martes, 28 de agosto de 2012

RECUERDOS DE UN MAGNICIDIO LITERARIO




Por Carlos Bermeo


El profesor Moriarty lo atenazó con sus brazos, se acercó al abismo y saltó, arrastrando consigo al detective más famoso de todos los tiempos. Así murió Sherlock Holmes, en las cataratas de Reichenbach, Suiza.

Arthur Conan Doyle, creador del personaje más célebre de las novelas de aventuras, puso punto final al cuento “El último caso” y lo envió a su editor. Jamás sospechó que en un par de semanas recibiría millares de cartas, enviadas desde los rincones más dispares de Inglaterra y Europa, firmadas por numerosos lectores enojados con el autor. Se había cometido un magnicidio, en este caso, literario. Sherlock Holmes no debía ni podía morir, aunque así se le antojara al inventor de sus novelas. A la casa de Arthur Conan Doyle y a las oficinas del Strand Magazine, llegaron incluso misivas amenazantes donde se constreñía a resucitar al detective so pena de actos violentos contra el autor y la casa editorial.

Arthur Conan Doyle se negó a las peticiones. El personaje había muerto. No había nada más que agregar.
 




EL NACIMIENTO DE UN MITO

Sherlock Holmes apareció por primera vez en la novela “Estudio en escarlata” publicada en 1887 y desde entonces, cautivó al público. El detective privado, vestido con frac a cuadros y gorra, cargando una pipa en la boca y una lupa en la mano, empezó a perseguir a los criminales más perversos del mundo literario. En este libro también aparece su eterno ayudante y confidente, el doctor Watson. Los dos personajes se encuentran por primera vez en el laboratorio de química del Hospital San Bartolomé de Londres. Sherlock mira de arriba a abajo a su futuro acompañante y le dice “Por lo que veo, a estado usted en Afganistán”. Luego, explica las pistas que lo llevaron a tal razonamiento, mientras su interlocutor enmudece. Dicha frase, célebre en el mundo literario, está grabada en una placa de bronce que aún hoy reposa en las paredes del laboratorio de patología del hospital londinense.

De Sherlock Holmes se sabe lo suficiente para imaginarlo : es delgado, alto, lleva el cabello peinado hacia atrás, gusta del tabaco y de la cocaína, toca como nadie el violín, se relaja con la música clásica, tiene los nervios de acero cuando persigue a un criminal y una mente fría y aguda que le permite descubrir a los protagonistas de cualquier crimen.

El doctor Watson, su acompañante, es gordo, luce bigote, cabello escaso y tiene una capacidad innata para escribir. No en vano los críticos y estudiosos de Sherlock Holmes ven en su compañero la viva estampa de Arthur Conan Doyle, el autor, quien gozaba de unas características físicas idénticas.
 



Luego vinieron otras novelas y relatos de suspenso: El signo de los cuatro, las aventuras de Sherlock Holmes, Memorias íntimas de Sherlock Holmes, El perro de Baskerville, etc. En cada libro, en cada cuento, el personaje va adquiriendo un carácter sólido, estructurado, fuerte, que supera incluso al de su autor. Ese fue el móvil de su crimen. Arthur Conan Doyle sintió que su creación favorita le estaba robando todas sus fuerzas y todo su tiempo. Su cerebro y sus manos solo servían para hablar del detective. Entonces lo mató.
 


AL DETECTIVE SÍ LE ESCRIBEN

Si seguimos las descripciones literarias, la residencia de Sherlock Holmes era harto conocida. Vivía en el número 221 B de la calle Baker Street, en Londres, a finales de siglo XIX. Que un personaje literario habite una casa o atienda una oficina no tiene nada de raro. Lo raro es que reciba cartas de lectores de carne y hueso, dirigidas al detective, con la dirección postal, como si el destinatario fuera alguien verdadero. En la única entrevista que Conan Doyle concedió ante una cámara de cine -para la Fox Film Corporation- afirmó: “Recibo cartas dirigidas a él (…) Incluso recibo cartas de señoritas que quisieran trabajar como su criada

Lo cómico es que aún en nuestra época, siga llegando correspondencia a la citada dirección, felicitando -en la mayoría de los casos- al investigador por sus magníficas labores. En la vida real, en esa calle está ubicada la empresa privada  Abbey National. Sus empleados al recibir tan extraño correo, en lugar de arrojarlo a la basura, han optado por publicar varios libros, entre ellos “Las cartas a Sherlock Holmes”, editado por Penguin Books en 1985.



