera tradicional, es decir de reescritura de hechos pasados, sino como pretexto para ficcionalizar algunas aristas de la realidad y para interpretar y hacer lectura crítica del mundo con un toque de humor inteligente y sutil. Se deconstruyen unas “verdades” y se construyen otras mostrando sus estratagemas y engranajes. En esa ruta se hace alusión a momentos históricos y se revisan escenas puntuales pero también hay invención. Por eso aparecen referentes claramente identificables, nombres conocidos o lugares que pueden señalarse con el dedo dentro de los mapas, como sucede en El hombre que no fue Jueves: “Un proceso de santidad de un católico como Chesterton, iniciado por Juan XXIII, era un mensaje que nadie había querido interpretar, casi una bomba. Ni siquiera el mismo papa Juan fue capaz de seguir adelante, pues muy pronto dedicó todas sus fuerzas al Concilio Vaticano II y se olvidó por siempre de Chesterton”. Antes, en el El naufragio del Imperio, Juan Esteban había reunido a Napoleón Bonaparte con neogranadinos, y mucho antes, en Los mártires, había pintado breves frescos sobre situaciones elocuentes o significativas de algunos grandes artistas.
De otro lado, la literatura de Juan Sebastián Cárdenas se interesa por otras cosas. Estoy convencido de que la intemperie es la protagonista de sus novelas y entonces en ellas no es importante que se evidencie el nombre de un hombre o de una mujer o el de una ciudad porque como esa intemperie cubre a todos, cualquier persona puede ser quien huye de un hospital al enterarse de la muerte de un ser querido o cualquier persona puede ser quien, por recuperar un recuerdo de infancia, lo deje todo atrás y decida aventurarse por geografías inhóspitas tanto exteriores como interiores. Así, como una expresión de esa intemperie, la cotidianidad prevalece en los escritos de Juan Sebastián, la historia de las pequeñas cosas. Esa cotidianidad y esas pequeñas cosas configuran la vida en sus momentos esenciales, en su muchas veces ignorada trascendencia. Eso pasa en Los estratos: “A pesar de la lluvia, la gente se las arregla para seguir ahí, vendiendo cosas o simplemente charlando y viendo llover en una esquina”. Y por eso no es extraño que un personaje afirme que “El buen gusto es una cierta elegancia a la hora de negociar cotidianamente con la muerte”. Esas pequeñas cosas que a veces terminan siendo, ¿por qué no?, un tanto absurdas e irracionales, también protagonizan Zumbido y Carreras delictivas, los dos libros anteriores de Juan Sebastián.
Bien podría decirse que tanto Juan Esteban Constaín como Juan Sebastián Cárdenas hacen parte de ese grupo que Francisca Noguerol llama “escritores por biografía y vocación, comprometidos con su carrera literaria y dispuestos a desplazarse a otros países para alcanzar proyección internacional”. Ambos han viajado mucho por los territorios del mundo y por los territorios de la literatura y en esos itinerarios han afinado su pulso para escribir y alimentado su pulsión por unos temas que luego convierten en libros. En libros como los dos recientemente premiados. Libros de dos payaneses para leer aquí y en cualquier lugar, para leer en español o en cualquier idioma. Y es que, parafraseando a Séneca, su nacimiento no los vincula con un único rincón porque su patria es el mundo. 

La santidad sin santos

Por: Juan Carlos Pino Correa

Hace año y medio o dos, no recuerdo muy bien la época, mientras tomábamos un café en Bogotá, le pregunté a Juan Esteban Constaín por el tema de su siguiente novela, después de la excelente recepción de ¡Calcio! Él me respondió que estaba empezando a escribir una historia sobre una propuesta de canonización del escritor inglés G. K. Chesterton por parte del Vaticano. Yo no le conté que en mi infancia almaguereña había leído El candor del padre Brown porque recordaba muy poco aquel libro que hacía parte de la biblioteca contemporánea de Editorial Losada que era uno de los tesoros más preciados de mi padre y que fue la culpable de que yo habitara luego, a veces dando tumbos de ciego, los caminos y territorios de la literatura. Ese libro aún lo tengo.
El caso es que eso me dijo Juan Esteban de su novela en ciernes, y cuando apenas salió publicada con el título El hombre que no fue Jueves la compré con premura en el primer lugar donde la ofrecían: el café Rabo de nube, en Popayán. Entonces la devoré en un par de días y me di cuenta de que sí, que la historia que allí se contaba era la fallida canonización de Chesterton. En lo primero que pensé fue en todo lo que había entre la brevísima sinopsis que había hecho Juan Esteban en Bogotá y el libro que tenía en mis manos. Y sé, por experiencia propia, que hay un largo camino recorrido entre una cosa y la otra. Entonces no pude evitar imaginar al autor payanés esbozando los personajes de la novela: Giacomo Girolamo Casanova, Cinzia Crivellari (profesora de Historia que “jamás enseña temas ni cosas sino pasiones”), los sacerdotes Giuliano y Vicenzo, Jorge Bergoglio y Benedicto XVI, entre otros. Y no pude evitar imaginar a Juan Esteban quizá sonriendo cuando decide proyectar un narrador de corte autoficcional, es decir donde nosotros, los lectores, podamos pensar que ese narrador es el propio Juan Esteban Constaín, un joven escritor que ha vivido en Italia con sus hijas y es capaz de hacer traducciones del latín y del inglés de los bárbaros. Lo imagine sonriendo porque Juan Esteban sabe que la autoficción es la biografía puesta en duda y porque sabe que en el universo literario el narrador es distinto al autor, aunque a veces se llamen igual o coincidan muchos detalles de sus vidas, como por ejemplo que para buscar un seudónimo se opte por Percy Thrillington.
En definitiva, el Vaticano contacta subrepticiamente a un latinoamericano que vive en Padua y que ha adelantado estudios de posgrado en Venecia para que traduzca con la más absoluta confidencialidad unos documentos que hacen parte del expediente Chesterton. El proceso de canonización del escritor se apoya, entre otras cosas, en las notas escritas en 1972 por un novicio jesuita llamado Jorge Bergoglio y cuenta con el beneplácito del papa Benedicto XVI. En la novela se señala que canonizar a Chesterton era una obsesión de Juan XXIII desde su llegada al Vaticano en 1958. En referencia a su interés por acercarse a la Iglesia de Inglaterra, aquella que creo Enrique VIII por dar rienda suelta a su pasión por Ana  Bolena, “a Juan XXIII se le había metido en la cabeza que Chesterton, un inglés que había sido descreído y anglicano y luego católico de verdad, es decir, un hereje, le podía servir más que nadie para cerrar esa herida que unas faldas abrieron”. Pero pese a aquella voluntad política todo en el camino se va llenando de espinas y la iniciativa del papa Roncalli no la puede acabar de concretar el papa Ratzinger. De la evidencia del expediente sólo queda la copia que hace el traductor, subrepticiamente también. Porque, en el fondo, esta novela es una forma de mostrar cómo se tejen las historias, cómo se escriben las novelas.
Con El hombre que no fue Jueves, Juan Esteban Constaín quizá quiera recordarnos que el argumento fundamental para canonizar a Chesterton puede aplicarse a muchas cosas en el mundo de hoy: “la santidad no es cosa de santos”.