miércoles, 24 de julio de 2013

Tres minicuentos



POR: María Negro

De búsquedas y colchones nuevos

Al abrir los ojos, los sueños escurren sus patitas en las pestañas que uno refriega (como mamá la ropa) solo para despertarse. Para pasar de lado y dejar allá tiburones sangrientos, helados descomunales o una sonrisa pícara. Sin embargo anoche. No pudo ser un sueño. Las veredas altas, los cambia vías, las autopistas enredadas. Caminé por la noche la Ciudad de Cortázar. La misma de  Héléne y Juan. Buscándote, claro. Esos espacios solo se transitan por necesidad. Nadie se mete entre trenes, autopistas y edificios enormes abandonados solo por placer. Asomas el inconsciente y este decide dejarte en el patio de tu colegio o en la cama de alguien  pero no te lleva a la Ciudad porque sí, porque es preciso, porque correspondía mientras vos tenias unas carpetas, un sol de otoño y esa puerta enorme que empieza a ceder para que detrás de ella aparezcan espacios abandonados, llenos de polvo y silencio. Avanzas con mucho miedo pero nada ocurre. Nada. Atravesando el edificio todo se explica. Las veredas altas, los trenes y su infierno de vías entrecruzadas.
Es el momento.
Acá es donde tengo que encontrarte para Encontrarte. Acá es donde vas a ser las alas de la mariposa, ese imprescindible que nos lleva tanto tiempo desarrollar. Tengo que encontrarte. Corro por los bares que se amontonan de empleados de oficina que me impiden hablar con los mozos, alguien que te haya visto. Acá tenes que estar, estoy segura. Se puede confluir, no puede ser imposible. No quiero a Héléne. Nunca la quise. Nunca quise la complejidad de buscar en esta madeja de trenes y despedidas.
La noche no es tan larga ni en los sueños. Me habrá ganado la tristeza de entender que ya no estabas. Que no estarás nunca en la Ciudad si yo aparezco. Despacio levanté el cuerpo con sus cuadernos, también  pinceles y colores. Ilusa, con la carita triste arrastrando zapatillas y mocos. Regresando a casa. Las casas con sus puertas altas y sus veredas finitas comienzan a vomitar desde abajo. Mares de agua que fluyen hacia la calle profunda. Ya no importa. El amanecer apretara los dientes con su resignación. En alguna esquina llegará un colectivo que tarda muy poco. Subí y estaba por sacar el boleto cuando el chofer se incorporó para abrazarme y llorar conmigo.
"- No te preocupes. A veces pasa. Dejá el boleto. Pasá, piba"

Y desperté.


