martes, 25 de septiembre de 2012

Confesiones de un torero


POR: Johann Rodríguez-Bravo




 A  Toño, esté donde esté.

Podría empezar diciendo que no recuerdo en dónde nací ni quién fue mi madre. De un momento para otro, como si un hechicero hubiera agitado su varita, el mundo se  construyó a mi alrededor y la vida me obsequió experiencias. Tal vez, y esto lo he meditado mucho en estas noches heladas, el recuerdo más antiguo es el de un hombre que me recogió del suelo, me contempló con ternura infinita  y luego volvió a dejarme en la nada de la calle. La vida tendría que ser feliz para que no existiera la literatura, ya sabrán quien dijo eso.

Alguien que vaya a hablar de la calle, debería comenzar explicando lo que es el frío. Los científicos tienen una explicación; para ellos, el frío, como elemento o cualidad de la naturaleza, no existe, sólo hablan de poca transferencia de energía o de disminución de la temperatura. Yo no puedo saber si estoy de acuerdo, todo esto lo aprendí y lo repito (estas reflexiones fueron hechas por un  hombre que ya tendrá un lugar en esta historia).  De todas formas, el frío es un monstruo. El frío es encontrar que la noche es inmortal y que la tierra es una estúpida tierra muerta. El frío es un enemigo: primero se ve venir, se huele, se presiente; luego, la emboscada y, entonces, un contacto con la muerte. Los que vivimos en las calles  no tenemos tiempo para pensar en el amor, en la belleza de una noche con estrellas, en lo maravilloso de una luna enrojecida: esas son contemplaciones de seres libres, no mías, yo soy un esclavo de la naturaleza y ella me ha trazado un destino que, aunque distinto,  me permite apaciguar esta vida de perro.

Cuando el primer hombre me dejó sobre el suelo sucio y frío, se llevó la ternura infinita para siempre. El recuerdo, que se desvanece con facilidad, hace de mis palabras unas costras que se derraman de mis labios como dientes viejos; es mi forma de llorar.

Aprender a caminar vino grabado en mis huesos, pero conocer el destino de mis pasos fue algo que tuve que inventarme. Las  avenidas son mares gigantes llenos de alimañas dispuestas a acabar con la vida de cualquiera; no recuerdo haber cruzado alguna calle  con tranquilidad, nunca he perdido el temor a ser triturado por las ruedas de algún carro. La única compañera de mis aventuras fue violentamente desaparecida por un autobús que no respetó los dos meses en los que habíamos construido una complicidad. El frío y el abismo que hay de un andén a otro no son los únicos peligros, aún hay un infierno por describir, el infierno que es el hambre.

(Entretejer elementos en una autobiografía a veces resulta una labor incompleta, hago el esfuerzo por comentar aspectos relevantes y entonces me salta a la memoria un pensamiento trivial. Dejaré que sea la literatura, entonces,  la que se encargue de articular, con lógica, una vida que va de principio a fin. El afán por conseguir un camino coherente, le resta en colorido a la improvisación)

Decía algo sobre el hambre, que eso se quede así como lo dije. No quiero seguir hablando como un enfermo terminal que espera ser enterrado para conseguir la felicidad, de eso no se trata esta película. De joven, alguna vez pensé en terminar con mis días, era muy fácil para mí y la tranquilidad del universo no se alteraría por la muerte de un don nadie como yo. Inventaba historias antes de poder hacerlo: en una, por ejemplo,  tenía que  buscarme la forma de llegar al Sur, conseguir algunos amigos de la calle, compartir unos cuantos desperdicios y una noche, cuando todos albergaran en la resignación del sueño, escapar a la velocidad del pensamiento y sin detenerme buscar ese barranco que los indígenas veneraron como a un dios y saltar con los ojos abiertos esperando a que el abismo me tragara con sus fauces. Pensaba que tal vez uno de mis amigos despertaría y tras el olor que delataba mi ausencia emprendería una campaña en mi búsqueda. Luego, cuando todos hubieran llegado al último lugar del suelo, al límite entre la vida y la nada, darían la vuelta sin derramar una lágrima pero sin olvidarme jamás. En el fondo quería dejar de sufrir por una vida sin futuro, por una constante lucha por sobrevivir a cada instante, aunque sentía un hondo vacío por vivir como si nunca hubiera existido. Alguien dijo – comentaba el hombre de las reflexiones – que uno muere cuando muere el último ser que lo recuerda; y por eso inventaba un cuento en el que conseguía amigos antes de mi muerte, amigos que ensanchaban mi existencia sin comprometer mi calma. Pero no pude suicidarme, ni siquiera en las historias; antes de imaginarme desmembrado de la caída en el salto o volcado en el suelo por los retortijones que produce algún trozo de carne descompuesta cambiaba de pensamiento.

