miércoles, 17 de abril de 2013

TODO ES VIOLETA EN EL INVIERNO


Por: ÁLVARO ERNESTO SIERRA ELJACH

El pasado miércoles 27 de marzo de 2013, mientras la ciudad de Popayán se congregaba para la procesión del miércoles santo, en el recinto de la Casa Museo Guillermo León Valencia, convocados por GAMAR Editores, amigos de la palabra se encontraron para hacer la presentación de El pastor nocturno (antología poética) de Felipe García Quintero, y, Todo es violeta en el invierno (dramaturgia) de Álvaro Ernesto Sierra Eljach. Como ocurre en eventos de este tipo, alrededor de cincuenta personas se dieron cita para conocer las obras y las reseñas de las mismas, escuchar la lectura de fragmentos y conversar sobre los autores y sus propuestas.

Todo es violeta en el invierno con presentación de Juan Sebastián Cárdenas y comentarios de Paola Martínez, compuesto de siete textos de los cuales La Mandrágora ha publicado ya Fuerza vagabunda, ¿Quién es esa mujer?, Toda una muñeca y El cuarto telegrama, es la colaboración de la fecha en la columna de Álvaro Ernesto Sierra Eljach.



PRESENTACIÓN

Juan Sebastián Cárdenas
Madrid, noviembre de 2012

A estas alturas uno ya no debería asombrarse. Ya debería parecer normal que en Colombia los escritores precoces y prolíficos encuentren una muerte prematura por las causas más diversas: accidentes, enfermedades, suicidios, desapariciones forzosas, asesinatos. La lista es, no solo larga, sino constitutiva de una especie de tradición nacional. Me atrevería a decir que el estigma de la muerte temprana ha marcado nuestra manera de entender la literatura, desde el suicidio de José Asunción Silva hasta el de Andrés Caicedo, pasando por la repentina enfermedad de José Eustacio Rivera en Nueva York, por no hablar de esa otra forma de muerte prematura que es el abandono o la inconstancia en el oficio, como ocurriera con Jorge Isaacs o Aurelio Arturo.
En efecto, la literatura colombiana, más allá de sus logros puntuales y del indudable valor de algunas obras, aparece ante nosotros como un monstruo todavía informe, como algo que habría podido ser así o asá. No es raro encontrar en los textos de Rafael Gutiérrez-Girardot, tal vez nuestro crítico más importante, alusiones a ese estado larvario y casi siempre frustrado, como cuando describe a Fernando González como un Macedonio Fernández en potencia, o cuando se acerca a la caracterización de la obra del poeta popular Julio Flórez: “Flórez es para Bogotá y para Colombia lo que para Buenos Aires y la Argentina fueron, con algunos matices, Evaristo Carriego y Almafuerte”, escribe Gutiérrez-Girardot. “Y si resulta posible juzgar con más exacto criterio la obra trivial de los argentinos y no así la de Flórez, ello se debe a que los impulsos que desataron Carriego y Almafuerte fueron aprovechados por un Jorge Luis Borges, en tanto que en Colombia, tras el mundo real descubierto por Julio Flórez surgió la obra de artificio y simulación de Guillermo Valencia.”
No obstante, ese carácter de cosa inacabada, a fuerza de repetirse a lo largo de la historia, ha dejado de ser un rasgo accidental para consolidarse como un elemento constitutivo. Para mal o para bien solo podemos leer la literatura colombiana como un borrador inmaduro, una lectura que, sin embargo, ya no debe pasar por la nostalgia reaccionaria de lo que habría podido ser y nunca fue como por una valoración del potencial transformador que tiene esa inmadurez para la configuración intelectual de nuestro presente.
En su célebre prólogo al Ferdydurke, Gombrowicz reflexionaba sobre esta condición creativa de la inmadurez, sobre su carácter de fuerza capaz de engendrar anomalías, rupturas, pequeñas monstruosidades. Y en especial sobre su incesante conflicto (un conflicto que también es creativo) con la Forma. Forma e inmadurez parecen negarse mutuamente y, no obstante, en ese proceso dinámico que recuerda a la dialéctica especulativa hegeliana, aquella negación es lo que da lugar al movimiento, a la vida y a la historia.
En mi opinión, es en el marco de todas estas cuestiones donde resulta especialmente pertinente la publicación de esta selección de piezas teatrales de Álvaro Sierra Eljach (1980) , dramaturgo y actor que encontró la muerte en 2008 durante una representación de teatro infantil en Trujillo, Perú. Pese a su corta vida, Sierra Eljach escribió un buen número de obras teatrales que le valieron atención y reconocimiento de parte de sus compañeros de profesión, tanto en Colombia como en Argentina, país donde estaba radicado en el momento de su muerte.
De inmediato, lo más llamativo de su producción reunida en este volumen es la libertad con la que Sierra Eljach se acerca a la tradición teatral clásica. Como una especie de DJ, el autor acude a la tragedia griega o a Shakespeare con la misma soltura que emplea para introducir un incesante contrabando de voces coloquiales contemporáneas. Ese juego de sampleo, de comentario irónico, de suplantaciones y anacronismos presentados con una retórica cercana al pop es quizás la característica más notable de estas piezas de Sierra Eljach, especialmente en las más tardías como Toda una muñeca y Lulú Newman, donde los personajes parecen ajustarse a la descripción que hace el propio Gombrowicz sobre las criaturas de su Ferdydurke: “Sus dos rasgos característicos más destacados son los siguientes: primero, el aparato de las formas maduras de la cultura no es para ellos nada más que un pretexto para entrar en contacto entre sí —y para gozar y excitarse recíprocamente— y para armonizarse en sus dolorosos, inmaduros juegos. Lo importante para ellos es bailar; qué baile bailan, no les importa. Segundo: ellos sin cesar producen la forma, pero nunca la logran. No tienen creencias, ideales, convicciones, aptitudes, sentimientos, sino se los fabrican según sus necesidades y las necesidades de la situación. A cada momento se fabrican entre sí sus personalidades —uno crea al otro.”[1]
Digamos, pues, que no estamos simplemente ante un autor en potencia, sino ante una obra que, dentro de su propio campo y con un gran riqueza de recursos, consigue reflexionar sobre lo inacabado, sobre lo inmaduro y lo fragmentario. Como ocurre en el teatro de Andrés Caicedo, Sierra Eljach logra trasladar los elementos determinantes o externos al interior mismo de la forma literaria, casi como un recurso discursivo, lo cual, digámoslo ya, emparenta sus obras con los procedimientos de Grotowsky, otro maestro polaco a quien Sierra Eljach parece haber estudiado con juicio y de quien quizás aprendiera esa destreza para combinar materiales heterogéneos en una construcción orgánica.
Estos textos, quizás esté de más está decirlo, tienen ese doble valor que no suele ser común en la dramaturgia: por un lado poseen la suficiente fuerza como para ser leídos de manera independiente y, por otro, constituyen un material muy sugerente desde el punto de vista plástico para quien se aventure a ponerlos en escena.
Todo es violeta en el invierno, por tanto, marca un inicio. El comienzo de una nueva vida para estas piezas teatrales. Una vida abierta a los azares de la relectura y a la atracción de unos lectores que quizás con el tiempo acaben multiplicándose.

