viernes, 3 de enero de 2014

OTRA NAVIDAD


(Cuento navideño)
POR: Álvaro Ernesto Sierra Eljach.
Dos de la mañana; llego oliendo a alcohol y a cigarrillo. Solo, otra vez. La  cama toda para mí, me convino no hacer ningún “levante” este sábado. La tele hasta quedarme dormido. Ocho de la mañana, suena el teléfono, nadie lo contesta, claro soy el único idiota desconfiando que no desconecta ese aparato “por si sucede alguna emergencia”. ¿Quién va a llamar a pedirle ayuda a un tipo sin carro, sin un peso, y con sus amigos a kilómetros de su casa? Nunca pude quitarme el hábito familiar de no desconectar el teléfono. Pero, bueno, no quería contestar, aunque al otro lado de la línea, no se cansaban de intentar localizarme o despertarme: hola hijo ¿no te da emoción? Esta navidad va a ser inolvidable –Mi padre es apasionado con reunir a sus hijos en la casa, utilizando cualquier pretexto: navidad, el día del amor y la amistad, el día de la madre, el primero de mayo, el veinte de julio, en fin, un hombre de familia; yo no; soy un ser cada día más oscuro; aferrado al televisor y a tener relaciones de una sola noche; creo que fue una reacción sicológica al crecer rodeado de tanto afecto. A los dieciséis trabajé como mensajero en una carnicería en el barrio donde crecí; mis padres decían que no tenía necesidad de trabajar, que me dedicara a estudiar, pero yo solo tenía un objetivo en mi adolescencia, ahorrar, no gastarme un peso para así, en unos dos años irme a vivir a Medellín, lejos de mi familia, intentar extrañarlos, darme esa oportunidad de ser un sujeto “familiar” como ellos, desde mi distancia, llegarles con regalos y la cara colorada de la dicha, saludar a mi padre y repetir montones de veces la comida de mi madre y de mi abuela, esas eran mis intenciones al alejarme, encontrar el amor familiar desde la distancia. Al cumplir diecinueve, tenía suficiente dinero ahorrado y dejé mi hogar; una maleta, una almohada y muchas expectativas e ilusiones me acompañaban. Han pasado once navidades y no he extrañado mi hogar; estudié, trabajé, salí con muchas mujeres, podría decir que he hecho un par de amigos, pero no siento ese deseo intenso de abrazar a mis familiares, muchos años viví atormentado por esa frialdad, pero con el paso del tiempo entendí que esa era mi forma de querer, sin embargo, asistía militarmente a todas las predecibles navidades en la casa de mi padre, las tengo grabadas en mi cabeza, treinta navidades exactas, solo que cada vez nos vemos más viejos, y la familia ha crecido un poco; la celebración navideña en los últimos once años ha sido la misma: primero, la llamada de mi padre el diez, el trece me llegaba un sobre, con un tiquete en avión Medellín-Bogotá, en Satena, para no tener que subir a Rionegro, luego, el catorce llego a Bogotá y toda la familia va a recogerme al aeropuerto, llegamos a la casa y me recibe un ajiaco lleno de crema de leche y alcaparras, la especialidad de mi madre, nos instalamos en la sala, tomamos un café y empezamos a desatrasarnos; mi padre a las cinco de la tarde, saca de la despensa una botella de ron y manda a mi cuñado a la tienda a comprar Coca-cola, sentados en la sala tomamos ron, la niña juega Nintendo, mi padre empieza a ponerse un poco melancólico, por cómo hemos crecido, mamá trae un postre de brevas con arequipe y queso, cae la noche y viene la pregunta del último trago de ron: -¿y usted es que no piensa organizarse?- es la pregunta navideña, debería conseguirse una novia y ajuiciarse, es que me lo imagino por allá lleno de putitas bien loquitas –siempre le he querido responder- ¿Para qué? ¿Para embarazarla? Pero prefiero evitarlo y simplemente guardo silencio. El siguiente día se va haciendo el mercado más grande del año, salimos a las ocho de la mañana y a las seis estamos en la casa, luego, el dieciseis empieza la novena; llega el veinticuatro y la repartición de regalos, la música, la comida, otra semana alquilando películas, el paseo  por todos los pueblitos cercanos, el año nuevo, la lloradera de mi padre ebrio totalmente, el guayabo del primero, el partido de fútbol el dos de enero con los vecinos, las salidas en familia, y su afán de organizarme, y el diez de enero me llevan todos al aeropuerto nostálgicos y melancólicos.
No. Esta vez por algún motivo encontré valor y le dije a mi padre que en esta navidad no iba a Bogotá, que tenía otros planes. Ah. Se hizo un silencio eterno en el teléfono, ya estaba más despierto y sentí un poco de pena, pero a su vez sentía una enorme emoción por mi primer diciembre solo, mi padre dijo que le daba pesar, pero que si necesitaba algo le avisara, y me hizo entender que si en cualquier momento deseaba visitarlos, me esperaban con los brazos abiertos; desperté, comí un roscón de guayaba con un vaso de leche, me bañé y pensé, cuál sería el mejor lugar para empezar mi aventura navideña, -¿me quedo? ¿ mejor salgo de la ciudad?- siempre quise una navidad oscura, conocer la otra mirada, las frías noches de los travestis y las prostitutas, las oscuras y silenciosas esquinas del centro en las fechas más familiares, caminar solo sin decirle a nadie feliz navidad, también quería coger un bus y bajarme en cualquier parte, sin depender de nadie, sin la familia  y sus críticas, sin tener que esperar que mi padre acabara la última gota de ron para poder dormirnos.  Lo había decidido, esta navidad iba a renunciar a mi cómoda identidad, empaqué tres camisas, un jean y tres calzoncillos y salí de mi casa, seguidamente pasé por el puente de la calle Colombia y boté las llaves al río; ahora sí, no tenía a dónde ir me acompañaban sesenta mil pesos, mi cédula y un pequeño morral. Parecía un idiota de lo libre que me sentía. Comencé a caminar hacia el centro, todo normal hasta que cayó la noche y empezó a hacer frío, era un lunes y no había mucho movimiento, así que decidí internarme en los bajos del metro, había una familia protegiéndose del frío con periódicos, muy arrinconados en una de las columnas del viaducto. Cinco niños, una señora demacrada y un hombre muy paciente; la imagen era conmovedora, subí dos cuadras hacia una panadería que estaba a punto de cerrar, y compré churros, pasteles, roscones, cuajadas y gaseosa. Me acerqué a aquella familia y les pedí el favor de recibir la comida, y dejarme acompañarlos.
-Joven, ¿tiene frío?
-Sí señor, está pegando como duro ¿no?
-¿Vicio?
-¿Perdón?
-Hombre, ¿qué le pasó a usted? Tiene cara de ser de buena familia.
Comencé a reír, me dio miedo decirle la verdad, sabía que me podía retirar la confianza y lo evadí diciéndole que venía de otra parte y que no tenía dónde amanecer.
-Usted sí que es bruto; con lo que se gastó en pan para nosotros hubiera podido pagar un buen cuarto en el centro.
-Pero ustedes… respondí y no hablé más. Me regaló periódicos y me envolví hasta quedar dormido, era extraña la cara de felicidad que tenía contrastando con el desespero y tristeza de aquella familia, a la cual no quise preguntar el por qué de su tragedia, no quería encariñarme con nadie. Esa era mi naturaleza. Muy temprano me levantó el primer tren; doblé los periódicos. Seguí mi camino buscando la navidad.
(2004)