miércoles, 26 de junio de 2013

Mi bella, despierta


-poema-

Por: Mónica Chamorro


¿Por qué anhela, mi bella, despertarse?
¿Por qué no duerme suavemente en su castillo?
¿Por qué no permanece en su sueño nutritivo
rodeada de esta hiedra con cada rama en flor?

Mi bella durmiente nunca duerme,
ella vela,  solo acecha entre las sombras.
Mi bella suele hacerse la dormida.
Ella pasa  su vida en la ventana,
mirando tristemente hacia la calle.
Y si alguien se acerca o se acercara,
ella alarga sus pasos hacia el lecho,
deja caer sus párpados pesados,
musita un suspiro entre los labios,
y se hunde en las semblanzas del sueño.

Mi bella durmiente no sabe dormir.
Es una bella sin cesar despierta,
con insomnes párpados exhaustos,
con el rostro agotado de esperanzas.
Tan cansada que ha perdido su belleza.
Mi bella se ha gastado la belleza en  velar y en esperar.
/Mas espera.


miércoles, 19 de junio de 2013

GULLIVER


Buenos Aires con Pacho, Marcelo, Mika, Pato y otros más.


Museo de la “No transpiración” (Traducción al argentino: Álvaro Sierra)

Para Francisco, amigo

El museo, el espacio o el escenario, será en la casa del personaje en el barrio de Belgrano, debido a que el no piensa moverse de su lugar por el invierno, gasta mucha energía (lo mismo sucedió en verano).

Un juego doble de colchones de dos piezas, un hombre con la camiseta original del Milán, se cubre entre las frazadas.  Mide 1.82 metros, es fornido, rubio y con un poco de mal genio contenido, por la cantidad de personas que habitan su espacio.

“Pacho”, “Mono Hoyos”, “Buñuelo”, “Patán”… y ahora “Gulliver” (Menospreciando el sobrenombre) porque una vez jugando a dibujarnos entre amigos quedé muy gordo, muy grande, ¡Que idiotas! rompí ese dibujo para no verme más, pero, con el tiempo le he ido tomando cariño a “Gulliver”.  Conozco mucha gente, algunos me respetan más, otros no, cada grupo de persona me llama con alguno de estos sobrenombres, muy pocos me dicen Francisco, las mocitas[1] que he tenido, mis papás, mis hermanos…

Lamento comunicarles que perdieron la plata, si es que algo pagaron por venir a verme, pues no creo que tenga yo nada importante que mostrar en un museo.

Mi vida es muy simple, la puedo dividir en:

Un balón pinchado, destripado, sea con un cuchillo o con el desgaste de tantas patadas, eso soy yo para el mundo, luego de estar 16 años entrenando en cuanto potrero había en Colombia, pasar por el Nacional de Medellín, el Independiente Medellín, el América de Cali, la Sarmiento Lora, Codeporcauca, Club Atlético Popayán, DIP, Dimerco, Millonarios, Envigado… Todo para que mi rencor creciera hacia todos esos hijueputas que menospreciaron mi talento, porque yo jugaba como un putas, en todos los equipos rendía, era el mejor en la posición que me pusieran, sino pregunten en Miramar, ahorita en Febrero me jugué un picado en la playa con una gente de acá y les hicimos “sopa y seco”[2], pero bueno, la cosa es que yo no estoy ahora jugando en ningún equipo porque simplemente no se me da la gran puta gana, me aburrí de correr tras una pelota y que un pirobo[3] me pidiera un porcentaje de mi sueldo si quería ser titular.  Si, señoras y señores del público, el fútbol no solo es andar pensando en patear una pelota y jugar bonito.  No, es una mafia de mierda y solo lo sabemos los que estamos en eso, todos lo comentan, pero no se imaginan lo que pasa detrás de esos camerinos… Y en la “B”… (Risas) Todos queremos ser de primera, por eso nos matamos cuando jugamos contra un club importante, como el Nacional o el América, siempre les ganamos, esos manes lo único que hacen es cuidarse los talones, pues ya valen mucha plata…  Había talento, de hecho, cuando adelgace voy a volver a volar, pero lo único que tenía de malo para ser futbolista era que tuve una educación diferente.
Tertulia en Buenos Aires

