miércoles, 10 de abril de 2013

Un cadáver en el Koryo


POR: Rubén Varona

Hace algunos meses conocí a un puertorriqueño que lleva todo tipo de armas en el baúl de su auto y todas las mañanas se entrena para el Apocalipsis zombi: en caso de que la humanidad llegue a requerir mis servicios, sonríe como si hablara de pasear a su abuelita y no de extirpar cerebros. Tendinitis en los pulgares fue el precio que tuvo que pagar un amigo, por no calentar, antes de enfrentarse en videojuegos a hordas de hambrientos zombis nazis. Algunos días atrás terminó la tercera temporada de The Walking Dead, según The New York Times, uno de los cinco programas de televisión más visto de todos los tiempos, por estadounidenses entre los 18 y los 49 años.
Estos datos intrascendentes adquieren relevancia en cuanto las amenazas de guerra nuclear por parte de Corea del Norte le cuelgan al mundo una espada tan afilada como la de Damocles. De acuerdo a los cálculos del líder norcoreano Kim Jong-un, bastará un tronar de sus dedos para que occidente se reduzca a polvo mutante y para que el oficio de cazador de zombis sea más pertinente para la sociedad capitalista, que el de banquero o corredor de bolsa.
En este contexto y sabiendo que a las criaturas de Dios hay que mirarlas a los ojos para anticiparse a sus movimientos, encuentro oportuno hablar de Un cadáver en el Koryo (Factoría de Ideas - 2008), la primera de cinco novelas de intriga escritas por alias James Church. Sobre el autor se especula tanto como de la misma norcorea. La contra-carátula de sus libros lo identifica como un ex-oficial de inteligencia (probablemente de la CIA), con muchas “horas de vuelo” en Asia. Lo cual resulta creíble: para escribir una novela detectivesca se debe conocer, lo mejor posible, el contexto en el que ella toma lugar. La leyenda urbana asegura que en el 2009, este hombre que supuestamente creció en San Fernando Valley, en los Estados Unidos, tenía 60 años.
Del Inspector O, el protagonista de la saga, sabemos que es un detective que trabaja para el Ministerio de la Seguridad de la Gente. Dicha institución existente en la vida real, es la responsable de defender la soberanía del sistema socialista de Corea del Norte, así como de proteger los “derechos constitucionales” y la vida e intereses de los norcoreanos. El abuelo del inspector O es un héroe de la revolución, quizá por esta razón, él sea un hombre irreverente, que adolece de actitud sumisa frente a quienes ostentan el poder. Prueba de ello, es que se rehúsa a llevar en su camisa el pin del partido, situación que le trae todo tipo de problemas con los oficiales que se encuentra. Aunque esta novela no tiene pretensiones históricas ni periodísticas, es precisamente a través de los ojos del detective que nos enteramos del diario vivir en una de las sociedades más cerradas de la tierra, donde resultan absurdos los niveles de corrupción, brutalidad, burocracia y pobreza.
Un cadáver en el Koryo se estructura a partir de una conversación entre el inspector O y un irlandés, de quien se insinúa que trabaja para el Servicio de Inteligencia de Reino Unido - MI5. A través de una prosa bien cuidada y un inteligente sentido del humor, el lector se entera de la investigación que adelanta el detective, la cual queda sin resolver porque la mayor parte de su tiempo se la pasa discutiendo con miembros de otras agencias del estado.
La novela evidencia un régimen totalitario, voyerista, donde el Big Brother (el Partido del Trabajo de Corea - PTC, regido por la ideología Juche), observa morbosamente a sus ciudadanos. Aquí no es gratuito que Pak, el jefe del inspector O, arranque el teléfono de la pared, temeroso de que si está “chuzado”, este transmita aún estando bien colgado.
    Sin importar quién sea realmente James Church, las páginas de Un cadáver en el Koryo están impregnadas del espíritu contradictorio de una Corea desconocida para el mundo occidental y que a pesar de ello, hoy nos tiene especulando sobre su capacidad destructiva (las descripciones sobre las montañas de aquel país son sobresalientes).
Para cerrar con una anécdota, alguna vez una vecina me dijo que si se le iban los frenos al carro, ella procuraría tener los ojos bien abiertos para saber contra qué demonios se estrellaba. Hacer un comentario desprevenido sobre esta importante novela detectivesca, es la forma que encontré para decirle a ella que, a pesar de mis opiniones de entonces, también preferiría saber contra qué o mejor, contra quién, me estrello.


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