miércoles, 7 de noviembre de 2012

Postales de México



POR: Felipe García Quintero

—Crónica—

D. F.


Un nuevo tema para reflexionar nos dio la ciudad esta mañana. Por sobre la acera izquierda que conduce a un restaurante de la Avenida Hidalgo, alguien vestido de negro nos miró al pasar, y de su rostro pudimos ver la sonrisa abierta de unos labios oscuros que dejaron al descubierto los caninos perfectos de un tigre. Al instante, Susanita reaccionó sin temor alguno y preguntó por lo que a mí también me inquietaba pero que hallé inofensivo, porque supuse que era parte de un juego de las identidades urbanas, mayormente en una ciudad habitada por tribus como ninguna otra del continente. Pensaba que mi hija iba a indagar por los dientes del personaje, auténticos colmillos y no acaso una prótesis burda de Nosferatu el vampiro.
De la imagen fugaz que dejó el paso raudo de ese muchacho, a mi niña de 8 años le llamó la atención la mirada blanca, sin luz, de unas pupilas albinas que hacía más grande la extensión nívea del ojo, y a la vez recubierto el parpado de tiniebla cosmética. Le dije a Susanita que sin duda se trataba de unos lentes de contacto puestos para llamar la atención, pues los había de colores incluyendo el blanco que borraba el iris y volvía ciega la mirada del observado. “¿Y los dientes, papá?”, preguntó entonces. Le di mi propia explicación a tal perplejidad. También son puestos. De mentira, precisé. “Es como la dentadura de Drácula”, ejemplificó ella, de seguro recordando a los niños que la llevan puesta el 31 de octubre para pedir dulces.
Durante la comida no dejé de ver en mi plato de sopa la imagen indeleble del personaje. Junto a los trozos de zanahoria cocidos y las habichuelas picadas, flotaba su mirada ciega, de ojos blancos. También en las enchiladas de cecina con queso vislumbré el fulgor de esos colmillos sonrientes, quizá ávidos de sangre, acaso hambrientos de carne humana. Me excuso si empiezo a delirar y a suponer cosas equívocas de estos sujetos tan así por su adscripción cultural, pues con ello adultero la identidad de personas que desconozco hasta no saber cómo se hacen llamar, pero que adivino son amigos de Marylin Maison (¿se escribe así?). Al parecer no se trata de un grupo clandestino, pues salen de día y uno se los encuentra en sectores de tráfico masivo como el Zócalo, donde a diario miles de personas van y vienen.
El domingo anterior, uno de ellos, mayor en edad y de accesorios en suma extravagantes, nos detuvo con ademanes de gentleman para ofrecer el ejemplar de un periódico. “Caballero”, me dijo, “por una contribución voluntaria puede llevar este mensaje”. Ni siquiera alcancé a responder con una moneda de 10 pesos que pesqué de mi bolsillo, ya que en ese mismo instante el semáforo de la esquina cambió a verde y la turba de peatones se vino encima llevándose consigo a mi hija. Apenas la recuperé aceleramos la marcha casi corriendo. Miré atrás cuando ganamos la boca del metro, y el tipo, como el dinosaurio de Tito Monterroso, aún estaba allí. Parpadeé, y entonces vi de nuevo en perspectiva la capa negra con que me cubrió para poder ser escuchado, y las botas largas y altas con sus hebillas niqueladas que infundían autoridad como temor. Pude distinguir también la serie de redondos piercings ubicados como estrellas de una constelación espectral, brillando en la órbita de un rostro, a su vez maquillado de blanco y negro, al modo de un mimo de sólo ojos y labios; esa vez, sin sonrisa alguna de afilados colmillos.

Coyoacán, julio 8 de 2008.



“SE REQUIERE ESCRITOR O GUIONISTA ¡URGENTE!”



