miércoles, 13 de marzo de 2013

CERVANTES Y LOS SIGNOS


POR: Felipe García Quintero  
Ilustración Antonio Saura

Ya lo sabemos: el Quijote es un libro escrito contra los libros. “Todo él es una inventiva contra los libros de caballerías”, afirma su autor en el prólogo de la novela. No obstante la certeza de tal cometido, me pregunto: ¿por qué, pues, Alonso Quijano no se hace escritor de novelas, para así dar fin con su pluma al impostado mundo de la fantasía y, por el contrario, se convierte en caballero andante, alimentando sin sosiego la ilusión de un mundo para entonces también perdido?
    En la elección radical de encarnar de esta manera el signo escrito, consideró Cervantes, se juega el sentido y el valor de la novela moderna, que el español inaugura de manera ejemplar e insustituible. Ser caballero andante y no escritor de novelas es la diferencia que hace de esta obra maestra el libro que hoy día celebramos como el más grande monumento vivo de la lengua castellana. De la desprestigiada herencia del Quijote, según sentencia Milán Kundera en Los testamentos traicionados, queda por tarea volver a revisar, después de 400 años, su legado crítico; aspecto central de la producción literaria contemporánea, asunto que a su vez configura la modernidad artística en Occidente. 
Acerca de la conciencia del oficio narrativo, de sus alcances e impacto, como de sus problemas internos, el prólogo de Cervantes dedicado a ese desocupado lector nos llama a considerar, por demás, que la crítica del universo caballeresco no es algo distinto de nombrar la crisis del siglo XVI, puesto que la verdad científica emergente de la racionalidad enfrentada al dogma religioso y al sentido material de los valores burgueses contra la espiritualidad idealizada por un sujeto enamorada del pensamiento antiguo, desborda cualquier relación con la realidad cotidiana, y hacen del Quijote la novela de la crisis de los signos y su representación.

Si es un destino literario la elección de Alonso Quijano por hacerse caballero andante y desechar el rol de escritor de las historias fantasiosas que estos libros cuentan, tal y como podría pensarse, en razón de la lectura como verbo que deviene en acción, fue cumplida a cabalidad esa voluntad de “deshacer la autoridad y cabida que en el mundo y en el vulgo tienen los libros de caballerías”. De la tradición análoga de la cultura medieval queda el recuerdo y la evocación que hace la novela de Cervantes, al convertirse en su testamento literario. El capítulo VI de la primera parte, dedicado al escrutinio de la biblioteca de Alonso Quijano, es ya de por sí emblemático el oficio de ejercer la crítica literaria, donde el mismo autor acomete incluso contra su propia obra y en detrimento de su nombre, y al cabo del pasaje sale purificado por la vía de la honestidad intelectual. Por ello, sabemos también que hoy el Quijote cierra un periodo de la novela e inaugura otro: el de la modernidad, dimensión de lo humano donde la conciencia y el espíritu crítico minan el sentido de la semejanza que contiene lo sagrado e instaura, por el contrario, el universo secular de la diferencia.
Sobre este aspecto, me interesa finalmente referir algunas pocas ideas, en particular la operación simbólica de la invención de un mundo nuevo a partir del poder de representación del lenguaje, cuya función comunicativa cohesiona o separa a una sociedad en crisis.
Tenemos, entonces, que el programa artístico de Cervantes expuesto en el prólogo de la novela, de querer “derribar la máquina mal fundada de estos caballerescos libros” es un propósito. De allí la parodia ejercida sin piedad alguna sobre el personaje y sus ideales, tanto como la burla cruel y la risa incontenible por todo aquello evocado del mundo imaginado de la caballería andante, que no tiene asidero en la realidad de los días maravillosos —porque nunca existió más que en la imaginación literaria del siglo XV, cuando el género alcanza su apogeo—, vivimos a plenitud, con alegría y dolor, junto a sus amigos Sancho Panza, el rucio y Rocinante.
Mas, ¿cuál es el universo primero de este singular personaje amante de los ideales caballerescos y de la vida hidalga?; es decir, de quien disfruta un poco la caza y no tanto el trabajo, mucho el ocio y más el placer espiritual de las artes, para decirnos que el mundo literario de donde mana el origen de su locura es el remedio de una sociedad en crisis, pues todo en el mundo ha perdido el sentido sacro de la justicia, el amor, la libertad, la verdad, el honor y el valor que el caballero andante encarna y que ahora busca restituir; pues en su lugar se instalan lo humano de la inequidad, el odio, la opresión, la mentira, el pecado y la cobardía.

