miércoles, 6 de marzo de 2013

UN COPISTA DE ALEJANDRÍA




Por: Carlos Bermeo

I.
En una copa de marfil se mece el universo
Entre tintas de carbón triturado en el mortero.

Con una pluma
arrancada a un halcón en vuelo,
el copista de la biblioteca
reproduce antiguos ecos
de voces fantasmales estancadas en el tiempo.
Escucha, a través de textos viejos,
la voz de un filósofo que esculpió
las sensuales figuras de las
Tres Gracias a la entrada de Acropólis,
y luego derramó sangre ajena en la batalla de Potidea.
Finalmente se licenció como corruptor de la juventud de Atenas.
La cicuta, le murmura al oído,
tiene el mismo sabor de la tinta
Que reposa en tu copa de marfil.

Al día siguiente
del escritorio del copista
brotan perfumes de azucenas y esencias de jazmín.
Provienen de una época lejana,
de un jardín paradisíaco
en el que instruía a sus discípulos
un filósofo llegado de la Isla de Samos.
Hermosas vírgenes griegas
de rostros pálidos y cabellos lacios,
se abrazaban a sus efebos, embriagados.
Los placeres son el bien supremo,
le murmura Epicuro al copista,
que cambió las caricias de una mujer de Esmirna
por un millar de papiros empolvados.


El cántaro que contiene la noche
se derrama como un sueño.
Antes del amanecer,
el copista se retuerce de hambre
descifrando los días amargos de un filósofo
que desdentado, se burlaba del mundo entero.
Diógenes secuestrado por piratas.
Diógenes vendido como esclavo.
Diógenes comprado y liberado.
Se lo veía vagar por Atenas andrajoso
comiendo mendrugos y durmiendo en la calles.
Mi lámpara se extinguió, le dijo en voz baja al copista,
y nunca encontré a un hombre honesto.

II.
Más allá de Alejandría, sin que el copista lo sepa,
un ejército bravío escupe lanzas de fuego.
Inspirado por Alá, dueño del universo,
el califa Umar en su copa, bebe de un sorbo el desierto.

Dos lunas más tarde, desde su ventana,
el copista descubre las antorchas de un ejército ajeno.
Temeroso, recuerda las enseñanzas de un filósofo nacido en Éfeso.
Heráclito le explica al oído,
todo nace y muere en el fuego.

Sol de mediodía, arena hirviente, calor perpetuo.
Las hordas de jinetes devastan el puerto entero.
Alejandría destrozada, triturada,
Cercenada como un carnero,
descuartizada con alfanjes  y cuchillos.
Incendiada con antorchas, destruida, devastada.

El copista huye a la Isla del Faro
que construyó Sostrato para Tolomeo.
En las alturas se contempla la silueta de Zeus.
El Dios escucha indiferente lo clamores y los ruegos,
sus espejos continúan guiando
los barcos en el océano.

El copista, desde lo lejos,
descubre con terror las columnas de fuego.
Desde la biblioteca brotan olores nuevos:
fragancias a muerte e infierno.

Arden en la pira eterna
las enseñanzas de los filósofos helenos,
las conversaciones del jardín,
las batallas de Persia y Babilonia,
los ecos y las voces de los ancianos del Aerópago
las discusiones en el Ágora
y la sabiduría que destilaba como miel
desde las columnas del Partenón.
Atrás quedaron las risas del teatro de Acrópolis.
Atrás las fiestas de resurrección de Dioniso en primavera.
Todo es ceniza, todo es olvido.
Luego el silencio,
la humanidad entera se arrojó al fuego.

El copista capturado,
vendido como esclavo en las costas del mar Egeo,
comprende su papel en el universo.
Su misión es descifrar, preservar el cosmos entero.
El conquistador tiene otro objetivo:
Crear mundos nuevos.





Vídeo sobre la Biblioteca de Alejandría 
por Carl Sagan, en la serie Cosmos







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