miércoles, 21 de noviembre de 2012

Qué pasa, tronco



Poema paralímpico

POR: Juan Sebastián Cárdenas


Seré breve. Soy breve. Nací sin piernas. Nací sin brazos. Nací sin cabeza. A la tierna edad de cuatro días mi padre se propuso enseñarme los rudimentos de la natación. Me arrojó a la piscina y mi cuerpo se hundió hasta el fondo. Los demás bañistas me animaban con aplausos. Por un momento pensé que no conseguiría salir a flote, pero mis músculos empezaron a agitarse con una fuerza desconocida hasta entonces para mí. Especialmente mis nalgas ejercían una propulsión formidable, sacudiéndose como un par de alas. Mi cuerpo irrumpió en la superficie con una violencia cósmica que hizo pensar a muchos en el salto triunfal de una ballena. Feliz, chapoteé hasta la orilla donde me recibieron como a un héroe. Ese día empecé a desarrollar estos abdominales que, por unas pocas monedas, se pueden tocar. Venga, toque sin miedo, amigo, toque. Son como una roca. Parecen adoquines, dígame si no.   
No sé cómo, pero algo desde la boca del estómago les está enviando estas señales. Puedo sentirlos a todos ahí afuera. Aunque no pueda verlos ni oírlos. Si quieren pueden volver a tocar mis abdominales. Sé que están allí, puedo sentirlos. No me hace falta verlos, ni oírlos. Por unas pocas monedas. Toquen sin miedo. Son como una roca. Amo a mi mamá. Mi mamá me ama. Mi papá no me ama. Mi papá me quiere ahogar. Qué buena es mi mamá. Tengo dieciséis tatuajes.
Mi estómago, donde se almacena la mayor parte de mis células nerviosas, les está enviando un poema que dice: amigo, ahorre energía, córtese una mano, amigo, ahorre saliva, no coma tanto, amigo, agáchese que ahora todo está rebajado, no levante la cabeza que se la cortamos, la mente es una mano sin dedos, una palma donde el destino está escrito con líneas imborrables, para qué dedos teniendo tan poca mano. Mi estómago está lleno de monedas, por eso mi cuerpo resuena mientras bailo al son de esta canción telepática. Que dice: amigo, para qué tanto, para qué tan poco, mejor súmele que yo le resto, póngale diez y encímele cinco que yo le presto tres y me quedo con todo. Amigo, toque aquí, vea, toque aquí. Tengo dieciséis tatuajes, uno dice amor, el otro dice mamá y ese de allí dice chúpela en caso de emergencia.
Yo también hice la primera comunión. Yo también hice la primera comunión. Yo también hice la primera comunión. Con una flor en la solapa y una vela encendida amarrada al cinturón. Yo también hice la primera comunión. Yo también hice la primera comunión. Yo también hice la primera comunión. Con una camisa blanca, linda corbata negra y un chaquetón de papel. Tengo pelos en los sobacos y en el pecho un vello rubio finito. Yo también hice la primera comunión. Por unas pocas monedas, compruebe lo mucho que puedo expresar con un solo movimiento de tetillas, todas las emociones humanas caben en estos cinco gestos. Para qué tanto y para qué tan poco, no ponga esa cara, amigo. Míreme a mí mejor, que para fingir emociones soy un campeón. Tengo dieciséis tatuajes. Uno dice: cristo me ama. El otro dice: cristo es mi redentor.
Vengan a ver el salto del tronco. Soy yo el que les habla desde el fondo del corazón, sé que me están escuchando, amigos, vengan a ver la zambullida mortal del tronco desde el trampolín, todos se preguntan cómo lo hago y yo les digo que todo está en la mente vacía, que es como un montón de dedos inútiles que pasan de mano en mano. Si la heliotrópica tetilla frunce el ceño, cegada por un resplandor, ponga cuidado, amigo, preste mucha atención: el tronco va a dar el salto, todo está en su posición. En cámara lenta surca el aire, mírelo con qué gracia se zambulle, cae en el agua como una bomba y con un rápido gesto del pecho nos echa una maldición. Tengo dieciséis tatuajes. Yo también hice la primera comunión. Vivo por encima de mis posibilidades por mi insaciable afán de superación.

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