sábado, 31 de agosto de 2013

Escribir poesía


POR: Felipe García Quintero



Nada sé y, sin embargo, la tarde me escucha.
John Keats


1.


Porque algo falta se escribe, porque algo no está ya más se escribe. Porque la ausencia, porque la carencia son derrotas que sólo se conquistan viviendo, la poesía restituye. Descubrir una oquedad, el abandono, por ejemplo, es un asunto humano; allí está el verso que sutura lo hueco, el vacío. También es cierto que la poesía no sana o cura, sólo restituye, pues lo suyo no es el rescate de algo ni salvamento de alguien, sino la restitución de ese algo para alguien. De tal suerte que en la poesía está el regreso al sentido, la posibilidad de tornar al espacio nuestro nombrando el lugar de la perdida. Así la infancia o el amor, territorios de conquista, lugares del fracaso que a la poesía le son tan entrañables.
¿Escribir poesía hoy? nos preguntan. Se acomete poesía por el misterio que encarna lo desconocido, por la belleza de revelar sin comprender, por el misterio de la belleza y la belleza del misterio que constituyen la poesía como evidencia y resistencia. Para un mundo donde lo inconmensurable parece naufragar y todo sucumbe hasta desaparecer ante el prodigio de la técnica y la ciencia sin límites, lo revelado no arroja luz a la razón sino sombras a la imaginación. No me asiste ahora un pesimismo gratuito ni menos una crítica cándida, al ver que la lucha heredada del romanticismo entre fe y revelación parece tener hoy un ganador. Sin embargo, el triunfo del pensamiento lógico no subsume al deseo cotidiano como potencia y posibilidad de resistir cada día un día más. Potencia de visión, profecía o conocimiento es la poesía. Con ello resulta también nuevo el sentido de la resistencia como celebrada renovación y no más agonía ni tan sólo motivo de nuevas tribulaciones.
Porque la poesía resiste la vida, sus crisis de sentido y valores, antes como ahora, el deseo poético se torna en potencia. Aunque el poder del verbo sea menor hoy, la palabra hollada está cada vez más cerca, a nuestro alcance, a un palmo de nuestras manos. Por ello la certeza que brindan los festivales de poesía, la edición impresa y virtual de libros, aunque marginales del mercado y la publicidad trasnacional, resultan escenarios de comunicación viva. No sabemos si estos caminos sean de comienzo o final, retorno o partida, dados hacia un momento nuevo, de restauración y armonía, puesto que la poesía surge tanto de los periodos de bienestar como de las dificultades. Y lo que perdura no distingue esa génesis, no le importa acaso el contexto del que surge porque lo trasciende.
Más que posesión el deseo poético es desapego; su potencia es la de no retornar al pasado sino de restituirlo como sentido, al modo de una realidad viva y presente. La belleza de la palabra, del verbo en su sentido religioso más tradicional no resulta ser entonces una cualidad sino una esencia, por demás, revelable o no. Asimismo, la poesía es alimento, como lo dice Fina García Marruz: “pan nuestro de cada día, no lo excepcional, sino lo diario que no cansa, ni estraga y que sustenta”. Y será alimento porque la poesía es una entrega, algo que se da porque se posee aún sin tenerse siempre.
Jean Cocteau
Respecto a la pregunta que nos convoca, Jean Cocteau respondió con desenfado: “yo sé que la poesía sirve para algo, lo que pasa es que no sé para qué”. De seguro que el poeta francés pensó en burlar la utilidad pragmática del fenómeno poético, inexistente, frente a lo cual no cabe duda que es imposible saber para qué sirve la poesía. Por esto resulta pertinente escuchar de nuevo a Fina García Marruz, cuando sostiene que “una creación viviente no es nunca el resultado de sus elementos formadores sino ese espacio a que se adiciona un número desconocido. Señalar fines a la poesía, por elevados que éstos sean, es no comprender que el poeta ha de vivir dentro de ella como dentro de algo que lo excede y que no maneja a su gusto, de modo que puede decir que la poesía vive menos dentro de él que él dentro de la poesía, como creyó la vieja teología que no era el alma la que estaba dentro del cuerpo sino el cuerpo dentro del alma. Es porque la poesía escapará a la noción de fin visible. El fin no es en ella, como en la máquina, el instante último de su movimiento, sino una instancia superior que le es paralela, acechando, juzgando, ennobleciendo, transparentando lo invisible”.
En fin, como dice la poeta cubana “¡Si pudiéramos hablar de la poesía del mismo modo como ella calla su esencia sin proclamación!”


2.

Al arte personal de escribir poesía, y a la forma en que ésta es pensamiento estético, se lo llama poética. La mía ha consistido en ensayar el poema desde la escritura misma, en intentar su develamiento a partir de pensar su ser y esencia. Hace unos años codicié encarnar el tema legado por Wallace Stevens cuando habló del poema como el motivo de la poesía. Desde la escritura, ese objeto inasible, hice del poema sujeto, presencia, bajo los fragmentos de un pensamiento roto. Así he pensado la poesía desde el ser conflictivo de la escritura:


agua rota

I.

evito las palabras. A cada palabra evito las palabras.

Con cada paso. Cuando escribo no quiero usarlas; no quiero tocarlas cuando hablo.

Escribo para dejar de escribir:


II.

el que dejó su pala cerca del sueño, busca la tierra de su sombra en las manos.

