domingo, 24 de noviembre de 2013

Bievenida a la novela negra Teresa Dovalpage



POR: Reinaldo Cañizares Mesa.


Es innegable que vivamos donde vivamos a los escritores cubanos nos une una similitud de pensamiento que es la razón más fuerte para el acercamiento de las literaturas y que actúa como regla no escrita independiente del enfoque y del rigor del criterio social_ porque los cubanos siempre escribimos sobre Cuba.
Teresa Dovalpage nació en la Habana y se graduó de Licenciada en Lengua Inglesa en la Universidad capitalina de la isla; reside en EE.UU, en Taos, un pueblo  rodeado de montañas en el  suroeste americano.
Junto a Chely Lima y Daina Chaviano, una de las voces más auténticas de la literatura femenina cubana extra fronteras, es de esa generación que ha recorrido todos los caminos de la penuria en el exilio y que ha pasado por las llamas y por el océano intelectual entre las dos aguas y que cuando se tiene parte de la vida hecha, torna más dura la metamorfosis.
Hace pocos días recibí su última novela: “Orfeo en el Caribe”,  publicada por la Editorial madrileña “Atmósfera Literaria”, dirigida por el crítico, narrador y amigo Luife Galiano. Su tema; la vida de un grupo de músicos integrantes de “Mal de ojo”, una banda habanera, y la preparación de una fuga en balsa desde La Habana hacia el exilio de Miami. Todo ello genera ricas sub tramas y personajes, de modo que la claridad de los hechos aparece envuelta en una niebla que desemboca en un amargo fin de fiesta.
Me impactó el tema –pues los cubanos hemos tenido que marcar muchas cruces en el Estrecho de la Florida — pero más que ello la forma original que escoge la autora para desarrollar la trama, pues el hecho de que otros escritores hayan tratado en sus obras este fenómeno social, no impide a Teresa Dovalpage delinear las fronteras entre lo profundamente humano y lo artístico a la hora de plasmar su argumento.
Y no es que la autora no demuestre su fino humor, como en sus anteriores libros de cuentos y novelas, pero esta es una jovialidad menos abierta  que muestra lo inhumano de lo humano, lo cómico de lo trágico.
“_ Eury, ¿te irías conmigo?_ le dice Orfeo a su novia Eury la gorda, a quien ama.”
Esta gorda, lectora de novelas románticas, es una estudiante universitaria, exiliada nostálgica de su propio hogar y que se enamora perdidamente del joven mulato en quien ve la única esperanza, pues en 20 años de vida ningún otro hombre se ha fijado en ella.
“Y allí en el Malecón sentí que el destino me susurraba un canto de esperanza. Era un canto sobre otro mundo donde podría leer en su idioma original todos los libros que dieron a luz las hermanas Brontë y Florence L. Barclay, y todos los best-sellers del New York Times. Un canto sobre mi propia casa (no una beca llena de ladrones ni el apartamento de tía), un canto sobre un piano Yamaha que tocaría cuando quisiera, sin molestar a nadie. Un canto sobre el cuarto propio —¡ay, Virginia!— donde tomarme tranquilamente una taza de té. Oh, yes”
Casi sin darme cuenta le contesté que sí, que cómo no, qué cuándo era la cosa porque por mí, ya me estaba montando en la lanchita”
Entonces, el problema político de la fuga del país, se convierte meramente en un problema espiritual y estético.
En el centro del drama está el personaje protagónico de Orfeo Vázquez, un joven y talentoso músico cubano sin futuro, a quien su padre, un funcionario gubernamental con posibilidades económicas, le ha regalado un automóvil, y por tanto tiene un nivel adquisitivo superior al de los demás jóvenes que lo rodean;  ha encontrado el amor de su vida en la rolliza Eury, no obstante decide abandonar ilegalmente el país hacia la Florida, en una barca, en busca del “sueño americano”,  lo cual es andar en Cuba mesclando dinamita con fuego.
Esta renovada Teresa Dovalpaje se nos refleja ya no solo por la exterioridad sino por su espíritu, pues a través de sus páginas todo lo mira con ojos del pueblo cubano. “Orfeo en el Caribe” abre sus puertas a vocablos populares,  que universalizan las expresiones poéticas contenidas en ellos, con lo cual les confieren una nueva dignidad.
A ratos Teresa Dovalpage se asemeja a Raymond Chandler por la dureza del lenguaje; otras a Dashiel Hammet, por el desenfado con que narra las cosas más tremebundas; aunque algunos elementos la acercan más a la prosa sutil de Rodolfo Pérez Valero. Un conocido crítico me hablaba de que la novela crea un mundo de seres aislados dentro de la sociedad, rico en historias angustiosas, al estilo de Dostoievski. Quizás ella se nutrió de algunos de esos maestros del género. Pero su novela es universal, porque pone al descubierto la riqueza sicológica de sus personajes, proyectándolos más allá de las fronteras de Cuba.
No resulta tarea fácil descubrir antes del final el enigma de esta Novela negra de amor, aunque el lector tiene en sus manos todos los elementos. “Orfeo en el Caribe” rompe cánones, rechaza la diferencia insondable entre los géneros. Lección de novela. Lección de teatro. La realidad de los personajes no reside en el lugar donde se desarrolla la trama, ni en el tiempo, ni siquiera en la magnífica historia que narra, sino en las pasiones y en la verosimilitud de los sentimientos y las circunstancias.
Bienvenida al gremio de la Novela negra, Teresa Dovalpage, con “Orfeo en el Caribe”!

