miércoles, 1 de mayo de 2013

Tendencias de la narrativa actual en Colombia




Por: Johann Rodríguez-Bravo

I

Campo Elías Delgado, personaje de la novela Satanás de Mario Mendoza, Premio Seix Barral Biblioteca Breve 2002, escribe sobre el piso del restaurante Pozzeto  con la sangre de uno de los comensales que acaba de asesinar: “Yo soy legión”. Frase que también abre la novela como epígrafe, pero con la firma autorizada de otro autor: el evangelista San Marcos: “Yo soy legión porque somos muchos”. Es claro que hay una relación directa con lo demoníaco; para Campo Elías Delgado es el punto final de su reflexión —si acaso fue eso y no sólo un impulso nervioso— sobre el libro de Stevenson El doctor Jekyll y mister Hyde (1886), y para San Marcos, es una frase de Lucifer. No obstante estas palabras parezcan el inicio o el final de una obra del período gótico de la literatura inglesa del XIX, ellas sirven de una analogía para definir el estado de la literatura colombiana de principios del siglo XXI.

La palabra “legión” se define como “número indeterminado y copioso de personas, de espíritus, y aún de ciertos animales[1], por eso cuando San Marcos termina la frase con “porque somos muchos”, está expresando que Lucifer es él y todos los ángeles caídos al mismo tiempo. Son muchos, muchas las voces, muchos los espíritus, muchos los fantasmas dentro de la misma categoría inmaterial. La novela colombiana contemporánea es también una legión, aunque de infierno no tenga más que un Satanás, pues sus autores, al igual que los espíritus a los que hacer referencia el evangelista, son numerosos y variopintos. La tendencia actual de la literatura contemporánea es ser una y ninguna.

El objeto de este texto es acercarse a una hipótesis sobre la cual se explica que la literatura colombiana de principios del siglo XXI no es susceptible de ser abordada como un movimiento, una generación o un estilo común, pues las voces narrativas del actual inventario libresco son de una gama diversa de propuestas.  De todas formas, pese a que las paralelas sólo se encuentran en la imaginación, intentaré, en medio de la separación, hallar unos puntos de convergencia apenas lógicos en novelas escritas por colombianos —esos que las editoriales del momento, monstruos comerciales, han querido llamar: escritores jóvenes— dado que el gran telón de fondo es el fenómeno urbano. Por lo tanto, la estructura analítica de este ensayo rodeará los linderos de la narrativa actual a la luz de dos interrogantes: 1) ¿qué separa a los autores?; y 2) ¿qué une sus obras? Esto sin olvidar la frase que despierta la especulación argumentativa: “somos muchos”.


II

     Franz Kafka 

Antes de abordar de lleno las obras de los escritores contemporáneos, es menester para efectos de contextualizar el fenómeno literario actual, hacer un breve repaso por la historia de la literatura colombiana y latinoamericana del siglo XX. 

Si para la Política, el siglo XX comenzó en 1914 con la Primera Guerra Mundial, para la Literatura comenzó en  1915 con un relato magistral de Kafka: La metamorfosis; aunque, más claramente, 7 años después, en 1922, con la publicación de Ulyses de James Joyce. En Colombia, en cambio, el fenómeno joyceano no influyó sino hasta mucho después de que su obra saliera al público.

El siglo XX, en la literatura colombiana, al igual que en la literatura latinoamericana, estuvo signado por tres fenómenos literarios. El primero de ellos fue una prolongación de lo que se escribía a finales del siglo XIX, novelas realistas-costumbristas de corte telúrico que proliferaron incluso hasta los años 50’s. “En el siglo XIX, la aventura era la geografía”, según Gretel Wernher[2]; esto se evidencia en la última frase de La Vorágine de José Eustasio Rivera (“¡se los tragó la selva!”), que aunque es una novela de 1924, tiene claramente los rasgos decimonónicos. Para Carlos Fuentes, “la exclamación, más que la lápida de Arturo Cova y sus compañeros: podría ser el comentario a un largo siglo de novelas latinoamericanas: se los tragó la montaña, se los tragó la pampa, se los tragó la mina, se los tragó el río[3] .  Y selva, montaña, pampa, mina y río son sinónimos de la geografía de América. La novela telúrica, cuya máxima exponente es La Vorágine (1924), también está representada por Don Segundo Sombra (1926), del argentino Ricardo Güiraldes, y por Doña Bárbara (1929) del venezolano Rómulo Gallegos, entre otras. En Colombia, en la primera mitad del siglo XX, hubo otros novelistas como  Tomás Carrasquilla y Eduardo Caballero Calderón que también se enmarcan en el fenómeno narrativo ligado al campo. El primero con su novela La marquesa de Yolombó (1928) y el segundo con Siervo sin tierra (1954). La influencia de esta literatura rural consiguió llegar, incluso, a una de las grandes obras del siglo XX, Cien años de Soledad (1967) de Gabriel García Márquez pero de una manera contraria, es decir, como rechazo. Aunque la temática de García Márquez está ligada al campo y a la geografía —no olvidemos, elementos recurrentes en la literatura de la primera mitad del siglo (“[José Arcadio Buendía] abandona la ciudad en la que habían nacido  para fundar Macondo en una región inaccesible[4]) — es Cien años de soledad una novela totalizadora que al tiempo que posee rasgos telúricos, su tratamiento del “realismo mágico” le da el toque de innovación a una temática que sucumbía.

