miércoles, 26 de diciembre de 2012

Sobre la ropa fantasma


Por: Johann Rodríguez-Bravo

Los fantasmas han existido desde que se murió el primero de los hombres. Caín soñaba con el espectro de Adán y, a veces, mientras descansaba de Dios en alguna cueva, sentía los ojos de alguien en la oscuridad. Castillos, casonas, terrenos baldíos, cementerios, iglesias, pasillos, museos, sótanos y bosques son, por lo general, las moradas favoritas de estos seres de ectoplasma desde que el miedo existe. Y el hombre, al no poder esconderse, ha tenido que convivir con ellos apelando al agüero. Para males sin definición, remedios de superstición, decía alguien. Las bendiciones, desde que crucificaron Jesús, han sido el arma para enfrentar el más allá, aunque también el invocar al dios de la velocidad: “¿patitas para qué os quiero?
Que se aparezca un fantasma siempre será un hecho de espanto, pero que no se aparezca no deja de serlo. El fantasma asusta siendo y no siendo. Pruebe caminar solo por un cementerio y verá que más lo asustan los espectros invisibles que aquellos que saludan desde la cruz de una tumba. Y esto vale, inclusive, para esos valientes que se meten en cuanta casa embrujada encuentran, porque también ellos, al escuchar el chillido de un ratón, se quedan sin aliento.

Los fantasmas siempre tendrán la forma de un interrogante, así se llegue a decir que son producto de la imaginación. Desde hace mucho tiempo, pero, especialmente, desde el siglo XIX, las investigaciones sobre el tema  han querido dejar la especulación y ganar cientificidad. Y aunque se ha llegado a muchas conclusiones, hasta ahora nadie (que yo sepa) ha dicho algo sobre la ropa de los aparecidos. Kipling se acercó un poco al escribir sobre una litera fantasma y algunas películas lo han hecho al poner a volar una cobija; pero, el misterio continúa y el de la ropa fantasma sigue siendo el más complejo.

Hay quienes se preguntan: ¿por qué si el fantasma a traviesa paredes no se hunde en el piso?, pero yo me pregunto: ¿por qué los fantasmas se aparecen con ropa? Si alguien muere en su casa (infarto mientras dormía, un dedo en el tomacorriente, pisó el jabón en el baño) y lo entierran con saco y corbata, con ese mismo saco y corbata se aparece. Se ha dicho que los espectros son almas que por alguna razón han quedado atadas a este mundo; y entonces: ¿los espíritus del saco y la corbata también, por alguna razón, se quedaron atados a este mundo? 
Hay cosas que no me cuadran. Los arregladores de muertos —los maquilladores del más allá—, acomodan a las señoras, afeitan a los caballeros y antes de meterlos en el ataúd, son asistidos por algún familiar: “Ay, señor, póngale esta chaqueta que ella la adoraba” (Sniff). Y así, los calcetines, las pantaletas, cuando no las enaguas y los sujetadores. Esta pobre alma descansará para la eternidad con la ropa con la que la enterraron, no hay otra. ¿Y si la ropa le quedó apretada? ¿Y si era mentira que esa chaqueta le gustaba?, ¿y si la falda está rota? De malas: así se quedó por siempre, a asustar con lo que le tocó. Si la corbata y el saco del señor también se aparecen como fantasmas, con seguridad, más adentro, los calzoncillos también tendrán muchas ganas de espantar a esa gente entrometida que anda hurgando en cuartos oscuros y en sótanos bajo llave.
Discovery Channel y la National Geographic gastan millones de dólares tratando de encontrar soluciones y nada concluyen; y es apenas obvio: el tema da para muchos más programas. Que se trata de perturbaciones espontáneas en la mente de un espectador que se encuentra en trance, dicen los psiquiatras; que las apariciones son confluencias de haces de luz y fenómenos ópticos, dicen los científicos; que el vaso con agua que dejan las abuelas detrás de la puerta amanece vacío por efecto de la evaporación, explican los físicos. Para todo hay respuestas y aunque parezcan irrefutables, no convencen. Todo se mantiene igual: la sábana flota, la escalera suena, las luces se apagan. Basta quedarse solo cuidando una finca y entonces: el mayordomo sin cabeza, la tatarabuela, los perros aullando.
El día que me muera espero que no me vistan, que me dejen como Adán. No quisiera convertirme en esclavo de un pantalón desteñidos, de unos mocasines sin suela. Que no les vaya a ocurrir enterrarme con cachucha como lo hicieron con un amigo, o con un buzo cuello-tortuga, porque así no asusto ni a un gato. Válgame Dios. Es hora de que las boutiques entiendan que el negocio puede extenderse; para la publicidad de una buena “camiseta esqueleto” se puede llamar a John Edwards o pautar en Infinito o en la tabla ouija. 
Mientras sigamos asustándonos con la oscuridad y con las fotos de los  bisabuelos, la ropa fantasma tendrá su lugar en este planeta. Ahora me pregunto por un experimento: ¿Y si uno entierra una ropa sin muerto? Ya me imagino un pantalón andando solo por la casa. 

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