lunes, 4 de noviembre de 2013

PARÍS-BOSTON


POR: Álvaro Sierra

Personajes

Witson
Toño
Perla
Yeison
Serenatero

Escenario, Un video recorre las calles de Medellín, entra Witson con una llanta y una llave, Perla con un retrovisor, Toño con una veladora y Yeison con un pasacintas.

Witson: Medellín está lleno.
Yeison: Repleto.
Toño: De mamacitas.
Perla: Y buses.
Witson: Si quiere monas, hay monas, pelirrojas, morochitas, negritas, hasta achinaditas.
Yeison: Seguro.
Toño: Pero ¿sabe dónde están las mejores?
Los tres hombres, eufórico: En los barrios.
Witson: Si señores, en el norte, Popular, en el parque Guadalupe, en el campo, Santo Domingo,
Yeison: Castilla, Pedregal, Doce de octubre
Toño: En Cabañitas, Robledo.
Perla: En Lovaina.

Todos la miran
Los tres hombres: Así no mi amor.

Perla: Pero de allá no salen.
Witson: Pues por la carne
Toño: El acopio de hospital.
Yeison: El cementerio.
Perla: Si, les voy a creer.  Yo no meto las manos en el fuego por nadie.  Y menos después de lo que uno ve en esta nave.  Ríe.
Witson: Bueno, bueno.  Como decía, la progesterona abunda, adoro la nueva moda, todas con esos jeancitos apretaditos, las camisitas hasta las costillitas, bien talladitas con esas cinturitas, con ese arete en el ombligo.
Perla, Toño y Yeison: Piercing.
Witson: Ya ome.  Déjenme desahogarme, con tanta corregidora no voy a terminar diciendo nada.  Y para colmo varado.  Hasta con frío, qué tembladera tan brava.
Perla: Deberías “temblar” cuando te pasas los semáforos, o cuando bajas emberracado de las lomas.
Witson: Ya, ya, dejá tanta cantaleta Perlita. Tengo mucho por hacer, estoy perdiendo plata, y tiempo, para bajarme por la ochenta a marcarles tarjeta a mis hembras.  En el consumo visito a Claudia la de las apuestas, siempre le juego al 323 como mi Mazda, un día de estos me gano un premio pesado y me la llevo a bailar.  En la glorieta de la treinta paro a comerme un roscón en esa panadería toda iluminada, Maritza tiene como quince, la estoy cultivando a esa en un par de añitos  la mantengo. Ríe.  Si no me conquista Elena la meserita de Santa Gema, toda bonita, pelirrojita, elegantita, siempre le pito tres veces, si se asoma quiere decir que la recoja a las doce para ir a bailar, si sale otro mesero, pailas, está con el novio. Pausa.  Si eso llega a pasar, me deprimo mucho, es que de verdad me gusta mucho, entonces paro en Don Quijote me como un perrito de dos mil y me desahogo con Margot, la grandota, subo hasta Los Colores, Gina, Robledo, Melisa, mamita, Castilla, Laurita, me bajo para el Terminal, me quedo un ratico en el acopio chismoseando con Pilar la de Copetrán, arrimo a Sevilla donde Andrea, Manrique donde Viviana, subo al Campo donde Patricia pero ojo, callado que es amiga de Livianita…Estoy agotado, tengo hambre, tengo seca la lengua de tanto besito y cuchicheo, y me duele la cabeza, de pensar en cada frase, una silaba de más y me voy p’al infierno.  Voy a una tienda, Don Plinio en Ecuador, si, que me atienda un hombre, solo me voy a tomar una gaseosa y a comer siete empanadas, quince minutos, suficientes, recargué motores, ¿Para dónde?, Parque Obrero, allá me espera Isabelita, con su perro, su bolsita y sus Pausa ojos, parqueo, caminamos, todo está bien hasta que empieza con la preguntadera, es una niña muy inteligente, me confunde, pero no caigo. 
Yeison: ¿Y a vos si te queda tiempo para trabajar?
Toño: Hermano, qué energía, usted es una máquina pecadora.
Witson: ¿Pecado? Si soy a lo bien con todas.
Perla: Lo que sos es un pipiloco.
Toño: ¿Te falta alguna?
Perla: Todavía hay mucho Medellín pa’ este príncipe.
Todos ríen/ Witson cambia de humor/ Melancólico
Witson: Mucha calle, mucho cariño, un dulce no, me desafina el taxímetro
Entra un serenatero en su solo de guitarra:
Serenantero: Me amanezco por verla cruzar la calle y caminar cuadras hasta el colectivo, me le ofrezco, de rodillas, le pito, me insulta, la amo, me ignora, me duele, no.
Canta el serenatero, Witson baila con la llanta, la abraza, le dice un secreto, la rueda, sale del escenario, llora, entran los dos taxistas, lo consuelan, lo animan, sale el serenatero.  Entra música alegre de trompetas. Los personajes en actitud de animadores.
Yeison: A ver, a ver, a ver, a ver muchachos, señoritas, colegas, ¿Estamos pasándola bien?... Eso.  Bacano, acá todos disfrutando del espectáculo.
Perla: Sean todos bienvenidos a participar de la única.
Toño: La inigualable.
Witson: La incomparable.
Todos: Rifa.
Perla: Pondremos a prueba sus conocimientos universales, premiándolos con estos espectaculares pasajes.
Yeison: Primero, ¿Quién me dice, calcula o aproxima? ¿Cuánto tiempo me echo viajando de Buenos Aires a Sevilla?
Witson: Como un día
Toño: Error, mi querido compañero.