Eduardo Caballero Calderón

Aunque en 1934, Eduardo Zalamea publica Cuarto años a bordo de mí mismo con el seudónimo de “Ulises” y con un estilo técnico bastante innovador para las letras nacionales, el momento histórico que señala la transición entre la narrativa con rasgos decimonónicos (rural) y la narrativa actual (urbano), es que el rodea al debate en torno al fallo de un concurso nacional de cuento a principios de los años 40’s. RH Moreno-Durán recuerda en su libro Denominación de origen (1998) que: “En 1941, un año después de muerto Carrasquilla, el país presenció un sonado debate que define muy bien las dos líneas enfrentadas, y que de alguna manera son representativas de las opciones literarias que han predominado en Colombia, desde los tiempos del Modernismo hasta el presente”[5]. La discusión se produjo porque el jurado declaró que tanto el cuento “¿Por qué mató el zapatero?”, de Eduardo Caballero Calderón como el que titulaba “La grieta” de Jorge Zalamea merecían ser ganadores. La importancia de este momento para la literatura colombiana se debe a que por un lado, el cuento de Caballero Calderón  recreaba una historia con un “tono marcadamente social” a la que Vargas Osorio, según Moreno-Durán, defendió desde El Tiempo al decir que “sólo en provincia puede hallarse la verdadera fisonomía de Colombia[6]; y por el otro, en el cuento de Zalamea “cualquier lector podía advertir un velado homenaje a James Joyce”, y  esto, claramente, significaba el inicio de la transformación de la narrativa no sólo en Colombia, sino en el mundo entero.

El período de los 50’s fue el de la llamada “novela de la violencia” y es el que termina por sembrar los primeros pinos de la transición campo-ciudad. A partir de la década de los 60’s, el llamado “boom latinoamericano” marcó el paradigma de la literatura en los países de habla hispana. Es este nuevo patrón, el que daría inicio a la segunda etapa de la literatura colombiana del siglo pasado. De todos modos, hay que tener en cuenta que el “boom” no surge como una expresión original de la inventiva de 4 ó 5 autores (Vargas Llosa, Donoso, Fuentes, García Márquez, Alejo Carpentier), sino como una representación estética de las transformaciones socioeconómicas de los países latinoamericanos. No es gratis que las nuevas ficciones empezaran a dejar los pueblos polvorientos  y las gallinas para trasladarse a insípidas ciudades que apenas si tenían una visión diferente del mundo.  Los escritores de esta década “se liberan del provincialismo”, como dicen Claude Cymerman y Claude Fell en su Historia de la literatura hispanoamericana (2001, Pág. 95), pero yo diría que se liberan del provincialismo rural, para caer al provincialismo de las primeras ciudades.  A diferencia de lo que sucede en la literatura de la actualidad, las novelas de los 60’s y 70’s que eran ambientadas en Bogotá, trataban sobre Bogotá; en cambio, las de hoy tratan sobre una Bogotá que es todas las ciudades del mundo al mismo tiempo. La universalidad de las obras ha existido desde Homero, pero el cosmopolitismo (y sobre todo el de las ciudades de los países en desarrollo) sólo como un proceso natural de la globalización.

Con el inicio de la Guerra Fría y el triunfo de la Revolución Cubana en 1959, Estados Unidos, bajo el liderazgo de John F. Kennedy, empieza a apoyar la industrialización de algunos de los países que estaban riesgo a caer en el Comunismo; “Colombia [, por ejemplo,] sirvió de vitrina para la Alianza para el Progreso[7]. Es por eso y gracias a las políticas económicas modernas productos de los novísimos estudios sobre la pobreza encabezados por el Banco Mundial, que países como Colombia comienzan a transformar su estructura social y política. El crecimiento de las ciudades se hace exponencial. “Una de las transformaciones más radicales en la estructura social colombiana durante la década del setenta (…) fue la acelerada urbanización[8]. La literatura de los años 70’s, un poco al margen de la temática de las novelas del boom, está cruzada por el tema de la ciudad, el marxismo, la marihuana y las expresiones musicales de las clases medias: rock y salsa.  Las transformaciones sociales producto de los manejos político-económicos influyen de manera directa la conciencia de todos e, incluso, la temática de los narradores quienes, como todas las personas, nacen bajo los paradigmas de la sociedad que los rodea.

