miércoles, 22 de mayo de 2013

Poner palabras en la penumbra que crece


POR: JUAN CARLOS PINO CORREA

Una parte de la magia de las novelas es que invitan a cruzar escenas de ficción con escenas de la realidad. Es decir, unas hacen que se evoquen otras. O que se relacionen con aquellas que suceden mientras se devora un libro. Se puede decir que ésta es una forma de que el lector escriba también esa obra que lee. De alguna manera, eso me ha sucedido con “Los estratos”, la novela de Juan Sebastián Cárdenas que fue publicada hace un par de meses por Editorial Periférica en España. De más está mencionar la calidad y rigurosidad narrativa, y no porque Juan Sebastián sea payanés sino porque se hace cada vez más evidente que su recorrido en el mundo literario europeo le está dando consistencia a su obra.
       Podría afirmar que “Los estratos” tiene el mismo aire, el mismo tono, un ritmo similar que “Zumbido”, la anterior novela de Cárdenas. Si me lo preguntan diré que en ambos libros la protagonista es la intemperie. La de los personajes que ha creado el autor, por supuesto, y la que él sugiere nos gobierna a todos, sin distingo de raza, sexo, estrato o religión. Quizá sea por ello que aquí también el personaje principal no tiene un rumbo fijo sino que se deja llevar por sus instintos, por sus emociones, por sus inercias. Si en “Zumbido” el detonador para dar un salto hacia lo desconocido sin saber qué va a suceder en adelante es la muerte de un ser querido, en “Los estratos” es un recuerdo que parece concretarse pero en seguida se hace evanescente. Y luego el devenir incierto, lo impensado, alguna insensatez, o muchas. Es decir, la vida.
       La vida en “Los estratos” fluye como un río aparentemente apacible, como un constante estremecimiento interior. El lector no encontrará quiebres inesperados ni giros espectaculares. La elocuencia está en la sencillez de las cosas, de la cotidianidad, de aquello que de tan simple puede suceder en cualquier momento. Esa es la razón por la cual sentí como parte de la novela al señor que hacía malabarismos frente a mi ventana, en el techo de la casa vecina, intentando coger las goteras después de una mañana de lluvia. Y fue parte de la novela una foto que apareció por allí, en mi escritorio, donde una pareja joven posa junto a una escultura de Botero. Ambas escenas, la del techo y la de la fotografía fueron parte inequívoca de “Los estratos” porque en el relato de Cárdenas llueve demencialmente y porque en las buenas novelas, más que amores hay desamores. Si el señor resbala y cae emitiendo un grito desgarrador mientras leo (y esa fue una posibilidad), seguro que no me habría quedado más remedio que avanzar en la historia impresa para llegar, más temprano que tarde, a la página 124 donde se plantea que es probable que el arte sea sólo un mal chiste, “algo creado para provocar la risa socarrona de los dioses menores”. Y yo diría, acaso la vida, más que el arte. O el amor, si nos vamos a la foto lejana y nostálgica.
       ¿Ahora comprenden por qué digo que la magia de las novelas es que uno puede cruzar la ficción con la realidad? Ustedes lo saben. Y también lo sabe Juan Sebastián Cárdenas, el talentoso escritor payanés que nos escribe y nos convoca desde tan lejos.

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