Yeison: A ver, ¿Quién sabe la respuesta? Alguien del público responde. Correcto.  Eso es tener oficio, le pido al caballero que se levante, eso, un aplauso.  El (la) señor (Sra.) ha sido merecedor (ra) de un pasaje desde La iglesia de Buenos Aires, hasta la farmacia Céspedes, donde podrá reclamar una leche de magnesia, ojo no bote el recibo.
Perla: Muy bien, y ahora vamos con una pregunta de distancias.  ¿Cuánto hay de Maracaibo a Bucaramanga?
Toño: Yo me he metido ese viaje Perlita, son como cuatrocientos kilómetros más o menos.
Yeison: No pelao, a ver quién sabe pues, esa está difícil usted dígame Responden Muy bien, usted ha sido merecedor  de este tour Maracaibo- Bucaramanga, pasando por Caracas, Perú, Bolivia, Argentina, vía el Palo y luego, en el viaje de regreso a Maracaibo podrá reclamar cinco panes mariquiteños y una Pony Malta en la panadería Grosty.
Perla: La cosa se pone buena, a ver, otra, de “Cultura General”. ¿Cuál es la comida que más abunda en la zona del  mediterráneo?
Yeison: Los Mariscos.
Perla: Nada.
Witson: Algún arroz bien raro.
Perla: Negación.
Toño: No, eso está muy difícil.
Perla: Nooo.  Vea, es un plato muy típico de la zona, especial para quitar una borrachera, alto en colesterol, por su variedad de salsas, el tamaño de su pan, el ripio de papitas, y ni hablar del queso. ¿Ya se la pillaron? Responden Muy bien, un aplauso, se ha ganado una hamburguesa en Los Verdes de la ochenta.
Toño: Otra, ¿cuánto vale un viaje de Paris a Boston?
Yeison: Ocho lucas.
Todos: Muy bien
Yeison: Me la sé de memoria, a cada rato me la meto, cojo por la regional hago el giro en Barranquilla, Popayán, More, Mon y Velarde, el Obrero, el Principal, recorro los parques, con hambre, con ganas de encontrarme a esas pecuecas.  Dos días arañando el baúl contando cada segundo, escuchando pajaritos, pitos, perros, sintiendo como el móvil se inclinaba en posición de loma, subía y subía la chatarra, se escuchaba a lo lejos las risas de esos canallas, esas valijas con cara de niños buenos que no mataban ni una mosca, me tenían acorralado, asfixiándome en el calor de un baúl, una llanta pinchada y una caja de herramientas vacía, las piernas dormidas, el cráneo sangrando del cachazo, y ese afán por no llorar, por no darle la razón a mi cuchita, por dármelas de bravo, con tres niños, armados hasta los dientes.  La salsa, detonante de valientes, elixir del guerrero motivaba mis articulaciones, aclaraba mis recuerdos, aquel hoyo en el extremo izquierdo del sofá producido por un anterior pasajero, mi mano como una culebra se deslizaba en el sofá.  Yo creo que en el fondo ya estaba muerto y quería devolverme, me aburrí del infierno.  Ese olor de la bareta me indicó que estaban repailas, hace mucho no arrancaban y justo me deja el papayazo, un fuete junto al muslo del pirobo medio dormido, muerto de la risa, lo fui entrando al baúl suavecito, rellené con cariño el hueco de la silla, y esperé, horas y horas apuntando la tapa del baúl, quietud total, concentración, optimismo, según mis cálculos era ya miércoles y en la noche había clásico Suena salsa pesada, todo estaba listo, escuchaba a esas ratas criticar el mal estado de la nave, la escasez de billete y el milagro una llanta pinchada, había que abrir el baúl, y los esperaba su papá enfierrado y ofendido, Suena un grito, entra el bailarín, se levanta la tapa, empezaba la fiesta, rodaba con amor el tambor de ese revolver.  Un cariñito en el pecho del “Sapotierno”, lo usé como escudo y le calenté una rodilla al “Guacamayo”, corrieron por todo el monte, me tenían embolatado, parecía el oriente, o la carretera a la costa, Santa Rosa, yo no sé, donde fuera hacía mucho frío y me habían acabado el Renolito, tres niños en Paris, hablando de ir a una fiesta en el Parque de Boston.  Ojo parceros, Échenle análisis a los sardinos, y más si están bien vestidos y con celulares bacanos.
Witson: Yo si sé quien le anda echando ojo a los sardinos en el Daewoo.
Todos: ¿De verdad Perlita?
Perla: Yo le echo ojo a todo, no sean tan cizañeros.
En off un vendedor gritando “solteritas”, Perla empieza a manotear y a pedirle a todos que no le digan así.
Perla: Ya Muchachos, no me la monten, si estoy así es porque se me ha dado la gana, propuestas no me faltan, Menos en la noche,  no hay nada peor que un borracho solo, luego de salir de una discoteca, desparchado, perdedor y ante todo alborotado, con el famoso “mal de vereda”, una oportunidad para hacer lo que no pudo en toda la noche con la vecina o la compañera de oficina, y claro, ahí aparece la presente, boleando aruñones y cachetadas a los cuatro vientos.
Vuelven a gritar “Solterita”, “rica solterita”, Perla se intimida, se arregla con el retrovisor, gritan “deliciosa solterita” empieza a reírse, entra un vendedor de solteritas y Perla se decepciona, lo llama, le paga una solterita, come, entran los tres taxistas le compran una solterita y salen del escenario.