El remisero y la dama

Después de ser madre nunca más recuperé mi cuerpo. Mis pequeños pantalones fueron para alguna amiga. Mi realidad me molestaba, pero no me esforzaba mucho para modificarla. Mi marido me ignoraba cada vez que podía. Tenía una amante, una nena vendedora en una tiendita cerca de su negocio. Preciosa. Fui a verla en cuanto lo supe, pero no pude decirle nada. Un nudo en la garganta me provocó su hermosura, su inescrupulosa juventud.
Tampoco le reclamé a él. Esperé a que la situación decantara. Una semana después, borracho, me confesó que no se iba por los chicos, que la rutina, que mi locura, que el hartazgo y sus ganas de vivir la vida antes que ya no pudiera. Tenía razón. Yo también estaba harta de él, de su mal humor, de su desprecio sexual constante.
Pero no íbamos a divorciarnos por los chicos. Había que aguantarse el perfume de la pendeja en la sábana por los chicos. Había que hacerse la boluda con la hora por los chicos. Y esos fines de semana de convenciones sobre el uso y abuso del dentífrico hechas en Mar del Plata, había que fumárselos por los chicos.
Alquilábamos un departamento en un segundo piso por escalera, hermoso para mi cuando iba al supermercado. Pero mirá que sos egoísta  nena. El departamento es precioso, mirá estos ventanales. Sí, pero yo después los tengo que limpiar. Sos una hincha pelota. Alquilado, señor. Aquí le dejo la seña.
Así fue. Pero me acostumbré y era casi un ejercicio. Subir y bajar las escaleras para atender la puerta, comprar, ir por el diario.
Una noche de verano, tardísimo, me quedé en el comedor mirando la tele. O tal  vez, esperando que él llegue. No lo sé.
Abrí las cortinas y las ventanas porque el calor era insoportable. Un motor gasolero interrumpió los diálogos de la película en su volumen tan bajo. Era mi vecino regresando del trabajo. Rápidamente metió el auto en el garaje y apagó el motor. Salió al jardín y me saludó con la cabeza. No me había dado cuenta que lo estaba mirando. Lo saludé y me cerré un poco la camisa. Él sonrió y se metió en su casa. Seguí mirando la película con una sensación extraña. Era bonito, un  poco mayor que yo, casado, con hijos. Me reí con fuerza pensando cuán necesitada estaba de cariño que podía fantasear con una sonrisa. Sostuve el pensamiento y miré hacia su casa. Sobre su puerta se abría una pequeña ventana y detrás, una mano frotaba sin cesar algo que parecía un calzoncillo.
Me asusté y corrí a cerrar la puerta. Ese tipo estaba loco! Apagué la luz y abroché toda mi camisa. Era demasiado corta pero dejaba ver solo un poco la ropa interior. Estaba gorda, respiraba fuerte y sentía como   la camisa me ceñía los pechos. Un botón salió disparado. Estaba asustada.
Despacio me fui acercando a la ventana. Él seguía allí. Podía distinguir su desnudez. Una porción de su torso se iluminaba con la luna. Su enorme erección tenía la bendición de la luz de calle.
Me quedé sin aire, él comenzó suavemente a masturbarse y abrió un poco más la ventana para que yo pudiera verlo. Con señas me  hizo comprender que me desabrochase otro botón de la camisa. Lo hice.  Bajé despacio el corpiño, sin llegar a los pezones. Su ritmo aumentaba. Abrió la puerta de su casa y se asomó al jardín, con el pantalón en los tobillos, se acomodó contra una pequeña pared que eventualmente lo cubría. Salí al balcón y desabroché despacio la camisa desde abajo. Eran las tres de la mañana. La calle estaba vacía. Mi mano buscó el elástico. Un perro cruzó de golpe y se quedó mirando. Tal vez por instinto. Una mujer con su mano sacudiéndose  Un hombre con espasmos sobre unos jazmines. La mujer mirando asustada y tapándose pronto. Porque ahí estaba el ruido de la llave. Para que mierda me esperaste despierta. Salté encima  de él e intenté besarlo. Me rechazó pero sintió mi cuerpo hirviendo, desesperado. Lo intenté nuevamente para demostrarle que no tenía pudor, ni escrúpulos, ni orgullo. Le bajé los pantalones y lo violé. Me rechazaba con palabras y haciendo fuerza para separarme las piernas. Me despreciaba  Al fin logró quitarme y se puso de espaldas. Tuve mi orgasmo contra sus muslos, odiándolo, llorando su impiedad. Me separó bruscamente de él y se fue a dormir al comedor.
Me tomé una pastilla pero no hizo efecto.
O sí.
Comprendí que él tenía razón.Ya no nos amábamos y teníamos derecho a vivir, y él estaba haciéndolo a costas mías  Unas vacaciones de padre, no iban a hacerle mal. Tal vez la nena venía a ayudarlo y terminaban todos juntos jugando a la soga.
Lo sentí irse al trabajo. Desperté a los chicos y mientras los llevaba al colegio les dije que me iba de vacaciones. El mayor me miró y solo dijo, está perfecto. Ya fue demasiado.
Una valija chiquita, algún lugar dónde descansar de tanto menosprecio e indignidad. Bajé a tomar el colectivo y ahí  estaba el remisero. Yéndose tarde a trabajar. Sonrió al verme pero dejó de hacerlo cuando vio la valija, Cruzó la calle para presentarse. Pablo. Soy Pablo. Te deseo hace muchísimo tiempo, y te escuche llorar muchas veces, yo quisiera... yo quisiera besarte. La mujer de Pablo salió a despedirlo. Claramente un conflicto vecinal, el señalamiento de los kiosqueros, Oh! Si! Los vio besándose!
Pronto llegó el colectivo y Pablo se cruzó de hombros, abrió la puerta de su auto y arrancó. Llegó hasta la parada y me abrió la puerta. Subí, princesa. Y subí.
Pero bajamos pronto, en el primer hotel alojamiento


