miércoles, 12 de septiembre de 2012

Zumbido e intemperie


Por: Juan Carlos Pino Correa

“Cuando uno sale de su casa y se pierde aparece de pronto la intemperie, que está llena de aromas”, escribe el payanés Juan Sebastián Cárdenas en su novela Zumbido, publicada en 2010 por la editorial española 451. Pero esa frase, que está en la página 63, es apenas una ratificación de lo que la novela viene planteando desde el principio: el hombre está condenado a la desolación, a la soledad y al dolor. Y no sólo el hombre sin nombre que inicia un deambular por la ciudad desde el hospital donde su hermana ha muerto, sino todos los hombres, aunque muchos ni siquiera lo perciban así (a veces, mejor no saber, dirían algunos).
Eso es la intemperie: no tener ya nada que proteja de las desesperanzas que acechan por doquier, no saber cómo afrontar esos aromas y esos zumbidos que pueden aparecer en cualquier esquina, en algún rincón, en una habitación conocida o desconocida. El zumbido, en la novela de Cárdenas, es el que surge de una fábrica, de un circo, de un perro que ladra, de unos automóviles que pasan, de una cinta magnetofónica, de una perorata, de la lluvia al caer, de un silencio, de un discurrir de ideas que se atropellan en la mente. Pero fuera de la novela, en la realidad de todos y de cada uno, puede ser cualquier otra cosa. Fugaz o perenne.
Sin embargo, la intemperie no es sólo no tener algo que ahuyente el caos sino no querer ese algo, intentando un acto de libertad que parece una especie de suicidio pero que también puede leerse como entereza para dar un salto mortal hacia el vacío, para iniciar una travesía cuyo fin se desconoce porque lo que importa es la travesía misma. “En la renuncia estaba la tranquilidad. La sola idea de que yo era el último de la familia, de que después de mi no vendría nadie, me reconfortaba”. Esa es la razón para que, en Zumbido, el minuto siguiente, la escena siguiente, el día siguiente, sean absolutamente nebulosos, deleznables. Si es que ese minuto, esa escena y ese día llegan a existir. Y por eso me parece que no es en vano el hecho de que el narrador use en algún momento la palabra ritornelo (como esperanza quizá, o como amuleto: “como esbozo de un centro estable y tranquilo”, a la manera de Deleuze y Guattari) aunque luego no la vuelva a mencionar. Esa es también la magia de esta novela.
Como lector debo decir que sentí hondamente cercana la historia que cuenta Juan Sebastián en su libro. Profundamente latinoamericana aunque no por ello menos universal. Esa cercanía me la construyó el tono de la narración, los escenarios, los giros lingüísticos, las tragedias, la manera de encontrarse y de desencontrarse de los personajes, las búsquedas y los miedos, los olores sugeridos, las canciones, algunos pequeños detalles muy nuestros. Y me la construyó ese zumbido que atraviesa todo el texto como banda sonora. Un largo y elocuente zumbido de ciento treinta y un páginas.

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