Perla: Estoy segura que una pasajera me echó una maldición, Debió ser la vieja carebruja esa que le quede debiendo los doscientos de cambio, entonces ¿le regalaba la carrera?, ¿iba a ir hasta la bomba del otro barrio por cambiar un billete de mil?, es un pacto de honor con el pasajero, si la carrera vale dos ochocientos, el me da tres, si vale tres doscientos, el me da tres, y así todos vivimos tranquilos, pero no.  Un gato negro en el semáforo, canas en el plato de la sopa, días sin un solo pasajero, billetes falsos, cuatro llantas pinchadas, un eterno olor a caño en la cojinería, Madre de Dios, me tienen atolondrada, para colmo esta rasquiña en los muslos Suena música, se rasca, en los tobillos, en la espalda, muchachos, Llegan los muchachos, la rascan en la espalda.  Lo que más me asusta es todo ese pelo blanco en la comida, yo busco y busco a esa señora a ver si le puedo devolver la monedita, si, va a tocar porque ni un cura, ni un doctor, vea, he ido a todas las iglesias, a la catedral, a la iglesia de San Joaquín, a la América, a la Consolata, a la Veracruz, a la bonita de Manrique, a la de Campo Valdez, a la de San Antonio, a la de San Javier, a la iglesia de Belén, a Boston, a San José, a todas, ni mi abuelita en la Estrella, ha podido quitarme esta sal, además la soñadera con cucarachas y ranas, muy maluco.  La solución, enyerbar mi cuerpo y el cuerpo de mi carro, sí, romero, penca de sábila, hierbabuena, ruda, manzanilla, Y aceite de marrana virgen, como en las películas, en una olla, se hierve y a echárselo todo, ahora a esperar, al menos ya no huele a caño el taxi.
Yeison: Olés a Palo santo de la iglesia de San José.
Toño: Y te la pasás toda sudada.
Todos: Definitivamente, te enyerbaron por no tener menuda.
Suenan truenos y Perla se asusta, sale corriendo, los tres hombres se quedan en el espacio, Toño silencioso saca una calculadora, cuenta a los espectadores, vuelve a la calculadora.
Perla, Yeison y Witson: Oíste. ¿Y a vos que te pasa?
Toño: Setecientos
Witson: ¿Qué?
Toño: Eso es mucha, mucha plata la que se está perdiendo.  Píllesela.  Setecientos pacientes a mínima cuyo valor equivale a dos mil ochocientos da como resultado un millón novecientos sesenta mil, con que cada taxista en el día haga un mínimo de seis mínimas sumaría once millones setecientos sesenta mil pesos, descontando  dos monedas de doscientos de la limpiadita del vidrio daría doscientos ochenta mil o sea once millones cuatrocientos ochenta mil menos la porción de papaya de la 65 o de la avenida Guayabal o de la playa o de la Unidad deportiva que promedia los quinientos pesos serían 350.000 o sea once millones ciento treinta mil, menos cinco mil pesos de gasolina haciendo como promedio la tanqueadita del día darían tres millones quinientos mil restándoselos al total equivaldrían a siete millones seis cientos treinta mil pesos aproximadamente. Y el aguacate.  Quítele mil pesos al aguacate del almuerzo.   Setecientos mil menos o sea seis millones novecientos treinta mil.  ¿Y si se almuerza en la calle?  Tres mil quinientos de promedio dos millones cuatrocientos cincuenta mil menos, tendríamos cuatro millones cuatrocientos ochenta. ¿Y el tinto? A cuatrocientos pero como la mitad no debe tomar pongamos el promedio en doscientos.  Es decir, réstele ciento cuarenta mil pesos más.
Yeison: ¿Cuánto dio?
Toño: Cuatro millones trescientos cuarenta.
Perla: Eso es billete.
Toño: Dividido entre setecientos.  Pausa  Ganaríamos seis mil doscientos pesos, es decir dos mínimas y medio banderazo. Entra un hombre haciendo un acto de fuego. Eso lo mejor es seguir derecho, lavar sus vidrios, llevar coca con un bananito, un termo con agua, tanquear corriente, empujar el carrito en el acopio, aguacatito día de por medio, y así evitar los lujos.
Yeison: Lo que pasa es que sos un man muy tacaño.
Toño: Precavido, apunto en la cabeza cada centavo que va y que viene, al salir a las cinco de la mañana de mi casa tengo veinte mil pesos en monedas de doscientos para darle vueltas a cien carreras mínimas, tengo listo el dulce abrigo para limpiar el vidrio en la sesenta y cinco a las ocho de la mañana, caliento el almuerzo en el restaurante de un amigo y pido un vasito de agua de la llave, me tomo un tinto a la semana perdiendo cincuenta y siete pesos diarios, mejor dicho la cojo suave.
Witson: Mejor dicho, estás loco.
Yeison: Pero tenés razón, se hace tarde y hay que poner a trabajar la nave.
Perla: Si, tengo que ir a Cisneros a hacerle un lavado de las siete esencias.
Witson: Y yo cojo hacia la ochenta, tengo que hacer una visitita.
Toño: Y yo… no se qué hacer, ¿me invitan a almorzar?
Los Tres: No, tacaño.
Salen del escena

