martes, 5 de febrero de 2013

La Nueva Granada



POR: Rubén Varona

I

The New York Times:

líderguerrillerofuedadodebajaporelejército
decolombia.patriaponzoñosa,¿sientes
losgusanosremangarme
elombligo?


Llévame
al Sur donde el agua
delinea el reír de las garzas y los cerezos
se embriagan con el licor          
                                                 de la tierra.





II


Una oración bastará para que comprendas el pago de la patria por tus servicios. ¿Qué testamento puedes hacer, si lo poco que tienes ha sido confiscado? Sócrates al beber la cicuta contó a sus discípulos que su alma estaba lista para conocer la verdad: ¿La verdad? ¿Podrías decir tú lo mismo? El guardia reclina su cuerpo contra los barrotes, cabecea como si aquellos hierros fueran la más noble litera. Aprietas la camándula de plata que te prende del cuello desde tu ordenamiento como sacerdote en Popayán; escuchas los ronquidos del carcelero. Sientes su tufo agrio, a caña fermentada. Se acerca tu hora, la hora de someter tu precioso cuello a la horca. Te sacude un temblor en las piernas. ¡No eres Sócrates! ¡No señor! ¡Tu sangre no tiene que purgar la tozudez de España! Los clavos del Nazareno arden en tu rosario, y en tus manos cuando lo empuñan: ¿Tu vida o la de ese canalla? Pasas los brazos tras los barrotes. Padre Nuestro y aprietas el cuello del carcelero; Avemaría y silencias sus ronquidos. Hurtas sus llaves y lo arrastras a la celda. Notas tu parecido a él, su enorme parecido contigo. Te vistes con sus ropas; lo disfrazas con las tuyas: ¿Qué caminos polvorientos andarás con esas botas? Le cierras los ojos y le impones en la frente la señal de la Cruz.






III


Nueva Granada
estalla un cabecilla
Colombia en paz

¿En paz? Gusanos
proyectiles fecundan
un óvulo, un

niño se apresta
a nacer pistolero
Soldado, why not?






IV

Avanzas hacia la luz sin que te importe
la suerte de los demás reos,
ya no eres discípulo de Santo Tomás,
y el bien común no persigues.
Huyes por los pasillos del Colegio Mayor
de Nuestra Señora del Rosario.
¿El rosario? Solloza bajo la casaca realista.
Seis años atrás el fraile Francisco
Padilla incendiaba tu espíritu en aquellos
corredores: Ningún régimen
es perfecto en sus inicios, la ciencia
del gobierno es muy nueva en América,
escribía en su pasquín libertario.

—¡Soldado!

Acaricias el mango
del sable: ya no te defiende el evangelio.

—¡Entregad esto al Brigadier Pascual Enrile!

Recibes una soga áspera como la suela de tus botas,
las del soldado que se pudre en tu sotana.
Cruzas el portalón, trescientos pasos
y te estrellas con Enrile, sus esbirros clavan
un armazón de madera frente a la iglesia La Merced.
El Brigadier recibe la soga y dobla los extremos,
describe la ESE de Sátrapa, de Sinónimo, de Satán.

—¿Cómo es su nombre soldado?
—Ee-eeezequiel.

—Es su día de suerte. Cuelgue la soga en la horca, Ezequiel, y asegúrese de templarla
bien, porque oficiará como Ministro Ejecutor.

—¿Ministro ejecutor?

—Sólo será un desgraciado, mañana llegará el nuevo verdugo y limpiaremos
la cárcel de revoltosos.




V

Subes al cadalso, grazna
el pueblo hambriento
de sangre. Enrile
enciende su tabaco.
Tú cuelgas la soga
del travesaño y elevas
los ojos al cielo:
la llovizna te recrimina
el preservar aquella vida
miserable. Acomodas
el banquillo, y la capucha
en tu rostro, miserable.


Contrición, confesor, misas
Credo en boca, Cristo en mano.
Todo en el ahorcado es bueno;
Sólo el verdugo es lo malo.

Suben a empellones al fraile
Padilla; tu camándula
te quema la piel. ¿Su vida
o la tuya? Le atas las manos 
sin herirle las muñecas.
Lo trepas al banquillo
y le ensartas la cabeza
en la soga. Corres el nudo
y lloriqueas: quisieras ser
Sócrates y fallecer
por convicción propia,
Padilla, y morir por tu Patria.

—¡Tú no tienes la culpa, te absuelvo en el nombre de Dios!

Pateas el banquillo, el pueblo
se alebresta: cucarrones
zumban en toneles
metálicos. El ahorcado
roza las tablas con los pies.
Sufre, mal amigo,
no le sujetaste bien el cuello.
Te cuelgas de sus piernas,
revientas la cuerda:
el fraile astilla la madera
con su cabeza.
Enrile no para de reírse:

—¡Soldado! ¡Le pedí ahorcarlo, no desnucarlo!




VI


Un ronquido me despierta,
a tientas hallo el control
de la tele. Otro ronquido
me desgaja las costillas.
Abro los ojos:
Gusanos degüellan
cumbias
en mi almohada,
hilvanan las vocales
abiertas
de mi nombre.



VII

Cuatro lances con el cuchillo bastan
para rebanar un suspiro
y aprisionarlo entre el pan
integral recién salido
de la tostadora.
Mantequilla de maní, una lonja
de queso
Manchego. Una vuelta
al molinillo de pimienta
sobre la lechuga,
y se habrán
ido
tus recuerdos.


1 comentario:

  1. Grandioso poema en prosa dramático. Muy bueno. Felicitaciones al autor, joder, qué bello texto.

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