martes, 13 de noviembre de 2012

De caminos y de libros



Por: Juan Carlos Pino Correa


Tal vez los caminos pueden llegar a intuirse por el arco de entrada a ellos, por el empedrado con que está hecho un pequeño tramo, por los cardos y las flores, por el esplendor o el abandono del espacio donde uno habrá de poner los pasos fundacionales. Es posible, incluso, que a partir de esa visión restringida, de esa intuición, pueda determinarse el modo de trasegar o pueda vislumbrarse el ambiente que el camino prepara para nuestro viaje. Eso intentamos creer a pesar de saber que la visión restringida o la intuición pueden también sustentarse en un espejismo. Pero sin duda, en la aventura siempre hay alegría, aunque también un poco de miedo. Hay que considerar además que la entrada a un camino no siempre se hace por su primer tramo (si es que los caminos tienen primer y último tramo, o comienzo y final, que no es muy posible). Se puede ingresar en él en cualquier bifurcación, o en cualquier cruce múltiple, o en cualquier lugar, preparada o desprevenidamente. Podemos también vernos en ellos sin saber cómo llegamos allí, sin siquiera habernos asomado antes, sin haber soñado un día con posar en su suelo nuestra planta. Por eso el destino de los pasos y el destino de los caminos tienen muchos misterios. En algún recodo puede esperar un árbol, una esfinge o un oráculo, o simplemente puede no haber nada, sólo un fluir armonioso hacia la desembocadura (que igual puede estar adelante o atrás, según uno quiera), esa desembocadura que signifique un renacer en medio de otro camino, real o secundario, o de una gran ciudad, o de un pueblo, o de la nada, o del infierno. O del paraíso incluso.

Se me ocurre ahora que la entrada a los caminos de los libros es igual. Pienso, por ejemplo, en el autor que habla a cada lector, individualmente, en el comienzo de Se una notte d’inverno un viaggiatore. El lector, aquí, es un interlocutor del que se adivina o se sabe su tragedia en un mundo devorado por la fiebre de lo audiovisual. ¿Cómo asomarse al camino con el murmullo incesante de la televisión? Pero hay una propuesta clara por parte de Calvino: «Lascia che il mondo che ti circunda sfumi nell indistinto». Esta es una hermosa forma de invitación a la aventura pero con la conciencia de que en ella deben colocarse sin excepción y sin prevención todos los sentidos. Por eso hay que cerrar la puerta al entrar y buscar la comodidad, sin importar la forma, y la luz adecuada, y evitar, una vez dado el primer paso, cualquier tipo de distracción. Aunque después de eso el reto no es fácil, ni para autor ni para lector. Será, creo, como una feroz lucha cuerpo a cuerpo en el que uno y otro saldrán vencedores.
Podemos pensar en otro tipo de aventura y de invitación en la última página del relato Papa va in TV, de Stefano Benni. ¿Cómo entender, allí, el término democracia televisiva? ¿Qué invento es ese? Cuando el locutor dice que se van a dar los datos de audiencia antes del procedimiento, se deja entrever una manifiesta posibilidad de manipulación. No son lo mismo dieciséis millones de espectadores, que dos o tres millones nada más. Y aquella exclamación de Mario: «Mamma mia come Italia-Germania», muestra, sin más, que los referentes están en los temas banales. También se deja entrever que los rostros en la televisión son sólo máscaras, como suele suceder a las personas en las interacciones de la realidad. Pero hay algo más interesante en el relato. Parecería que la cara del condenado, por lo mismo del espectáculo televisivo y con los referentes futbolísticos anteriores, no fuera sólo la de alguien sobre el cual su condena de muerte va a ser cumplida en vivo y en directo, sino que es también la de muchas otras personas a la vez. Es la de un portero de fútbol a quien van a cobrar una pena máxima en los momentos decisivos del partido. En ambos casos, la atención del mundo entero está puesta en los rostros de ceño fruncido y es probable que, tanto en la condena como en el rito deportivo, después de la ejecución se despierten gritos de júbilo, placer o resignación. Aunque también se ve aquí que la vida y la muerte han sido convertidas en un show por los mass media. Por eso puede aparecer o transmutarse en ese rostro del condenado no sólo el del portero sino también el del ministro ante el congreso, el del presidente en alguna comparecencia pública, el del cantante o el de la actriz explicando alguna salida de tono o intentando huir de los flashes de la indiscreción, el del alumno recién graduado ante una oposición, el del juez en el momento de dar a conocer su veredicto... Todos «davanti alla sua e alla nostra coscienza»: el espectáculo de las guerras grandes y pequeñas que todos presenciamos a diario mientras cenamos, tomamos café o departimos en familia sin inmutarnos, resbalándonos lo triste y lo doloroso tanto como lo sublime y esperanzador.

Acaso no llegue a resbalarnos el dolor de dejar una casa, nuestra casa, o la casa de la familia, y que ha de llegar pronto o tarde, pero ha de llegar, inexorablemente. Eso dice Giorgio Manganelli en Chiosa su abbandono di una casa ingrata. Y entonces habrá un desgarro, una ruptura, un desarraigo, independiente de lo que en ese espacio haya sucedido. Por eso el recuerdo perenne de lo que se deja en el hogar (o en lo que fue) y de los objetos que lo habitan, anónimos, innominados e invencibles, investidos, sin pensarlo, de «divinità». De aquella divinidad forjada en el encuentro cotidiano e irrepetible del hombre con cosas que acaso sean «goffe, brute, inefficienti» pero que, por los misterios que tiene la vida, terminan siendo entrañables. ¿A quién no le ha pasado?

Quizá sea similar aunque sin duda más inevitablemente doloroso el desarraigo cuando no se puede huir de la muerte. En Diceria dell’untore, de Gesualdo Bufalino, Marta quisiera despedirse de lo que alguna vez le ha parecido bello pero que en el requiebre del destino no puede dejar de ser sombrío. Así lo siente el narrador cuando murmura que el mar no escatimó aquí uno solo de sus venenos: «né il borbottìo dei suoi contrabbassi arrochiti; né le stereotipie delle onde contro la riva; nè il secolare malodore di calafature e disastri». Las cosas son, entonces, el momento mismo del encuentro con ellas. Pueden ser veneno, ahora, como antes han sido sorbo de luz, alegría, esperanza, libertad (no en vano planea sobre una cima de dunas «un gabbiano disperso, scuro e bianco come una rondine»). A los ojos del miedo, cualquier cosa puede causar horror y sobresalto: los olores, los ruidos, el paisaje, las mujeres en un extraño rito, la luna que asoma…
Sí, la entrada a los libros es igual a la entrada a los caminos. Habrá unos figurativos y otros abstractos, y habrá toda la gama que se pueda imaginar: buscados, enloquecidos, propositivos, innovadores, absurdos, inteligibles, amados, odiados, anhelados, perdidos, vanos, intransitados, inconfundibles, indistintos, maltrechos, zigzagueantes, laberínticos, interminables, inmanejables, abandonados, pantanosos, esperanzadores, risueños, sombríos, cálidos, aromados, brillantes, empalagosos, arrogantes, indecisos, temerosos, inútiles... Caminos como libros. O libros como caminos. Como hombres. ¿Qué más podría pedir un lector o un caminante impenitente?

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