sábado, 31 de agosto de 2013

Escribir poesía


POR: Felipe García Quintero



Nada sé y, sin embargo, la tarde me escucha.
John Keats


1.


Porque algo falta se escribe, porque algo no está ya más se escribe. Porque la ausencia, porque la carencia son derrotas que sólo se conquistan viviendo, la poesía restituye. Descubrir una oquedad, el abandono, por ejemplo, es un asunto humano; allí está el verso que sutura lo hueco, el vacío. También es cierto que la poesía no sana o cura, sólo restituye, pues lo suyo no es el rescate de algo ni salvamento de alguien, sino la restitución de ese algo para alguien. De tal suerte que en la poesía está el regreso al sentido, la posibilidad de tornar al espacio nuestro nombrando el lugar de la perdida. Así la infancia o el amor, territorios de conquista, lugares del fracaso que a la poesía le son tan entrañables.
¿Escribir poesía hoy? nos preguntan. Se acomete poesía por el misterio que encarna lo desconocido, por la belleza de revelar sin comprender, por el misterio de la belleza y la belleza del misterio que constituyen la poesía como evidencia y resistencia. Para un mundo donde lo inconmensurable parece naufragar y todo sucumbe hasta desaparecer ante el prodigio de la técnica y la ciencia sin límites, lo revelado no arroja luz a la razón sino sombras a la imaginación. No me asiste ahora un pesimismo gratuito ni menos una crítica cándida, al ver que la lucha heredada del romanticismo entre fe y revelación parece tener hoy un ganador. Sin embargo, el triunfo del pensamiento lógico no subsume al deseo cotidiano como potencia y posibilidad de resistir cada día un día más. Potencia de visión, profecía o conocimiento es la poesía. Con ello resulta también nuevo el sentido de la resistencia como celebrada renovación y no más agonía ni tan sólo motivo de nuevas tribulaciones.
Porque la poesía resiste la vida, sus crisis de sentido y valores, antes como ahora, el deseo poético se torna en potencia. Aunque el poder del verbo sea menor hoy, la palabra hollada está cada vez más cerca, a nuestro alcance, a un palmo de nuestras manos. Por ello la certeza que brindan los festivales de poesía, la edición impresa y virtual de libros, aunque marginales del mercado y la publicidad trasnacional, resultan escenarios de comunicación viva. No sabemos si estos caminos sean de comienzo o final, retorno o partida, dados hacia un momento nuevo, de restauración y armonía, puesto que la poesía surge tanto de los periodos de bienestar como de las dificultades. Y lo que perdura no distingue esa génesis, no le importa acaso el contexto del que surge porque lo trasciende.
Más que posesión el deseo poético es desapego; su potencia es la de no retornar al pasado sino de restituirlo como sentido, al modo de una realidad viva y presente. La belleza de la palabra, del verbo en su sentido religioso más tradicional no resulta ser entonces una cualidad sino una esencia, por demás, revelable o no. Asimismo, la poesía es alimento, como lo dice Fina García Marruz: “pan nuestro de cada día, no lo excepcional, sino lo diario que no cansa, ni estraga y que sustenta”. Y será alimento porque la poesía es una entrega, algo que se da porque se posee aún sin tenerse siempre.
Jean Cocteau
Respecto a la pregunta que nos convoca, Jean Cocteau respondió con desenfado: “yo sé que la poesía sirve para algo, lo que pasa es que no sé para qué”. De seguro que el poeta francés pensó en burlar la utilidad pragmática del fenómeno poético, inexistente, frente a lo cual no cabe duda que es imposible saber para qué sirve la poesía. Por esto resulta pertinente escuchar de nuevo a Fina García Marruz, cuando sostiene que “una creación viviente no es nunca el resultado de sus elementos formadores sino ese espacio a que se adiciona un número desconocido. Señalar fines a la poesía, por elevados que éstos sean, es no comprender que el poeta ha de vivir dentro de ella como dentro de algo que lo excede y que no maneja a su gusto, de modo que puede decir que la poesía vive menos dentro de él que él dentro de la poesía, como creyó la vieja teología que no era el alma la que estaba dentro del cuerpo sino el cuerpo dentro del alma. Es porque la poesía escapará a la noción de fin visible. El fin no es en ella, como en la máquina, el instante último de su movimiento, sino una instancia superior que le es paralela, acechando, juzgando, ennobleciendo, transparentando lo invisible”.
En fin, como dice la poeta cubana “¡Si pudiéramos hablar de la poesía del mismo modo como ella calla su esencia sin proclamación!”


