lunes, 22 de septiembre de 2014

Breve aproximación a Mañana las ratas (1984), Ciudad sin estrellas (2011) y La destrucción de todas las cosas (1992).


 POR: Rubén Varona.

    Rodolfo Martinez dice que “la ciencia ficción es hija de su tiempo. Y, por tanto, construye sus ficciones y especulaciones a partir del presente” (A Quemarropa 05, 2014). Dicho presente al que se refiere Martinez padece de los males degenerativos de nuestra sociedad, los lleva al límite (distopías). De allí que, el caldo de cultivo de las novelas abordadas en los siguientes párrafos, provenga de sociedades indeseables a las que la humanidad está condenada a vivir de seguir por la senda que transita. Lo anterior permite entender por qué la literatura que incorpora elementos distópicos suele desarrollarse a partir de un hecho “fundacional[1]” que propicia dos circunstancias, principalmente: un poder totalitario (llámese estado o megacorporación), y una sociedad dividida en marcadas clases, donde las élites oprimen a las masas mediante el empleo de alguna forma de violencia.
    En Mañana las ratas del peruano José Adolph, se menciona un “acontecimiento” que destruyó los estados naciones (países). Las corporaciones ejercen el gobierno a través de un Directorio Supremo que, a su vez, es “gobernado” por las computadoras. Hay dos niveles de ciudadanos: las ratas, confinadas en aéreas marginadas de Lima y los funcionarios de las corporaciones, quienes como el protagonista viven en áreas exclusivas de la ciudad. En Ciudad sin estrellas de la española Montse de Paz, se menciona un desastre nuclear causante de que el mundo esté dividido en zonas, tales como la A, en la que se desarrollan las armas, la Z, donde están los laboratorios de tecnología de punta, o la B, donde se encuentra la ciudad de Ziénaga. Por su parte, en La destrucción de todas las cosas del mexicano Hugo Hiriart, el hecho fundacional es la invasión a México por “los Otros”, como se le llama a los alienígenas invasores de la tierra. Este evento apocalíptico, metáfora de la llegada de los españoles a América, desencadenó la fragmentación de la sociedad que debe circunscribirse a un espacio específico, porque sus habitantes no pueden circular libremente por todo el territorio.
    Estos regímenes totalitarios eliminan toda individualidad, pues el sistema no tiene reparos en desaparecer a todo aquel que sea diferente o en volver a reclutarlo, esta vez alienándolo por completo. De allí que los habitantes de este tipo de sociedades tiendan a convertirse en autómatas: “Ambos sabían que, simultáneamente, se estaba izando sobre el piso treinta y dos la bandera púrpura y verde de EPESA, y que cerca de dos mil quinientos otros fieles servidores, presentes en el edificio, escuchaban de pié y con la mano derecha en el corazón la melodía…” (Adolph 20)
    Para sentar las bases de esta sociedad de borregos de la que se habla, el régimen totalitario ofrece un vida de ensueño. Ziénaga, en Ciudad sin estrellas, tiene una apariencia idílica como menciona la propia autora en una entrevista para el blog Literatura Prospectiva: “sus habitantes tienen cubiertas todas sus necesidades básicas y gozan de múltiples diversiones”. Esta es la razón por la que el lector no tarda en descubrir que este mundo “utópico” sólo busca eliminar la capacidad de razonar de los ciudadanos, propiciándoles diversión y entretenimiento de todo tipo. Por supuesto, el arte, la literatura y la naturaleza no tienen cabida en estas sociedades, porque son elementos peligrosos para todo régimen, en la medida en que despiertan emociones y creatividad en sus habitantes.

    La droga y el sexo son mecanismos de los que se vale el sistema para controlar a la sociedad, en cuanto permiten que los ciudadanos se diviertan, no cuestionen y sacrifiquen su individualidad.  Aunque este elemento está presente en las obras mencionadas, es precisamente en Ciudad sin estrellas donde mejor se aprecia, ya que el gobierno promueve las cirugías plásticas, los prostíbulos y los videojuegos. Es un mundo artificial, apreciable, incluso, en la comida: si quieres adelgazar, te comes dos barras, pero si quieres músculo, te comes tres. De allí que los “misticoides”, a quienes el sistema eliminó uno por uno, cuestionaran la artificialidad de aquella vida material y llena de vicios que les fue impuesta, y buscaran acercarse a los orígenes, a la naturaleza, a su propia naturaleza.
    Como consecuencia de lo anterior, el héroe distópico, quien conoce el régimen desde adentro, porque habita en las entrañas de la distopía, no suela ganarle la batalla al sistema. Aunque Tony Tréveris, directivo de EPESA, en Mañana las ratas, descubre la traición del jefe supremo, no puede vencer al sistema y termina absorbido por él. Perseo Stone, por su parte, anhela “explorar” el universo construido en Ciudad sin estrellas, pero termina tildado de loco, desaparecido por el sistema como a la “misticoide” de su madre. La rebeldía de Esteban Lima, en La destrucción de todas las cosas, se aprecia en su condición de fugitivo. Vive con su mujer en un carro a las afueras de un pueblo mexicano y se niega a ser adoctrinado, a aceptar la imposición de “los Otros” en cosas tan fundamentales como la gastronomía, la cultura y la lengua. Su batalla está perdida y su derrota será una cuestión de tiempo.

    La efectividad en el uso de la distopía, en estas tres obras,  se puede medir a partir del comentario que hacen a una sociedad específica. En ese sentido, Mañana las ratas ofrece una mirada aguda a la sociedad de su tiempo, pues cuestiona el manido concepto del “tercer mundo” y critica la respuesta militar del gobierno peruano frente a los ataques de la guerrilla de Sendero Luminoso. La destrucción de todas las cosas es igualmente acertada en términos de comentario social, puesto que en un escenario futuro reproduce hechos cruciales para la historia de América (la conquista española). A partir de herramientas narrativas propias de la novela postmoderna (parodia, pastiche, montaje literario, etc.), ofrece una lectura bastante original, que permite entender por qué los mexicanos son como son y su país se encuentra como está. Por el contrario, Ciudad sin estrellas no resulta tan efectiva en el manejo de los elementos distópicos, ya que a pesar de ser empleados a fondo, no se articulan en función de comentar una realidad específica. De allí que esta última, ganadora del Premio Minotauro 2011, pudo ser una gran novela, pero se quedó a medio camino.

Trabajo citado
Adolph, José B. Mañana, las ratas. Lima: Mosca Azul, 1984.
De Paz, Montse. Ciudad sin estrellas. Barcelona: Planeta, 2011.
Hiriart, Hugo. La destrucción de todas las cosas. México DF: Era, 1992.
Martínez, Rodolfo. "Distopías: la cara "B" del futuro." A Quemarropa 05 Julio 2014: 4. Web. 19 Jul. 2014.
Literatura Prospectiva. Miradas al futuro desde la literatura. “Entrevista a Montse de Paz” 15 Marzo 2011. Web. 19 Jul. 2014.




[1] Puede ser un apocalipsis, una guerra nuclear, o cualquier trastorno al orden social, político o natural.

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