Mi mamá es fiscal y mi papá es arquitecto, somos cuatro hermanos varones y todos estudiamos en muy buenos colegios, en mi familia no hay hambre y sé un par de cosas que muchos de los niches[4] que entrenaban conmigo no sabían o no les interesaba conocer, entonces los técnicos aprovechan eso, que tienen hambre y les dicen de todo,  los tratan mal, y les piden el 20 o 15 por ciento del mes para ser titulares.  Las güevas[5] yo ni por el putas le doy a un güevón que no se merece nada, algo que me había ganado, entonces me la pasé mucho tiempo sentado, hasta cuando me vinieron a ver los españoles esos para llevarme a un club importante y el DT me las cantó, “vos no jugás” “gomelo”[6].
Ese día colgué los guayos, también porque mi familia estaba muy afectada con mi futuro, sufrían más que yo.  Dejé de hacer cualquier cosa que tuviera esfuerzo físico, odiaba mi cuerpo, todo ese tiempo cuidándolo, tantas noches sin salir a discotecas, por estar concentrándome, probé y todas las porquerías que pude, me tomé todos los tragos posibles, la panza me crecía y la verdad me importaba un culo todo, lo único que quería era no querer nada, estuve tres años dándole duro al cuerpo, hasta ahora que volví a encontrarle cariño.

Silencio, se queda mucho tiempo mirando su camiseta original del Milán.

En este espacio, muy lentamente se va a levantar, ofrecerá algo seguramente al público, gaseosa o llamará al delivery de “Pizza Matute” a pedir la promo de $24.

Una flor marchita, eso son las mujeres para mi, mi historia con ellas, el no poder arriesgarme a estar con ninguna mucho tiempo porque sencillamente, no soporto a la gente, no soporto que me toquen ¿Cómo puedo amar a alguien si me odio a mi mismo?

Ojo, no es que no las quiera, soy demasiado heterosexual, pero puedo vivir sin ellas, no pienso en sexo y la verdad, si me voy a meter con una mujer, tiene que ser hermosa.  Sí físicamente, linda, que me guste su silueta, no me interesan que sean bonitas solamente de alma, ya he conocido muchas, yo tengo el alma podrida y no quiero que una mujer “me cambie” quiero pasarla bueno, ver con ganas a la mujer que me gusta y ser feliz.

Me meto mucho al Messenger porque tengo muchos “prospectos” en la red,  ahora, casi todas son de Colombia, ex novias, niñas de la universidad, a todas las trato mal, las trato de zorras, perras… ellas se ríen y me siguen el juego.  La peor fue la de “El chat punto com” Me metí un día a insultar a la gente, porque me gusta insultar a todos esos morbosos que se meten a decir que tienen el pene grande y a buscar a quien se van a comer, y una vieja[7] me puso en el chat privado, hablamos cinco meses, yo no le había mostrado mi foto ni ella la mía, llegó el día del encuentro, ella fue desde Manizales, porque no era de Bogotá, desde Manizales a cinco horas de viaje hasta mi apartamento, yo ni siquiera puse otro lugar, venía para mi casa para encerrarnos días y días a besarnos y a tener mucho sexo, éramos almas gemelas, me conocía, la conocía… (Risa nerviosa)  Pero no me gustó, no sé, no era fea, pero…  no me gustaba su cintura, tenía algo raro, me sentí un miserable, pero no fui capaz ni de besarla, ella sintió enseguida la decepción y luego, después de que no pasara nada, se fue, me borró del Messenger, le escribía correos y me los rebotaba, quedó ofendida, yo no sabía que había dejado al novio de cinco años por mi… ¿Cómo hace eso?

