miércoles, 31 de octubre de 2012

¿Quién es esa mujer?


POR: Álvaro Sierra

… ¿Quién es esta mujer que me está mirando? No quiero que lo haga.
¿Por qué me mira con sus ojos claros bajo sus áureos párpados?
No sé quién es. No quiero saber quién es. Decidle que se vaya, no he de hablar con ella. ¡Atrás hija de Babilonia!
No te acerques al elegido del Señor. Tu madre ha llenado la tierra con el vino de sus iniquidades y el clamor de sus pecados ha subido hasta los oídos de Dios.
(Todos)… No quiero mirarte. No quiero mirarte porque estás maldita Salomé. Estás maldita. (2001)


FAON
Adiós, adiós, a- dio- s, ¿extrañaré algo? Extrañaré mucho, tu música, tus matemáticas, tu derroche; pero más me dolerá saber que podía estar doce horas seguidas mirándote a los ojos y tú no me mirabas. Cuando más enojado estaba contigo, me mostrabas tus cinco corazones, sonreías y me excitaba. Cuando tarareabas a Beethoven, me levantaba, besaba tu frente; esperaba y sentía cómo sufrías. Sinceramente yo disfrutaba, la boca me sabía a un dulce refresco generado por la espera. De nuevo solos, tu enojada, tus sonidos de poder opacaban mi talento, alterabas mi comportamiento y te trataba mal, te golpeaba con los índices como si fueras la culpable de mis vacíos, tu sólo te burlabas; podía escapar, es cierto, pero no era capaz, en mi mente planeaba una excusa para que no supieran lo nuestro. Tu vestido rojo y negro me excita tanto que te quiero sólo para mí; tu frío rostro pide a gritos un beso o una moneda, una moneda que me puede llevar a conocer el mundo si tengo suerte, pero no; la volvería a compartir contigo y, posiblemente aplazaría el viaje como he aplazado mi vida por estar contigo. Rompo este billete y me despido. No te deseo suerte porque hace mucho que tienes la mía. (2001)



A y B
A.  Cómo es de blanca tu dentadura, parece marfil. (Se acerca, recoge los documentos y da la vuelta para irse).
B.  ….
A.  Sólo los tontos se ríen de eso.
B.  Sólo a los tontos se nos presenta la oportunidad.
A.  Deberías hacer algo; eres como un cáncer urbano, lo único que sabes hacer es daño. Cobarde. Un ser tan ignorante como tú debería salir con bozal.
B.  Pues a ti deberían sacarte con collar para que no tropieces con todo lo que se atraviesa. ¿Qué buscas al caer? ¿Qué un caballero te recoja y se case contigo?
A.  ¡Sólo quería salir! ¿Y tu hija? ¿No es hora de ir por ella?
B.  También es tu hija. Recuerda que debemos compartir igual el tiempo. No voy a ir por ella, es hora de que reacciones y la recojas; ella va a estar allí, en su silla de ruedas brillante, llantas nuevas, rines de lujo y su brazo ortopédico limpio. Ella va a estar esperando, pues no podrá escapar de nosotros.
A.  No quiero ir por ella ni hoy ni nunca, quisiera empezar de cero, como si se fuera la luz en mi cabeza y los archivos se borraran.
B.  (Intenta pegarle, pero se ríe con fuerza) Sí, claro.
A.  (Cae, se levanta; llora, se va; vuelve a caer, se levanta)
B.  ¿Qué es lo que tanto te gusta del suelo? (Sigue burlándose)
A.  ¿Qué es lo que tanto te divierte?
B.  Sabes que esto no me divierte en absoluto, pero así se han establecido las reglas.
A.  (Se para, corre, lo besa, lo acaricia) No vayamos por ella, alguien la recogerá. La lástima es de lo poco que no ha muerto en los seres humanos. Huyamos (lo besa) te amo (lo besa) sólo a ti, sólo a ti.
(B sale corriendo. A sola en el escenario… Vuelve B con la silla de ruedas vacía, riéndose)
Ahora sí podemos irnos. (2002)