Este mundo es simple, normal, demasiado corriente acaso, ya que nada extraordinario lo contiene que no sea una pasión desbordada, casi un vicio o un delirio, por la lectura. De la hacienda del hidalgo Alonso Quijano se destaca la biblioteca, adquirida gracias a la venta de sus pocas tierras de sembradura; pues no debemos olvidar que el mayor capital del hidalgo es cultural, hecho de prestigio social y caracterizado por los gustos delicados, puesto que su realidad material está colmada de ruina y pobreza. Aparte de los libros, nada de valor posee el enamorado de los signos.
Sí, ¡cómo amaba Alonso Quijano leer libros de caballería! Tanto que incluso leía los malos libros, es preciso enfatizarlo, puesto que es un error no aclarar además que es la lectura de los libros mediocres, de escritores menores como Feliciano da Silva, lo que le produce la pérdida del juicio, pues es pura necesidad el intento por encontrar sentido a los requiebros de ciertas frases, como aquella referida por el narrador, que a la letra reza: “la razón de la sinrazón que a mi razón se hace, con tal manera mi razón enflaquece, que con razón me quejo de la vuestra fermosura”.
La conciencia crítica de este lector con respecto al género caballeresco no le impide, sin embargo, caer en la trampa de los signos amados, único referente para recorrer el mundo dando sentido al laberinto de la realidad. Es la imprescindible fuerza de cohesión espiritual que otorga valor para levantar el alma del suelo y, como la canción, volver a caer, una y otra vez, hasta que lo real ceda a la fantasía o se rinda al deseo humano de domarla.
En esa batalla está puesta la vida, sin más arma que la fe y el amor; es decir, la locura de creer con pasión en la corrupción bella de la mente delirante que interpreta a su antojo los signos del verbo, conforme el dictado de la letra que hace de la semejanza y la similitud la identidad de lo Mismo. Allí naufragan y encallan los sentidos de don Quijote; por eso las caídas, los incesantes golpes y las heridas de un corazón burlado, de unos dientes rotos y de tantos huesos quebrados en las batallas verídicas de su fantasía contra la realidad.
De las honduras del sinsentido y la incomunicación cae Alonso Quijano, quien encarna a ese hombre ligado al mundo por los lazos imaginarios de la semejanza, y cuya verdad personal sólo se vincula a los demás por el lenguaje. Sin embargo, son tantos desatinos y tantos yerros, que creemos estar ante un lector competente como ninguno, al que podemos denominar temerario, pues lleva al límite el valor del signo escrito —el libro de caballerías—, al encarnarlo como conducta y al hacer de su propia vida la escritura de esa aventura inexistente, que no elige escribir sin que primero sea una experiencia vital para luego escuchar de algún desconocido su propia historia, tal y como ocurre en un capítulo de la segunda parte cuando Sancho Panza le trae noticias de que sus aventuras andan impresas en un libro escrito por un tal Avellaneda, por demás un vil plagiario. Andar así el mundo en busca de lances, es escribir la novela de los días, donde cada paso es una palabra y todo camino una oración nueva que se suma a la de otros como un solo relato, una narración única, el discurso de la memoria humana. Con ello el tránsito de sus tres viajes se hace una sola escritura.
“Con todas sus vueltas y revueltas, las aventuras de don Quijote trazan el límite: en ellas terminan los juegos antiguos de las semejanzas y de los signos; allí se anudan nuevas relaciones”, afirma Michel Foucault (1968) en la reflexión dedicada a pensar el sentido de la representación y el cambio epistémico que opera en la modernidad. “Ese héroe de lo mismo”, sostiene el filósofo francés, nos coloca en situación. Y dicha circunstancia amerita un comentario final.
Confinado el espíritu al señorío de los signos, Alonso Quijano encuentra las claves para inventar un mundo nuevo, o mejor, restaurar el orden de uno antiguo, olvidado y despreciado por los hombres de su tiempo, pero evocado a través de las historias orales y escritas de la tradición caballeresca, como ideal antiguo de una sociedad imaginada. La resurrección del sistema medieval de valores se funda ahora en recuperar los atributos perdidos del lenguaje mediante una escritura vivida. El proceso de secularización que sufre la identificación, indisolubilidad, transparencia y unicidad, los valores inherentes a la función lingüística de representar lo real y de comunicar el pensamiento que constituyen los referentes del cambio de un tiempo antiguo a otro nuevo, diferente.
De tal modo que Alonso Quijano transforma el sentido lingüístico del mundo al hacerse caballero andante. Y lo hace guiado por la lectura y mediante el procedimiento simbólico de interpretar y representar lo conocido para darle otra entidad bajo el poder del significado nuevo que se construye a partir de los signos. Es así como entendemos que “rematado ya su juicio, vino a dar en el más extraño pensamiento que jamás dio loco en el mundo, y fue que le pareció convenible y necesario, así para el aumento de su honra como para el servicio de su república, hacerse caballero andante e irse por todo el mundo con sus armas y caballo a buscar las aventuras y a ejercitarse en todo aquello que él había leído que los caballeros andantes se ejercitaban, deshaciendo todo género de agravios, y poniéndose en ocasiones a peligros donde, acabándolos, cobrase eterno nombre y fama”.

