miércoles, 27 de febrero de 2013

El arte de dedicar los libros





  Por: Johann Rodríguez-Bravo

Siempre me ha llamado la atención el juego de las dedicatorias: esas declaraciones de amor, de amistad, de guerra que saben venir al comienzo de los libros. Son, algo así, como el extremo al que puede llegar una correspondencia. No tienen necesidad de decir mucho, sólo de sugerir. Por lo general, son sencillas: “A Joaquín”, (sólo el autor y Joaquín saben de qué tamaño es el detalle); pero pueden ser algo más complejas, casi metafísicas: “Primero que todo a Dios que me dio la fuerza y el empuje para llegar a ser lo que soy; luego a mi madre, la autora de mis días, esa mujer de entereza y ejemplo que hoy llevo en lo más profundo de mi alma. También a mi mujer y a mis hijos con quienes me encuentro todos los días en el paraíso”.  No estoy seguro de leer un libro dedicado así, sospecho que la primera línea será una mala copia de los malos prosistas del siglo XIX. 

Las dedicatorias son secretos no guardados para los lectores; un sutil guiñar de ojo, si son buenas; un piropo de mal gusto, si no. No guardan un hilo conductor; no pertenecen a ningún género; no son parte de un modelo; no son requisito estético; no aportan ni quitan;  y, aunque los autores hayan inventado un estilo para dedicar los libros, siempre son diferentes. No se puede estudiar un asunto como “la forma en que dedicaron sus libros los autores del boom” sin caer en un disparate. Y si se hace: ¿con qué sentido?, ¿para qué?, ¿acaso le agrega algo a Cien años de soledad el que García Márquez la haya dedicado a unos amigos españoles y no a la señora del aseo? Estudiar un tema como éste es escudriñar el capricho de los autores: el querer saber de la vida privada, oficio de paparazzi.

Charles Bukowski dedicó uno de sus libros a 
"la mala literatura"

Los libros, por lo general, se dedican a nombres que para el lector no significan nada: “A Rosa”, “Para María”, “A Juan Pérez”; a veces, esos nombres van a acompañados de algo que les da un sentido, que disminuye el alcance de la especulación: “A Henry, mi amigo”, “A Imelda, mi eterna compañera”, “Para Carolina, mi vida”. Es común que las obras se dediquen a los allegados: al cónyuge, a los hijos, a los padres;  y, además, en abstracto: “A mi papá, por ser como es”, “A mi familia, tan linda”. En muchas ocasiones, están dirigidas a objetos, animales o colectivos genéricos: “A mi país”, “A mis reales lectores” (Asimov), “A mi gata”, “Al oro...” (Quevedo); “A la mala escritura”, pone Bukowski en Pulp. Los muertos, claro, también son honrados con la inspiración y un latinazgo, “in memoriam José K”, “A Francis Laurenty (1924-2003)”,  “A Toño, dondequiera que esté”; “A mis muertos”, dice Mauricio Aranguren en su libro Mi confesión: Carlos Castaño revela sus secretos (aquí uno no sabe si la nota es del entrevistador o el entrevistado); como lo son, a su vez, algunos personajes de ficción y muchos escritores famosos que ni siquiera conocen al autor del libro: “Al Coronel Aureliano Buendía, por sus batallas”, “A Octavio Paz”.  Otro que también es objeto de dedicatorias — y por montones y montones— es Dios, el pobre Dios, a quien le rinden culto con novelas mediocres, con tesis de pregrado, con diarios de viajes, con libros de recetas. Me da vergüenza decirlo, pero es a Él a quien le dedican las obras más malas, aunque el Arcipreste de Hita le encomienda El libro del buen amor.

