martes, 14 de agosto de 2012

Historia de un deicidio


Por: Rubén Varona.

Recuerdo la primera vez que hablé con un escritor que gozaba de cierto prestigio. Se trataba de Rafael Humberto Moreno-Durán, autor poco conocido por fuera de Colombia, y tristemente olvidado en este país, pues murió en el 2005 y nada que encontramos la cura para la peste del insomnio. Lo cierto es que R.H., como firmaba sus libros, tenía una de las columnas de opinión más influyentes del periódico que yo leía entonces, y había escrito la trilogía Fémina Suite, por muchos considerada una de las cinco novelas colombianas más importantes del siglo XX. Traigo esta historia a colación porque aquella noche mientras cenaba con R.H., gracias a la invitación que me hizo el poeta y amigo Felipe García Quintero, corroboré dos premisas que ya había escuchado antes:
       1) Los escritores hablan más de la cuenta, especialmente si son novelistas, por ello se les debe creer un tercio de la mitad de lo que dicen. Según dijo, R.H. leyó por primera vez El Quijote a los 11 años, y todos los diciembres lo releía sin dejar de sorprenderse. Hasta el año de su muerte tuvo que leerlo 49 veces.
       2) Los buenos escritores son excelentes lectores. Leen y releen lo que les interesa, lo aprenden de memoria.

R.H. Moreno-Durán
       
No me referiré al primer punto, al considerarlo una perogrullada, pero sí al segundo de ellos. Acabo de leer el ensayo titulado: García Márquez: historia de un deicidio, la tesis doctoral de Mario Vargas Llosa (1971). Lo cierto es que, a pesar del  notable conocimiento sobre la cultura Caribeña, la historia y la geografía colombiana, no me sorprendió el concienzudo análisis realizado por el peruano a la obra de Gabo. Tampoco me impresionó su lucidez al establecer un magistral diálogo entre los cuentos y las novelas del autor en cuestión, mucho menos las relaciones en el nivel metaliterario que encontró entre las ficciones garcíamarquianas y otras de diferentes autores: ¡Era lo menos que podía esperar de un premio Nobel en gestación!
       Lo que en verdad me atrapó de este largo ensayo (610 páginas), fueron las reflexiones del lector-escritor respecto del oficio de García Márquez. Me explico, el texto se vuelve fundacional en el momento en que Vargas Llosa disecciona con el bisturí del novelista, no sólo del crítico, la obra objeto de estudio, especialmente Cien Años de Soledad, y con la maestría de un hacker, viola los códigos de seguridad de su entonces entrañable amigo. Pone en evidencia subjetividades tales como la intencionalidad del autor para escribir un capítulo de determinada manera, el andamiaje de pre-supuestos sobre el cual Gabo edificó aquellas ficciones, la caja de herramientas que empleó para lograr tal o cual efecto (voz narrativa, tono, timbre, punto de vista, la distancia frente a lo narrado, etc.)

García Márquez, Vargas Llosa, familia y amigos.
    
Sin pretender descalificar ningún oficio, imagino que un panadero puede hacer los mejores pasteles del barrio y, sin embargo, ser diabético y no poder disfrutar de ellos, ni de los de la competencia; circunstancia que en nada altera el desempeño en su oficio. Sin embargo, una buena obra literaria no podría alcanzar su “punto de nieve”, sin las babas del autor y el ritmo en el batido dado por las obras que lo antecedieron y posibilitaron su existencia: sólo a partir de ellas es posible re-inventarse a sí mismos, y configurar su Arte Poética. Por supuesto que hablo de Vargas Llosa, en Historia de un deicidio, y de R.H. Moreno-Durán, quien en aquella cena en Popayán, se pavoneaba de ser el mejor lector de El Quijote; sí, de Nuestro Señor Don Quijote de la Mancha, que sin carne ni hueso, hoy 14 de agosto de 2012, sigue más vivo que cualquiera de nosotros y suele consumir sus tardes y sus córneas pegado a un Ipad de última generación.


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