martes, 1 de octubre de 2013

Se dejó hacer


POR: Jhon Edwar López Rendón


Llovía. Durante todo el día, una lluvia de diversos tonos y modalidades había caído sin parar. Ahora era menuda, las gotas resbalaban ligeras sobre el parabrisas. No daban muchas ganas de salir, se estaba bien ahí dentro. Me arrellané en el asiento y esperé un poco; desde allí podía ver todo el estacionamiento, el cielo agrietado, los cúmulos de nubes grises que se extendían a lo lejos. En la radio, una canción hablaba de afortunados y felices reencuentros, del esperado retorno a una montaña de galletas. La apagué.
El vuelo arribaría a las 5:30 p.m. No tenía mucho tiempo; sin embargo, estaba indeciso acerca de salir o no. Una pareja se bajó de una Pathfinder negra aparcada en frente. Los vi correr guareciéndose bajo una chaqueta. Era evidente que arruinaría mis zapatos en ese piso encharcado. Me gustaban, eran unos bonitos zapatos de cuero que había comprado tan sólo un par de semanas antes. Aún recordaba vívidamente el placer que sentí al probármelos, esa suerte de mágica seducción al tacto, la sonrisa de aprobación de la vendedora como si fuera mi cómplice en algún delito, la magnífica satisfacción que me embargó cuando los pagué. Quién alguna vez habló del carácter orgásmico, pulsional, de todas las potencialidades liberatorias y de desfogue que subyacen en la experiencia consumista, sabía muy bien de lo que hablaba, y muy probablemente argumentó su tesis basado en la experiencia de probarse y comprar un exquisito par de zapatos de cuero en una elegante boutique. ¡Mierda! ¡Y ahora seguro se arruinarían!
Finalmente, después de mucho cavilarlo, me quité las gafas, las guardé en el bolsillo de la camisa, tomé el paraguas y me apeé. Sorteé los charcos trémulos por el siseo de la lluvia. El tipo de la cabina del estacionamiento me extendió un tiquete al que se le escurrió un poco la tinta.
Ya en la zona de Llegadas Internacionales el panorama no podía ser más lamentable. Un pequeño pero aglutinado conjunto de personas con pancartas de bienvenida, esperaba impaciente. Eran las víctimas de lo que algún sociólogo podría denominar ‘‘Fragmentación familiar producto del exilio en los márgenes de las sociedades tercermundistas del capitalismo tardío: vínculos entre las migraciones y la deconstrucción del sujeto. ’’ En definitiva, un grupo de personas que no aceptan decorosamente la pérdida, que conservan la ingenua esperanza de recuperar algo del tiempo perdido, de componer relaciones dilatadas, de reanudar alianzas rotas con sus familiares exiliados, sin sospechar siquiera que ese barco ya ha zarpado, que sus familiares ya son sólo abstracciones ideales, no los seres que algunas vez despidieron. La verdad, sentí un poco de pena ajena.
Una banda de músicos aliñaba la cena. Y un aderezo de camisetas de la selección Colombia y sombreros vueltiaos le daba al plato el infaltable toque kitsch. Atravesé denodadamente la colorida estampa mientras escupían sus vallenatos con un tufo hediondo. Sinceramente, los tamales y Juan Valdez nunca me han dicho gran cosa. Sencillamente, no entiendo ese patético tambaleo entre el horror y el folclor.
Una vez dentro, observo con satisfacción que tampoco hay mucha gente. Es un aeropuerto pequeño, de provincia, pero luce bien. Es la primera vez que estoy aquí. Y debo admitir que encuentro algo especial en esta clase de sitios. Una especie de cualidad aséptica, una belleza fría e impersonal que se ve realzada cuando este tipo de topografías se encuentran desiertas o casi desiertas. Me lo imagino, por un momento, envuelto en un silencio luminoso, completamente vacío: la majestuosidad de una arquitectura desolada. El tráfago es bastante exiguo, así que ahora ésta belleza sólo se ve perturbada por el sonido de los acordeones que llega de fuera, por esa alegría absurda de los que esperan.
Antes de ir a la sala de espera, me desvío y entro en la Librería Nacional. Lo hago atraído por un afiche de Vallejo exhibido en el escaparate. Están promocionando su nuevo libro, una biografía. Siempre me ha gustado el viejo. Creo que su prosa es un tenue alivio, un magro paliativo en un universo anquilosado repleto de dinosaurios que no toman riesgos, que juegan seguro. La literatura es un arma o no es nada, tan sólo una delicada porcelana, un souvenir decorativo.