En el variopinto universo de las dedicatorias, las hay largas, de más de una página; y las hay breves, tan breves que ni siquiera son incluidas como en Palíndroma, libro en el que Juan José Arreola puso: “la dedicatoria se suprime a petición de la parte”. Hay dedicatorias que aparecen en letra cursiva, como si fueran manuscritas por el autor (en una edición de Don Mirócletes, la dedicatoria es una fotocopia de una nota del puño y letra de don Fernando González: “A las ceibas de la plaza de envigado”); y otras en una tipografía ajena a cualquier sentimiento. Hay algunas que comienzan con mayúscula, impositivas; otras que van precedidas de puntos suspensivos, como si antes ya hubieran sido dedicadas. Hay unas que van en la mitad de la página; otras, la mayoría, pegadas al margen derecho. Hay unas que son producto de la invención del autor; otras, citas de libros o frases de otros (y no me refiero a los epígrafes, sino a dedicatorias como la de El péndulo de Focault, en la que Umberto Eco cita a Heinrich Cornelius Agrippa: “Solo para vosotros, hijos de la doctrina y de la sabiduría, hemos escrito esta obra”). Hay unas con humor, casi chistes; otras, lúgubres, lloriconas. En unas, el autor desborda genio, lucidez; en otras, simpleza, falta de tiempo. En esto, en resumen, hay de todo; aunque, como siempre, el editor mete la mano; basta pensar en esas dedicatorias que comienzan diciendo “El autor quiere dedicar su libro a…”, como si otro hubiera escrito lo que el autor no quiso.

Jaime Alberto Vélez, que lo sabía decir todo tan bien, dice que “la dedicatoria representa, en el fondo, un acto vanidoso, pues el escritor supone, antes del juicio público, que la obra posee un valor que no es ni efímero ni insignificante” (Un disparate en la primera página, El Malpensante No. 17), pero como escribir, de hecho, ya es un acto vanidoso, qué más le puede agregar un saludo de tres o cuatro líneas.  La dedicatoria, de todos modos, lleva una dirección que no es la misma de la obra. El valor de ambas es distinto; y es probable que en cierto libro, la dedicatoria valga más que el libro mismo; quién sabe.

Es costumbre de creer  que las dedicatorias son filiaciones entre la novela y el destinatario de la dedicación. En los libros, sin embargo, las dedicatorias, regularmente, no hacen parte directa del texto. A lo mejor, si un estudioso hace el parangón entre el nombre que aparece en la dedicatoria y la biografía del autor, tal vez halle claves para dilucidar el motivo de la dedicatoria; pero esto es una cuestión casual, pues ésta, aunque es pensada y corregida antes de ser llevada a imprenta, puede ser sólo un guiño, un gesto de amistad, un cariño.  La obra es una cosa, la intención del autor, otra.

Mempo Giardinelli

A mí me gusta la dedicatoria que hace Mempo Giardinelli en su novela Cuestiones interiores: “Esta es para Natalia, enteramente”. Me gusta el enteramente porque significa que toda la novela con sus errores, con sus aciertos, con su infinidad de posibilidades, que toda, todita, es para ella, para Natalia. Él mismo, como autor, se quita cualquier derecho sobre su novela. No sé si el adverbio también incluya el anticipo de la editorial y los derechos de autor. También encuentro interesante la dedicatoria de Luna Caliente: “Para Sergio Sinay, por la pasión común por este género y por el inmenso cariño de una amistad que, con los años, pretendo acorazada. Y para Osvaldo Soriano, por las mismas razones”; en ella, Giardinelli declara el gusto por el género negro, género al que pertenece su novela. Las dedicatorias, como en este caso, pueden ser pistas para los críticos, esos rastreadores de gazapos, pues en ellas se pueden apoyar para buscar influencias y datos sobre la génesis de la obra. Dedicatorias como la de Melville en Moby Dick permiten saber, por ejemplo, qué le gustaba al escritor norteamericano: “Como muestra de mi admiración por su genio, dedico este libro a Nathaniel Hawthorne”.

Es muy común que los libros sean dedicados a quien dio la idea primordial, o a quien promovió la escritura: “A mi editor”, “A Carl Atwood, por soñar con este libro antes que yo”. García Márquez, por ejemplo, en la dedicatoria de El general en su laberinto, reconoce que la idea la tomó de Álvaro Mutis. Pero además, también se dedican a quienes permitieron, con su apoyo, escribir el libro. En el siglo XVI, era moneda corriente dedicar las obras y ofrecerlas, como en un ritual, a los mecenas o protectores. Recordemos que Cervantes y sus contemporáneos dedicaban sus obras al Rey, cuando no a un Duque o a un Conde, a un gran Señor; aunque muchos siglos antes se hacía lo mismo, Plinio El Viejo, por ejemplo, dedicó sus 37 volúmenes  de Historia natural al emperador romano Tito (año 77 D.C.).  “Al Duque de Béjar” dice la primera parte de El Quijote; “Al Conde de Lemos”, la segunda. Estas dedicatorias iban acompañadas de una carta en la que se explicaba el porqué de la obra y en la que se rendía pleitesía y gratitud a la tutela del Señor. “Al Rey nuestro señor”, dice Alonso de Ercilla y Zúñiga en  La Araucana; “Al Duque de Lerma, maese de campo general en Flándres”, dice Quevedo antes de un soneto.

