martes, 29 de enero de 2013

NOCTURNO LATINOAMERICANO



Por: JUAN CARLOS PINO CORREA


En una noche de fiebre, el sacerdote Sebastián Urrutia Lacroix reconstruye su vida renegando del joven envejecido que lo cuestiona desde los confines de su consciencia pero que se supone el eco de alguien que en la realidad le ha hecho frente al establishment que él representa no sólo en lo religioso sino en otros muchos ámbitos. Esa sombra misteriosa que le interpela es su propio infierno, o su propio purgatorio en esta tierra, y pareciera constituirse en la otra cara de la moneda, en el rostro que él nunca tuvo, en unas manos y unas ideas que no se acomodan ante el poder y que son capaces de escribir, como él mismo lo reconoce, sobre errancias y peleas callejeras y muertes horribles y sexo y crepúsculos en tierras extrañas. Y son capaces de escribir sobre el infierno y el caos.



Puede que el joven envejecido al que Urrutia Lacroix lee “a escondidas y con pinzas” no hubiera pisado las estancias donde Neruda declamaba versos o dedicaba libros de su puño y letra, ni donde el dictador se permitía hacer confesiones sobre sus libros escritos a diferencia de sus antecesores Allende, Frei o Alessandri, que “ni siquiera leían”, y puede que tampoco el joven envejecido hubiera participado en tertulias con la flor y nata de la literatura chilena mientras en el sótano torturaban gente. Pero aún así el joven envejecido lo confronta silencioso en su lecho de enfermo y todo parece una maldición dionisíaca que con nada puede conjurarse.




Urrutia Lacroix excluye dentro del concepto de patriotismo la posibilidad de las quimeras. Es decir, su concepto de patria es el de las estructuras anquilosadas y jerárquicas, el de los poderes y las dominaciones, el del aplastamiento y la explotación de unas clases por otras hasta el fin de los tiempos, el de la imposibilidad de los cambios y de la justicia. Su credo es dejar que el río conserve su cauce atávico, aunque se siga tiñendo de sangre. Y no es extraño por ello que el 11 de septiembre de 1973, después del bombardeo a La Moneda, el sacerdote, con un dedo sobre el libro que lee, piense en la paz (¡qué paz!) y en el silencio (¡qué silencio!) que se perciben, poco antes de arrodillarse para elevar una oración por los chilenos vivos y por los chilenos muertos. Y, justamente, porque el joven envejecido no reza (y tal vez esté huyendo del régimen recién instaurado que tarde o temprano ha de atraparlo), sabemos que es su opuesto, su imaginario reflejo no deseado (o acaso deseado, su álter ego reprimido).



En ese contexto, Urrutia Lacroix sabe, al igual que el joven envejecido, que nada tiene solución y en ese devenir “natural” de las cosas en el país austral, al igual que en los otros países de América Latina, sólo hay, irremediablemente, tierra arrasada, y nada más. Tan arrasada, que la breve pero majestuosa novela de la que hablamos, su autor, Roberto Bolaño, no quería titularla Nocturno de Chile sino Tormenta de mierda.

Documental: "Roberto Bolaño, el último maldito"

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