Andrés Caicedo

La ciudad en las novelas de los 70’s e, inclusive, en la de los 80’s no es una ciudad para ser narrada, sino para ubicar los personajes.  En Que viva la música (1977), Andrés Caicedo hace de Cali el telón de fondo, el pre-texto escenográfico en el que la Mona y sus amigos viven experiencias citadinas marginales, todavía sin la concepción urbana del todo establecida en el imaginario colectivo de los personajes mismos. La vida en la Cali de los 70’s es la de un “pueblo grande” que se enfrenta con los procesos industriales propios del crecimiento económico y que todos los día revela la nostalgia de no ser cómo era antes; “(...) Se reúnen aquí para gozar del único espacio abierto que queda en el Norte de Cali. Espacio, si me permiten informar, que ya no existe. Colombina, la fábrica de confites que se exportan, ha levantado allí una torre de 30 pisos[9] (Sic). En esa misma época también empiezan a proliferar las novelas escritas desde el exilio, la literatura de la diáspora. Moreno-Durán y Luís Fayad, por ejemplo, escriben sus libros, el uno desde España y el otro desde Alemania. El mismo García Márquez escribe desde México, al igual que Mutis y Vallejo. Las aventuras en estas novelas ya empiezan a presentar rasgos de urbanidad  toda vez que el autor ambienta sus obras tanto en Colombia como en otros países y sus experiencias cosmopolitas ya han comenzado a influir en sus producciones intelectuales.

La tercera etapa es la que se fragua a partir de la premiación por Colcultura de la novela “Opio en las Nubes” (1992) de Rafel Chaparro Madiedo  y que se extiende hasta nuestros días. En esta, la novela coge la fuerza de un cohete y se echa a volar por muchos cielos.  La discusión de esta última etapa será el agua en el que se sumerja el resto del ensayo, por tanto, he de decir, para concluir esta segunda parte, que la literatura, aunque de alguna forma intente inventar una nueva realidad, al bien decir de Vargas Llosa, está atravesada por los principales acontecimientos sociales y es el resultado, cuando no la trasgresión, de las literaturas de anteriores.


III

Con una ubicación temporal y espacial (la ciudad como el nuevo teatro del mundo), es más cómodo hablar de “la legión” de voces que conforma la literatura colombiana de nuestros días. La ciudad ya no es un conjunto de calles y semáforos, sino un personaje que no se deja caminar, sino que camina. Cuando Braulio Cendales, personaje de la Balada del pajarillo (2000) de Germán Espinosa o Sergio Bocanegra, de Técnicas de masturbación entre Batman y Robin (2002) de Efraim Medina, se echan a andar por los laberintos de sus ciudades, ya no se meten las manos a los bolsillos y miran el comercio a través de las vitrinas, sino que el comercio mismo va con ellos, se pasea de la mano con el asfalto y el smog. La ciudad se camina a sí misma en las nuevas novelas de la literatura colombiana, “la ciudad (…) el texto vivido donde hay sujetos, objetos vivientes; donde hay una estrecha relación entre la carne y la letra, la palabra y la piedra[10].El tema de la ciudad como personaje que anda será entonces uno de los primeros puntos de encuentro de estas nuevas obras; sin embargo, como se había dicho al comienzo, la pregunta “¿qué separa a los autores?” será la guía de esta sección.