martes, 1 de octubre de 2013

Se dejó hacer


POR: Jhon Edwar López Rendón


Llovía. Durante todo el día, una lluvia de diversos tonos y modalidades había caído sin parar. Ahora era menuda, las gotas resbalaban ligeras sobre el parabrisas. No daban muchas ganas de salir, se estaba bien ahí dentro. Me arrellané en el asiento y esperé un poco; desde allí podía ver todo el estacionamiento, el cielo agrietado, los cúmulos de nubes grises que se extendían a lo lejos. En la radio, una canción hablaba de afortunados y felices reencuentros, del esperado retorno a una montaña de galletas. La apagué.
El vuelo arribaría a las 5:30 p.m. No tenía mucho tiempo; sin embargo, estaba indeciso acerca de salir o no. Una pareja se bajó de una Pathfinder negra aparcada en frente. Los vi correr guareciéndose bajo una chaqueta. Era evidente que arruinaría mis zapatos en ese piso encharcado. Me gustaban, eran unos bonitos zapatos de cuero que había comprado tan sólo un par de semanas antes. Aún recordaba vívidamente el placer que sentí al probármelos, esa suerte de mágica seducción al tacto, la sonrisa de aprobación de la vendedora como si fuera mi cómplice en algún delito, la magnífica satisfacción que me embargó cuando los pagué. Quién alguna vez habló del carácter orgásmico, pulsional, de todas las potencialidades liberatorias y de desfogue que subyacen en la experiencia consumista, sabía muy bien de lo que hablaba, y muy probablemente argumentó su tesis basado en la experiencia de probarse y comprar un exquisito par de zapatos de cuero en una elegante boutique. ¡Mierda! ¡Y ahora seguro se arruinarían!
Finalmente, después de mucho cavilarlo, me quité las gafas, las guardé en el bolsillo de la camisa, tomé el paraguas y me apeé. Sorteé los charcos trémulos por el siseo de la lluvia. El tipo de la cabina del estacionamiento me extendió un tiquete al que se le escurrió un poco la tinta.
Ya en la zona de Llegadas Internacionales el panorama no podía ser más lamentable. Un pequeño pero aglutinado conjunto de personas con pancartas de bienvenida, esperaba impaciente. Eran las víctimas de lo que algún sociólogo podría denominar ‘‘Fragmentación familiar producto del exilio en los márgenes de las sociedades tercermundistas del capitalismo tardío: vínculos entre las migraciones y la deconstrucción del sujeto. ’’ En definitiva, un grupo de personas que no aceptan decorosamente la pérdida, que conservan la ingenua esperanza de recuperar algo del tiempo perdido, de componer relaciones dilatadas, de reanudar alianzas rotas con sus familiares exiliados, sin sospechar siquiera que ese barco ya ha zarpado, que sus familiares ya son sólo abstracciones ideales, no los seres que algunas vez despidieron. La verdad, sentí un poco de pena ajena.
Una banda de músicos aliñaba la cena. Y un aderezo de camisetas de la selección Colombia y sombreros vueltiaos le daba al plato el infaltable toque kitsch. Atravesé denodadamente la colorida estampa mientras escupían sus vallenatos con un tufo hediondo. Sinceramente, los tamales y Juan Valdez nunca me han dicho gran cosa. Sencillamente, no entiendo ese patético tambaleo entre el horror y el folclor.
Una vez dentro, observo con satisfacción que tampoco hay mucha gente. Es un aeropuerto pequeño, de provincia, pero luce bien. Es la primera vez que estoy aquí. Y debo admitir que encuentro algo especial en esta clase de sitios. Una especie de cualidad aséptica, una belleza fría e impersonal que se ve realzada cuando este tipo de topografías se encuentran desiertas o casi desiertas. Me lo imagino, por un momento, envuelto en un silencio luminoso, completamente vacío: la majestuosidad de una arquitectura desolada. El tráfago es bastante exiguo, así que ahora ésta belleza sólo se ve perturbada por el sonido de los acordeones que llega de fuera, por esa alegría absurda de los que esperan.
Antes de ir a la sala de espera, me desvío y entro en la Librería Nacional. Lo hago atraído por un afiche de Vallejo exhibido en el escaparate. Están promocionando su nuevo libro, una biografía. Siempre me ha gustado el viejo. Creo que su prosa es un tenue alivio, un magro paliativo en un universo anquilosado repleto de dinosaurios que no toman riesgos, que juegan seguro. La literatura es un arma o no es nada, tan sólo una delicada porcelana, un souvenir decorativo.