Francisco de Quevedo

Las dedicatorias de Quevedo son muchas, una por cada poema. Y no sólo para el Duque, también para sus propiedades: “A la huerta del Duque de Lerma”. Sus dedicatorias servían de título para los poemas; algunas eran muy originales, casi un minicuento: “A Amita que teniendo un clavel en la boca, por morderle se mordió los labios y le salió sangre”; “A una dama tuerta y muy hermosa”, “A otra dama de igual hermosura, y del todo ciega”. Pero, quizá, el que más me gusta sea uno que puede ser materia de psicoanálisis, para el autor y para mí: “A una moza hermosa que comía barro”.

Las dedicatorias no deben confundirse con los agradecimientos, homenajes distintos. Una dedicatoria es una declaración de afecto que sobrepasa la gratitud; los agradecimientos —muy usados en las obras de investigación, en los libros de texto—, en cambio, son el reconocimiento a quienes ayudaron en la elaboración del libro. Se agradece a la secretaria, al asistente, a la fundación que donó los fondos, a la institución que dio la beca, al rector de la universidad en la que trabaja el escritor, y a otros sujetos tácitos que, como dice Augusto Monterroso en la dedicatoria de su Oveja negra y otras fábulas,  no quisieron ser nombrados porque les daba pena. Los agradecimientos, en otras palabras, son parte de un protocolo; las dedicatorias, al menos en nuestro tiempo, no.

Para los destinatarios, las dedicatorias son como un beso, un apretón de manos, un abrazo en público. Si el autor ha escrito pocos libros, el valor del detalle incalculable, máxime si se trata de autores como Rulfo o Salinger, que lo poco que escribieron fue oro puro. Pero, al contrario, si se trata de uno de esos McDonalds de la literatura, de esos escritores que hacen libros como si fueran los Modelos T de Henry Ford, el valor disminuye cuanto más crece la obra del autor. Una dedicatoria de un libro de Isaac Asimov es muy barata; hay que pensar sólo en términos de oferta y demanda. Aunque para el amigo de Asimov, el gesto de la dedicatoria es motivo de orgullo, quizá no lo sea tanto de tratarse de un autor menos productivo; no es lo mismo ser homenajeado por uno que sólo publicó dos libros, que por uno que publicó 500 y los dedicó todos. Es algo complicado. Saramago, sin ser tan industrial, se ha curado en salud dedicando casi todo a Pilar, su mujer, su traductora, su etc. Sus dedicatorias son muy simples: “A Pilar”, “A Pilar”, “A Pilar, mis días todos”, “A Pilar, por supuesto”. Vila-Matas ha hecho lo mismo: “A Paula de Parma”, dicen casi todos sus libros (sin que sea claro quién es Paula); en Historia abreviada de la literatura portátil, el autor catalán le dedica el libro a Paula con un verso de Baudelaire: “A Paula Au fond de l'Inconnu pour trouver du nouveau”, que singulariza de algún modo a su Paula.

Si un autor no quiere ganarse problemas, debe saber a quién dedicar sus libros; lo mismo, si quiere caer en gracia. También, saber cómo dedicar: no se trata de meter una línea a la carrera. No es lo mismo poner: “A Rosa” que “A Rosa, mi rosa”. Por lo general, y ya lo dije, las dedicatorias deben ser pensadas, escritas, corregidas. El destinatario puede quedar ofendido, una palabra mal puesta podría parecerle un insulto.