jueves, 25 de octubre de 2012

ESPEJISMOS EN LA CIUDAD DE NIEBLA



Por: Carlos Bermeo

Sobre la novela Ciudad de Niebla, su autor, Johann Rodríguez-Bravo (1980- 2006) escribió: "Todo comenzó, al darle vueltas a una oración que encontré en un libro de Milciades Arévalo: No era fácil encontrar a una muchacha en una ciudad de niebla. La literatura se mezcló con la memoria y en el cortocircuito encontré la valentía para admitir que yo vivía en una ciudad fantasma"

La palabra niebla tiene dos acepciones: la científica y la poética. La primera, a pesar de ser exacta, es más bien pobre: los científicos definen la niebla como una nube de agua condensada. La segunda, la de los poetas, es mucho más rica y expresiva. La niebla se asocia con lo desconocido, con lo incierto, con lo fantasmal. En la literatura la niebla es infinita, en ella se disuelven el tiempo y el espacio. En ella, no hay diferenciación entre lo real y lo imaginario, entre lo creado y lo increado. La niebla deja de ser un elemento físico para convertirse en un estado de la razón y del alma. Y es precisamente por este sendero brumoso que Johann Rodríguez-Bravo nos arrastra vertiginosamente con su pluma.

A través de la ficción de Ciudad de Niebla se filtra, se destila poco a poco, Popayán. Alguna vez Johann nos dijo que era la ciudad que más detestaba y que más amaba. La niebla es ambivalencia. Sin nombrar su ciudad natal, el autor nos muestra un lugar colonial con iglesias dispuestas estratégicamente en toda su geografía, como si Dios estuviera jugando ajedrez. En sus páginas aparecen nombres que reconocemos, nombres anclados en nuestra realidad: las canchas de Tulcán, el Barrio Caldas, el Hotel Monasterio, la Torre del reloj, el Morro.


Popayán, inicios del siglo XX


Popayán, Ciudad de Niebla, existe como un lugar fantasmal, congelado. El autor que reseñamos escribió: "Estoy harto de que el tiempo no pase por la atmósfera neblina. Nadie envejece. Nadie cambia. En la esquina sigue estando el mismo sabio de otro tiempo que fue fusilado porque España no necesitaba de hombres inteligentes" Es precisamente en esta ciudad glacial e inamovible, que le tocó vivir a Johann Rodríguez Bravo y a toda su generación la etapa juvenil. En este libro encontramos el choque directo entre varias generaciones: las antiguas, las amarradas en el pasado y las nuevas, las que buscan liberarse de las ataduras seculares para abrirse paso en el mundo de hoy. Popayán sin embargo, aferra a sus criaturas, como un águila a sus polluelos.
Ciudad de Niebla es una novela urbana, que entre otras cosas, rescata del olvido las experiencias generacionales de los jóvenes que en los años noventa trataron de alcanzar la plenitud del placer, a pesar de los obstáculos y traumas que obstruyeron este propósito. El autor norteamericano Thomas Harris afirma que todas las cicatrices sobre la piel, son buenas, porque nos ayudan a recordar que el pasado fue real, porque son un testimonio vivo, hablante, de que cometimos errores y que pagamos un precio por ello. En Ciudad de Niebla aparecen todas nuestras cicatrices generacionales: excesos en los vicios, precocidad y deseos irrefrenables de experimentar cosas nuevas. Se retrata vívidamente la historia de una generación que corrió sobre su destino como un tropel de caballos desbocados, buscando un acantilado o un abismo para saltar. La novela es el retrato de un grupo de náufragos que sobrevivieron al colapso del siglo y del milenio. Para sus protagonistas podemos adoptar una definición que el autor japonés Yukio Mishima dio de sí mismo: "Se nos hizo considerar que la vida era una realidad que podía acabar bruscamente a nuestros veinte años. Jamás llegamos a pensar en la posibilidad de que algo nos aguardara en los años siguientes. La vida nos parecía extrañamente efímera. Era exactamente como si la vida fuese un lago salado del que, de repente, se hubiera evaporado la mayor parte del agua"


