miércoles, 19 de diciembre de 2012

UNA DISCOTECA LLAMADA “VENTARRÓN"


Por: Carlos Bermeo
-Crónica-




Pantalones, calcetines y zapatos blancos. Música salsa a todo volumen. Una discoteca construida con guadua y madera. Un mesero vestido de rojo que se siente mal trabajando como mesero y vistiéndose de rojo. Una botella de aguardiente que sabe a gasolina, tres copas desechables y un plato con limones magros, con semillas secas. Motocicletas ensordecedoras que llegan y se van. Richie Ray y Bobby Cruz cantando y tocando música  con cuarenta años de retraso. Niños sentados a la mesa con sus padres, chupándose el pulgar. Padres con sus hijos en las rodillas, chupando hasta el hartazgo de las bocas de las botellas de ron. Chicas en minifalda con piernas firmes, tostadas por el sol. Viejos sinvergüenzas que deberían estar en un asilo quejándose de este maldito mundo y que en lugar de eso, están aquí vestidos con guayaberas y boinas negras, bailando salsa con jovencitas ingenuas  a las que desean sodomizar. Ventarrón.

El domingo pasé con Susana por la casa de Enrique Farinango y le dije que saliéramos a dar una vuelta. Enrique –como siempre- no tenía nada que hacer, se subió al carro y partimos al norte de la ciudad.

-Descubrí un sitio buenísimo –Enrique se midió un sombrero que había en el asiento de atrás. El sombrero, por un momento, resaltó sus rasgos de indígena ecuatoriano. Se lo quitó y lo dejó a un lado- Se llama “Ventarrón”.

-¿Dónde queda?

-En Pueblillo.

-Como quien dice en el culo del mundo.

-Sí, por allí cerquita.


Doblamos por la calle del estadio y nos adentramos en la vía estrecha y deteriorada que conduce a Pueblillo, una vereda de las afueras de Popayán donde se fabrica todo el ladrillo que consume ésta, la primera ciudad con mayor desempleo del país, la segunda con los costos más elevados de la canasta familiar y la tercera con los más escandalosos índices de corrupción. Eso dicen las estadísticas y la verdad, a nadie le importa. Para todos nosotros Popayán es una cloaca adorada, la puta que nos desvirgó y a la que recordamos con afecto y cariño.

Las calles de Pueblillo están plagadas de niños. Son numerosos, son cientos, miles de mocosos gritando, berreando y haciéndole la vida imposible a todo el mundo. Parecen una legión de demonios. Una peste que se propaga a la velocidad de la luz.

Tomamos una vía transversal, destapada y ascendimos por una colina. Allí, en el fondo, estaba esa especie de discoteca, de grill, de cantina. Había un par de coches apostados a un lado del camino y una docena de motocicletas de todos los colores.



La verdad ni Susana ni yo queríamos entrar porque el sitio daba mal aspecto: una discoteca de guadua no es un espectáculo nada halagador, pero Enrique Farinango insistió y terminé por parquear el carro. Seguimos por una entrada estrecha, angosta y en tres segundos estábamos metidos en ese berenjenal de viejos y jóvenes que bailaban salsa como posesos. Allí noté sus pantalones, medias y zapatos blancos.

Enrique se fue a saludar a un viejo decrépito que estaba borracho con su decrépita esposa. Buscamos una mesa y luego llegó un mesero con cara compungida, avergonzada, como si acabara de vomitar. Le pedimos una media de aguardiente y la llevó al rato.

Abrimos la botella y nos pusimos a tomar. La discoteca tenía dos pistas de baile. Diagonal a nuestra mesa había un trío de ancianos sinvergüenzas que tomaban whisky y fumaban tabacos y que seguramente ya deben estar muertos y enterrados mientras escribo estas páginas. Enfrente había una mesa con diez mujeres solas, de todas las edades, dispuestas a bailar con el hombre que estirara la mano. Lucían vestidos rojos, verdes, naranjas y las más jóvenes, vaqueros apretados y blusas diminutas que apenas cubrían sus senos redondos como melones en flor. Eran hermosas, de verdad.



La música sonaba a todo volumen. Héctor Lavoe seguía con su disco rayado diciendo que “tu amor es un periódico de ayer”, Richie Ray and Bobby Cruz mezclaban una melodía de Chopin con su sonido bestial, la divina-musa-reina-preciosa Celia Cruz gritaba ¡azúcar! desde ultratumba y los viejos tomaban más whisky y le miraban las piernas y las tetas a las jovencitas que nadie sacaba a bailar y que agitaban sus brazos y pechos con esa música de la que ya todos estábamos hartos.



Las motocicletas iban y venían. Entraban y salían adolescentes vestidos con vaqueros apretados en los tobillos, tenis blancos y gorras rojas. Camisetas con estampados que me recordaban dragones chinos.