2.

Al arte personal de escribir poesía, y a la forma en que ésta es pensamiento estético, se lo llama poética. La mía ha consistido en ensayar el poema desde la escritura misma, en intentar su develamiento a partir de pensar su ser y esencia. Hace unos años codicié encarnar el tema legado por Wallace Stevens cuando habló del poema como el motivo de la poesía. Desde la escritura, ese objeto inasible, hice del poema sujeto, presencia, bajo los fragmentos de un pensamiento roto. Así he pensado la poesía desde el ser conflictivo de la escritura:


agua rota

I.

evito las palabras. A cada palabra evito las palabras.

Con cada paso. Cuando escribo no quiero usarlas; no quiero tocarlas cuando hablo.

Escribo para dejar de escribir:


II.

el que dejó su pala cerca del sueño, busca la tierra de su sombra en las manos.

El que a la escritura confía la vida; el mismo quien levanta su cuerpo del lenguaje, bajo el polvo de la realidad, yace en esta pregunta:

¿Quién me plantó aquí?

¿Quién, Señor del Jardín Quemado, oscureció su dedo en el cielo y vació el agua de mis ojos?

¿Quién me plantó aquí?

¿Quién vive?, que no sea la escritura:


II.

temes que tu voz sea un río muerto.

Porque en tu garganta ya nada crece, nada nace. Ni siquiera algo nuevo muere.

Acaso tu lengua es un río de reses muertas.

Un río muerto que te asiste en tu propio entierro:

IV.

traes un poco de pan y algo de vino para alimentar la vigilia en la noche de tu alma.

Al fondo de tus ojos miras las manos que ofrendaron sus huesos para construir la casa y llenarla de palabras.

Mientras la escritura crece en la oscuridad con el parpadeo de las llamas, tu corazón calla; su temblor cesa de latir.

De pronto ya nadie existe.

Estamos solos y sólo en ella piensas. Te entregas al vino de la risa y al pan del silencio, y a tus recuerdos: estos pensamientos que inflaman tu lengua y arden como las palabras que te consumen.

Y quieres morir, y para eso escribes:


V.

uno cree en la escritura. Que la escritura es aire, y basta.

Mas el lenguaje habita la intemperie de la casa, persiste en la humana gravedad.

Porque escribir es cargar con la procesión de tu vida, con los enseres que no caben en otro rincón que no sean los días, que uno tras otro son la nada.

Porque la muerte es irse y ya.

Y es la voluntad del amor el morir.

Sí, el amor del morir, la única escritura:


VI.

la muerte sólo es tuya cuando ofrendas al amor tu cielo, y la esperanza de la carne brota como un sol terrestre.

Porque algo que sabes tuyo se desprende y rueda al caer de mano en mano, sin cuidado ni testigos.

Morir puedes si la muerte fuera voluntad, no ajeno y vano ardor el nombrarla.

Morir es del amor deseo puro de tornar al aire en aire entero:


VII.

recuerda, alma mía, que vamos a morir.

Será bajo la lluvia discursiva que traen los recuerdos, la que anuda las manos a la escritura.

Sin queja moriremos. Esta será la noche y no habrá otro lecho para morir, porque la muerte es la hierba del deseo que se alimenta con el cuerpo.

(y la luna miro en el cielo: caballo que inmóvil se desboca)

Recuerda que más tarde vendrá la hoz, y seremos uno en las manos del pastor nocturno:


VIII.

la ciega culpa:

ser del padre el cuerpo y la intemperie de su lengua. Ser hijo de su carne y apoyar los ojos en las manos.

Ser el bastón y la calle oscura. El enemigo que abraza y esconde el puñal en el silencio de la comunión, en la invisible sangre de la fe derramada.

Ser la escritura, el trabajo de tu muerte:


IX.

todo lo que imperioso el hombre con sus manos junta, el tiempo dispersa en su voz.

Ya las palabras sin palabras.

Casa de viaje, ligera no andas sino para fundar otro cielo en la caída.

Pájaro del polvo el viento.

Abismo,
línea de luz en el horizonte.

La muerte en que vuelas:


X.

sientes llegar al hambre y le escribes: Amor, Patria, Dios. Las posibles palabras que puedan tapar el roto por donde la vida escapa.