Dando una vuelta por el lugar, veo que en la sección de Espiritualidad y Crecimiento Personal hay una tipa buenísima hojeando algo. Me acerco. Debe tener unos cuarenta y tantos y quizás unos cinco kilos de silicona bien repartidos. Parece encorsetada, debe tener serios problemas para respirar. Quizás el libro de Deekpa Chopra que mira la ayude con eso. O quizás está buscando el libro de algún profeta de la religión de la apariencia. Se nota que es una feligrés bastante pía de esa iglesia. Aguantaría darle una pela. Nada como el sacrificio de los devotos.
Continúo deambulando, escudriñando en medio de esa oferta editorial lamentable. Entonces, de repente, me encuentro una agradable sorpresa. Descollando en uno de los estantes hay un ejemplar de La muerte a crédito. Lo tomo, lo acaricio, lo contemplo. Lomo de cuero negro con letras doradas, papel cuché, traducción argentina, edición especial. Rápidamente me dirijo a la caja pero me percato de que he olvidado mi billetera en el auto. La sencilla que tengo no me alcanza. ¡No podré eyacular! En ese mismo jodido instante, la catana de los abundantes atributos artificiales se acerca con su selección de mierdas orientalistas. Le cedo el paso. Me sonríe. Definitivamente, aguantaría meterle una buena pela, rellenar sus hendiduras menopaúsicas y… ¡Námaste! Dejo el libro a un lado y salgo con la decepción propia de un coitus interruptus.
En la sala de espera hay unas cuantas personas. Me siento justo frente a una pantalla de televisión. Transmiten un partido de fútbol. No transcurre un minuto cuando anotan un gol, la cámara enfoca la popular. Recuerdo que cuando era chico mi hermano me llevó una vez al estadio, la única vez en mi vida que he ido, estuvimos en la popular. El ambiente era histérico, el hedor insoportable, pólvora, marihuana, papel picado, pero ninguna de esas cosas me impresionó tanto como ver a toda esa multitud idiota arrumazada apiñada constreñida como en una lata de sardinas desgañitándose arengando aullando alentando enajenadamente efervescente embalada en un fervor rumoroso de sonidos clamores gritos zumbidos que atosigaban el aire haciéndolo espeso mientras las estructuras del estadio trepidaban al son de las sacudidas los saltos las canciones que lo vengan a ver que lo vengan a ver eso no es un arquero es una puta de cabaret…una masa caótica y estúpida inmersa en una espesa nube de misticismo e idolatría y recuerdo que en ese momento en lo único que pude pensar era en que si algún día toda esa gente saliera de su embotamiento de su redil probablemente podrían armar un bello espectáculo un torrentoso río de sangre que corriera por las calles y pude ver a toda esa hedionda chusma simiesca enfurecida revoltosa borracha bajando enloquecidamente de las laderas saliendo de sus asquerosas madrigueras exorcizando sublimando sacando toda esa ira retenida toda esa putería mineralizada fosilizada hecha piedra provocada por sus fracasos patentes su pobreza su no futuro sus expolios de todos los días y como iluminada por un fuego bestial y primigenio prendía en llamas toda la ciudad como material altamente inflamable estimulado por la providencial revolucionaria e inconforme chispa de una cerilla. Tan sólo se requería un buen catalizador y las condiciones apropiadas para que los bárbaros derrumbaran las murallas, desataran la pesadilla de las élites y mamá enloqueciera. Una bonita escena convulsiva, una escena que no compartí. Los altavoces anunciaron el vuelo que esperaba. Al parecer, tendría un retraso. Esto me sacó de mi paisaje semiótico de incendio y abyección.
Me levanté y fui al local de Dunkin Donuts. Una hermosa chica en silla de ruedas tomaba Coca-Cola. Ordené una. La chica tenía unos audífonos y llevaba un espléndido vestido blanco con pequeñas pepas negras y unos largos pendientes negros también. Sus facciones eran finas, su cabello corto y oscuro. No pude evitar sentarme a su lado. No recuerdo cómo, pero empezamos una inocente charla. Me preguntó si me gustaba el fútbol. Me había observado viendo el partido. Dijo que le gustaba Anthony Rincón. La historia de Anthony Rincón era harto conocida. Había sido un futbolista con una carrera exitosa, un goleador letal que jugó en la liga brasilera, en la española y en la turca. Al final de su periplo, decidió volver al país y terminar su carrera en el club que lo vio