Dijimos que las dedicatorias, en otros tiempos, iban dirigidas al mecenas, al Rey; el motivo era obvio: él era quien corría con la manutención del escribiente. Quedar bien de esta manera con el patrocinador es una costumbre que pervive. Las primeras obras, casi siempre, van ofrecidas “A mis padres”. El objetivo sigue siendo el mismo: sumisión y obediencia. ¿Cómo no ofrecerle trabajo a quien me está manteniendo? Cuando leo “A mi esposa”, y me doy cuenta de que se trata de un libro malo, sé por dónde va el agua al molino.  Una de las estrategias de los autores, para matar dos pájaros de un sólo tiro, es poner dos o más dedicatorias a la vez: una al Altísimo, otra a la familia, y una más para algún escritor, por si éste le devuelve el favor algún día.  Aunque a veces estas tres entidades “dedicables”, son muy pocas; sobre todo para aquellos escritores novísimos publicados en editoriales de barrio. La señora Mariana Ramos Blanco, natural de Chitia, Boyaca, en su poemario Los  versos bajo el cielo dirige sus saludos y ofrece el producto de su inspiración a diez personas diferentes sin dejar de mencionar a Dios dos veces; aunque esto no es nada para el señor Fernando Hernández Medina, oriundo de Villavicencio, que en su novela Estación Tierra, en la primera página, lista 30 personas a las que dedica su libro, y él número podría ser superior —como para el Guiness Record — si se tiene en cuenta el final de la nota: “[y] al niño que habita en cada ser humano y especialmente a todos aquellos que aún no llegan a Estación Tierra”; esto, bajito bajito, es todo el género humano. Pero ahí no para la cosa, la dedicatoria cierra así: “¡Que todos los seres sean felices!”, ¿Cuáles seres —me pregunto—; acaso lo que afortunados que nunca llegarán a dicha estación?

Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares

El dedicar los libros a otros escritores es, también, una costumbre. No me extraña que La Invención de Morel de Adolfo Bioy Casares, por ejemplo, esté dedicada “A Jorge Luis Borges”; lo que sí me sorprende es que el libro de cuentos inédito de Periquito Pérez, un autor del sur del Cauca, también lo esté. O como el libro de Jaime Álvarez Gutiérrez, un autor tan anónimo como yo, que en su modestia literaria dedica una novela “Al maestro, Camilo José Cela”. Y éste no es el único libro en el que este autor colombiano dispara alto en sus ofrecimientos; en Matrioska: trierótica para su corrección, la dedicatoria dice: “Al Congreso”; no es claro cuál: ¿el de los “honorables”?, ¿el de unos aprendices de escritor? En su novela Bitácora de la sirena también dice: “A Ernesto Samper Pizano”; por ésta dedicatoria, sospecho, entonces, a qué congreso se refería en el otro libro. Esto de dedicar a escritores famosos puede también ser un juego; no dudo, por ejemplo, de que don Fernando Gonzáles, genio de genios, tenga la autoridad para hacer un cumplido a Sartre en La tragicomedia del padre Elias y Martina la Velera, pero me gusta como el maestro hace la dedicatoria, “A Juan Pablo Sartre”, pues hace parecer al filósofo francés como cualquier persona de Envigado.

Jorge Isaac, en Maria, para dar un efecto de realidad, usa la dedicatoria como un elemento más de la ficción, “A los hermanos de Efraín”; pero hay hijos de vecino que dedican sus libros a Sancho Panza, a Gregorio Samsa, a  Horacio Oliveira, sin más pretensiones que las de parecer hombres de letras. La dedicatoria también es un arte, ¡ojo! Pienso en otro de estos autores de folletos, un tal César Bautista, en cuyo libro ha dedicado cada texto a Ulrike (¿El personaje de Borges?), en vez de haber ahorrar tinta y tiempo con el mismo nombre al comienzo del libro.

José de Espronceda dedica su Obra Poética de una manera un tanto efectista: “ A * * * dedicándole estas poesías”. Si reparamos en los tres asteriscos, podemos especular. Dice la Biblia “piensa mal y acertarás”. ¿Por qué poner tres incógnitas en vez de un nombre completo? Espronceda no quería dar a conocer la identidad de la persona a quien dirigía sus versos porque de esa forma el comodín le servía para muchos corazones. La dedicatoria, en un soneto, termina así: “A ti las quejas de mi mal profundo // hermosa sin ventura yo te envío // mis versos son tu corazón y el mío”. Un crítico de mala leche, así lo referencia la edición que consulté, cree que los poemas iban dirigidos a una de dos mujeres que el poeta conoció poco antes de la fecha de la publicación. Yo, con mala leche también, pero sin ser crítico, creo que Espronceda sin dedicar el libro a ninguna, se lo dedico a amabas y muchas más. Recuerdo un libro del poeta payanés Marco Antonio Valencia que en la primera página tenía dos líneas, una que decía De (dos puntos), y otra, Para (dos puntos). Este, quizá, sea el único libro con una dedicatoria abierta. Dedíquelo usted mismo, hubiera podido anotar el editor en un pie de página.