Dando una vuelta por el lugar, veo que en la sección de Espiritualidad y Crecimiento Personal hay una tipa buenísima hojeando algo. Me acerco. Debe tener unos cuarenta y tantos y quizás unos cinco kilos de silicona bien repartidos. Parece encorsetada, debe tener serios problemas para respirar. Quizás el libro de Deekpa Chopra que mira la ayude con eso. O quizás está buscando el libro de algún profeta de la religión de la apariencia. Se nota que es una feligrés bastante pía de esa iglesia. Aguantaría darle una pela. Nada como el sacrificio de los devotos.
Continúo deambulando, escudriñando en medio de esa oferta editorial lamentable. Entonces, de repente, me encuentro una agradable sorpresa. Descollando en uno de los estantes hay un ejemplar de La muerte a crédito. Lo tomo, lo acaricio, lo contemplo. Lomo de cuero negro con letras doradas, papel cuché, traducción argentina, edición especial. Rápidamente me dirijo a la caja pero me percato de que he olvidado mi billetera en el auto. La sencilla que tengo no me alcanza. ¡No podré eyacular! En ese mismo jodido instante, la catana de los abundantes atributos artificiales se acerca con su selección de mierdas orientalistas. Le cedo el paso. Me sonríe. Definitivamente, aguantaría meterle una buena pela, rellenar sus hendiduras menopaúsicas y… ¡Námaste! Dejo el libro a un lado y salgo con la decepción propia de un coitus interruptus.
En la sala de espera hay unas cuantas personas. Me siento justo frente a una pantalla de televisión. Transmiten un partido de fútbol. No transcurre un minuto cuando anotan un gol, la cámara enfoca la popular. Recuerdo que cuando era chico mi hermano me llevó una vez al estadio, la única vez en mi vida que he ido, estuvimos en la popular. El ambiente era histérico, el hedor insoportable, pólvora, marihuana, papel picado, pero ninguna de esas cosas me impresionó tanto como ver a toda esa multitud idiota arrumazada apiñada constreñida como en una lata de sardinas desgañitándose arengando aullando alentando enajenadamente efervescente embalada en un fervor rumoroso de sonidos clamores gritos zumbidos que atosigaban el aire haciéndolo espeso mientras las estructuras del estadio trepidaban al son de las sacudidas los saltos las canciones que lo vengan a ver que lo vengan a ver eso no es un arquero es una puta de cabaret…una masa caótica y estúpida inmersa en una espesa nube de misticismo e idolatría y recuerdo que en ese momento en lo único que pude pensar era en que si algún día toda esa gente saliera de su embotamiento de su redil probablemente podrían armar un bello espectáculo un torrentoso río de sangre que corriera por las calles y pude ver a toda esa hedionda chusma simiesca enfurecida revoltosa borracha bajando enloquecidamente de las laderas saliendo de sus asquerosas madrigueras exorcizando sublimando sacando toda esa ira retenida toda esa putería mineralizada fosilizada hecha piedra provocada por sus fracasos patentes su pobreza su no futuro sus expolios de todos los días y como iluminada por un fuego bestial y primigenio prendía en llamas toda la ciudad como material altamente inflamable estimulado por la providencial revolucionaria e inconforme chispa de una cerilla. Tan sólo se requería un buen catalizador y las condiciones apropiadas para que los bárbaros derrumbaran las murallas, desataran la pesadilla de las élites y mamá enloqueciera. Una bonita escena convulsiva, una escena que no compartí. Los altavoces anunciaron el vuelo que esperaba. Al parecer, tendría un retraso. Esto me sacó de mi paisaje semiótico de incendio y abyección.
