lunes, 8 de octubre de 2012

The Stain


POR: Rubén Varona.

Esta mañana me sonrió una calabaza en el supermercado y mis manos se enredaron en la telaraña que asfixiaba los racimos de bananos. ¡Beetlejuice bailaba Country Music sobre los cartones de huevos, espantaba con sus dientes en recreo a los vampiros que acechaban las jugosas costillas del refrigerador! Cada quien celebra el Halloween como se le da la gana, o simplemente no lo celebra. Yo, por ejemplo, aplico los postulados del gran filósofo Julio Iglesias: a veces tú, a veces yo. Cuando no salgo a hacer el ridículo con un disfraz de medio pelo, al menos procuro asistir a algún ciclo de cine sobre vampiros, zombies y endemoniados, o leer algunos cuentos de Ambrose Bierce, Lovecraft y del eterno Edgar Allan Poe. Es por ello que octubre, el mes de las brujitas, como le decimos en Colombia, resulta apropiado para hablar de la novela The Stain (La Mancha), de la escritora neoyorquina Rikki Ducornet, publicada por primera vez en 1984.
       La belleza del horror, la fealdad y la violencia del mundo, son el sustrato de esta pieza tan hermosamente escrita. Entre las problemáticas sociales que aquí se abordan, me referiré brevemente a las dos que a mi juicio ayudan a configurar la poética surrealista de la obra: la discriminación de la que son víctima las personas que de alguna manera son diferentes, y la hipocresía implícita en las religiones.
       Con respecto al primer punto, la novela desarrolla la problemática de la discriminación, a través de aquellos que posen un defecto físico o sus vidas han sido marcadas por circunstancias especiales. Me explico, los hermanos Téton son considerados como engendros de Satán, sólo por el hecho de ser gemelos; Pere Poupin, el cazador, ha sido aislado por la comunidad al tener problemas de alcoholismo, y Charlotte, la protagonista, por haber nacido con una mancha en la mejilla que tiene la forma de un peludo conejo (the stain). En la aldea francesa de La Folie, donde sucede la historia, se rumora que aquella mancha representa el pecado de sus padres, ya que Charlotte fue concebida por fuera del matrimonio. Esta creencia se encuentra profundamente arraigada en la sociedad descrita, al punto que, el nacimiento de Charlotte (su madre murió en el parto), es narrado como si hubiera llegado al mundo el mismísimo demonio:

       “Her crazed eyes shone white, her spread thighs, the ravine of her sex and the heaving mound of her belly formed a monstrous landscape, not human, not of this world, the pit of Hell itself. And then she saw him. And she saw, dripping blood by his side, the dead hare.” (Ducornet 1995, 12)

       La novela registra la difícil niñez de Charlotte, una joven abusada por todos, especialmente por su tía Edma. Aquella niña representa la pérdida de la inocencia, de la candidez inherente a su edad, al verse forzada a asumir posiciones adultas, maduras, que le permitan lidiar con aquellos seres sombríos que la rodean y le obstruyen su tortuoso camino hacia la santidad; porque como doña Catalina Mascareñas, la protagonista de Dulce dueño, de Emilia Pardo Bazán, esta chiquilla anhela convertirse en una santa. Al final, Charlotte termina aceptando sus defectos físicos (la mancha), situación que la lleva a convertirse en una joven normal, como cualquier otra.
        Por otro lado, The Stain también hace una crítica profunda a la religiosidad, aquí incluyo las instituciones religiosas, los curas, las monjas, y los feligreses. Todo sucede en pleno siglo XIX, sin embargo la hipocresía y las depravaciones de los representantes de Dios en la tierra, así como de sus seguidores, refieren hechos, valores y consideraciones propias del medioevo. En ese sentido, los asuntos de la religión no son lo que parecen, pues resultan siendo el caballito de batalla de personajes de espíritu tan oscuro como el del supuesto Exorcista, quien termina disfrazado de monja, entrando al convento donde Charlotte está internada, para tener sexo con la Madre Superiora. Las otras religiosas encuentran muy atractiva a la “Visiting Sister”, quien para entonces se ha convertido en un monstruo que construye extrañas teorías para servirle a Satán y sembrar maldad a su paso. Es tan cierto esto, que el convento termina convertido en un templo de brujería, sadismo y deseo.
    Pero incluso en este mundo de tinieblas construido magistralmente por Rikki Ducornet, donde el bien ha sido vencido por lo demoniaco y las personas se discriminan unas a otras por ser lo que son, encontramos bondad en dos personajes. El primero es Emile, el tío de Charlotte; un hombre que ama la jardinería y le enseña a la pequeña sobre la naturaleza, y el segundo es Pere Poupin, el también discriminado cazador que mencioné al inicio. Gracias a él, la niña puede alcanzar su destino.
       A manera de conclusión-invitación, estoy seguro que aquellos a quienes como a mí, les parezca apetitosa la sonrisa irregular de una calabaza transgénica, encontrarán en The Stain una buena opción para adobar el mes de las brujitas. O sino, como decíamos en mi barrio, allá en Popayán: Triqui-triqui Halloween quiero dulces para mí, y si no me das, quiebro un vidrio y salgo a mil.


2 comentarios:

  1. Amigo Rubén, estaba poniendo en tu lugar el comentario al artículo de Mónica. Por fortuna lo pude borrar; me comprometía en mi masculinidad. Veo muy sólida la revista. Tiene aspecto de revista importante, con las fotos del cartel de cabecera. Me gusta tu escrito, como contrapunto al de Mónica Chamorro. Creo que es la otra cara de la moneda, la que intranquiliza la paz de la belleza. A ver si sueltas uno de tus engendros para que asuste a Mónica. Además, se publica en fecha oportuna y con reminiscencias patojas. Saludos. Omar Lasso Echavarría

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  2. Gracias, Omar, por tu comentario. Me alegra que te haya gustado el artículo con reminiscencias patojas. Un fuerte abrazo. Rubén.

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