jueves, 2 de octubre de 2014

Jackie y Dios

Por: Mónica Chamorro


Creo que en este país muchos opinan que Gabriel García Márquez era un tipo antipático. Los de izquierda dicen que les caía mal porque es amigo personal de Bill Clinton y los de derecha, porque lo era de Fidel, los ambientalistas no entendían su afinidad con el Rey don Juan Carlos, gran cazador de elefantes, los del altiplano lo juzgaban por el simple hecho de ser costeño y los costeños por no vivir todo el año en esa maravilla que es Cartagena de Indias.
Hace pocos días, en un centro comercial y frente a un televisor en el que retransmitían las imágenes del homenaje fúnebre que México le rindió de nuestro Nobel en el Palacio de Bellas Artes, una señora, de pié a mi lado, lo sintetizó así:  “Ese comunista, corroncho, apátrida me caía mal”. Lo dijo así, en una frase con tres adjetivos juntos, una receta que el mismo Gabo consideraba apropiada para acentuar el ritmo de la narración. Me resultó imposible asimilar tanta iniquidad y tal vez la señora, que llevaba sobre la nariz unas gafas iguales a las que solía usar Jacqueline Kennedy,  de algún modo sintió lo mismo, porque quiso explicarse mejor:

-Es que se creía mexicano… no le gustaba Colombia.

       Mientras la televisión seguía transmitiendo las últimas imágenes conocidas de Gabriel García Márquez con vida, las de su cumpleaños número ochenta y siete, en las que aparece con su gran cabeza de demiurgo cansado, me pareció que  tal vez la señora a mi lado tenía razón y que su apatría consumada era incuestionable. Aunque también comprensible. A Gabo, como a Dios, no le gustaba vivir en medio de las criaturas que había creado, en medio del horror que nadie como él supo ordenar en palabras. Incluso le puso un nombre bonito: Realismo Mágico. Un nombre que ahora reconocen en todo el mundo, que nos identifica, a nosotros, que éramos nadie, no a la manera de Ulises que alguna vez fue alguien, sino simplemente nadie desde siempre, nadie a secas. Gabo nos hizo a punta de palabras y por ahí dicen que en un principio, allí en el caos del génesis, lo único que existía era eso, palabras.
No. No debe ser fácil para un demiurgo cansado como él vivir en medio de sus díscolas criaturas, criaturas como yo o como Jackie, por ejemplo, que mientras el noticiero arrojaba las últimas imágenes de la casa de Gabo y Mercedes en el Distrito Federal, buscaba algo denodadamente en el fondo de su bolso de mano. Lo que extrajo  finalmente fue un ejemplar de Crónica de una muerte anunciada. Estaba a punto de deshacerse y olía a Chanel No. 5. Era una vieja edición de bolsillo.

-¿Si ve? Este si me gusta, no como el otro... – imaginé que ese “otro” era Cien años de Soledad”,  de cuyo nombre no quería acordarse…

-Me parece increíble que uno quiera seguir leyendo un libro en el que todo se revela en la primera frase…

Jackie ahora sí que tenía razón. Eso era realmente increíble y era lo que hacía posible que personas como ella leyeran a un escritor como Gabo. Entonces me atreví a preguntarle si había leído algún otro libro del enemigo. Me respondió que todos. Desde Ojos de perro azul hasta el último, el de las prostitutas tristes. Putas, le corregí yo. Si, ese, asintió ella y me explicó que además en su mesa de noche tenía El amor en los tiempos del cólera que definitivamente era mucho mejor que la película.
A propósito de la película, esa que todo el mundo había esperado, le parecía malísima. Había ido a verla y del puro aburrimiento casi se sale antes del final. El vestuario, la ambientación, incluso la música de Shakira (otra apátrida) no estaban tan mal, pero lo que realmente la había decepcionado era que Javier Bardem, el mismísimo Javier que ella había admirado en otras películas, no le había llegado ni a los tobillos al Florentino Ariza de carne y hueso. ¿De carne y hueso? Le pregunté yo y ella me respondió que si, que no se parecía casi en nada al Florentino de verdad, el que lleva un corbatín negro bajo una capa de poeta y escribe cartas de amor.
Entonces tuve la tentación de decirle que más bien lo suyo hacia García Márquez era lo opuesto a lo que  pensaba porque el leer a alguien asiduamente no es más que una forma de enamoramiento, que releer a un autor es como ponerse a hablar con él a pocos centímetros de distancia, lo más parecido a una intimidad de susurros al oído. Pero no le dije nada y guardé silencio.  No sé porqué.  Tal vez porque no soy una costeña despabilada sino una montañera del interior y porque no me podía imaginar un amor más contrariado, más desgraciado incluso que el de Sierva María de todos los Ángeles y Cayetano  Delaura, que el amor entre Jackie y Gabo. Un amor así podía considerarse incluso como una indecencia, algo particularmente obsceno. Tampoco le pude decir que un odio tan apasionado como el suyo se parecía mucho al despecho, que tenía algo que ver con lo que los no creyentes sentimos hacia Dios: una rabia  impotente hacia su olímpica indiferencia.

No le pude decir esto ni ninguna otra cosa porque ella, de repente, tenía prisa. Se ajustó las gafas sobre la nariz y envainó su bolso. Miró el reloj y me dijo que a propósito, antes de irse, iba a pasar de una vez por la librería. Iba a aprovechar para comprar unos libros, en realidad no unos, sino uno: una copia de El amor en los tiempos del cólera pues el que tenía en la mesa de noche, tal como la Crónica que llevaba en el bolso, estaba a punto de deshacerse. Pero esta vez no quería una edición cualquiera, quería una de lujo, de esas con tapa dura, letras doradas en el lomo y cosida a mano.  Yo me quedé viéndola alejarse y pensé que al final de cuentas Jackie  -quién lo creyera-  podía prescindir de todo, incluso de sus gafas, del  bolso de charol o de la botellita de Chanel, pero no de un misal decente para recitar la plegaría canónica de su odio cotidiano.