¿En Argentina? Me agregó al Messenger una evangélica de Flores, está linda pero vive muy lejos de mi casa y me da pereza agarrar el 133, da muchas vueltas, además con su cuento religioso… no me interesa.
Álvaro y sus amigos del colegio y de la Aldea

Una milanesa, un sanduche de milanesa mejor, sería la tercera parte de este museo, es lo único que como en este país, con papas fritas de “La parrilla de Charly” y la promo de las pizzas que se están comiendo, es que… soy jodido para comer, de parrilla, solo como colita de cuadril y choripán, ahora choripán no porque quiero estar light, no como nada con ajo, no me gustan las aceitunas, no me gusta la bondiola, no me gusta el pescado, solo el atún, no me gustan las aceitunas (ya lo dije), ehh… El coliflor, el brócoli, las habichuelas, toda verdura distinta al tomate y la lechuga, las berenjenas… alcaparras.  Bueno, tampoco me gusta el queso, solo me lo como derretido en las pizzas o en un tostado, pero en el sanduche de miga me lo aguanto.

La cuarta parte de mi museo, no la sé nombrar, es mi lado fetiche, mi lado “artístico” (Se ríe solo, come un pedazo de pizza, le ofrece a los espectadores más gaseosa) No traje vino, porque lo odio, y solo tengo Coca-cola cero, porque ando en la onda light, pero la verdad me gusta más la Coca-cola normal, “de hombre” como dicen mis amigos.  Soy fanático de las neveras[8], si de las neveras de los años cincuenta, no me importa que funcionen o no, a mi me gusta tenerlas y darles otro uso, una nevera puede ser fácilmente una buena biblioteca, o un bonito armario, también puedo restaurarla y hacerle todo un tratamiento de diseño. Sí, diseño, dejé el fútbol y enseguida me puse a estudiar publicidad, pero odio esa carrera.  Todos los que quieren estudiar o estudian esto, creen que tienen que ser “locos” o “rayados” y se hacen los intelectuales cuando apenas se han leído dos libros en su puta vida, y además lo único que les importa es tener ropa de marca y fumar bareta[9] antes de pensar en una idea, todo bien, pero yo a mi gremio lo llevo en la doble[10], es más, creo que nunca voy a ejercer mi profesión, me interesa más el título para que mi familia no me joda más, pero lo mío tiene que ir más hacia la escenografía de cine y teatro, o algo así.

Recibiendo vasos y platos.

Bueno, no hay mucho más por contar, de hecho no les dije nada interesante, créanme, si tuviera muchas monedas de a peso, se las daba, porque sé que perdieron el viaje en colectivo hasta acá, esto es lo que hay, como dicen ustedes, “ya fue”.
(Buenos Aires, 2007)



[1] Forma de decirle a las amantes o parejas  poco importantes en Colombia
[2] Frase colombiana que significa que se jugó mejor que el rival.
[3] Traducción: eé Argentina sería una mezcla entre Grasa-forro-pelotudo-puto
[4] Forma de decirles a los negros del pacífico en Colombia
[5] Expresión Colombiana de queja
[6] “Cheto” en Colombiano
[7] Traducción de “Mina” en algunos lugares de Colombia
[8] Heladeras
[9] Dicho popular del “Canaviss” o “Marihuana”
[10] No confía en ellos

martes, 11 de junio de 2013

CRÓNICA SOBRE LA ESCRITURA DE UNA NOVELA


A propósito de “El sastre de las sombras”




Por: Carlos Bermeo

Voy a escribir una novela negra”, me dijo hace seis años, instalado detrás de su escritorio, Rubén Varona. En aquel entonces, mi amigo fungía como Director Ejecutivo de uno de los principales Centros de Productividad e Innovación del suroccidente colombiano, y después de un año y medio de gestión, ya cosechaba sus primeros resultados exitosos. Alrededor nuestro, había decenas de cubículos con ingenieros industriales, administradores de empresas y contadores que elaboraban y ejecutaban proyectos a la velocidad de la luz. Allí se hablaba de formatos de contabilidad oficiales, de tablas de Excel, de revisorías fiscales, de auditorías y financiamiento con ayudas nacionales e internacionales.