La música era estridente. Sólo se escuchaba salsa vieja. Nada de salsa porno-romántica. Puerto Rico, Nueva York, años sesenta ¡Qué resaca de sólo pensar en esos años de ruido! Detrás de mi mesa había un ventanal y desde allí se veía Popayán. Nos cambiamos a otro sitio porque estábamos hartos de que esa ciudad nos persiguiera, como una furcia que quiere engañar a un cliente ingenuo con sus carnes viejas. Fuimos al fondo del salón y nos instalamos en una esquina. Las mujeres y los hombres bailaban esa música estridente. Se movían de forma intensa, como cuando en los ritos vudú descienden los espíritus infernales. Ellos sentían la salsa en sus venas, en sus células, en cada átomo de su cuerpo: eso no era nada para admirar, pero bueno, era lo que hacían y a nadie le importaba. Enrique sirvió otra ronda de aguardiente y me retó a que saliera a la pista con Susana.

-Ni loco -el aguardiente me quemó la boca y me dejó un sabor a gasolina- No quiero hacer el ridículo. De baile apenas recuerdo dos pasos que me enseñó Anita cuando teníamos quince años y nos encerrábamos en su cuarto los domingos, cuando sus papás se iban a misa. ¡Qué recuerdos compadre! Déme otro trago que me acordé de Anita.

Me tomé otra copa y me recosté contra el espaldar del asiento. Quería recordar los labios de Anita, sus senos, su lunar diminuto en el cuello, sus cejas delineadas, su voz diciéndome “please” cada vez que estiraba mis manos sobre su cuerpo espigado, pero algo me llamó la atención: las lámparas que adornaban el salón. Adiós Anita, jamás olvidaré aquellas tardes de pecados y de misas. Las lámparas estaban fabricadas con totumas y adentro, colgaban bombillos de colores. En ese momento entró una llamada a mi teléfono móvil. Salí del lugar para hablar. Se trataba de Carlos González, un amigo que por esos días se había tornado taciturno, bebedor y solitario. No tenía nada que hacer y entonces se había puesto a mirar la luna llena. Llevaba cuarenta minutos contemplándola. Colgó, y yo entré a Ventarrón otra vez.  


Nos tomamos las últimas copas de aguardiente y Susana, Enrique y yo, nos levantamos de la mesa.

-¿No van a bailar? –insistió Enrique Farinango.

Miré frente a mí a las parejas danzando en éxtasis. Eran salseros de verdad. La música era su conexión con el universo, su redención frente a las desgracias que les había tocado sufrir.

-Ni loco. Sería un irrespeto.

Salimos de “Ventarrón” con ganas de tomar un poco más. Miré el reloj y apenas eran las siete de la noche.

-Por aquí cerquita hay otra discoteca –Enrique Farinango señaló una calle pavimentada-. La más antigua de Popayán. Se llama “Nueva York” y tiene más de cincuenta años. Ovidio, el dueño, es amigo mío ¡Vamos a saludarlo!

Panorámica de Pueblillo (Fotografía de Andrés Muñoz Ordóñez)

Tomamos la calle rumbo al corazón de Pueblillo. Éramos alcohólicos con ganas de más licor, soñadores sin visas ni documentos para entrar a Nueva York. Nos estacionamos fuera de la discoteca y cruzamos la puerta. Y allí como diría Enrique Farinango, comenzó la parranda, la farra, el alboroto, el guateque, la fiesta, el descontrol. Ante nuestra mesa desfilaron botellas y botellas de ron. Cuando salimos -a las once de la noche- y nos subimos al carro, Susana me sonrió y me dijo:

-¡Cómo bailamos!

Apreté el acelerador. Nunca había bailado en mi vida como esa noche en Nueva York. Por fin había sentido la salsa como una droga para conectarme con otros mundos de placer.

Luego salimos de Pueblillo. Cuando vi las luces de la ciudad me conmoví, mi alma se estremeció y sentí unos deseos inmensos de vomitar: había regresado, otra vez, a Popayán.

2 comentarios:

  1. Me parece un irrespeto con la población de Pueblillo, definitivamente esta es una vereda sin igual, allá se disfruta no importa el estrato al cual pertenezca, es más, yo diría que sitios como New York, está rodeado de personajes sin igual empezando por su propietario, es genial recorrer esas calles y sentir como te lleva la música a un mundo que nunca imaginaste conocer.
    Considero que debe tener más cuidado con lo que escribe, la idea no es insultar a unas personas que lo único que hacen es brindarle una sonrisa a sus visitantes.

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  2. Totalmente de acuerdo con su apreciación sobre New York, su propietario Ovidio es un personaje carismático y genial. Muchas gracias por su amable comentario y por leer el artículo. Carlos Bermeo.

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