Invierno en Buenos Aires

ENTRE ESPADAS Y VIENTO NOS AFERRAMOS 
A LA VIDA

Paola Martínez
Popayán, marzo 27 de 2013

La tarea de trabajar y ayudar a pulir el libro de dramaturgia escrito por Álvaro Ernesto Sierra Eljach, me permitió asimilarlo e imaginarme todos los escenarios y vivencias que allí plantean los personajes en cada una de las historias. Como lectora sentí vivir las páginas escritas e identifiqué en ellas dos mundos: el masculino y el femenino. Ambos mundos, sin oponerse, cuentan aquí lo cotidiano y lo común desde protagonistas perfectamente caracterizados que permiten que la labor imaginativa del lector sea más rica, profunda y detallada. Es por eso que hoy, más que presentar al libro o a su autor, quiero dar a conocer  mi experiencia de lectura, mi interpretación, mi conversación con las páginas que Álvaro nos dejó como su legado. Una conversación que inicia con Espadas y vientos y continúa con Un largo viaje hacia la noche, las dos secciones del libro, las dos voces del libro.

Allí, entre espadas y viento, encuentro cómo nos aferramos a la vida, cómo caminamos buscando en el sendero una razón para dejar el dolor. Así lo muestran obras como “La boda del argonauta”, “Fuerza vagabunda” o el “Cuarto telegrama”, pues todas nos traen el tema principal del amor y el del odio, la venganza, la desilusión, la entrega y la batalla en diferentes contextos y épocas, a través de hombres que han desafiado el amor y han quedado finalmente solos, hombres que simplemente buscan un poco de romance, y hombres que viven y narran su experiencia amorosa en tierras extrañas. Con sus historias, estas voces masculinas nos van dejando entre líneas todo su sentir, nos muestran sus pensamientos e incluso sus debilidades. Todo para quedarse instaladas en la memoria del lector, quien ve ante sí la realidad de cada personaje, de cada hombre que cuenta su vida, su humanidad.