En la novela Ciudad de Niebla aparece una suma de personajes con vida propia y motivaciones particulares: Claudia, más conocida como la Camarera, es el Leitmotiv del narrador -que es el mismo Johann convertido en protagonista-. Claudia es una adolescente-colegiala transformada en obsesión. Es una criatura cíclica que aparece y desaparece en el relato. Es una fémina fatal entregada a la voracidad de la carne. Como dirían los renacentistas, un diavolo incarnato. De su nombre todos hablan y murmuran. En torno a ella se agitan tantos rumores como las mariposas que en la obra de García Márquez, perseguían a Mauricio Babilonia.
Cada vez que aparece Claudia en medio de una fiesta, de un paraje o de una calle, con su acompañante de turno, también brota en el fondo, en un segundo plano, Johann convertido en personaje, siempre esperándola, siempre amándola en silencio. En estas escenas muy bien podría encajar un fragmento de La Tierra Baldía de T. S. Eliot :
¿Quién es el tercero que camina siempre a tu lado? Cuando miro hacia el sendero blanco
Siempre hay otro caminando a tu lado
Ese otro, siempre oculto, siempre a la sombra, siempre envuelto en el misterio, es Johann.

Popayán, finales del Siglo XIX

Otros personajes que nos dan idea de la complejidad de este relato son:
Los hermanos Joaquí, armados con bates de béisbol y prestos para el combate como gladiadores romanos. Ruco Varona, cómplice de las andanzas del narrador. El gordo Pipe, del que todos rumoran que se ha ganado la lotería. Los tres poetas: Felipe, Francisco y Carlos, que en la mesa de un bar, discuten al calor de las cervezas, las normas elementales de la estética, mientras alrededor suyo el mudo evoluciona, crece, se destruye y se rehace. David, el eterno David, condenado a una virginidad excesiva, que espera y espera con la paciencia de un santo a una prostituta que ha llamado por teléfono y que tarda en venir en su auxilio, que tarda en llegar para librarlo de la virginidad en la que se encuentra encerrado como en un laberinto. Joaquín y su pandilla de motorizados, que raptan en un segundo, en sus motocicletas, a las mejores muchachas de la ciudad, como si fueran dragones alados. "Inventar los personajes no fue difícil" escribió Johann, "porque ya estaban hechos. Solamente repasé algunas cosas. Por ejemplo: volví al cine y me di cuenta que Vann Damme tenía su doble en Ciudad de Niebla, yo mismo lo había conocido en una fiesta"

Antigua Estación del Tren de Popayán

En Ciudad de Niebla parece que a todos los personajes los acecha la muerte a la vuelta de la esquina. Los protagonistas la llevan clavada como una semilla que va creciendo en el devenir del relato, regada por el licor interminable de botellas de alcohol, de experiencias truncadas, de destinos mutilados por guillotinas. A Claudia la persigue en su obsesión por el placer, a Joaquín en su delirio por las motocicletas, el sexo y el dinero fácil, Jessica vive encerrada en sí misma, tratando de darle sentido a sus días de su soledad fotografiando transeúntes desprevenidos. Una prostituta guarda un puñal en su cartera para defenderse de los embates irracionales del mundo, de su violencia y sus cataclismos.