Los escritores de hoy en Colombia, los que empiezan a publicar y los que llevan unos 5 ó 6 años en las carteleras de ventas, son como la cuadrilla de diablos del evangelio de Marcos, de todas las razas, credos, edades y estilos. Orlando Mejía Rivera, crítico y académico de la Universidad de Caldas, ha querido acuñar el término “generación mutante”, con el fin de poder reunir bajo una palabra con una acepción bastante sui generis el fenómeno literario de la actualidad.  Decir que Santiago Gamboa, Jorge Franco, Julio César Londoño, Fernando Vallejo, Enrique Serrano, Juan Gabriel Vásquez, Mario Mendoza, Héctor Abad Faciolince y Laura Restrepo pertenecen a la misma generación es un poco exagerado ya que sus edades son dispares y algunos se llevan incluso 20 años de diferencia como es el caso entre Londoño y Vásquez por ejemplo. Decir que los une un mismo estilo tampoco es acertado pues mientras Gamboa prefiere usar un lenguaje claro, sencillo, plano, Serrano y Londoño juegan todo el tiempo con las palabras; Vallejo, por su parte, es el poseedor del estilo más original  y menos parecido a los demás. Su narrador-personaje, homónimo de él mismo, se riega en un discurrir verbal que pasa de la perorata de “paisa cantaletosa” a disertaciones eruditas sobre el idioma en pocas líneas. Faciolince y Franco, tal vez por compartir terruño, se tocan de cierta forma en el estilo, aunque no en la temática. En los temas, todos estos escritores son tan diferentes que sería difícil hablar de algo en común que los esté afectando. Si bien, Serrano, Londoño y Vásquez gustan de los temas históricos, Faciolince, Mendoza y Franco prefieren la temática social urbana de hoy.  Para Mejía Rivero, actualmente se han perdido “los límites temáticos de lo que puede ser escrito y recreado, ningún tema está vedado por el hecho de ser alguien un escritor colombiano[11]. Sobre esto dice Juan Gabriel Vásquez: “La escritura de novelas no es una actividad sindical: no tiene por qué haber acuerdo entre todos, ni siquiera entre dos[12].

La única manera de cercar a estos nuevos narradores es, como dice Cecilia Caicedo, conferenciante de la extensión cultural del Banco de la República en su taller sobre la nueva novela colombiana, a través de las fechas de publicación, entre 1998 y 2004[13].



De la Virgen de los sicarios (1994) de Fernando Vallejo, hasta  Los Informantes (2004) de Juan Gabriel Vásquez, pasando por Fragmentos de amor furtivo (1998) de Abad Faciolince,  por Érase una vez el amor pero tuve que matarlo (2001) de Medina, por los cuentos de Pesadilla en el hipotálamo (1998) de Julio César Londoño, por Satanás (2002)  de Mendoza, por Delirio (2004) de Laura Restrepo, Tamerlán (2003) de Enrique Serrano y, aún, Al diablo la maldita primavera (2002) de Sánchez Bauté, los libros de la producción reciente de la literatura colombiana versan sobre todos los temas y están escritos desde todos los niveles de calidad.  De ellos, hasta ahora, no hay ninguno que se pueda perfilar como una obra maestra invulnerable a la envidia y al tiempo. Deberá correr más agua del río Bogotá y pasar más tiempo y haber hecho más lecturas, para que la historia, crítica implacable y no siempre justa, tenga a bien conservar una de estas novelas como representativa de su momento. Algunos críticos y algunos escritores no dudan en mencionar a Fernando Vallejo como el mejor de los escritores actuales, sobre todo en el ámbito internacional. En  España se dice que las editoriales están publicando  bajo una “política de riesgos mínimos [que] da en ocasiones grandes sorpresas, (...)[como el] bombazo que produjo la publicación de la lírica a la vez que hiriente La virgen de los sicarios de Fernando Vallejo, una pequeña obra maestra, tan dolorosa como contenida[14].

Orlando Mejía Rivero ha optado por llamarlos la “generación mutante”, valiéndose de la configuración del adjetivo-sustantivo (o sustantivo adjetivado enseñaría Vallejo en Logoi)  en nuestra época de cómics, televisión satelital y experimentos genéticos.  El crítico manizalita dice:

“[Otro] sentido de la expresión «mutante» proviene del argot juvenil estudiantil, de clase media, de los años ochenta y que significa, más o menos lo mismo que la frase actual de «Nerds chéveres». Es decir,  aquellos muy buenos estudiantes, interesados por múltiples campos intelectuales que incluían las matemáticas, las ciencias biológicas, la filosofía y la literatura universal (tanto europea, norteamericana como nuestros escritores del boom latinoamericano), pero que, a la vez, eran buenos jugadores de fútbol, básquetbol, béisbol, ajedrez, cartas, bailarines de salsa y de disco al estilo Travolta, y bebedores moderados, o transitorios, que no hicieron bohemia intelectual en los cafés y en los prostíbulos, sino en las discotecas, las fiestas de quinceañeras y descubrieron el sexo con sus novias y amigas de colegio y universidad”[15]

Con este nombre, lo que quiere el crítico es poder legitimar un título para una generación de escritores amorfos —en el buen sentido de la palabra— sin caer en los problemas de separación antes mencionados.  Yo, por mi parte, aunque encuentro simpático el mote, rehuyo al afán de encasillar a unos escritores que podrían unirse más fácilmente en unos cuantos años cuando sus obras empiecen a consolidarse. Hoy por hoy, estos narradores apenas están en busca de su propio estilo.