Desprendo del anuncio fijado en un poste de la acera una colilla con el número telefónico de quien solicita los servicios de un escritor o guionista. No deja de parecerme extraño que en esta ciudad alguien necesite de la ayuda de un letrado para resolver problemas de comunicación personal o realizar tareas artísticas. Una persona entre 20 millones es de seguro la excepción de este hecho urbano que me desconcierta. El cálculo anterior hace probable, e incluso posible, conseguir trabajo en México como escritor mediante un aviso callejero. Lo cierto también es que en los periódicos nunca he visto algo semejante. Cada vez que tengo en manos un diario no dejo de pasar revista a las páginas de empleo, por eso puedo afirmar que jamás he leído: “Se requiere escritor o guionista ¡urgente! Llamar al 5530 48 31”, pero helo aquí.
De frente encontré ese aviso, camino a la tienda de abarrotes de la Colonia San Mateo. Me detuvo la gravedad de la solicitud, y por encontrar sólo dos colillas de las 25 dispuestas en la hoja de papel bond fijada al poste. Lo parco del mensaje me deja en claro que se trata de un requerimiento de tipo estético, referido a las artes escénicas o quizá al mundo literario de la televisión. No lo supongo para deberes escolares o asuntos tan llanos como escribir una carta, pues esto ya lo resolvió la Internet. Pienso mejor que se trata de un trabajo artístico, porque cerca de donde tomé la información se encuentra el teatro Rodolfo Usigli, quizá de allí provenga la solicitud.
Llego de la tienda a casa con una caja de jugo de naranja, un sobre de pasta para preparar espagueti, una bolsa con aceitunas verdes sin hueso, una lata de ensalada de atún con verduras y el trozo de papel con el número de teléfono: 5530 4831. Luego del almuerzo tomo la guía telefónica del D.F. y comparo los números del teatro Usigli y ninguno de los disponibles en el directorio de salas y tablas coincide con el del anuncio. Vencido por la curiosidad llamo, luego de cinco timbres cuelgo ya con mayor inquietud que antes, todo porque nadie responde. No creo que se trate de una broma, espero un rato y vuelvo a marcar. Aló, digo. “Buenooo”, responde una voz de mujer. Explico, con una urgencia innecesaria, que llamo por lo del anuncio. “Sí”, confirma al instante otra voz, ahora de hombre, para luego precisar: “Sí, aquí necesitan de un escritor para una adaptación teatral de un libro de Elizondo”. Le informo que me interesa conocer más detalles. Aunque he leído poco a este narrador mexicano creo poder aspirar al trabajo, confieso. Por la ansiedad del tono, hago creer que necesito ganar el dinero que ofrece el contrato: 300 USD.
Mientras espero en silencio una respuesta, pienso que tal vez el señor no conoce del tema. Quizá, me digo para soportar el callado auricular en la oreja, sólo sea el portero o acaso el vigilante encargado de tomar las llamadas. Pasados tres minutos es nulo el sonido del otro lado de mi oído, hasta que caigo en la cuenta de que me han colgado. Presiono el botón de redial y al escuchar el “digaaa”, repito que soy la persona que acaba de llamar por el anuncio callejero del trabajo para adaptar a teatro una de las novelas de Salvador Elizondo. “Lo siento”, me responde, “por hoy ya no tomamos más datos de aspirantes”. Por qué, inquiero algo molesto. “No hay turno disponible para entrevista”, me aclara, agregando sin énfasis alguno, “con la suya hemos recibido 3578 llamadas de 3578 escritores diferentes”.
Coyoacán, julio 11 de 2008.


EXTRANJERO EN MÉXICO

Llegábamos con mi hija de realizar un largo recorrido en autobús por el centro y el norte de México. Durante dos semanas visitamos Toluca, Morelia, Guadalajara, Zacatecas, San Luis Potosí, Guanajuato y Querétaro. Cuando arribamos al D.F. lo hicimos en la terminal norte, cuya estación de metro nos permitiría llegar a la casa del callejón de Eleuterio Méndez en un poco más de una hora, tiempo record para atravesar la ciudad hasta ganar el primer borde de la frontera sur de la colonia Coyoacán donde vivimos por entonces sin jamás ser vistos como extraños.
Durante este periplo y aún antes cuando visitamos el sur y el oriente del país, nunca me había sentido extranjero en México, salvo esa tarde de cielo azul y nubes blancas y rollizas. En el segundo vagón del tren un invidente lánguido que cantaba entre la multitud apretada tropezó con mi maleta de viajero cansado, casi dormido. Entre el sopor lo vi venir y lo escuché desde antes de intentar cruzar por mi puesto, pese a ello no hice nada por liberar el pasillo ocupado con el equipaje; me lo impidió la fatiga de haber cargado antes con la maleta y el bolso de mano. Inocente de lo que pasaría puse la mirada en cualquier parte. Y fue al trastabillar con la petaca, y perder el tono de la canción, que se reveló el verdadero carácter del personaje. Supe entonces también quién era yo y qué hacía en ese lugar bello como ajeno.
En vano intenté reorientar el camino del cantante sin nota, diciéndole muy quedo, casi al oído: “a su derecha, señor”, cosa que no escuchó. Aunque lo supuse sordo también, al instante de yo agregar un “lo siento”, recibí a cambio de mi tardía reacción cívica una sensata amonestación: “dispulpe”, dijo el hombre, “pero no sabe que puede provocar un accidente”. Callé por educación, dándole así la razón y aceptando de esa manera mi descuido e imprudencia. Y tras mi nuevo silencio, el cantante del metro se despachó en una intensa y gozosa lista de insultos que por decencia no quiero transcribir, además de que no logro saber todavía lo que significaban.
Mientras se abría camino con las manos extendidas, y se alejaba de mi alcance con paso seguro, lo vi rejuvenecer, pues el pobre hombre recuperó la postura erguida y alargando el tono en las vocales de cada ofensa, como un experto barítono, se perdió entre los demás pasajeros gritando más agravios que entendí menos aún. ¿Cómo supe que eran insultos? Me lo delataron el tono y la excitación que le producía decirlos, y porque al tiempo de ser proferidos los demás pasajeros agacharon la cabeza, de vergüenza ajena, supongo yo, mirando al piso obstruido con el equipaje de la culpa.
Al instante de que el tren recuperara su marcha alcancé a escuchar la voz de nuevo, ahora reposada y más desafinada que al principio de esta triste historia, con la que cantaba a cambio de monedas —olvidé decirlo antes— loas a Dios, nuestro Señor.

Coyoacán, septiembre 2 de 2008.

No hay comentarios:

Publicar un comentario