Y es que de una u otra forma en la literatura el concepto de la Niebla se asocia también con la muerte. Por ahora no vayamos al Londres de Conan Doyle donde Sherlock Holmes perseguía asesinos en medio de la bruma, ni al Ingolstand de Mary Shylley donde en medio de vapores brotaba la leyenda de Frankenstein, ni mucho menos a los castillos de Transilvania, donde Johnatan Harcker iba sellar un trato con un conde que nos producía escalofríos. No, vayamos a un lugar más cercano, más familiar, más conocido y no por ellos menos terrible. Hablo de Comala el pueblo fantasma que Juan Rulfo retrató en Pedro Páramo. Miguel el hijo reconocido del protagonista sale en su caballo, en medio de la noche para encontrarse con una joven que ama, de repente se pierde y regresa buscando el camino:

"Ella me sigue queriendo -me dijo-o Lo que sucede es que yo no pude dar con ella. Se me perdió el pueblo. Había mucha neblina o humo o no sé qué. Fui más allá según mis cálculos, y no encontré nada. Vengo a contártelo a ti, porque tú me comprendes. Si se lo dijera a los demás dirían que estoy loco.
-No. Loco no, Miguel. Debes estar muerto. Acuérdate que te dijeron que ese caballo te iba a matar algún día.
-Sólo brinqué el lienzo de piedra. Sé que lo brinqué y después seguí corriendo; pero, como te digo, no había más que humo y humo y humo
- Vete y descansa en paz, Miguel. Te agradezco que hayas venido a despedirte de mí.
Y cerré la ventana. Antes de que amaneciera un mozo de la Media Luna vino a decir: El niño Miguel ha muerto".

Juan Rulfo
La Niebla, de acuerdo a este pasaje y a la tradición popular, separa el mundo de los vivos y los muertos, la realidad física de lo tangible y el más allá absoluto. Este precepto ideológico tiene raíces inmemoriales, que incluso se permean en otras artes diferentes a la literatura. Los frescos renacentistas que Miguel Ángel pintó en la Capilla Sixtina, por ejemplo el Juicio Final, o los retablos manieristas del Greco como la Alegoría de la Santa Liga, atestiguan este concepto. En ellos Dios y su séquito de ángeles aparecen separados de los hombres por nubes y nubes perpetuas. Popayán, la Ciudad de Niebla, es apenas un punto fronterizo entre la vida y la muerte.

Alegoría de la Santa Liga, El Greco (1577).
 Escribir sobre ciudades, o sobre una ciudad en particular, constituye uno de los mayores desafíos para un literato. Atrapar y encerrar una urbe entre las páginas de un libro del mismo modo que los entomólogos cazan mariposas con su red, requiere por parte del autor maestría, conocimiento y profundidad, elementos que trató de utilizar Johann Rodríguez-Bravo. Alguna vez, el escritor italiano Ítalo Calvino fue convencido por su editor para que escribiera una novela sobre París, ciudad en la que el maestro había vivido gran parte de su vida. Calvino aceptó y se encerró en su apartamento con la idea de redactar una obra parisina. Sin embargo, de sus manos y su mente no fluyó nada. La hoja en blanco quedó suspendida en el rodillo de la máquina de escribir. Pasaron varias semanas. Ítalo Calvino se desconocía, no podía escribir precisamente sobre el tema que más conocía. Recorrió bares, calles, restaurantes y teatros, pero su mente estaba inmersa en una maraña de espinas. Finalmente encontró una solución: irse de allí. Apenas el tren se alejó de la capital francesa, París empezó a brotar por cada uno de sus poros, comenzó a levantarse de entre la bruma, se hacía cada vez más nítida como cuando se mueve el foco de una cámara de fotografía. "Solo pude ver París claramente cuando salí de allí'" le dijo a un reportero de la AFP, " la ciudad me seguía a todas partes y comencé a escribir". Guardando las proporciones, Johann Rodríguez-Bravo, tuvo que abandonar Popayán para poder escribir sobre ella. Lo hizo en sus noches y sus tardes bogotanas, abriendo espacios en su agenda de estudiante de post grado, robándole tiempo a los reportajes y críticas literarias que redactaba para revistas que luego nos enseñaba entusiasmado. Debió encerrarse en su apartamento del cuarto piso hasta romper el alba, para perfilar cada casa, cada rostro, cada voz, cada calle de aquella maqueta de letras bautizada como Ciudad de Niebla. No podía ser de otro modo. Para escribir sobre nuestra ciudad se necesita tener la voz del ausente.