El que a la escritura confía la vida; el mismo quien levanta su cuerpo del lenguaje, bajo el polvo de la realidad, yace en esta pregunta:

¿Quién me plantó aquí?

¿Quién, Señor del Jardín Quemado, oscureció su dedo en el cielo y vació el agua de mis ojos?

¿Quién me plantó aquí?

¿Quién vive?, que no sea la escritura:


II.

temes que tu voz sea un río muerto.

Porque en tu garganta ya nada crece, nada nace. Ni siquiera algo nuevo muere.

Acaso tu lengua es un río de reses muertas.

Un río muerto que te asiste en tu propio entierro:

IV.

traes un poco de pan y algo de vino para alimentar la vigilia en la noche de tu alma.

Al fondo de tus ojos miras las manos que ofrendaron sus huesos para construir la casa y llenarla de palabras.

Mientras la escritura crece en la oscuridad con el parpadeo de las llamas, tu corazón calla; su temblor cesa de latir.

De pronto ya nadie existe.

Estamos solos y sólo en ella piensas. Te entregas al vino de la risa y al pan del silencio, y a tus recuerdos: estos pensamientos que inflaman tu lengua y arden como las palabras que te consumen.

Y quieres morir, y para eso escribes:


V.

uno cree en la escritura. Que la escritura es aire, y basta.

Mas el lenguaje habita la intemperie de la casa, persiste en la humana gravedad.

Porque escribir es cargar con la procesión de tu vida, con los enseres que no caben en otro rincón que no sean los días, que uno tras otro son la nada.

Porque la muerte es irse y ya.

Y es la voluntad del amor el morir.

Sí, el amor del morir, la única escritura:


VI.

la muerte sólo es tuya cuando ofrendas al amor tu cielo, y la esperanza de la carne brota como un sol terrestre.

Porque algo que sabes tuyo se desprende y rueda al caer de mano en mano, sin cuidado ni testigos.

Morir puedes si la muerte fuera voluntad, no ajeno y vano ardor el nombrarla.

Morir es del amor deseo puro de tornar al aire en aire entero:


VII.

recuerda, alma mía, que vamos a morir.

Será bajo la lluvia discursiva que traen los recuerdos, la que anuda las manos a la escritura.

Sin queja moriremos. Esta será la noche y no habrá otro lecho para morir, porque la muerte es la hierba del deseo que se alimenta con el cuerpo.

(y la luna miro en el cielo: caballo que inmóvil se desboca)

Recuerda que más tarde vendrá la hoz, y seremos uno en las manos del pastor nocturno:


VIII.

la ciega culpa:

ser del padre el cuerpo y la intemperie de su lengua. Ser hijo de su carne y apoyar los ojos en las manos.

Ser el bastón y la calle oscura. El enemigo que abraza y esconde el puñal en el silencio de la comunión, en la invisible sangre de la fe derramada.

Ser la escritura, el trabajo de tu muerte:


IX.

todo lo que imperioso el hombre con sus manos junta, el tiempo dispersa en su voz.

Ya las palabras sin palabras.

Casa de viaje, ligera no andas sino para fundar otro cielo en la caída.

Pájaro del polvo el viento.

Abismo,
línea de luz en el horizonte.

La muerte en que vuelas:


X.

sientes llegar al hambre y le escribes: Amor, Patria, Dios. Las posibles palabras que puedan tapar el roto por donde la vida escapa.

Quieres escribir ahora que las palabras no encuentran su lugar en la carne, mientras en el vacío de Hamlet cabe la noche blanca de Macario, y por el deseo sin amor se llena la escritura.

Tienes hambre y callas, porque bien sabes del enemigo rumor de la belleza en el tiempo. A pesar del hambre no hablar del hambre:


XI.

el hambre es alimento de la fe.

Tengo hambre —dice el alimento—
Soy tu alimento —responde el hambre—

El pensamiento calla. El silencio escribe.

Y la escritura se niega a saciarles su fatiga de ser lenguaje.

(soy tu silencio —dice el lenguaje—
soy tu escritura —grita el silencio—

etc ...):


XII.

fértil la miseria del hombre que tiene por vida escribir poemas. Quizá lo hace para alcanzar su redención, acaso para curarse del dolor de jugar y no ser por la risa otra vez niño.

El mal de la vida que la belleza no cura.

Porque sabe que todo intento es inútil. Que al cabo serán vanas sus palabras.

Sabe, si olvida, que el cielo es una mancha, y la fe un pájaro ciego:


XIII.

la lluvia vuelve a tus ojos en la voz de una música incierta.

La lluvia interior que acalla las palabras.

La vieja amiga de la infancia que entra por el patio de la casa a cualquier hora y te aconseja cambiar de oficio.

La lluvia.

Sólo pides que siga y se lo lleve todo:


XIV.

tal vez, y por su fin, estas palabras digan algo.

Lejos ya del mundo y de la mano que las traza, pueda estar el camino.

Quizá, alguna tarde de otro cielo, estas palabras se levanten y vayan por ahí, en paz y sin nombre, entre el polvo nuevo.

Tal vez, porque no al fin, por su fin, estas palabras digan algo, no pidan nada:


XV.

evito las palabras. A cada palabra evito las palabras.

Con cada paso. Cuando escribo no quiero usarlas; no quiero tocarlas cuando hablo.

Escribo para dejar de escribir.

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