Quieres escribir ahora que las palabras no encuentran su lugar en la carne, mientras en el vacío de Hamlet cabe la noche blanca de Macario, y por el deseo sin amor se llena la escritura.

Tienes hambre y callas, porque bien sabes del enemigo rumor de la belleza en el tiempo. A pesar del hambre no hablar del hambre:


XI.

el hambre es alimento de la fe.

Tengo hambre —dice el alimento—
Soy tu alimento —responde el hambre—

El pensamiento calla. El silencio escribe.

Y la escritura se niega a saciarles su fatiga de ser lenguaje.

(soy tu silencio —dice el lenguaje—
soy tu escritura —grita el silencio—

etc ...):


XII.

fértil la miseria del hombre que tiene por vida escribir poemas. Quizá lo hace para alcanzar su redención, acaso para curarse del dolor de jugar y no ser por la risa otra vez niño.

El mal de la vida que la belleza no cura.

Porque sabe que todo intento es inútil. Que al cabo serán vanas sus palabras.

Sabe, si olvida, que el cielo es una mancha, y la fe un pájaro ciego:


XIII.

la lluvia vuelve a tus ojos en la voz de una música incierta.

La lluvia interior que acalla las palabras.

La vieja amiga de la infancia que entra por el patio de la casa a cualquier hora y te aconseja cambiar de oficio.

La lluvia.

Sólo pides que siga y se lo lleve todo:


XIV.

tal vez, y por su fin, estas palabras digan algo.

Lejos ya del mundo y de la mano que las traza, pueda estar el camino.

Quizá, alguna tarde de otro cielo, estas palabras se levanten y vayan por ahí, en paz y sin nombre, entre el polvo nuevo.

Tal vez, porque no al fin, por su fin, estas palabras digan algo, no pidan nada:


XV.

evito las palabras. A cada palabra evito las palabras.

Con cada paso. Cuando escribo no quiero usarlas; no quiero tocarlas cuando hablo.

Escribo para dejar de escribir.

sábado, 17 de agosto de 2013

¿Y después de las listas… qué?



POR: Andrés Maruricio Muñoz

Hace seis años se había suscitado una gran expectativa en Colombia en torno a la divulgación de la lista Bogotá 39, la cual era una selección de autores que, a juicio de los evaluadores, estaba conformada por los 39 escritores menores de 39 años más representativos de Latinoamérica. Esta iniciativa, que surgió de las entrañas mismas del Hay Festival, fue acogida de inmediato por la organización Bogotá Capital Mundial del libro 2007 como una forma de visibilizar a los autores que tenían el talento y potencial para definir las tendencias que marcarían el futuro de la literatura latinoamericana. De tal suerte que, por algunas semanas, se suscitó una especie de fervor en torno a este proceso al mejor estilo de una multitud que, congregada en torno a la plaza de San Pedro, espera la resolución de un cónclave. Unos meses más tarde se conoció la lista. En ella descollaban nombres de alto vuelo en la literatura, como Junot Díaz, Jorge Volpi y Juan Gabriel Vásquez; autores que, tal vez, poco o nada requerían de ese espaldarazo que los visibilizara. Sin embargo, la premisa era clara en cuanto a que, al margen de su nivel de reconocimiento, eran autores capaces de definir una tendencia o señalar el camino. Pero, también, supimos de autores que, si bien tenían una obra interesante y algo de notoriedad en sus propias geografías, muy poco se habían escuchado más allá de sus fronteras; me refiero a nombres tales como el chileno Álvaro Bisama, el brasilero João Paulo Cuenca o el boliviano Rodrigo Hasbún, entre otros. Por Colombia los escogidos fueron Juan Gabriel Vásquez, Ricardo Silva Romero, John Jairo Junieles, Antonio Ungar, Antonio García y Pilar Quintana.