Johann Rodríguez Bravo
Partir de la ciudad natal no es una tarea fácil, como tampoco lo es regresar a ella. El autor hindú Salman Rushdie, hoy condenado a muerte por escribir una novela mediocre, apuntaba en “El Suelo Bajo sus Pies”: "Toda ciudad donde hayamos crecido es un útero gigantesco. Es preciso salir de allí para poder nacer"
Las ciudades, como las personas, se hacen y se deshacen. Existen durante el tiempo que dura un parpadeo y al siguiente ya no están o han cambiado tanto, que se tornan irreconocibles. Si bien este precepto parece válido para la mayoría de las orbes occidentales, no lo es tanto para la Ciudad de Niebla. Recordemos en este punto una magnífica película clásica del cine español : Bienvenido Míster Marshall del director Luis García Berlanga. El filme transcurre en un pueblo perdido de La Mancha, donde se espera ansiosamente la delegación de dignatarios del Plan Marshall norteamericano que cumplirá y redimirá los sueños de cada uno de los habitantes. La aldea se engalana y se viste de fiesta, los padres de familia mandan a confeccionar trajes nuevos. Los funcionarios municipales preparan un recibimiento excepcional con bombos y platillos. Finalmente, en el clímax de la cinta, la caravana de automóviles con los norteamericanos repletos de dólares pasa a toda velocidad por la carretera. Ellos ni siquiera notan que el pueblo existe. Del mismo modo y haciendo un parangón, los habitantes de la Ciudad de Niebla ven que el tiempo corre afuera con una velocidad de vértigo, mientras ellos se encierran en sí mismos, como un caracol en su concha. Johann Rodríguez al respecto escribió: "La ciudad de Niebla sigue allí, como si fuera un pueblito dentro de una esfera de cristal que un niño mueve para que caiga nieve". Popayán es un paraje de casas y puertas cerradas, aislada del mundo. Muy bien cabría la analogía con el poema Cereté de Córdoba de Raúl Gómez Jattin :
"Allí tuve una casa de techumbre pajiza
con agujeros en lo más alto
por donde el viento se colaba trayéndome
noticias del Universo"

Popayán con las calles empedradas. Inicios del Siglo XX.

El autor francés Louis Ferdinand Celine viajó a Nueva York en los años veinte. En su memorable novela “Viaje al fin de la Noche”, mostró las dos caras de la ciudad. La que a su llegada lo impactó, y la otra, la real, la que atestiguó a la de la víspera de su salida. Dice: ''Menuda sorpresa! Por entre la bruma, era tan asombroso lo que descubríamos de pronto, que al principio nos negamos a creerlo... Figuraos que estaba de pie, la ciudad aquella, absolutamente vertical. Nueva York es una ciudad de pie" Esta imagen de imponencia, de sacralidad moderna luego, con el paso de los meses, se derrumba: "En aquella multitud casi nadie hablaba inglés. Se espiaban entre sí como animales desconfiados, apaleados con frecuencia. De su masa subía el olor de las entrepiernas orinadas, como en el hospital. Cuando te hablaban, esquivabas la boca, porque el interior de los pobres huele ya a muerte. Llovía sobre nuestro gentío. Las filas se comprimían bajo los canalones. Se comprime con facilidad a la gente que busca trabajo" En Ciudad de Niebla, también encontramos la cara y el sello de la ciudad, la fascinación y posteriormente el desencanto:

Louis Ferdinand Celine

Al inicio el autor dice: "Háblame oh musa de esa época en que todos murieron para salvarse de quedar vivos; de esos años en los que las alas permitían echarse a volar sobre las casas viejas" Luego, apunta: "A los días decidí marcharme. No aguanté más. Alisté maletas y dije en mi casa que pasaría unas semanas en Bogotá, buscando información sobre universidades, pero, en verdad, lo que quería hacer era borrarme un poco, alejarme de las mismas historias y de los mismos chismes de toda la vida"
Ciudad de Niebla, ciudad laberinto, ciudad brumosa. Su narración es fragmentaria, no existe uno sino muchos hilos conductores, que entretejen al final una sola historia. Es el estilo de Camilo José Cela en “La Colmena” o de Milan Kundera en “La Broma”. No hay uno, sino muchos narradores y cada cual tiene su propia voz. Hay multiplicidad de conciencias donde se diferencia perfectamente cada personaje del otro. En esta novela la protagonista ya no es la ciudad entendida como una alegoría exclusiva a los muros centenarios, a las capillas coloniales, a las fuentes de cantera. La ciudad está compuesta por los jóvenes, las generaciones venideras, las que tratan de romper el espejo en el que se encuentran atrapadas. Aquí valdría la pena traer a colación la exclamación de Salvador Dalí en el Parque Güell de Barcelona: "Estáis elevando torres de carne y hueso vivos al cielo".


Popayán, inicios del Siglo XX

Jorge Luis Borges, quizá el más grandioso autor latinoamericano, escribió un cuento que trata sobre la comunión del alma y los lugares. En él, hay un jerarca que vive obsesionado con la cartografía. Envía expediciones completas de aventureros y sabios para que levanten los planos de su reino. Con el transcurso de los años, sus fieles siervos han terminado la tarea. Son convocados en un monasterio para agrupar los mapas en uno solo. Cuando unen los puntos con tinta sobre el pergamino, descubren que todas las ciudades, provincias y aldeas, forman el rostro del emperador. Del mismo modo, si unimos todos los relatos que componen Ciudad de Niebla, ineluctablemente aparecerá el rostro vivo de Johann Rodríguez-Bravo.

Entrevista a Johann Rodríguez Bravo a propósito de su artículo "La fiesta inconclusa de Héctor Lavoe"


jueves, 18 de octubre de 2012

LA INTELIGENCIA DE LA BELLEZA



Por Mónica Chamorro.

Es fácil enamorarse de la belleza. Los caballeros y todos la preferimos.  En lo particular confieso que no soy capaz de contener un amor repentino por un par de ojos separados con la distancia justa y una nariz que sabe al mismo tiempo elevarse y descender en perfecto equilibrio sobre la boca.  Aunque el propietario de esos ojos haya tenido dificultades en aprender a multiplicar y no sepa distinguir Suecia de Suiza. No me importa, no nos importa, porque la belleza tiene la capacidad de auto contenerse.
Su tiranía nos somete a diario. Aunque su canon varíe, su adoración es una esclavitud de la que nadie quiere huir.  Desde lo más remotos tiempos. Las Venus paleolíticas son las únicas imágenes que nos quedan de los tiempos del hombre de Neandertal, su belleza predominó sobre la fuerza del guerrero más feroz. Nada de esto ha cambiado: Carla Bruni, llegó a ser en su momento políticamente más incorrecta que Sarkosy. Poco importaba si  Bruni  tenía opiniones de izquierda o derecha, si estaba a favor o en contra del uso del velo o de la inmigración ilegal. Le bastaba con permanecer erguida al lado de su conyugue, le bastaba con existir, hierática, en el pleno uso de su belleza y cualquier cosa que Sarkosy se permitiera decir carecía de  importancia.