Me levanté y fui al local de Dunkin Donuts. Una hermosa chica en silla de ruedas tomaba Coca-Cola. Ordené una. La chica tenía unos audífonos y llevaba un espléndido vestido blanco con pequeñas pepas negras y unos largos pendientes negros también. Sus facciones eran finas, su cabello corto y oscuro. No pude evitar sentarme a su lado. No recuerdo cómo, pero empezamos una inocente charla. Me preguntó si me gustaba el fútbol. Me había observado viendo el partido. Dijo que le gustaba Anthony Rincón. La historia de Anthony Rincón era harto conocida. Había sido un futbolista con una carrera exitosa, un goleador letal que jugó en la liga brasilera, en la española y en la turca. Al final de su periplo, decidió volver al país y terminar su carrera en el club que lo vio nacer. Una noche de juerga, durante las vacaciones, sufrió un aparatoso accidente automovilístico. Su esposa y dos acompañantes murieron en el acto. A él le amputaron las piernas. Además tuvo sendos problemas judiciales pues conducía y los niveles de alcohol y cocaína en su sangre eran elevadísimos. Por poco no fue a prisión. Hasta aquí todo es bastante trágico. Sin embargo, lo verdaderamente relevante viene después, créanlo o no, cuando nadie daba un peso por este atleta semi-analfabeto y sin piernas, el señor Rincón se sobrepuso. Y volcó toda su energía hacia un olvidado placer infantil: la pintura. ¡Y vaya si lo hizo bien! Al principio, fue un mero ejercicio catártico, de sanación; sin embargo, pronto estaba exponiendo en las mejores galerías del país, codeándose tanto con las estatuas del mainstream que destacaban su virtuosismo técnico, la sutileza de su pincelada y su apropiado manejo de las perspectivas, como con los vampiros y las ratas del underground que veían en él a un personaje caricaturesco, inconveniente y grotescamente inapropiado, y, por lo tanto, perfecto para satisfacer los juegos de sus fantasías de subversión contracultural. Además el hecho de que hiciera arte figurativo, que renegara de la desmaterialización de la obra artística cuando ya nadie hacía eso, cuando toda obra era antes que nada retórica y discurso, era algo más que interesante. Evidentemente, no estaba en un rincón, sobresalía, y no tardó en recibir elogiosas críticas de personajes como Miguel González y Fernando Botero, quien destacó, entre otras cosas, su fina técnica y su conocimiento enciclopédico del canon. La verdad, yo, por mi parte, siempre sospeché que había un ghost painter escondido por ahí, que todo era una manipulación, una treta curatorial. Sospechas que quizás hubieran ofendido a Amelia pues el señor Rincón ahora había incursionado en el mundo de la música con un grupo de hip-hop, Anthony y sus chandas rabiosas, y era esto lo que escuchaba cuando me senté a su lado. La faceta que ella más disfrutaba de este versátil artista lego.
Me confesó que no le gustaban las donas pero que se sentía muy a gusto en el local, nada más ameno que la seguridad que proporciona una franquicia de orden global. Casualmente, aunque no creo en las casualidades, esperábamos el mismo vuelo. Llevaba tres años sin ver a su madre, tampoco es que tuviera muchas ganas de hacerlo. Dijo que las relaciones por más fraternales que sean, también sufren los embates de la entropía, también se dilatan, se entumecen, caen en una especie de muerte térmica, y que no había nada más patético que intentar recomponer una cerámica rota cuando lo más pertinente era fundirla y hacer una nueva. Cuando dijo esto, yo ya sabía lo que iba a hacer, creo que lo supe desde el primer momento en que la vi, y ahora sus palabras eran un acicate. Hablaba con propiedad, con determinación; con la integridad propia de alguien cuyos actos son consecuentes con lo que piensa y dice. Como les dije, no creo en las casualidades y esta diosa no se cruzó en mi camino porque sí.
Sacó una pequeña licorera de un pequeño bolso, bebió un pequeño trago y me ofreció. Yo no bebo, no me gusta el licor, pero no quise despreciarla, así que mojé mis labios. La ocasión lo ameritaba. Sus grandes ojos expresivos y oscuros me miraron penetrantemente y sentí que me ahogaba en una laguna de petróleo crudo, me sentí dichoso. Un sudor frío brotaba de mis manos. Sonreí nerviosamente porque en ese momento no tenía claro cómo putas lo haría (aunque ya me lo imaginaba); y viéndolo en retrospectiva, lo que aconteció después no fue producto de un impulso, todo estaba sopesado, calculado, y de alguna manera, en mi fuero interno, sabía que estaba predeterminado. Ella me devolvió la sonrisa, una sonrisa pícara idéntica a la de Susana, la primera mujer con la que estuve. La única que quizás amé. Eso me trajo a la memoria un sueño que había tenido la noche anterior. Mi hermano coincidencialmente me llamó ese mismo día, me advirtió de su llegada al otro día y me pidió que lo recogiera. Me dio los datos: hora de llegada, aerolínea, número del vuelo, etc. Acepté recogerlo a regañadientes.