Escritores tan importantes como Germán Espinosa, RH Moreno-Durán, Milcíades Arévalo y Darío Jaramillo Agudelo, aunque aún son publicados por editoriales importantes y su producción literaria es cada vez más exquisita, tendrían que ser evaluados bajo otra lupa, ya que sus inicios se remotan a los 60’s y 70’s y sus influencias son otras; además, su obra ya ha conseguido una madurez que exigiría un tratado de largo aliento. Por lo tanto, se crearía un sesgo de interpretación y análisis al incluir estos autores en el mismo momento literario de los antes mencionados. Por esta razón, el presente texto los deja al margen del análisis, aunque yo deba pasar por hereje.


IV



¿Qué hace común, entonces, a todos estos nuevos narradores? La respuesta la da el gato Pink Tomate, uno de los personajes de Opio en las nubes. Dice el animal: “Desde que el viejo Job se murió a veces Lerner, el gato tímido, me acompaña en las noches a recorrer los techos de la ciudad. Hoy recorrimos un techo muy particular, el techo de Altagracia. Altagracia es una mujer solitaria y vive cerca del apartamento de Amarilla”[16]. En esta cita se revela mucho de lo que empezaría a llenar las páginas de la nueva literatura colombiana: la mirada del mundo desde la nocturnidad de las ciudades, nocturnidad que como oscuridad también puede ser sinónimo de la soledad y de la sordidez. “Allá abajo la ciudad está que bulle. Es viernes y por eso los habitantes van de un lado para el otro buscando un vaso de vodka con hielo, una silla, un cigarrillo, unos labios rojos y carnosos que hablen y dejen escapar esas palabras rasgaditas, esas palabritas nocturnas que salen oliendo a whisky, a lengua seca, a humo azul, a semáforo en rojo y amarillo tú me sacudes toda la noche trip, trip, trip[17].

La nueva visión del mundo es, como todas, la que está alimentada por la transformación de la estructura social y política. ¿Acaso es causal que Chaparro Madiedo haya publicado la novela tan sólo un año después de que la economía colombiana se abriera al mundo con un nuevo modelo de desarrollo neoliberal y que la caída del Muro de Berlín haya dado punto final a la división política del mundo? Las ciudades de hoy son fácilmente leídas en cualquier otra ciudad; la televisión por cable, la Internet, la comunicación internacional en tiempo real y las demás tecnologías hacen parte de un suceso histórico que determina los comportamientos de los colectivos y las personas en particular. Hoy en día, un joven de Medellín es más parecido a alguien de su edad que viva en Helsinki que a su padre. Los jóvenes comparten muchos gustos parecidos producto de las estrategias mercadotecnias que desde los años 80’s y 90’s  se han incrementado aceleradamente. Coca-cola es “la chispa de la vida”, en Popayán y en Caracas, en México y Tokio, en Bariloche y Montpellier.

La literatura moderna ya no versa sobre temas épicos en los que un héroe tarda veinte años regresando a casa después de una cruenta batalla o que se imagina ser un gran caballero cuyo destino esta marcado por la obligación de socorrer menesterosos y desfacer entuertos. No; la literatura de hoy refleja, como epopeyas, las aventuras ordinarias de los hombres, esos problemas que se presentan cualquier día para una persona de la comunicorrientidad. Y es, precisamente, sobre estos temas de la vida diaria, sobre los que escriben la mayoría de estos escritores.  En  España, en Latinoamérica y en Colombia, por supuesto, “el público parece descantarse por emociones fuertes, por el atractivo morboso de la miseria y la violencia del nuevo mundo[18], pero, curiosamente, ese atractivo se incrementa cuando la miseria y la violencia es la de los personajes sencillos, la de los vecinos de la ciudad[19].

Para comenzar con los puntos de encuentro, primero debo decir que lo mejor que he leído sobre la morbosidad que produce el saber cómo vive el otro, el de al lado, es el cuento  Vecinos del escritor norteamericano Raymond Carver (1946-1988). En el relato, un par de esposos piden a sus vecinos de enfrente el favor de alimentar a su gato mientras ellos van de vacaciones fuera de la ciudad. Los vecinos aceptan y deciden intercalarse para ir: un día va el marido, el otro, la mujer. Pero algo sucede cada que ellos entran al apartamento: un descubrir de la intimidad del otro que les lleva, incluso, a olvidarse de la empresa a la que entraron (dar de comer a la mascota) y deleitarse en el éxtasis que produce saber qué shampoo usa la vecina, de qué color es su ropa interior.  El tema del cuento de Carver es casi el mismo tema de Basura de Héctor Abad Faciolince, pero, a diferencia del norteamericano, éste le añade un elemento más sórdido: los desperdicios como la identidad. “Dime qué botas y te diré quién eres”, diría el personaje de la novela del escritor paisa. 