Sir Arhtur Conan Doyle



LA RESURRECCIÓN

En 1903, a diez años de su muerte, Sherlock Holmes por fin resucitó. Arthur Conan Doyle no soportó la presión del público, de sus editores y de su familia. Publicó un relato titulado “La casa vacía”, donde se explicaba que el detective no había muerto en brazos del profesor Moriarty en las cascadas de Reichenbach, en Suiza. Había logrado, mediante una maniobra perfecta de artes marciales, soltarse de su verdugo y huir, mientras el asesino caía al abismo. Había vagado a lo largo de varios años en la India y en Afganistán. Finalmente regresaba a Londres, para saldar cuentas con sus enemigos.

El público aplaudió el regreso del detective. Sus obras se dispararon en ventas y el autor gozó de mayor popularidad. Recibió de la corona inglesa su mayor distinción: el título de “Sir”, destacando sus labores literarias en el contexto de la guerra anglo-boer. Conan Doyle publico tres libros de relatos sobre el investigador privado: Reaparece Sherlock Holmes, Su último saludo en el escenario y Los archivos de Sherlock Holmes.

Como era de esperarse, Sherlock Holmes saltó de la literatura al teatro. Numerosas compañías itinerantes decidieron recrear las aventuras del detective y exhibirlas en las tablas, ante un público ansioso de suspenso. Con la llegada del cine, nuestro personaje también incursionó en las pantallas gigantescas y luego, en la televisión. Entre las películas filmadas goza de mayor popularidad la realizada por Karl Lamac, en 1937, titulada “El perro de Baskerville”. Vale la pena mencionar, que al término de la Segunda Guerra Mundial, una copia de esta película apareció entre los objetos personales de Hitler, el dictador alemán.
 



En el siglo XXI, se filmaron dos películas sobre Sherlock Holmes, dirigidas por Guy Ritchie y protagonizadas por Robert Downey Jr. Estos filmes –que cuentan con un alto nivel de tensión en materia de suspenso, impecables puestas en escena y actuaciones de primera línea- poco o nada tienen que ver con el personaje de Doyle, a quien se presenta sucio, degradado, loco e irrespetado por una sociedad que desconoce su trabajo. De una u otra forma, también estos filmes asesinan al personaje literario, a quien se muestra, en algunas escenas, como un payaso que produce risa e hilaridad en el público.

LA SEGUNDA MUERTE

1927 fue el año de la desaparición definitiva de Sherlock Holmes. Su autor, cansado del personaje, decidió enviarlo al olvido. En su último libro advierte a sus lectores :  Mucho me temo que el señor Sherlock Holmes vaya a correr la suerte de cualquiera de esos tenores populares, los cuales, después de haber triunfado durante la temporada que les competía en la vida, experimentan todavía las tentaciones de despedirse repetidamente de sus indulgentes públicos. Esto tiene que terminar y el personaje debe seguir el destino de todos los seres humanos, lo mismo reales que imaginarios. Me he propuesto decididamente acabar con Holmes porque creo que mis energías literarias no deben estar orientadas en esa dirección. Aquella figura pálida, de nobles rasgos y de ágiles miembros está monopolizando la actividad de mi imaginación”.
 



Sir Arthur Conan Doyle creía que el detective había eclipsado toda su obra literaria, echando por debajo más de sesenta libros que había escrito sobre temas históricos, psicológicos, poéticos y dramáticos que poseían una mayor profundidad intelectual. Sherlock Holmes debía morir. No había otra salida. No había otra solución. Sin duda, éste hubiera sido el momento ideal para que nuestro investigador pronunciara aquellas palabras eternas que nunca dijo y por las que injustamente, se le recuerda en el imaginario popular:

Elemental, mi querido Watson.

 

La única entrevista en vídeo de Arthur Conan Doyle. En ella, habla sobre Sherlock Holmes y sobre el espiritismo.

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