       En ese momento a mí, personalmente, me llenó de alborozo la inclusión de alguien como JJ Junieles en la lista; la razón de esto es que, no sólo lo conocía, sino que su elección venía a materializar una suerte de culto con la cual se le reconocía su trabajo. En ese momento Junieles era un escritor bastante joven, ganador de varios premios nacionales de literatura tanto en poesía como en narrativa, cuya obra era conocida a raíz de la publicación de algunos títulos en editoriales independientes que subsistían en el medio gracias al fervor y ahínco de editores comprometidos con el oficio. De tal manera que su nombre cada vez sonaba con más fuerza en el medio literario. Un par de semanas más tarde, en uno de los eventos en que presentaban a los autores provenientes de más de diecisiete países frente a los grandes medios, pude verlo después de varios meses en los cuales no habíamos tenido contacto; sin embargo, cuando intenté abordarlo, me llené de temor y opté por confundirme entre el público sin siquiera saludarlo. Esa noche me sentí como un tonto, aunque reflexioné al respecto. Tal vez Junieles, pensé,  ya no era el mismo autor con quien había compartido sendas tertulias literarias aferrados a una cerveza, como si de esa sujeción dependiera la vida; quiero decir que, al fin y al cabo, ahora era un autor ungido por la crítica y los medios, lo cual lo ponía en otro nivel.
       El ruido de la lista duró poco más de un año, tiempo en el que los autores se vieron expuestos a diferentes eventos, concedieron entrevistas, hicieron y deshicieron sus valijas muchas veces para permanecer confinados primero en un avión, después en la lacónica habitación de un hotel y al final verse rodeados de fervorosos lectores y sesudos panelistas, quienes lanzaban ingeniosas preguntas en espera de que éstos espolearan toda su capacidad para el sarcasmo, el aforismo o la ironía. Dice el escritor argentino Martín Caparrós cuando habla de este fenómeno que, con el tiempo, se fue armando un mercado y ese mercado produjo, de algún modo, un espacio latinoamericano que antes no existía, donde los escritores menores de 50 se conocen, se encuentran, se sienten parte de algo, de lo mismo. Sin duda alguna todos conocemos este fenómeno y, de alguna manera, lo aplaudimos; hace varios años, lo recuerdo bien, escribí un artículo en el que me quejaba de la falta de integración entre los autores latinoamericanos; criticaba, también, la incapacidad o desinterés de los grandes sellos por darnos a conocer lo que se escribía en otras geografías. Hoy, es evidente, el panorama es algo más alentador. Sin embargo hay quienes advierten, como Caparrós, sobre la fragilidad con que se sostiene este andamiaje. Es por eso que afirma:


       Con los años había aprendido, sobre todo, a preparar un bolso para cinco días. Necesitaba dos pares de pantalones, un saco por si la mesa redonda era más seria que lo acostumbrado, la guayabera aquella que le había regalado la venezolana, la malla para la pileta, una camisa blanca para la fiesta más prometedora, media docena de libros propios para regalar a quien tocara, dos ajenos para poder comentarlos en las cenas, las pastillitas ésas. Había aprendido a hablar con las personas indicadas. Había aprendido los nombres de seis peruanos, dos ecuatorianas, una docena de chilenos, doscientos ocho mexicanos y un guatemalteco. Había aprendido, sobre todo, a desplegar todo su encanto en esas mesas: a colocar la dosis justa de sarcasmo, citas, sonrisas displicentes, tedio disimulado y elogios zalameros que hacían las delicias de cada concurrencia. Era un león –una leona– de las mesas: un perfecto producto para eventos.[1]

       Lo que le molesta a Caparrós se traduce en que, como él mismo lo dice, algunas ferias se han convertido en una suerte de eventos donde todo gira en torno al libro y sus autores; sin embargo, no se leen libros.  Es como ir a un festival de cine, afirma, no a ver las películas sino sólo las conferencias de prensa.
       Volviendo al tema de Bogotá 39 debo decir que, poco a poco, la marea bajó; fue entonces cuando cada uno, a su ritmo, se vio de nuevo enfrentado al desafío que supone ser un escritor: la soledad del oficio. Soledad no sólo en cuanto al acto de creación en sí mismo, que va aparejado de rigor y esmero por encontrar la textura precisa sobre la que reposará el relato o dotar de seducción al lenguaje, sino aquella que consiste en la búsqueda constante de un editor o agente literario que apueste por su obra, lo cual suele ser mucho más traumático en algunos casos. Incluso aunque fueran parte de la lista.
        Algunos años después experimentos similares hallaron tierra fértil; supimos así de nuevos autores gracias a la lista Granta, que daba a conocer los novelistas jóvenes más prometedores en lengua castellana. La feria del libro de Guadalajara, por su parte, nos reveló lo que a su juicio son los 25 secretos mejor guardados de la literatura latinoamericana. Hay quienes, como suele ocurrir en este tipo de situaciones, desvirtuaron la selección; ocurre que, cuando se trata de un ecosistema tan complejo en el que intervienen editores, agentes, periodistas culturales y una intrincada maraña de intereses, resulta complicado comprender qué tan riguroso fue el proceso en términos estrictamente literarios. Pero la inclusión en la lista de Granta de autores como Patricio Pron, Samantha Schweblin, Andrés Felipe Solano, Elvira Navarro o Carlos Yushimito justifica todo el andamiaje alrededor de la lista. Estos son, a todas luces, escritores capaces de construir con los años una obra bastante interesante. El escritor colombiano Juan Fernando Hincapié piensa que aún es apresurado emitir algún juicio responsable sobre la obra de estos autores; por ahora, le parece, son autores legibles y correctos, aunque sólo el tiempo se encargará de dar un veredicto mucho más aterrizado. Después afirma con algo de entusiasmo que, en el caso de Alberto Olmos, también presente en la lista Granta, pudo advertir en su estupenda novela Trenes hacia Tokio, el brillo de la gran literatura.