En ese tiempo, Rubén Varona estaba recién egresado de la Universidad del Cauca: había estudiado administración de empresas y cada vez, albergaba más dudas sobre si su verdadera vocación estaba en los números o en las letras. Un día, mientras tomábamos un café, me dijo: “Inconscientemente esto de la administración se me esconde cada vez que puede. Mira que fui a la biblioteca por un libro de Gerencia Empresarial y no sé cómo, terminé pidiendo las obras completas de Jorge Luis Borges. Ahora estoy releyendo El Aleph”. Los libros del autor argentino estaban encima de la mesa, como invitados entrometidos que habían aparecido a última hora.

Jorge Luis Borges


“¿De qué se trata la novela?”, le pregunté. Su teléfono celular vibraba ruidosamente sobre el escritorio y se movía como un bicho electrónico hacia una maraña de folios y papeles. “Ya tengo la historia en la cabeza. Se trata de una chica que engaña a su novio en su despedida de soltera. Sin querer, termina asesinando a su amante y luego, a uno de los cómplices que ella supone que podrían ayudarla. A partir de allí, habrá un efecto de bola de nieve, donde, como en un laberinto, la protagonista se encierra en las mentiras de su propia historia”. Desde un inicio me llamó la atención y le dije que me parecía un argumento interesante. En ese momento, entró una secretaria y puso sobre la mesa una carpeta con un convenio regional para que Rubén le estampara la firma. Cuando la joven salió Rubén me dijo: “Así no se puede escribir. Tengo que decidirme. Tiene que ser lo uno o lo otro: la administración o la literatura

Pocos meses después, un día sábado, nos reunimos en un la casa de un amigo y leímos durante todo el día los capítulos que componían la primera parte de la novela. Rubén la había bautizado como “Despedida de soltera” y había escrito aquellos fragmentos durante sus pocos ratos libres: en las noches o en las mañanas de domingo. Tenía redactadas cerca de cuarenta páginas inconclusas,  que comentamos una a una. Un mes después, nuestro amigo nos convocó a un bar y nos dio una noticia definitiva que cambiaría el rumbo de su vida: había renunciado irrevocablemente a la Administración de Empresas y se iba a dedicar de tiempo completo a la literatura. Le preguntamos por el Centro de Productividad: nos dijo que ya había entregado el cargo a la Junta Directiva. A partir de allí, lo vimos en los parques y en los cafés re-leyendo las obras de Borges, de Poe, y de Conan Doyle. Un gran amigo en común, el escritor Johann Rodríguez Bravo, lo animó para que “desempolvara”  y publicara  una novela que había escrito un año atrás. Rubén se animó a editarla con el sello Axis Mundi: “Espérame desnuda entre los alacranes”. Esa es otra novela, de la que quizá, algún día pueda contar, como hoy, su labor de construcción. Pero más allá de esta primera publicación, en la cabeza de Rubén, seguía rondando el fantasma de aquella chica bogotana que se le aparecía en sus sueños, matando a su amante en la víspera de su boda.



Poco tiempo después, Rubén Varona se despidió de Popayán, su tierra natal y comenzó un período trashumante, donde vivió una verdadera vida artística que cambió su visión de las artes y las letras: durante cerca de dos años, recorrió los caminos de Inglaterra, Suiza, Francia, Escocia, Italia y otros lugares europeos. Desde Colchester, vía correo electrónico, me envió una nueva versión de su novela. Ahora se titulaba “Una noche en el Monte Calvo”. La leí de inmediato: nuevamente estaban escritos solamente los capítulos de la primera parte, donde una vez más, había quedado suspendida. Pero, en esta nueva lectura encontré un elemento adicional que cambiaba el contexto de la obra: ahora había aparecido además de lo policiaco, lo macabro, la magia negra, las manos del demiurgo que corrompían y oscurecían todo lo que tocaban. El texto tenía cada vez más influencia de Lovecraft que de Conan Doyle. Sin embargo la novela seguía inconclusa.

Rubén Varona, autor de "El sastre de las sombras". Edimburgo 2009.