Quince años hacia que no lo veía, quince años en los que lo extrañé muy poco. Nunca tuvimos una buena relación y su llamada, en lugar de alegría, me generó cierta inquietud. Debía andarme con cuidado, no sabía muy bien a qué atenerme con este repentino y del todo inesperado regreso. El sueño que tuve probablemente se debía a la suspicacia que me provocó esta noticia. Su calidad visual fue muy HD, aunque, eso sí, contaba con las incoherencias secuenciales propias del universo onírico. En la parte que nos interesa, estoy en casa de Susana, me  he metido a hurtadillas, estamos en su habitación, sus padres duermen en la habitación contigua. Ella está recostada en la cama y lleva una diminuta piyama, está bien ganosa y eso es genial; sin embargo, algo anda mal, no sé por qué pero estoy azorado, sudo profusamente. Quiero abalanzármele encima y no puedo, algo me lo impide, algo me mantiene paralizado, inmóvil, una fuerza intangible que me advierte, de manera no muy clara, la inminencia de algo catastrófico, de algo terrible. La situación es muy bizarra porque, de alguna manera, sé o intuyo que estoy soñando, que el paisaje virtual que me rodea es, eso, virtual; sin embargo, su sustancia, cada vez más asfixiante y confusa, se hace, en la misma medida, más auténtica, más real. Las paredes empiezan a cubrirse de enredaderas y la lámpara del techo empieza a parir hormigas hormigas negras negrísimas cientos de ellas pueblan voraces el ambiente ya de por sí denso y opresivo cargado con la presencia de miles de ojos que nos observan nos cuestionan Susana se desnuda lentamente extasiada y como embriagada por la violencia de esas miradas me acaricia la polla fláccida y abatida Intento salir de mi parálisis y rozo suavemente con mis dedos sus labios los introduzco en su coño y siento el ardor que me quema y veo cómo las enredaderas se agostan se resquebrajan cómo su verde se hace marrón y cómo las pupilas inquisidoras se agrietan como si fueran de barro reseco. Luego, me veo en la calle, solo, desnudo, frente a la casa mientras un gigantesco avión cae precipitado sobre ella. En el fuselaje en llamas alcanzo a ver claramente: Avianca DD2806.
Desperté empapado y comprobé que efectivamente el vuelo de mi hermano era el DD2806 de Avianca.
Amelia se disculpó, necesitaba ir al tocador. Esperé un par de minutos.
Nadie más había en el baño. Apestaba a cloro. No pareció sorprendida al verme. Cerré la puerta. Avancé hacia ella mientras se echaba hacia atrás hasta que las ruedas de la silla se encontraron con los azulejos impecables. Nos miramos fijamente envueltos en un mágico silencio de palabras astilladas. Se veía frágil pero sus ojos destellaban fuego, estaba espléndida. Con la yema de los dedos recorrí su rostro, sus labios, los metí en su boca y gradualmente fui bajando. No opuso resistencia, se dejó hacer. Metí las manos bajo su vestido y palpé la tibieza de su piel, su ligero temblor, su pecho delicado y pequeño, su respiración un poco agitada. Me arrodillé frente a ella, le abrí las piernas, unos huesitos escuálidos y tristes; la piel de sus muslos cicatrizada y algo ajada. Le quité las bragas y me asaltó la pradera verdiazul de su pubis ligeramente podado. Lamí su coño, estaba seco, lo mordí con delicadeza. Creo que hubiera podido quedarme a vivir ahí. Cuando alcé los ojos vi que tenía la cabeza inclinada hacia arriba, los ojos cerrados y unas ligeras lágrimas corrían por su cara. Me bajé la bragueta. No recuerdo la última vez que estuve tan excitado. Le di una sutil cachetada, abrió los ojos y se lo metió a la boca, lo mamó con un poco de torpeza pero, poco a poco, se fue adueñando de la situación. Al final, tuve que quitárselo. La levanté de la silla, se agarró con fuerza a mi cuello y la penetré con fuerza, sus vértebras parecían al borde del colapso. Reflejado en el espejo, vi mi rostro libidinoso, el escote de su espalda. Mordió mi cuello y eyaculé eyaculé eyaculé dentro.
Reconocí a mi hermano a través de los cristales. Hablaba con un agente de inmigración, me vio e hizo un gesto ambiguo con sus manos mientras señalaba una de sus maletas. Luego, recuerdo que me abrazó y que hablaba y hablaba, hacía muchas preguntas. Daba la impresión de estar muy feliz.
La lluvia había arreciado. El cielo color pizarra tenía un aire apocalíptico, un aire de furia divina. Atravesamos el estacionamiento. Mis zapatos se habían arruinado pero la verdad eso ya no me importaba. Aún sentía el olor del pantene de Amelia sujeto a mis napias. Poco importaba lo demás.