       Granta demostró ser muy acertada cuando inició este experimento con su selección británica, pues con el tiempo descollaron autores de la talla de Ian McEwan, Martín Amis, Julian Barnes y Graham Swift; después, en dos ocasiones, hizo lo propio con autores norteamericanos, de cuya primera edición surgieron algunos de los que hoy son considerados grandes exponentes de la literatura en lengua inglesa, entre los que suele destacar Jonathan Franzen. De tal manera que para muchos la gran expectativa es que, con la selección en castellano, se dé un fenómeno cuando menos similar; sin embargo, un rápido repaso a la oferta editorial muestra que sobre estos autores, por el momento, aún no hay tanta vehemencia en cuanto a la difusión de sus obras. Sí se ha creado, no obstante, una suerte de logia o cofradía que los visibiliza y les depara acuciosos lectores, más allá del ruido que suele producir su constante exposición a los medios. El desafío radica entonces en la posibilidad de  consolidar en torno a ellos una apuesta real en términos editoriales y de difusión transnacional; es decir, ir más allá de la inversión que supone montarlos en un avión, pagarles un hotel de lujo e incluirles viáticos por unos cuantos días para que sean el deleite de algunos cuantos entusiastas para quienes es más importante la exposición del autor, al margen de su obra.
       Pero también es válido entender las listas como un elemento cosmético de socialización literaria que poco efecto pueda tener en términos literarios, como bien lo manifiesta Patricio Pron; a él le interesa, en cambio, la proximidad y la complicidad que generan entre los autores que participamos en ellas, que a menudo resultan en amistades de largo aliento. Pron no es un autor que piense en términos de fronteras y de público; así mismo, no cree que la inclusión en una lista haya afianzado su propio proceso creativo o lo haya arrojado con mayor confianza a la conquista del medio editorial. De cualquier manera, es pertinente entender que la trayectoria de este autor estaba bien delineada desde antes de la aparición de la lista Granta; tal vez por ello pueda entenderse que en él esté claro el equívoco que se suele suscitar en muchos en cuanto a que este tipo de reconocimientos supone una avalancha de contratos de edición, traducción y demás. Buena parte de los contratos de traducción de mis libros a otras lenguas ya habían sido firmados antes de que se publicase la lista "Granta", así que no puedo decir mucho al respecto. De todos modos, me parece que es un error pensar que este tipo de listas tiene algún impacto en ese aspecto del negocio editorial, ya que existe un entramado de agentes y subagentes, editores y "scouts", publicaciones periódicas y catálogos que hacen que un editor profesional no necesite ninguna lista de este tipo para saber qué se está produciendo en América Latina o en cualquier otro sitio. En mi opinión, las listas sólo sirven a los fines de la sociabilidad literaria, como una especie de juego de omisiones y de presencias que los lectores pueden jugar si es que les gustan ese tipo de juegos, pero no tienen ningún valor prescriptivo. Y, por consiguiente, ningún valor económico real.
       En cuanto a los 25 secretos mejor guardados de la literatura latinoamericana, auspiciado por la Feria del Libro de Guadalajara,  podríamos decir que el escenario no es tan alentador; no por la selección en sí misma, pues al fin y al cabo tuvimos la posibilidad de conocer autores que han venido recorriendo un camino y explorando unas formas alrededor de procesos bastante rigurosos, sino porque el ímpetu y difusión de esta iniciativa prácticamente concluyó el mismo día del cierre de la feria. Una lástima, toda vez que ahí aparecen nombres bastante interesantes que ameritarían un poco más de atención por parte del medio. De aquella lista sólo podría arriesgarme a mencionar los que fueron seleccionados por Colombia (Andrés Burgos, Luis Miguel Rivas y Juan Álvarez), pues la vecindad geográfica que nos une me permite dar fe de la labor constante que desempeñan en torno a la escritura. El eco de esta lista, como decía, se desvaneció muy rápido; ahí quedan los nombres, de tal manera que la tarea de buscar sus obras  y leerlos está de nuestro lado. Tal vez la proliferación de este tipo de experimentos impidió que el de Guadalajara encontrara tierra fértil en un mercado que aún no terminaba de asimilar los nombres y las obras de las selecciones anteriores.
        