nacer. Una noche de juerga, durante las vacaciones, sufrió un aparatoso accidente automovilístico. Su esposa y dos acompañantes murieron en el acto. A él le amputaron las piernas. Además tuvo sendos problemas judiciales pues conducía y los niveles de alcohol y cocaína en su sangre eran elevadísimos. Por poco no fue a prisión. Hasta aquí todo es bastante trágico. Sin embargo, lo verdaderamente relevante viene después, créanlo o no, cuando nadie daba un peso por este atleta semi-analfabeto y sin piernas, el señor Rincón se sobrepuso. Y volcó toda su energía hacia un olvidado placer infantil: la pintura. ¡Y vaya si lo hizo bien! Al principio, fue un mero ejercicio catártico, de sanación; sin embargo, pronto estaba exponiendo en las mejores galerías del país, codeándose tanto con las estatuas del mainstream que destacaban su virtuosismo técnico, la sutileza de su pincelada y su apropiado manejo de las perspectivas, como con los vampiros y las ratas del underground que veían en él a un personaje caricaturesco, inconveniente y grotescamente inapropiado, y, por lo tanto, perfecto para satisfacer los juegos de sus fantasías de subversión contracultural. Además el hecho de que hiciera arte figurativo, que renegara de la desmaterialización de la obra artística cuando ya nadie hacía eso, cuando toda obra era antes que nada retórica y discurso, era algo más que interesante. Evidentemente, no estaba en un rincón, sobresalía, y no tardó en recibir elogiosas críticas de personajes como Miguel González y Fernando Botero, quien destacó, entre otras cosas, su fina técnica y su conocimiento enciclopédico del canon. La verdad, yo, por mi parte, siempre sospeché que había un ghost painter escondido por ahí, que todo era una manipulación, una treta curatorial. Sospechas que quizás hubieran ofendido a Amelia pues el señor Rincón ahora había incursionado en el mundo de la música con un grupo de hip-hop, Anthony y sus chandas rabiosas, y era esto lo que escuchaba cuando me senté a su lado. La faceta que ella más disfrutaba de este versátil artista lego.
Me confesó que no le gustaban las donas pero que se sentía muy a gusto en el local, nada más ameno que la seguridad que proporciona una franquicia de orden global. Casualmente, aunque no creo en las casualidades, esperábamos el mismo vuelo. Llevaba tres años sin ver a su madre, tampoco es que tuviera muchas ganas de hacerlo. Dijo que las relaciones por más fraternales que sean, también sufren los embates de la entropía, también se dilatan, se entumecen, caen en una especie de muerte térmica, y que no había nada más patético que intentar recomponer una cerámica rota cuando lo más pertinente era fundirla y hacer una nueva. Cuando dijo esto, yo ya sabía lo que iba a hacer, creo que lo supe desde el primer momento en que la vi, y ahora sus palabras eran un acicate. Hablaba con propiedad, con determinación; con la integridad propia de alguien cuyos actos son consecuentes con lo que piensa y dice. Como les dije, no creo en las casualidades y esta diosa no se cruzó en mi camino porque sí.
Sacó una pequeña licorera de un pequeño bolso, bebió un pequeño trago y me ofreció. Yo no bebo, no me gusta el licor, pero no quise despreciarla, así que mojé mis labios. La ocasión lo ameritaba. Sus grandes ojos expresivos y oscuros me miraron penetrantemente y sentí que me ahogaba en una laguna de petróleo crudo, me sentí dichoso. Un sudor frío brotaba de mis manos. Sonreí nerviosamente porque en ese momento no tenía claro cómo putas lo haría (aunque ya me lo imaginaba); y viéndolo en retrospectiva, lo que aconteció después no fue producto de un impulso, todo estaba sopesado, calculado, y de alguna manera, en mi fuero interno, sabía que estaba predeterminado. Ella me devolvió la sonrisa, una sonrisa pícara idéntica a la de Susana, la primera mujer con la que estuve. La única que quizás amé. Eso me trajo a la memoria un sueño que había tenido la noche anterior. Mi hermano coincidencialmente me llamó ese mismo día, me advirtió de su llegada al otro día y me pidió que lo recogiera. Me dio los datos: hora de llegada, aerolínea, número del vuelo, etc. Acepté recogerlo a regañadientes.