La belleza tiene sus propias palabras, es elocuente. No es un símbolo, algo que está en el lugar de algo más. Nos habla desde su perfección, es, al mismo tiempo, el objeto representado, la idea mental y su expresión. Por ello jamás está vacía, nunca es banal. Cuando la observamos nos ponemos en contacto con un lenguaje que no está hecho de silabas o de palabras.  Ella ejecuta su melodía, cifra su mensaje en el antiguo código que los griegos identificaban con la música de las esferas, con la virtud y con la justicia.  La belleza es inteligencia, su forma es contenido.
Lo mismo sucede con la obra de arte. Si se tiene el privilegio de abismarse en la contemplación de una obra maestra del arte, nos tropezamos inmediatamente con que la capacidad técnica del artista arrebata por completo el contenido. Ante Miguel Ángel o Velázquez, ante Delacroix o Monet el virtuosismo técnico roza el contenido, lo agrieta, lo disuelve. En ellos la forma se ha convertido en un espejo que niega un acceso ulterior. Porque cuando en el artista la técnica es una segunda naturaleza, una lengua madre por fuera de la cual el pensamiento es inexistente, el contenido coincide con la forma.

Ludwig Wittgenstein, a principios del siglo pasado, indagó acerca del modo en el que la verdad -el sentido del enunciado- no se encuentra en el mundo real, es decir está ausente del objeto referencial. El sentido, el valor de verdad, existe solamente en la norma gramatical. En la sintaxis, en la semántica, en la morfología, aun en la ortografía del enunciado. Existe solamente en la forma. A mi parecer esta ausencia de sentido en el objeto representado -en el contenido-  se puede extender a la obra de arte: ¿Es posible aludir el sentido por fuera del lenguaje? ¿Puede el artista concebir el contenido de una obra por fuera de su propio dominio técnico?  La norma técnica absorbe el contenido de la obra de arte de la misma manera en la que la norma gramatical absorbe el sentido del enunciado.
Las vanguardias de la primera mitad del siglo XX cuyas primeras expresiones surgen en la misma época en la que Wittgenstein, prisionero de los aliados en la Primera Guerra Mundial escribía su Tractatus, postularon la ruptura de la forma clásica del arte. Las artes figurativas abandonaron la figura; la música, la armonía tonal; la poesía, el metro y el ritmo; la literatura, la figura del narrador.  Se buscaba abrir una brecha en la armadura de esa técnica que parecía asfixiar el contenido, se pretendía visualizar la connotación de la obra de arte, desnudar su carne. Fue así como la forma fue fragmentada para dejar al descubierto las vísceras sagradas del arte. Por vez primera sería posible contemplar  el prodigio del contenido sin la constricción de la forma.


Pero con el exacerbarse de esta tendencia, la carne del contenido desnuda de la piel de la forma, se hizo extremadamente débil. Su  fragilidad fue tan aguda que en cierto momento empezó a hacerse transparente. El contenido volatilizado, sin un contenedor, sin un significante suficientemente potente, se convirtió en un no objeto ilegible no solo para las inmensas mayorías sino incluso para el crítico más avezado. La interpretación se volvió tan plural que cualquier cosa podía estar en el lugar de cualquier cosa. Alrededor de este no objeto estaba a punto de oficiarse el colapso total del fenómeno artístico.
De algún modo, aun en la contradicción, el arte post-moderno reclama un retorno de la forma, una revancha de la técnica fruto de la creencia en la no escisión del objeto artístico. No hay significante y significado, connotación y denotación, solo existe una unidad en la que el contenido fluye únicamente si se lleva a cabo el cumplimiento de la gramática de la línea.
Asistamos a la celebración de la inteligencia de la belleza,  resignémonos a su tiranía, del mismo modo en que el artista debe resignarse a la tiranía de la técnica. Sé que quisiéramos poder olvidar la forma, porque se nos ha dicho que la belleza es flor de un día, que es algo corruptible y efímero. Nos gustaría conectarnos con el contenido extremo, con el espíritu que vaga en los resquicios de la estructura externa, de la apariencia.  Pero me temo que contemplar la virtud, la justicia o la sabiduría es imposible.  Debemos contentarnos con lo que nos queda: Con la belleza, que es su reflejo. A ella si la podemos abrazar, acariciar y  poseer. Y en el peor de los casos seguirla deseando, aun de lejos.