miércoles, 2 de enero de 2013

El boom latinoamericano, táctica y estrategia


Por: Andrés Mauricio Muñoz 
La semana pasada, mientras recorría aburrido los pasillos del Venetian Shopping Mall, en la lujuriosa y estrambótica ciudad de Las Vegas, un suceso poco o nada particular vino a esclarecer un asunto literario al que le había dado muchas vueltas. El hallazgo, si puede llamarse así, me tuvo bastante excitado el resto de esa semana en que habíamos viajado a un evento de trabajo con nuestras esposas; quiero decir, las esposas de mis compañeros, la mía no pudo viajar por un capricho de su jefe, que terminó por condenarme a caminar como una sombra considerada y respetuosa que seguía a prudente distancia los pasos de las parejitas. Resultaba más que cómico ver a mis amigos aferrados, con bastante vehemencia,  a la mano de sus cónyuges, alentados quizá por la vana ilusión de que estas no se desbocaran hacia el interior de los almacenes para salir, cuarenta minutos después, repletas de paquetes. Yo, entrenado por la vida en el arte de la discreción, alternaba mis pasos entre diferentes parejas; un comentario vago aquí, un chiste flojo allá, una rápida inspección a los paquetes un poco más adelante y siempre una retirada pertinente y decorosa fingiendo entretenerme con vitrinas.
En un momento, mientras hacía preguntas ridículas sobre el contenido de un paquete de Lucía, la esposa de Víctor, a ella le entró una llamada al celular; era Luciana, su hija mayor. La niña había llamado, con un poco de prisa y evidentemente sin el tiempo requerido para recibir pormenores del paseo, para pedir ayuda con una tarea del colegio. Una poesía. Necesitaba llevar una poesía y no tenía ni la más remota idea de cómo buscarla. La vi hacer su pedido con angustia; sí, la vi, porque era una de esas llamadas con video. Ella, la misma que ubicaba a sus padres a miles de kilómetros de distancia, al alcance de un clic, no sabía cómo encontrar una poesía de, así decía la tarea, gran valía literaria, lenguaje claro y preciso. En ese momento me sentí útil. Fingí no seguir la conversación en espera de que Víctor, que conocía de sobra mis inclinaciones literarias, me pidiera ayuda. Así fue.  Lucía y él clavaron sus ojos sobre mí  en espera de respuesta; entonces fingí buscar dentro de mi cabeza, moví mis manos anticipando una inminente elocuencia y comencé a balbucear algunos nombres que podrían resultar interesantes: Giovanni Quessep, Juan Manuel Roca, Rosa Silverio, Alma Karla Sandoval y John Jairo Junieles. Al final, sin asomo de duda, lancé mi veredicto: John Jairo Junieles. La primera en arrugar la boca fue lucía; Víctor, entre tanto, enarcaba las cejas con evidente desmesura. Guardaron silencio. Se miraron perplejos. Cualquiera diría que yo, aburrido como estaba, en medio de mi desesperación acababa de hacerles una propuesta indecente; quizá les había susurrado al oído que, en la noche, después de probar suerte en la ruleta, nos metiéramos los tres a la habitación a revolcarnos como animales. Pero no. Sólo estaba postulando el nombre de quien para mí es uno de los mejores poetas jóvenes que tiene la literatura colombiana. Lucía quiso saber quién era el poeta propuesto. ¿Es amigo tuyo? Preguntó de inmediato. Le dije que no. Es un gran poeta, eso es todo, le dije sin dejar de mirarla.  Entonces Víctor se rascó la cabeza. Entiendo, dijo, puede ser; pero no sé, continuó,  yo estaba pensando en un poema hermosísimo de Benedetti. Sí, dijo después con euforia, ese es el preciso. Entonces se acercó a su iPad 3G y soltó el dato: Táctica y estrategia, de Mario Benedetti. La niña, bastante entusiasmada, terminó la llamada.
Esa noche creí entender el trasfondo de todo. Siempre me había llamado la atención la forma como permanecían enquistados en nuestras cabezas los mismos nombres de siempre en la literatura. Escritores como Gabriel García Márquez, Mario Vargas Llosa, Carlos Fuentes, Alfredo Bryce Echenique, entre otros, se han dado sus mañas para conservar su vigencia generación tras generación; incluso en estos tiempos, cuando estamos en la generación de los nativos digitales, adolescentes que nacieron metidos de narices en la red y que tendrían a su disposición todo cuanto se ha escrito. Pero la literatura, me parece, es algo que no les cabe en el muro de facebook y siempre quedará fuera del alcance del retweet. Qué paradójico me resulta todo, y mucho más si me da por pensar  en los arduos trabajos a los que tuvo que someterse Mario Vargas Llosa para ubicar a Julio Ramón Ribeyro a su llegada a París, las muchas cartas y cables que tuvo que enviar para poder finalmente reunirse con él. Así mismo, los