Todo, también, relatado en ese largo camino hacia la noche, en el que las páginas nos guían para hablar ahora con la voz femenina que encontramos en obras como “¿Quién es esa mujer?”, “Ellas”, “Toda una muñeca” o “Lulú Newman”. Estas mujeres, salidas de la mano y el pensamiento del dramaturgo, también se desnudan ante el lector para contar su historia y volver a traernos, en medio de la soledad y la oscuridad, sus experiencias de vida, sus ilusiones, sus amores. Sí, en este apartado es igualmente el amor, la desilusión y la nostalgia los protagonistas de las historias femeninas. No pensaríamos al leer estas obras, que fue un hombre quien interpretó y caracterizó desde adentro los dilemas de aquellas mujeres enfrentadas al espectáculo o la prostitución, por ejemplo. No lo pensaríamos porque la voz que allí habla no es más que la de toda mujer que presenta las contradicciones propias de lo femenino. Y sin embargo, ante nosotros está la fuerza con que cada una de ellas toma vida en la dramaturgia de Álvaro para decirnos, además, que pese a esas espadas y viento, pese al largo camino hacia la noche, pese al frío o la neblina, todo es violeta en el invierno.





[1] Gombrowicz, W., Ferdydurke, Seix Barral, Barcelona, 2001. 

miércoles, 10 de abril de 2013

Un cadáver en el Koryo


POR: Rubén Varona

Hace algunos meses conocí a un puertorriqueño que lleva todo tipo de armas en el baúl de su auto y todas las mañanas se entrena para el Apocalipsis zombi: en caso de que la humanidad llegue a requerir mis servicios, sonríe como si hablara de pasear a su abuelita y no de extirpar cerebros. Tendinitis en los pulgares fue el precio que tuvo que pagar un amigo, por no calentar, antes de enfrentarse en videojuegos a hordas de hambrientos zombis nazis. Algunos días atrás terminó la tercera temporada de The Walking Dead, según The New York Times, uno de los cinco programas de televisión más visto de todos los tiempos, por estadounidenses entre los 18 y los 49 años.
Estos datos intrascendentes adquieren relevancia en cuanto las amenazas de guerra nuclear por parte de Corea del Norte le cuelgan al mundo una espada tan afilada como la de Damocles. De acuerdo a los cálculos del líder norcoreano Kim Jong-un, bastará un tronar de sus dedos para que occidente se reduzca a polvo mutante y para que el oficio de cazador de zombis sea más pertinente para la sociedad capitalista, que el de banquero o corredor de bolsa.
En este contexto y sabiendo que a las criaturas de Dios hay que mirarlas a los ojos para anticiparse a sus movimientos, encuentro oportuno hablar de Un cadáver en el Koryo (Factoría de Ideas - 2008), la primera de cinco novelas de intriga escritas por alias James Church. Sobre el autor se especula tanto como de la misma norcorea. La contra-carátula de sus libros lo identifica como un ex-oficial de inteligencia (probablemente de la CIA), con muchas “horas de vuelo” en Asia. Lo cual resulta creíble: para escribir una novela detectivesca se debe conocer, lo mejor posible, el contexto en el que ella toma lugar. La leyenda urbana asegura que en el 2009, este hombre que supuestamente creció en San Fernando Valley, en los Estados Unidos, tenía 60 años.
Del Inspector O, el protagonista de la saga, sabemos que es un detective que trabaja para el Ministerio de la Seguridad de la Gente. Dicha institución existente en la vida real, es la responsable de defender la soberanía del sistema socialista de Corea del Norte, así como de proteger los “derechos constitucionales” y la vida e intereses de los norcoreanos. El abuelo del inspector O es un héroe de la revolución, quizá por esta razón, él sea un hombre irreverente, que adolece de actitud sumisa frente a quienes ostentan el poder. Prueba de ello, es que se rehúsa a llevar en su camisa el pin del partido, situación que le trae todo tipo de problemas con los oficiales que se encuentra. Aunque esta novela no tiene pretensiones históricas ni periodísticas, es precisamente a través de los ojos del detective que nos enteramos del diario vivir en una de las sociedades más cerradas de la tierra, donde resultan absurdos los niveles de corrupción, brutalidad, burocracia y pobreza.
Un cadáver en el Koryo se estructura a partir de una conversación entre el inspector O y un irlandés, de quien se insinúa que trabaja para el Servicio de Inteligencia de Reino Unido - MI5. A través de una prosa bien cuidada y un inteligente sentido del humor, el lector se entera de la investigación que adelanta el detective, la cual queda sin resolver porque la mayor parte de su tiempo se la pasa discutiendo con miembros de otras agencias del estado.
La novela evidencia un régimen totalitario, voyerista, donde el Big Brother (el Partido del Trabajo de Corea - PTC, regido por la ideología Juche), observa morbosamente a sus ciudadanos. Aquí no es gratuito que Pak, el jefe del inspector O, arranque el teléfono de la pared, temeroso de que si está “chuzado”, este transmita aún estando bien colgado.
    Sin importar quién sea realmente James Church, las páginas de Un cadáver en el Koryo están impregnadas del espíritu contradictorio de una Corea desconocida para el mundo occidental y que a pesar de ello, hoy nos tiene especulando sobre su capacidad destructiva (las descripciones sobre las montañas de aquel país son sobresalientes).
Para cerrar con una anécdota, alguna vez una vecina me dijo que si se le iban los frenos al carro, ella procuraría tener los ojos bien abiertos para saber contra qué demonios se estrellaba. Hacer un comentario desprevenido sobre esta importante novela detectivesca, es la forma que encontré para decirle a ella que, a pesar de mis opiniones de entonces, también preferiría saber contra qué o mejor, contra quién, me estrello.


