martes, 21 de agosto de 2012

CANTA ¡OH MUSA! LA COLERA DEL PELIDA AQUILES


Por: Mónica Chamorro.

Yo tengo pésima ortografía. Realmente tengo eso que las maestras de escuela suelen llamar “horrografía” . De nada me han servido los muchos años de intentos infructuosos para corregirla: fichas y memo-fichas, planas de repetición y años de lectura, estudios en universidades varias, incluso me hice un examen con un experto que me declaró disléxica. Todo ha sido inútil. Mi ortografía continua a ser la misma horrografia  que descubrí tener el día en el que tuve que escribir mi primer ensayo de verdad.
Era el año de 1992, se celebraban los cuatrocientos años del descubrimiento de América, el ensayo que yo quería escribir era para un concurso que tenía como premio un viaje en barco entre España y la antigua Española, en compañía de otros noventa y nueve estudiantes pioneros en las excelencias de la gramática. Esa tarde en mi casa, mientras en la cocina mi abuelita me preparaba un jugo de guayaba y yo me sentaba en mi escritorio con un bolígrafo en un mano y una bella hoja de papel en la otra, me di cuenta de que mis esperanzas de ganarme un pasaje en el barco que se llamaba Guananí o Guantánamo, naufragaban más rápido que el Titanic porque no sabía si se escribía a través,  através o atravez, o si lo correcto era estube o estuve y si concejo con c era lo mismo que consejo con s.
No sé si los jurados leyeron o no mi ensayo que era un intento de Egiptología y se titulaba algo así como Nefertiti en el valle de los reyes o si simplemente lo descartaron cuando se dieron cuenta de que había escrito Egipto con j y alrededor con doble rr.  Lo que si sé es que a partir de ese momento entendí que para mí el escribir habría de ser siempre una doble fatiga que requeriría de una constante corrección y  aunque la llegada de Word mejoró en mucho la situación, no he dejado nunca de sentirme presa del terror cada vez que tengo que escribir cualquier cosa sin un diccionario a mano.
Sin embargo en estos duros años de vergüenzas y sonrojos, porque tener mala ortografía es algo así como andar por la calle con los dientes sucios, pude darme cuenta de que este calvario no era solamente mío. Una década después, cuando empecé a trabajar en el Instituto Cervantes de Roma como profesora de Español, entendí con alivio que no estaba sola, abrazada a mi círculo infernal de errores ortográficos. Tenía buena compañía entre mis colegas peruanos, venezolanos, guatemaltecos, mexicanos y chilenos. Descubrí que en realidad pertenecía a una nutrida hermandad latinoamericana que había asistido al colegio y a la universidad, que incluso hablaba otras lenguas extranjeras y que sin embargo, en mayor o en menor medida, tenían problemas ortográficos. Lo curioso es que los profesores españoles eran otro cuento, ellos no sufrían del mismo mal y casi todos hacían gala  de una excelente ortografía.
Esta sensación de comunidad horrográfica se acentuó cuando pude constatar en internet que el problema era de verdad, masivo. Basta entrar  en cualquier página en la que esté permitido escribir la propia opinión para tropezarse inmediatamente con frases horrorosamente escritas: “no se bendan”, “guarden rezpeto ijueputas”, “tengan educasion”. (Estos ejemplos los tomé de una de las páginas de MSN Latinoamérica, que suele publicar noticias de política internacional mezcladas con novedades de J.Lo y Paris Hilton).

Si uno se pregunta el porqué de este fenómeno extendido, la respuesta que surge espontáneamente está relacionada con la mala calidad del sistema escolar que enseña a leer y a escribir. Pero esta explicación, en lo personal, me ha parecido siempre defectuosa y demasiado simple. No creo, por razones numéricas, que algo que sucede en todo un continente pueda explicarse de este modo. Pienso que es lógicamente imposible que la mayor parte del universo de profesores y escuelas de América Latina participen en una gran conspiración ortográfica. La repetición tan frecuente de un error es estadísticamente poco probable.
En mi opinión la explicación debe buscarse en otra dirección. Me parece que esta carencia ortográfica puede tener una índole más compleja, con menos posibilidades de solución pero también mucho más entrañable. A mi entender se relaciona con algo que podría denominarse como un estadio homérico de nuestra lengua.









El lenguaje hablado le costó a la humanidad varios millones de años de evolución y, otros tantos, le costó transformar ese tejido oral en lenguaje escrito. El lograr que ese lenguaje escrito se adhiriera como una segundo piel a los objetos del mundo  significó a su vez varios milenios de evolución de cada lengua y de su respectivo sistema de registro escrito. En Europa por ejemplo, este proceso es un hecho cumplido. Allí, al menos desde la antigua Grecia, los pensamientos se confían a la amistad del pergamino y del papel.
Para nosotros las cosas han sido diferentes. Cuando España llegó a América ninguna de las grandes civilizaciones locales tenía un sistema de escritura.  Había calendarios y calculadoras, sistemas de irrigación y ciudades flotantes, pero ningún asomo de lengua escrita. En este terreno, originalmente iletrado, se extendió el alfabeto latino y la lengua castellana. Por ello nuestra relación con la palabra escrita es epidérmica, sutil. No ha permeado aun el fondo de nuestros pensamientos.
Este conflicto con la lengua escrita empeora con el hecho de que para bien o para mal en América Latina manipulamos la realidad con una lengua extranjera. Las palabras del castellano son foráneas, no nacieron aquí, los segmentos de significado que unidos forman el léxico de una lengua no llenan todos los espacios de significación. Hay vacios, discontinuidades, espacios mudos que yacen en el fondo de lo que sentimos y somos. Cosas que aun no tienen nombre.
Estamos en vías de apropiarnos de la escritura. La palabra escrita no deja de parecernos un artefacto complicado que tiene varias llaves de más. Que no deja de incomodarnos, de dejarnos cicatriz. Otra cosa muy distinta es hablar, soltar el aire que tenemos dentro de los pulmones y hacerlo rodar sobre la carne de la lengua que no es koynè, lenguaje soberano e unificado, sino palabra intima, no común.  
En América Latina el lenguaje vive una etapa precoz (prefiero hablar de precocidad que tiene que ver con lo que sucede portentosamente, antes de tiempo y no hablar en cambio de embrionario, que tiene que ver con lo fetal y lo incompleto). Nuestra lengua es precoz porque estamos viviendo la etapa  oral y mítica que el Griego vivió en tiempos de Homero. Nuestro castellano no sirve solamente para nombrar, sino que está buscando crear un mundo, tal como sucede en la Ilíada. En sus hexámetros los eventos y los personajes son evocados con tanta potencia y frescura que es como si dios acabara de soplar sobre ellos para darles vida. El lenguaje en Latinoamérica se encuentra en el proceso de fabricación de un nuevo espectro de significados que rehúsa encasillarse en el armazón de la codificación escrita. 
No sé si esta sea la justificación mejor para mi propia ineptitud ortográfica y la de tantos latinoamericanos que horrorizamos el mundo de los bien escribientes. Lo cierto es que es una explicación altamente romántica. Y como buena latinoamericana, además de tener una pésima ortografía, me gusta todo lo romántico,  mejor aun si es hiperbólico o incluso exagerado, como ese tango, ese bolero o ese corrido que dice:  Canta ¡Oh musa! la cólera del pelida Aquiles…

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