Con Basura me adentro al gran fondo común de la nueva literatura colombiana: “el edificio” como una ciudad dentro de la ciudad. Tanto en esta novela  como en Angosta (2004) del mismo autor, en Técnicas de masturbación entre Batman y Robin, Los informantes, Rosario Tijeras, Paraíso Travel, Satanás entre otras, el micromundo en el que se mueven los personajes es el de los edificios de apartamentos. Esto es muy común en la literatura actual colombiana y no en la literatura de hace 20 o 30 años. En la literatura de los países desarrollado como Estados Unidos y los de Europa, los edificios y las metrópolis son la temática desde los años 20’s, pero hay que entender que en estos países la urbanización empezó mucho antes que la nuestra.

Manuel Vásquez Montalbán

Dice Manuel Vázquez Montalbán  en su ensayo “La literatura en la construcción de la ciudad democrática”[20], que  son “dos [los] elementos aventureros y literarios de una ciudad moderna: la casa como madriguera entre otras madrigueras (…) y la ciudad como escenario de violaciones  de tabúes a través de crímenes condicionados por el mismo sistema urbano y su organicidad”. Cuando el escritor español dice “casa”, muchos de nosotros, lectores de las ciudades de hoy, pensamos en “apartamento”. Campo Elías Delgado, personaje de Satanás, el día D baja de su apartamento después de asesinar a su madre y empieza toda una hecatombe vecinal. Uno por uno va matando a los habitantes de su edificio de la Carrera Séptima con 52 (Bogotá).  Es el edificio de Angosta,  por ejemplo, el pretexto de Abad Faciolince para mostrar una microficha de la sociedad actual. En él viven desde ricos propietarios (los del primer piso), hasta los más paupérrimos y miserables personajes que deben contentarse con alquilar “palomeras” en el último piso. Esta relación de vecinos, tan bien planteada en una novela del siglo XIX, Papá Goriot, es una de las fichas movidas por los autores contemporáneos. En las novelas de Efraim Medina sería difícil imaginarse la posibilidad de las aventuras sexuales de sus personajes sin un encuentro entre desconocidos en la portería, en el parqueadero, en la terraza de un edificio.  Lo mismo en la novela de Chaparro Madiedo, ¿cómo podría Pink Tomate y Lerner, los gatos, espiar las aventuras sexuales de sus vecinos humanos sino fuera porque en las ciudades de hoy las ventanas de los edificios son la felicidad de los voyeur?

Montalbán también dice que “la ciudad moderna es el símbolo de la madre con el doble aspecto de protección y de límite”. Cuando los personajes (y las personas) deciden asumir sus casas-apartamentos-hogares-nidos en guaridas de protección, están buscando el vientre materno de alguna forma, ese lugar en el que no pasaba nada. Pero cuando el escritor español dice que en la ciudad está el límite y que la madre también lo es de alguna forma, se hace evidente que el deterioro de la imagen de la ciudad va ligado al deterioro de la imagen materna, esto último señalado en gran parte de las obras de la literatura finisecular y de la actual. En el magnífico cuento Maternidad, tal vez lo mejor que escribió Andrés Caicedo, la representación de la madre queda por el suelo, lo mismo, por ejemplo, en El Desbarrancadero de Fernando Vallejo y en varios de los libros de Medina Reyes.  Esta caída de la madre como el ser supremo, como el ser tierno y comprensivo (recuérdese a Úrsula Iguarán) y su parangón con la decadencia económica y social de muchas de las ciudades de la América Latina de hoy se hace manifiesta en un texto del escritor mexicano Guillermo Sheridan llamado “No regresar” y publicado en la versión mexicana de la revista Letras Libres (Abril de 2004) en el cual le dice a Ciudad de México (¿Bogotá, Pereira, Quito, Buenos Aires, Madrid, Beijing, Nueva York?) en una suerte de carta abierta: “Devórame, madre pringosa, ciudad impenitente, devórame otra vez, madre Mexicocity, cerda hinchada en el fango de lo posible (…) mastíquenme tus dientes de aluminio y bórrame, engúllame tu vientre de cascajo, madre tísica de senos huecos (…) te deseo que te pudras, ciudad, que te hundas, te deseo lo peor (…)” .

El galicismo voyeur referido en un párrafo anterior, me remite a una nueva convergencia: la imagen y la escritura cinematográfica.  Tal y como dice Orlando Mejía Rivero, los escritores de hoy nacieron más o menos en los años 60’s y su referente estético de primera mano fue la televisión y el cine. El estilo de los narradores está influenciado cuando no por el tono estilístico de los guionistas, por la estrategia misma de la puesta en escena y la seguidilla de fotogramas.  La cámara subjetiva del narrador de Fernando Vallejo, por ejemplo, está en la misma categoría —guardando las proporciones— de los diálogos dramatizados de Medina o la descripción de paisajes de Chaparro Madiedo.