largos viajes en tren y en avión de García Márquez y Carlos Fuentes para encontrarse con Cortázar en París o en Managua. Ahora, que todo depende de una mano que se mueve con mucha excitación sobre un mouse y un dedo índice que espera ansioso el momento del clic, no tenemos ni la más remota idea de lo que se escribe ni siquiera en las fronteras vecinas. El problema radica, creo tenerlo claro, en que para ese tipo de inquietudes las fuentes que se consultan son también caducas. Para ese tipo de consultas de corte intelectual sí confiamos en la palabra sabia de papá o el dato certero del maestro que se hizo anciano recomendando siempre lo mismo; ahí no cabe escarbar en el ciberespacio, meter la cabeza  durante horas y afinar nuestra nariz a ver si algo nos huele diferente.
 Pero el problema va más allá y también cobija a editores, promotores culturales y agentes literarios, quienes viven aferrados a las fórmulas de siempre que les garantizan sostener sus números.  Han entendido, quizá, que su trabajo es más cómodo si evaden en forma sistemática el riesgo que supone apostar por nuevas caras. Incluso figuras míticas como la de Carmen Balcells, que en su momento apostó, financió y trabajó con ahínco por el reconocimiento de grandes figuras que para entonces no eran nadie pero  que a la postre conformarían el boom, y que podrían inspirar y alentar su responsabilidad como actores fundamentales del medio editorial, a ellos les resulta tan sólo una figura difusa. Quieren, eso sí, el trono, el lugar que ella ocupa sin siquiera preguntarse o molestarse por saber cuál fue el camino o qué otros senderos no han sido transitados. Herederos. Simples herederos quieren ser. Posibilidades existen, pero aquellos nefastos personajes se encargan de entrar a desahuciarlas; les declaran la muerte en forma prematura. Arroparse todos bajo la misma cobija, raída y desteñida, es la consigna; eso es justamente lo que quieren, aquella es la idea que se han formado en sus cabezas de la responsabilidad que tienen y que con dificultad y algo de torpeza ajustan en su espalda.
 Escritor como soy, no puedo desconocer el gran aporte de los escritores del boom; sin embargo, creo que su presencia no debería ser más que tutelar. Me da por pensar en una absurda fiesta familiar  de fin de año en la que los padres se desvivieran por atender sólo a los abuelos. Llenarlos de regalos, embutirles comida por la boca; embriagar al abuelo y echar a perder las rodillas de la abuela porque nadie quiere perderse una pieza de baile con ella. Arriba, entre tanto, el hijo adolescente encerrado en su cuarto masturbándose hasta el agotamiento porque nadie se acuerda de él y también porque las tetas de la profesora de inglés le nublan la mirada. Su hermana, entre tanto, víctima del mismo olvido, muerta de susto porque hace más de una semana debería haberle llegado el periodo. A ellos, los abuelos, quiero decir, hay que tenerlos sentaditos, verificar que nada les falte y acercarse de vez en cuando para ver si están felices o simplemente para chantarles un beso en la mejilla. Pero no más. La fiesta ya es de otros.
 En literatura no hemos permitido que haya otro estallido, otro boom de literatura latinoamericana que pueda propagarse en forma virulenta y que acabe de una buena vez con ese otro boom que tanto nos constriñe; ese fenómeno comercial y editorial que muchos se han esforzado en sostener y que reduce nuestra literatura a unos cuantos nombres. Tampoco hemos procurado que otras generaciones bajen a la sala y se sumen a la fiesta; que sean protagonistas, que muestren que dentro de ellos ya hay un carácter que aunque incipiente pugna por salir. Dejemos que nos espoleen su talento. No deberíamos evitar que aquellos jóvenes, que consideramos díscolos, se embriaguen aún cuando hagan el ridículo o terminen por echar al traste la vajilla de mamá. Arroguémonos el derecho de apagar la música y encenderla otra vez para poner lo que nos venga en gana. En estos tiempos ya no vale que nuestras referencias literarias se sigan sosteniendo sobre el mismo imaginario que por años ha definido a toda una región.
Esa noche, mientras  desde mi cama veía cómo titilaban las luces de aquella ciudad lujuriosa y estrambótica que nunca duerme;  y claro,  después de perder el poco dinero que traía en la ruleta, me dormí imaginando a la hija de Víctor y Lucía presentando orgullosa su tarea; quizá declamando frente a sus compañeros ese fragmento que ahora me resulta tan premonitorio en el poema de Benedetti: “Mi táctica es quedarme en tu recuerdo, no sé cómo ni sé con qué pretexto, pero quedarme en vos”.

No hay comentarios:

Publicar un comentario