Con el paso del tiempo aprendí que en la calle sólo se vive al día. El vaivén de los hechos obligan a estar alerta a una muerte cualquiera; un borracho ciego, una alcantarilla sin tapar, un auto o acaso un animal callejero. Dos veces he estado a poco de morir. En una ocasión, mientras hurgaba un basurero con el ánimo de encontrar algo para ilusionar al estómago, un señor,  de esos que la mala suerte ubica justo ahí, la emprendió a tiros contra mí. Me faltaron fuerzas para huir más deprisa; por fortuna, sólo conseguí un rayón que me quemó la oreja. Aunque estas historias no las había previsto en mi fecunda labor de inventador de cuentos, la verdad,  estuvieron por encima de cualquier intento de ficción. Una cosa fue imaginarme que me lanzaba contra las llantas furibundas de un camión; y otra, sentir de verdad que las balas golpeaban el pavimento buscando partirme el pellejo. La segunda vez en que vi a la muerte acercándose a mi periferia fue en lucha cuerpo a cuerpo por defender lo poco de honra que he tenido siempre. En este insondable mundo de la intemperie, los avatares no se pueden predecir. Cortejaba a una de esas que prestan el calor del cuerpo y, de repente, junto a mí, se detuvo un fiera que me doblaba en tamaño, miró la escena y en su hocico  parecían dibujarse unas palabras “que mal lo haces niño”. No sé en qué momento se abalanzó con todo  para poseerme. Fue una riña de muerte, una herida aquí una herida allá y los pocos curiosos no daban muestras de querer comprometerse. Cuando el monstruo me tenía doblegado,  un anónimo lanzó una piedra queriendo dispersar la barahúnda  y me golpeó la cabeza tan fuerte que permanecí con los ojos enturbiados y sin reconocer lo que estaba pasando por unos cuantos segundos. El instinto de conservación me tiró a correr hasta una guarida improvisada  en un rincón perdido de la plaza de mercado. Cada uno tiene la potestad de medir la intensidad de los peligros que lo asechan; a veces, cuando alrededor de algún rescoldo, los comunes de esta raza de parias nos reunimos a charlar para amenizar el absurdo,  yo narro esas dos experiencias que han marcado mi vida y muchos se echan a reír como si fueran tonterías.

No crean que si hablo con propiedad de mi pasado es porque soy un viejo curtido por la vida, no, tan sólo soy un vagabundo que decide a hablar para perder el miedo. Con mis años, recordar es tenderse a contemplar el rostro sin otro espejo que las propias manos; alguien decía que  sólo se puede vivir porque se olvida, pero yo sólo puedo hablar porque recuerdo. Recordar es morirse de a poquitos.

La misma varita mágica que me inventó el mundo, me entregó a la juventud. Las calles se me hicieron más pequeñas y aunque en dos saltos podía cruzar cualquier montón de carros, no dejé de temblar por lo de siempre. Tuve novias por un día, peleas por un trozo de pan, amigos que de una noche a otra aparecían fríos y con los ojos blanquecinos, y, sobre todo, un hermano. Él recogía cartón y escribía poemas que luego cantaba para nadie. Tendría 70 años – supongo –  pero la calle le había dado el vigor de un joven como yo en ese entonces. La barba se le desprendía del mentón como la melena de un árbol centenario y sus ojos tenían la mirada de un hombre cansado. Lo conocí porque me ofreció comida y en la calle la comida es la tranquilidad. Me acarició la cabeza y me dijo: “qué tal mi hermano”. Desde ese día, lo acompañé a todas partes. Por momentos parecía ignorar mi presencia y caminaba en un silencio absoluto, pero no perdía ocasión para citarme algún aforismo de acuerdo con la coyuntura: “el eslabón perdido entre el simio y el humano es el hombre”, me dijo una noche después de ver como un caballero golpeaba con elegancia a su mujer, “eso lo dijo un hombre que pensó mucho en los animales” apuntó después. Escucharlo era una epifanía. Entonces agregó “No estoy de acuerdo. Creo que los humanos somos otra especie más irracional, no un salto-pa-tras de la  evolución”. De repente pasaba una mujer bonita y recordaba palabras de griegos sobre la belleza o algún comentario ingenioso  de otro como él. Siempre me llamó mi-hermano y yo nunca supe su nombre. Pasamos juntos unos meses hasta que desapareció sin dejar huella, sin dejar un olor que perseguir. Yo creo que murió como ese hombre del que tanto hablaba con alevosía: elevándose al cielo en cuerpo y alma.

El viejo de las reflexiones se fue y con él mi juventud. La vejez en los nosotros es distinta. Los huesos se cansan, las pelotas rodando en una calle sólo son eso, pelotas rodando en una calle, pero ¡vaya! los niños quieren que uno corra como un rayo. Ladrar se vuelve un motivo de preocupación y es más fácil vigilar en duermevela. Los perros viejos somos como gatos: solitarios, callados y distantes. Las personas parecen ignorar que los perros también nos cansamos con el tiempo; no hay peor vejez que la que exige ser cachorro. Hablo a favor de mi especie en general, los perros vagabundos tenemos otro dilema con la vida. Ser cachorros es una cuestión de supervivencia.

Poco a poco voy recorriendo la geografía de mi memoria. Todo lo que cuento es una excusa para hablar de la felicidad. Una noche de llovizna, el viejo poeta comenzó a cantarle al cielo y después de un mutismo de muerto con el que terminó sus versos  me dijo como descubriendo que yo sí le entendía, “si existe un deseo, existe el lugar donde se puede realizar. Nada es fantasía, todo es una premonición”. Ahora lo creo, el cielo que me he dibujado antes de dormir es una verdad irrefutable, tiene que serlo.

Me alegra pensar que en algún lugar del mundo hay un edén para perros: extensos pastizales donde los pequeños corran  a sus anchas, donde lluevan huesos y de los árboles mane leche con sólo pegar la lengua de su tronco. Desde hace mucho tiempo, desde que el viejo murió, busco el mapa en mi cabeza. Hoy, con esta pierna ensarnada, camino por las calles y ya no siento frío; le arrebaté una esperanza a la naturaleza.

La vida de un perro depende de un cariño ajeno. La vida de un perro de la calle ni siquiera pasará a la historia. La vida es sufrir, morir y volver a sufrir con el olvido, pero no para mí que he encontrado que sí existe el  paraíso.

(Bogotá, Mayo 6 de 2003) 

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