La televisión no sólo ha impactado en el estilo, sino también en el contenido. El tema de la belleza, de la moda, de la vida fácil que se ve en muchas de las telenovelas, también ha sido explorado con mayor maestría en las letras colombianas. Julio César Londoño, escritor palmireño ganador del Concurso de Cuento Juan Rulfo en 1998, tiene  un relato fabuloso sobre la trivialidad-profundidad de la belleza y el aspecto de las personas (Los bellos). Aunque en Colombia no hay un escritor del estilo del peruano Jaime Bayly quien sí ha hecho de este tema su fuerte, podríamos decir que en muchas de las historias contadas por los nuevos autores la importancia del aspecto físico de las personas en los personajes aparece como una constante. Fernando Vallejo escribió un ensayo para el Festival de Arte de Cali de 1999 en el que se iba lanza en ristre contra los feos. Dice un personaje de Efraim Medina Reyes: “El mundo de hoy se divide de muchas formas: blancos y negros, altos y bajos, listos y tontos, etc. Hay una división más rápida, pero menos real y eficaz… bellos y feos es una ley sangrienta que no conoce piedad sin límites[21]. Muchos sociólogos aseguran que la discriminación del siglo XXI será más por el aspecto y la forma del cuerpo que por el color de la piel o el estrato social. En un reciente reportaje publicado por el periódico español El Mundo, la periodista Flora Sáez dice: “sociólogos, psicólogos e incluso economistas como el norteamericano David Marks coinciden en señalar que la discriminación por el aspecto físico —para la que en inglés se ha acuñado el término lookism, algo así como aspectismo— supera en la actualidad a otras como el racismo o el sexismo”[22].  Si bien este tema podría parecer trivial, será de mucho impacto en la configuración de la sociedad de las generaciones venideras y los escritores nacionales empiezan a notar esto como una de las características de la vida en las ciudades y lo extraño sería que no apareciera como una pincelada en sus obras.  En una columna de opinión en el diario El País de Cali (Mayo 4 de 2004), el escritor Phillip Potdevin se quejaba porque el Concurso Nacional de Novela 2004 hubiera sido declarado desierto. De todas formas, él, como miembro del jurado, de alguna manera justificaba esa decisión al decir que el nivel de las obras no había sido el esperado y que además muchas de ellas seguían patinando en los mismos temas del conflicto interno, la guerrilla, etc. No obstante, Potdevin también saluda que haya habido “temas novedosos: los colombianos en el exterior, el drama de los obesos”. El que haya habido novelas cuyo tema era “el drama de los obesos” es una señal que reafirma uno de los nuevos temas para la literatura colombiana: los problemas individuales de los personajes y su aceptación social. Hay que señalar que en la literatura latinoamericana este tema también ha sido tratado por muchos autores contemporáneos en algunos de sus cuentos y sus novelas como es el caso del argentino Rodrigo Fresán (1963) y el chileno Alberto Fuguet (1964).


Rufino José Cuervo

En el parágrafo anterior hice referencia a un cuento de Julio César Londoño en una temática particular, sería injusto encasillarlo con ella ya que no es su principal arma de artillería. Este autor, prolijo en temas y en géneros, se ha preocupado por ficcionar con maestría tópicos históricos como la defensa de Colón ante los geógrafos de Salamanca, una acusación de brujería a la mamá de Johannes Keppler y la correspondencia entre Rufino José Cuervo y Andrés Bello, por no citar sus cuentos  de ciencia ficción y sus ensayos que aunque se reúnen en un libro titulado ¿Por qué las moscas no van a cine? (Planeta, 2004) bien podrían llamarse como la novela de Marco Tulio Aguilera Garramuño Breve historia de todas las cosas.  En la narración de algunos de sus cuentos, Londoño se parece a Enrique Serrano y viceversa. Serrano prefiere el género epistolar para narrar sus historias, la mayoría, puestas en la Europa o el Asía de la Edad Media o el Renacimiento, Londoño sólo utiliza las cartas en su cuento Los Gramáticos, pero, de todos modos, a veces pareciera que las historias podrían haber sido escritas por uno o por otro.  Mientras Serrano escribe la historia de Tamerlán, el gran conquistador mongol del siglo XVI, Londoño ubica un cuento en el Egipto de Ramses II con Moisés como personaje.  A la sazón que Serrano narra el suicidio de Séneca, Londoño cuenta la muerte repentina y filosófica de Immanuel Kant en el escritorio de su casa en Königsberg.  Estos dos escritores, tal vez junto a Phillip Potdevin y Hoover Delgado se juntan en un grupo distinto al de la mayoría de los otros.