Varios meses después, Rubén regresó, de paso, a Popayán. Me invitó a Ecuador, más concretamente a Otavalo, donde residen los indígenas que llevan el mismo nombre. Estaba interesado en conocer la ceremonia y el ritual del Inti Raymi o Fiesta del Sol, una celebración espiritual milenaria, común a todos los pueblos autóctonos de Sur América que se realiza una vez al año en los Andes, durante el solsticio de invierno. En esta ocasión no pude acompañarlo, pero yo ya conocía este ritual, porque el año anterior había viajado con un grupo de amigos a apreciarlo.

A su regreso, Rubén Varona estaba bastante sobrecogido por la ceremonia que realizan los chamanes indígenas la noche anterior al solsticio, en la cascada de Peguche, un lugar exuberante, pleno de verdor, de montañas escarpadas y selváticas, en las afueras de Otavalo. Allí, los sacerdotes-hechiceros realizan una ceremonia de limpieza a través de un baño sagrado, donde se prepara espiritualmente a los nativos para las fiestas que se desarrollarán en la semana siguiente. En esos días -de acuerdo a una leyenda que narran los indígenas- se aparece el diablo dentro de la Cascada de Peguche, custodiado por dos perros negros, para llevar a los hombres a su perdición. “Ya encontré lo que le falta a la novela” me dijo Rubén emocionado, mientras bebía un trago de ron: “Ahora encajan todas las piezas” Antes de que se embriagara, me aseguró que el terror de su obra, iba a brotar de aquella cascada inmensa de la que todavía escuchaba sus ecos en la cabeza. Esa noche metafísica, rodeado de indígenas que gritaban sus ritos en idioma quechua, en medio de un paraje selvático, eran definitivos para la construcción de su novela.

Cascada de Peguche en Otavalo, Ecuador

Un par de días después, Rubén tomó sus maletas y se fue a vivir a Estados Unidos. Iba a cursar una Maestría en Creación Literaria en la Universidad de Texas. Cuando nos comunicábamos, le preguntaba por su novela. Siempre me decía que necesitaba tiempo –lo que requieren todos los artistas- para terminarla. Hasta que al fin tuvo que enfrentarse a sus demonios: cuando tuvo que elegir el tema de su tesis de maestría, Rubén no lo dudó: iba a escribir de una vez por todas la historia de aquella mujer que se le aparecía como un fantasma desde sus épocas de Administrador.

Una navidad me llamó y me dijo: Por fin terminé la novela. Y ese día lo recordé años atrás, sentado en su escritorio, avisándome que iba a escribir una novela negra, mientras dudaba si seguía su vida de administrador, o si por el contrario, se lanzaba a vagar por el mundo sin que importara el mañana, para dejarse poseer de ese espíritu dionisiaco propio de los poetas y los artistas. Finalmente lo hizo y después de varios años -y a cinco mil kilómetros de distancia- tenía la novela entre sus manos.

La leí de un tirón y quedé fascinado. La historia había sido re escrita y replanteada desde nuevos ángulos que incluían el horror, el sadismo y la temporalidad. Ya casi nada quedaba de aquel borrador que leímos años atrás titulado “Despedida de soltera”. Los personajes habían cambiado, transformándose en seres perversos y por ello, más humanos. También la geografía de la historia se había transmutado: ahora aparecía una Bogotá clasista, fría y gris y una Popayán representada como como una fiesta interminable de disfraces que escondía crímenes atroces. En esta nueva versión, las ciudades no eran sitios de referencia, sino lugares y estados del alma. Ni qué hablar de la noche de Otavalo, en la cascada de Peguche. Esta escena de hechicería indígena había tomado unas proporciones colosales: gracias a ese ritual precolombino, nuestra joven bogotana podía viajar en el tiempo.

Indígena Otavalo

Esta novela ha sido editada recientemente por La Pereza Ediciones en los Estados Unidos y su distribución vía internet (Amazon.com) está disponible en todo el mundo. Su lanzamiento oficial se realizó en días pasados en el prestigioso centro académico Texas Tech University, en la ciudad de Lubbock, al norte de Texas, donde el autor cursa un Doctorado en Literatura. Desde Popayán envío un abrazo al escritor Rubén Varona, un amigo a quien respeto y aprecio, y a quien no dudo en identificar como el verdadero y único “Sastre de las sombras”.