De cualquier manera es pertinente ser explícito en cuanto al carácter arbitrario y subjetivo de las listas; es decir, no hacer parte de ellas en ningún momento supone no ser un autor con potencial para erigir una obra de verdadera valía literaria. Basta con mencionar que jóvenes autores tales como Yuri Herrera (México), Juan Sebastián Cárdenas (Colombia), Jon Bilbao (España), Valeria Luiselli (México), Paul Brito (Colombia), Marcelo Lillo (Chile), Claudia Apablaza (Chile), Ignacio Ferrando (España),  Tryno Maldonado (México), Juan Gómez Bárcena (España)  o  Juan Esteban Constaín (Colombia), no han hecho parte de ninguna lista y aún así gozan de prestigio en el medio literario. Son escritores talentosos y comprometidos con su oficio. Juan Sebastián Cárdenas, por citar alguno, procura no distraerse con elementos externos a su propio proceso creativo; le preocupa, eso sí, sus propios conflictos. Con el género del cuento, por ejemplo, dice andar de pelea debido al acercamiento conflictivo que suelo tener con la escritura y los problemas estéticos en general. El cuento en lengua española se ha convertido en un territorio de autocomplacencia técnica, formal y política. Un espacio donde reina la mediocridad (con contadísimas excepciones, claro). Es el último refugio del artista pequeñoburgués latinoamericano, ese que todavía cree en "el cuento perfecto" y musarañas de ese tipo, que son como para que les pongan la buena nota en el colegio. Para mí el cuento está en franca decadencia como género en nuestra lengua. Y necesita una bofetada. Un revolcón. Para mí ya no se trata solo de hacerlo "bien", de escribir "bien", de sobresalir y obtener un aplauso, una palmadita. Para mí se trata de someter el lenguaje a una presión en la que éste empiece a hablar un idioma extraño y a revelar las marcas de su construcción social.
       Podría uno pensar que aquella autocomplacencia técnica, formal y política a la que se refiere Cárdenas sea un fenómeno que ha encontrado un terreno fertilizado por la aproximación de la academia alrededor de la creación narrativa; me refiero a todas esas fábricas de creadores que existen hoy en día. Aulas de clase donde pretenden dotar de fórmulas a los autores para que salgan a conquistar el mercado editorial. No se trata de cuestionar su pertinencia. Se trata de garantizar su engranaje en el oficio de escribir en sí mismo, más allá de la oferta editorial. A veces parece imponerse la tendencia a escribir para crear un producto que posibilite una buena recepción desde la perspectiva comercial, o con un marcado énfasis audiovisual que garantice su transformación a un guión en la industria cinematográfica.
       Lo importante y más alentador es saber que, dentro o fuera de las prestigiosas listas, hay una generación de autores que viene empujando con bastante fuerza. Una generación comprometida, que cuestiona los códigos con los que se define el oficio, que busca su propia voz; una generación asistida por la convicción de que escribir, entendido con todo su rigor artístico, es lo que quiere hacer en la vida. Dicho esto, sólo restan tres cosas. En primer lugar, levantar la mano para advertir a ese intrincado medio literario que las listas de autor no pueden convertirse en un mecanismo de exclusión. Esperar que los autores, sobre los que el medio pone su foco de luz, no sucumban a la tentación de verse reducidos a la figura de vedettes. Por último, para aquellos que aún ejercen su quehacer literario desde la penumbra, tal vez sea válido arroparse con el regocijo que embargó a un amigo. Al no ser incluido en la lista de los 25 secretos mejor guardados de la literatura latinoamericana, después de haber sido considerado hasta último momento en la deliberación final,  sentenció de forma genuina y emotiva que lo complacía saberse mejor secreto que todos.



[1] Extraído del texto “Vida de Pluma”, publicado por Martín Caparrós en el blog del diario El País. Diciembre de 2012.