El usar las notas de las dedicatorias como puentes para llegar al corazón de una querida,  es algo de siempre. Balzac era todo un zorro para esto; Eugenie Grandet está dedicada de tal forma que yo mismo me hubiera enamorado: “A María, que su nombre, usted, cuyo retrato es el más bello ornamento de esta obra, sea aquí como una rama de boj bendita, cogida de no se sabe qué árbol…”. En Petrilla el novelista francés dice: “A la señorita Ana de Hanska,  ¿Cómo voy, querida niña, a dedicar a usted una historia llena de melancolía? A usted, que es la alegría de una casa; a usted…”. Pero también hay libros dedicados para  ganar el desamor: escribe Silvio, el narrador-escritor de Amor conyugal de Alberto Moravia: “A mi mujer, sin cuya ausencia no se hubiera podido escribir nunca”; éste, claro, también es un ejemplo de dedicatoria que raya en la minificción; se parece un poco —sin saber si los motivos coinciden— a la dedicatoria de Corazón tan blanco de Javier Marías: “A Julia Altares, pese a Julia Altares”.

Germán Espinosa, el maestro de las letras colombianas, tiene una de las mejores dedicatorias que he leído, es casi un puño en la nariz: “A mis detractores, cuyo número crece promisoriamente. También a esos seres con alma de tumba que poseen la fuerza del veto y la de ordenar el silencio y el olvido. Me enternecen sus asiduos fracasos”.  Con esta declaración, se confirma ese rumor popular que dice que uno también quiere a sus enemigos. La dedicatoria de Espinosa se parece a la de Camilo José Cela en La familia de Pascual Duarte: “Dedico esta edición a mis enemigos, que tanto me han ayudado en mi carrera”.

Como ya lo mostré antes, las dedicatorias más extrañas se encuentran en aquellos libros publicados por autores inéditos y desconocidos; a veces son más graciosas de lo que ellos mismo se propusieron.  En un libro llamado Que pase el ánima sola, el autor dice: “Este libro se escribió para Oralia”, y como yo no soy ella, no pude pasar de esa hoja.  Juan Carlos Arboleda, caleño,  dedica sus poemas de Mujer fantasmal deshabitando tumbas “a la vacuidad”, así como lo lee; a lo mejor “vacuidad” es el sobrenombre de alguna amiga de él.  Pero el más ingenioso es el de Tropicos de savia y carne de Nohel Beltrán Gualteros —colombiano—: “A los que no han hecho curso de lectura rápida, o habiéndolo hecho lo olvidaron”.

El mejor de todos los dedicatoristas, sin embargo, es Enrique Jardiel Poncela, realmente un genio del humor, y de la literatura por supuesto. Su libro La Tournée de Dios está dedicado a Dios: “A Dios, que es muy simpático”; Espérame en Siberia vida mía: “A Enrique Jardiel Poncela”, él mismo; Amor se escribe sin hache: “A la maravillosa y exquisita "Nez-en-Lair", cuyo perfume predilecto compré muchas veces para poder recordar en la ausencia sus ojos melancólicos. En recompensa a cuanto la hice sufrir (…)”.


Dedicatoria de Johann Rodríguez Bravo 
en su novela "Ciudad de Niebla"

Las dedicatorias no son obligación de los autores; tampoco de los libros. Dickens, por ejemplo, casi no dedicó sus trabajos; Proust tampoco. Razones para escribir una o no, sobran, pero, una vez impresas, ya hacen parte de la carrera literaria de las obras.  Ya tendré tiempo para hacer un trabajo más crítico: Las dedicatorias, claves y símbolos para entender un porqué; Las dedicatorias en el Renacimiento y el Barroco; Las dedicatorias en el envío de las Baladas de Francois Villón. Aún me quedan preguntas en salmuera, tal vez las responda en ese trabajo de mayor envergadura que desde ahora anuncio: ¿llevan dedicatoria los libros anónimos?, ¿hay dedicatorias invisibles?, ¿qué piensan quienes fueron objeto de la dedicatoria de un libro malo?, ¿hay novelas policíacas en cuya dedicatoria está la solución al enigma?, ¿alguien habrá pagado para que le dediquen un libro?, ¿hasta que punto dedicar es lambonear?

Termino con la dedicatoria de Tomas Carrasquilla —otro maestro genial— en La marquesa de Yolombó. “… Te dedico este mamotreto ya que tanto me has empujado para que lo escriba… en todo caso hay te va esto, de tu tío y amigo”.

En suma: dime a quién dedicas y te diré quién eres.



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