Quince años hacia que no lo veía, quince años en los que lo extrañé muy poco. Nunca tuvimos una buena relación y su llamada, en lugar de alegría, me generó cierta inquietud. Debía andarme con cuidado, no sabía muy bien a qué atenerme con este repentino y del todo inesperado regreso. El sueño que tuve probablemente se debía a la suspicacia que me provocó esta noticia. Su calidad visual fue muy HD, aunque, eso sí, contaba con las incoherencias secuenciales propias del universo onírico. En la parte que nos interesa, estoy en casa de Susana, me  he metido a hurtadillas, estamos en su habitación, sus padres duermen en la habitación contigua. Ella está recostada en la cama y lleva una diminuta piyama, está bien ganosa y eso es genial; sin embargo, algo anda mal, no sé por qué pero estoy azorado, sudo profusamente. Quiero abalanzármele encima y no puedo, algo me lo impide, algo me mantiene paralizado, inmóvil, una fuerza intangible que me advierte, de manera no muy clara, la inminencia de algo catastrófico, de algo terrible. La situación es muy bizarra porque, de alguna manera, sé o intuyo que estoy soñando, que el paisaje virtual que me rodea es, eso, virtual; sin embargo, su sustancia, cada vez más asfixiante y confusa, se hace, en la misma medida, más auténtica, más real. Las paredes empiezan a cubrirse de enredaderas y la lámpara del techo empieza a parir hormigas hormigas negras negrísimas cientos de ellas pueblan voraces el ambiente ya de por sí denso y opresivo cargado con la presencia de miles de ojos que nos observan nos cuestionan Susana se desnuda lentamente extasiada y como embriagada por la violencia de esas miradas me acaricia la polla fláccida y abatida Intento salir de mi parálisis y rozo suavemente con mis dedos sus labios los introduzco en su coño y siento el ardor que me quema y veo cómo las enredaderas se agostan se resquebrajan cómo su verde se hace marrón y cómo las pupilas inquisidoras se agrietan como si fueran de barro reseco. Luego, me veo en la calle, solo, desnudo, frente a la casa mientras un gigantesco avión cae precipitado sobre ella. En el fuselaje en llamas alcanzo a ver claramente: Avianca DD2806.
Desperté empapado y comprobé que efectivamente el vuelo de mi hermano era el DD2806 de Avianca.
Amelia se disculpó, necesitaba ir al tocador. Esperé un par de minutos.
Nadie más había en el baño. Apestaba a cloro. No pareció sorprendida al verme. Cerré la puerta. Avancé hacia ella mientras se echaba hacia atrás hasta que las ruedas de la silla se encontraron con los azulejos impecables. Nos miramos fijamente envueltos en un mágico silencio de palabras astilladas. Se veía frágil pero sus ojos destellaban fuego, estaba espléndida. Con la yema de los dedos recorrí su rostro, sus labios, los metí en su boca y gradualmente fui bajando. No opuso resistencia, se dejó hacer. Metí las manos bajo su vestido y palpé la tibieza de su piel, su ligero temblor, su pecho delicado y pequeño, su respiración un poco agitada. Me arrodillé frente a ella, le abrí las piernas, unos huesitos escuálidos y tristes; la piel de sus muslos cicatrizada y algo ajada. Le quité las bragas y me asaltó la pradera verdiazul de su pubis ligeramente podado. Lamí su coño, estaba seco, lo mordí con delicadeza. Creo que hubiera podido quedarme a vivir ahí. Cuando alcé los ojos vi que tenía la cabeza inclinada hacia arriba, los ojos cerrados y unas ligeras lágrimas corrían por su cara. Me bajé la bragueta. No recuerdo la última vez que estuve tan excitado. Le di una sutil cachetada, abrió los ojos y se lo metió a la boca, lo mamó con un poco de torpeza pero, poco a poco, se fue adueñando de la situación. Al final, tuve que quitárselo. La levanté de la silla, se agarró con fuerza a mi cuello y la penetré con fuerza, sus vértebras parecían al borde del colapso. Reflejado en el espejo, vi mi rostro libidinoso, el escote de su espalda. Mordió mi cuello y eyaculé eyaculé eyaculé dentro.
Reconocí a mi hermano a través de los cristales. Hablaba con un agente de inmigración, me vio e hizo un gesto ambiguo con sus manos mientras señalaba una de sus maletas. Luego, recuerdo que me abrazó y que hablaba y hablaba, hacía muchas preguntas. Daba la impresión de estar muy feliz.
La lluvia había arreciado. El cielo color pizarra tenía un aire apocalíptico, un aire de furia divina. Atravesamos el estacionamiento. Mis zapatos se habían arruinado pero la verdad eso ya no me importaba. Aún sentía el olor del pantene de Amelia sujeto a mis napias. Poco importaba lo demás.