Sin dudarlo más, acomete la tarea de desenterrar su linaje y encuentra una armadura oxidada, la cual dignifica con los cuidados de un niño, pues no sólo la limpia y restaura sino que la amolda al sentido estricto de su juego. Pasa luego a ejercer el poder trascendente de nombrar y fundar, mediante la palabra, una realidad nueva que surge, quién lo creyera, de lo antiguo. Y es aquí donde el lenguaje, desposeído de poderes, se hace fuerza significante de lo humano. La transformación del vulgar rocín en el distinguido Rocinante es el ejemplo mejor de cómo se construye realidad. Explica el narrador que:

fue luego a ver su rocín, y aunque tenía más cuartos que un real y más tachas que el caballo de Gonela … le pareció que ni el Bucéfalo de Alejandro ni Babieca el del Cid con él se igualaban. Cuatro días, agrega, se le pasaron en imaginar qué nombre le pondría; porque –según se decía él a sí mismo– no era razón que caballo de caballero tan famoso, y tan bueno él por sí, estuviese sin nombre conocido; y así, procuraba acomodársele de manera que declarase quién había sido antes que fuese de caballero andante, y lo que era entonces; pues estaba muy puesto en razón que, mudando su señor estado, mudase él también de nombre, y le cobrase famoso y de estruendo, como convenía a la nueva orden y al nuevo ejercicio que ya profesaba; y así, después de muchos nombres que formó, borró y quitó, añadió, deshizo y tornó a hacer en su memoria e imaginación, al fin le vino a llamar Rocinante, nombre, a su parecer, alto, sonoro y significativo de lo que había sido cuando fue rocín, antes de lo que ahora era, que era antes y primero de todos los rocines del mundo.


La lección bautismal del lenguaje que nombra lo viejo para crear lo nuevo a partir del pasado, encuentra en este caso un ejemplo memorable de alquimia verbal, pues trocar el valor semántico de la voz preposicional “antes de” con el sentido temporal del “antes” como condición pretérita, y con ello cifrar la identidad del origen, resulta un acto de magia, propia del demiurgo a quién le ha bastado desplazar una partícula de la lengua, tan sólo una porción del continente lingüístico, para hacer de esa sola preposición el detonante imaginativo desplazado hacia donde la palabra nombra lo nuevo, y halla, al fin, lo arduamente buscado: una realidad mísera sublimada por el signo.

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