martes, 8 de enero de 2013

Lo que se ve desde una baldosa


-Crónica-
(A propósito de Ventarrones)

Por: David Enríquez.

No sé si a medida que tomo más trago bailo mejor. Solo sé que como un tocadiscos, aumento las revoluciones de 33 a 45 y unos pequeños ríos de sudor empiezan a correr en mi cuello, delatando el éxito de mi titicó. El humo, las luces que adornan la pista como avispas navideñas no dejan de entretenerme, me transportan al éxtasis de los 70's y 80's, a los ritmos que bailaban mis tíos y mis primos y que sin quererlo, heredé.
Hoy es viernes 28 de diciembre y estoy en “Yamulemao”, una discoteca de salsa al norte de Popayán y escribo estas líneas en vivo y en directo –como dirían los presentadores de televisión- tecleando mi iphone, al calor de un litro de aguardiente y bajo la mirada de muchos escépticos que pensarán: ¿y este que escribe? ¡Ese teléfono es más inteligente que él! Hace un momento me dieron un trago y casi lloro porque se me embolató este relato, y dije: hijueputa aguardiente. Pero aquí está, apareció otra vez.
Después del susto de la pérdida, levanté los ojos y vi que en un rincón se escondieron un grupo de mujercitas un poco tímidas, un poco sonrientes. Se creen las más bonitas de la fiesta y quizá lo son: tienen faldas cortas de lentejuelas y unas boquitas pintadas con labial rojo pasión ¡Qué coquetas! Me distraen con sus miradas, me alejan de mi relato. Un tipo de una mesa de al lado, se acerca a sacarlas a bailar  y le dicen que no, lo miran de arriba abajo y se ríen de él. Suelto una carcajada. Mary se me acerca al oído y me dice: ¡Esas son pre pago! El tipo regresa a su mesa con un bailadito suave, agitando las manos  y para disimular el rechazo, ahoga su garganta en un trago largo, “a pico de botella” como decimos en Popayán.
Luego salgo a bailar con Mary y ella me coge muy bien el paso. El tocadiscos de mi cabeza y mis pies está otra vez girando a 45 revoluciones por minuto. Muevo la boca instintivamente y finjo conocer la letra de la canción. Al lado mío, hay un joven trigueño que baila “quebrao”, se mueve de derecha a izquierda, sube los hombros y mira a los ojos a su pareja, sonríe y las luces le pegan en el rostro. Mary se me acerca al oído y me dice: ese es gay. Me río  y le respondo: con ese bailado, seguramente. Al otro lado de la pista levanta los brazos un joven que toda la noche ha bailado con una señora que debe triplicarle la edad: la besa, la abraza y le da una vuelta que me recuerda un paso de Cantinflas. 
1:30 a.m. Ya esto muy borracho. Me encontré a un compañero del colegio de apellido “Moso” y me ha dado mucho Aguardiente Caucano. Tomamos del aguardiente verde, el que sabe agrio, el de los varones, y nos vamos a su mesa. Luego, Ana Lucía me da una copa de Aguardiente Azul, el que no tiene azúcar, el que toman las mujeres, el que no da guayabo.
2:00 a.m. Ana Lucía, en medio de su borrachera señala la mesa y me dice: de estas cuatro botellas, no sé cuál es la que tiene trago. Las reviso y nos tomamos entre los dos el último sorbo. Luego suena una canción de Fruko y sus Tesos y salimos a bailar: las luces giran sobre nuestras cabezas, es el amanecer y estamos en Yamulemao. Las parejas están bailando y todos, sin excepción, mueven los pies en una sola baldosa. Es el único método para probar tu destreza: una baldosa y eres salsero, una baldosa y eres un melómano, una baldosa y eres un sex machine. Desde mi baldosa miro la fiesta, alzo los brazos y me rio: el tocadiscos sigue girando a 45 revoluciones cuando de pronto, la aguja se rompe y todo se vuelve gris.
Son las 6:15 a.m. Despierto en mi cama sin saber cómo llegué y con una gran erección ¡Qué buena rumba! Miro mi cuarto y de pronto pienso que estoy acostado en una sola baldosa de Yamulemao.

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