miércoles, 3 de abril de 2013

LOS ZAPATOS ROJOS DEL PAPA BERGOGLIO


POR: Mónica Chamorro.



El Papa Juan Pablo II, Karol Wojtyla me caía mal. Y esta antipatía, que no lograba contrastar su sonrisa de niño ni su devoción de carbonero, se fundamentaba sobre todo en dos de las muchas prohibiciones radicales que impuso al mundo católico: su posición intransigente contra el uso de los anticonceptivos y su rechazo fulminante al sacerdocio femenino. Nunca entendí las razones de su malquerencia por el látex y mucho menos las de su misoginia. Tengo que confesar que en realidad renuncié muy pronto a tratar de entenderlas, es más,  renuncié casi inmediatamente al darme cuenta de que para leer la bula pontificia objeto de mi antipatía era necesario saber como se dice condón en  Latín. Tampoco logré encontrar en mi diccionario, como se dice en la lengua de Virgilio,  S.I.D.A, mortalidad infantil, superpoblación, ni siquiera encontré píldora del día después. Finalmente nunca pude saber si lo anacrónico era mi diccionario de Latín o la Santa y Apostólica Iglesia Católica.

Tengo que decir, sin embargo, que mi antipatía por el papa Wojtyla disminuyó sensiblemente durante las primeras semanas de abril de 2005 cuando la televisión de todo el mundo transmitió las imágenes de su sepelio. Entonces pude verlo momificado y transportado en andas por la plaza de San Pedro ante los ojos de millones de televidentes, vestido con el habito blanco y sobre todo con unos inmensos zapatos rojos. Me pareció que eso era suficiente castigo por lo del condón y el sacerdocio femenino. En ese momento decidí además modificar mi testamento para prohibir terminantemente cualquier tipo de culto a mi cadáver, cualquier momificación ignominiosa. No quiero correr el riesgo de los zapatos rojos, ni de que me suceda lo que a Lenin, cuya venerable momia fue adquirida por un millonario texano de aquellos que compran la Torre Eiffel y la conciencia de todos, y acabó suspendida en la parte delantera de una limousine blanca, que lleva además y para completar la decoración,  dos cuernos de búfalo.
       Pero lo que definitivamente me ha hecho cambiar de parecer respecto a Juan Pablo segundo, lo que me ha hecho añorarlo como jamás pensé hacerlo, es la elección de Jorge Mario Bergoglio. Digamos que ya la elección de Ratzinger como Benedicto XVI había sometido a dura prueba mi animadversión. Desde el principio fue difícil olvidar que el Papa alemán había pertenecido a las Juventudes Hitlerianas y peor aún, dejar pasar su tibia reacción ante las acusaciones de pedofilia, en los últimos años de su mandato o ministerio, contra numerosos miembros del clero. Ya desde entonces empezaba a sentir que una pequeña e inconfesable añoranza por Wojtyla crecía en mí, pero definitivamente,  ha sido la  elección de Francisco I lo que ha variado mi opinión hasta el extremo de hacerme comprar una imagen del fallecido Papa polaco, en la que, vaya el caso, se ven incluso sus zapatos rojos.
Al papa Francisco I se lo acusa  -justa o injustamente, esto aún debe definirse- de haber colaborado con las desapariciones, con las torturas y con el robo de bebés, que tuvieron lugar durante el régimen dictatorial de Videla en Argentina. En ese entonces Bergoglio era ya superior provincial de los jesuitas argentinos y dos sacerdotes de esta orden, que trabajaban con las comunidades más pobres, fueron acusados de colaborar con la oposición comunista. Bergoglio, según una investigación realizada por el periodista Horacio Verbitsky, no solamente no los protegió sino que los entregó a la mano negra de la dictadura. Los dos sacerdotes fueron secuestrados y torturados. También se lo acusa y estas son definitivamente palabras mayores, de haber colaborado en el robo de bebés durante la dictadura. Esta acusación proviene nada menos que de las respetables Madres, hoy abuelas, de la Plaza de Mayo. Los hijos de las detenidas embarazadas, eran arrebatados a sus madres y dados en adopción a familias políticamente correctas. Al parecer Bergoglio estuvo envuelto en ese turbio tráfico.