Manuel

Las cosas suceden porque sí. La vida es tan azarosa que es incomparable al laberinto. Dentro de él existe la salida. Sin embargo la vida, a veces, se queda sin respuestas, con callejones sin salida que concluyen en otros callejones sin salidas. Sin preguntas, sin aire.
Yo lo amaba pero no pude decírselo. Un momento exacto que no fue, que no pudo esperar. El tiempo blando y sencillo del sofá y tu pecho. Pero el miedo a que te espantaras, la bendita libertad, la promesa del descompromiso. Y yo tan taza de té tibio, con los ojos bien abiertos, casi gritando que te amaba. Que eras el siniestro hacedor de mis sueños dónde te empeñabas en aparecer, el señor enredado en las sábanas satisfaciendo los secretos de mi cuerpo. Así el amor. Así el silencio.
La película terminaba y el pocillo se apoyó en su plato. Silencioso. Dormías.
En el colectivo lloré un poco. Mi tristeza era más fuerte que el pudor. Yo te quería. ¿Por qué me condenaba a abandonarte? ¿Por qué no me conformaba con lo que querías dar? Llegué a casa y te llamé solo para escucharte. No atendiste, el sueño por fin te había ganado después de tantos días mal dormidos. Mañana a la mañana.
Te llamé temprano y te dejé un mensaje invitándote a almorzar. No respondiste y asumí que estabas enojado. Sin embargo  te esperé en el bar, inútilmente. Llovía y te llamé desde la calle frente a tu departamento. La luz de la cocina seguía prendida. Te rogué por mi salud que me dejarás pasar. La tormenta arreciaba y no había amparo en mi auxilio. Esperé. Un cigarrillo tras otro buscando el resguardo del frío. La luz seguía indemne en la madrugada. Con sueño paré un taxi y volví a llamarte. Habrías salido y yo como una pelotuda mojada hasta el alma que no paraba de llorar. Ni un minuto.
No pude dormir. Me tomé dos pastillas y te llamé un poco borracha, llorando, pidiéndote una puta explicación de tu silencio. Una maldita respuesta. Un merecido “Andate a la mierda” en palabras y no ese silencio indiferente. Plano. Absurdo.
Te insulté, te pedí perdón y te aseguré que me apostaría frente a tu casa hasta que me dieras el último beso.
Y me dormí.
Me desperté tarde, más tarde que de costumbre. Corrí a bañarme y te llamé mientras me  cambiaba. Iba a buscarte antes de entrar al trabajo. Somos adultos. Un café.
El colectivo tardó, te deje otro mensaje pidiéndote disculpas por estar tan retrasada. La calle estaba cortada. Me bajé y apuré el paso. El camión de bomberos era enorme. La gente estaba agolpada en el palier. La mujer del encargado salió gritando a mi encuentro. ¡Dios mío, que desgracia! ¡Manuel, Manuel! ¡Dos días muertos, hija, ahí solo, pobrecito, Dios mío. Fue el corazón. Dios mío, tan joven! ¡Por qué, Dios, porqué!
No pude seguir oyendo. Los oídos se taparon. Me costaba muchísimo poder ver. Tuve que forzar la vista para distinguir toda esa gente que llevaba una bolsa donde sonaba estúpidamente tu celular. Una bolsa con forma de Manuel que se llevaba a Manuel.
Apagué el teléfono.

Sobre la autora:

María Negro. Nacida en el 77 en San Martín (Buenos Aires) y obligada por un asma infantil devoró en su primer infancia a Twain y Conan Doyle. Pero no sería hasta los 9 años y la llegada de los cuentos de Dolina (recortados cuidadosamente por su padre de la revista "Humor") y luego Cortázar, que decide convertirse en escritora. Ganadora de numerosos concursos literarios en su adolescencia comienza a dar forma a su escritura sin dejar los guiños cortazarianos que endulzan sus relatos arrabaleros, maleducados y disconformes. En 2007 comienza el blog Otra Autonauta en la Cosmopista que rápidamente toma forma y se afianza logrando impactar con su degenerado hilván de palabras.