El tema del narcotráfico y la descomposición política de las ciudades producto de la corrupción y la influencia de los grupos armados, también parecen estar presente como constante en algunas de las novelas de este último período.  En La virgen de los sicarios y en Rosario Tijeras los sicarios son, si no los personajes principales, sí los de reparto. En Angosta, en El cerco de Bogotá (Santiago Gamboa, 2003) y en Disfrázate como quieras (Ramón Illán Bacca, 2002), la corrupción y los problemas de conflicto interno se vislumbran como uno de los temas de relevancia a lo largo de la novela. Es claro que mientras en Colombia estos problemas de índole socio-político perduren es muy difícil que la literatura no continué recreando las situaciones que devengan de ellos.


Johann Rodríguez-Bravo

V
Como escritores colombianos de una misma época, los autores de las novelas colombianas publicadas a finales de los 90’s y a principios de la década del 2000, pese a la diferencia temática que manejan y a las divergencias señaladas anteriormente, comparten unas influencias y en sus obras se notan ciertos aspectos comunes, algunos de los cuales he querido rescatar aquí.  Concluyo reafirmando la línea discursiva que intenté mantener a lo largo del texto: la literatura colombiana hoy está escrita por una legión de autores todos con sus propias preocupaciones y en la mitad del camino del encuentro con la completitud de una obra. 




[1] Definición del Diccionario de la Real Academia de la Lengua, Edición de 1997.
[2] WERNHER, Gretel. “¿Algo más sobre literatura? La ciudad en la literatura: epos y novela”. Universidad Nacional, 2002.
[3] FUENTES, Carlos (1969). “La nueva novela hispanoamericana”. Editorial Joaquín Mortiz, Octubre de 1998.
[4]FRANCO, Jean  (1973), “Historia de la literatura hispanoamericana”, Ariel, Barcelona, 1997. Pág. 330
[5] MORENO-DURÁN, Rafael Humberto, “De la Atenas Suramericana a Macondo”, Denominación de origen, Ariel, Bogotá, 1998. Pág. 292
[6] Ibid, pág. 293
[7] KALMANOVITZ, Salomón (1988). “Economía y Nación: una breve historia de Colombia”. Bogotá, Tercer Mundo Editores. Pág. 421
[8] Ibid. Pág. 454
[9] CAICEO, Andrés (1977). “Qué viva la música”. Editorial Norma, 2001 pág. 32
[10] ARGÜELLO, Rodrigo. “La ciudad en la literatura”, “La ciudad: hábitat de diversidad y complejidad”, compiladores: Carlos Alberto Torres, Fernando Viviescas y Edmundo Pérez. Universidad Nacional, 2002. Pág. 231.
[11] MEJÍA Rivero, Orlando. “La generación mutante”, En: www.librusa.com. Consulta:  Octubre de 2003
[12] Entrevista a Juan Gabriel Vásquez,  Revista La Mandrágora No. 5, Popayán, Octubre de 2004.
[13] Si bien de este grupo, escritores como Laura Restrepo y Fernando Vallejo ya tenía una obra desde los años 80’s es éste con El Desbarrancadero, premio Rómulo Gallegos 2003 y aquella con Delirio, premio Alfaguara 2004, que dan el gran salto a la fama internacional y se ubican en los escritores colombianos más leídos en este momento después de García Márquez.
[14] GRAS Miravet, Dunia. “Del lado de allá, del alado de acá: estrategias editoriales y el campo literario de la narrativa hispanoamericana actual en España”. Cuadernos Hispanoamericanos No. 604, Octubre de 2000.
[15] MEJÍA Rivero, Orlando. Op Cit. Pág. 2
[16] CHAPARRO Madiedo, Rafael (1992). “Opio en las nubes”. Editorial Babilonia, Bogotá, 2002. Pág. 53
[17] Ibid. Pág. 54
[18] GRAS Miravet, Dunia. Op. Cit. Pág.
[19] No habrá quién, ante esta reflexión, deje de pensar por qué entonces los temas de los best-sellers del momento versan sobre “las cruzadas”, “los templarios”, “el manto de Turín”, entre otras delicias de los siglos lejanos, pero podría decirle que ante esa incógnita tengo elucubraciones que no caben en la línea de este ensayo y por eso ya escribiré sobre el tema en otro lugar.
[20] VÁZQUEZ Montalbán, Manuel. “La literatura en la construcción de la ciudad democrática”, Crítica, 1998.
[21] MEDINA, Efraim. “Técnicas de masturbación entre Batman y Robin”. Editorial  Planeta, 2001.
[22] Ver: http://www.el-mundo.es/magazine/2001/114/1007133281.html


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