No sé si todo lo que se dice en contra del Papa recientemente elegido corresponda o no a la verdad, pero, sin duda, hay otro aspecto que es necesario considerar. En mi opinión aunque aun no se haya probado  -y tal vez nunca se pruebe- que Bergoglio pecó por acción, es probable que lo haya hecho por omisión. Basta indagar en internet para darse cuenta de que, a diferencia de otros miembros de la Iglesia Católica del cono sur, el actual Papa no brilló precisamente por ser un amante pastor defensor de su grey. De hecho mientras que los testimonios y artículos acerca de otros obispos y sacerdotes que se opusieron a los abusos de las dictaduras abundan, en el caso del Papa Francisco I se extiende por doquier y en el mejor de los casos, un manto de silencio.
La información acerca de la actitud de Bergoglio durante la dictadura contrasta notoriamente, por ejemplo, con  la que es posible encontrar acerca del hoy fallecido Cardenal chileno Raúl Silva Hernández.  Hernández es protagonista de numerosas páginas web, artículos y documentos en los que se encomia  su valerosa actitud y sus acciones en contra de la brutalidad de la dictadura de Pinochet. Solo hay que introducir su nombre in Google para obtener una gran cantidad de información acerca de sus muchos actos de coraje y justicia. El cardenal Hernández se comportó evidentemente como un justo,  actuó con eficacia y se puso del lado de los débiles. Ante esa abrumadora cantidad de documentos nadie podría acusarlo de colaborar con Pinochet como, en cambio, se acusa a Bergoglio de colaborar con Videla.
En 1987 Juan Pablo II durante una visita oficial le dio un controvertido abrazo a Pinochet.  Pero Wojtyla era polaco y en Polonia el dictador, el opresor, era, en ese entonces, el comunismo. Tal vez el Papa Wojtyla, quien se distinguió por apoyar decididamente la Perestroika, no supo comprender las diferencias entre la realidad de Europa Oriental, de la Europa oprimida por la ex – URSS y la realidad latinoamericana. Pero no es este el caso de Bergoglio, él vivía en Argentina, los horrores del régimen estaban ante sus ojos, los podía palpar cotidianamente. Se puede o no estar de acuerdo con las posiciones conservadoras de Juan Pablo II pero no es posible negar su integridad moral, su valor personal ampliamente demostrado en su pasado de combatiente de la resistencia contra la dominación Nazi. No sucede lo mismo con Bergoglio. Acerca de su pasado solo tenemos el silencio, de una parte, y de la otra, una nube de dudas. De su presente solamente sabemos que parece amar la pobreza. No deja de reiterarlo a través de acciones ampliamente difundidas por los medios de comunicación.  Por ejemplo, el detalle de cambiar el trono pontificio de oro labrado por uno de madera. A mi modo de ver este tipo de actos resulta sospechoso. Me parece que bajo esa humildad ostentosa hay en realidad una gran soberbia.
Puede ser que Bergoglio no sea culpable mas que de limitarse a observar. Víctor Hugo en el primer libro de Los Miserables escribe que existe el valor del sacerdote, es decir el valor de la solidaridad y el valor del bien, tal como existe el valor del soldado. Solamente establece una diferencia entre uno y otro: el valor del sacerdote es aún más difícil porque es pacífico, no puede valerse de la violencia. Y es algo con lo cual se nace, sencillamente algo que se posee o no se posee. Tal vez el Papa Francisco I tiene una  dosis limitada de esta cualidad sin la cual resulta imposible definirlo como un buen pastor quien sobre todas las cosas debe defender y proteger. Un buen pastor no se queda a un lado mirando pacientemente como los lobos devoran a sus ovejas, ni mucho menos las entrega, aún en el caso de las mas descarriadas, ni en medio de las circunstancias más extremas.