martes, 7 de agosto de 2012

Cacaíto


Por: Juan Sebastián Cárdenas.

Hasta hace no mucho se pensaba que los loros parlanchines no eran capaces de comprender lo que decían. La ciencia los concebía como simples máquinas reproductoras de pequeñas fórmulas con una misteriosa predilección por los insultos. Es más, parte del efecto humorístico que provocaban sus frases soeces radicaba en el hecho de que los loros no fueran conscientes del sentido de las mismas. Por alguna razón nos resulta cómica esa desconexión entre los mensajes y su significado. Durante los años más oscuros de la violencia bipartidista, el abuelo Arturo Cárdenas solía pedirle a mi padre, entonces un niño de cinco años, que entrara a los bares de los conservadores y gritara vivas al partido Liberal. El abuelo pretendía usar a su hijo como un loro. 

Como se sabe, todas estas ideas se tambalearon con la aparición de Álex, el animal que maravilló a los científicos durante más de dos décadas gracias a sus impresionantes habilidades lingüísticas y matemáticas. Numerosas pruebas demostraron que Álex, un loro gris africano, podía reconocer cincuenta objetos diferentes, contar hasta seis, identificar siete colores y cinco formas, y lo que es mejor, era capaz de aplicar conceptos como “más grande”, “más pequeño”, “igual” o “diferente”. Su vocabulario llegaba a las 150 palabras, distinguía varios materiales y, según se nos informa en www.alexfoundation.org, el loro había desarrollado por sí solo un concepto similar al del número cero, podía inferir la conexión entre numerales escritos, series de objetos, así como la vocalización de los números. Su extraña muerte, ocurrida en 2007, sólo ha contribuido a agrandar la leyenda y ha dado lugar a toda clase de especulaciones. Para los aficionados a las teorías conspiratorias, la inteligencia de Álex resultaba sencillamente insultante. Sabía demasiado.  

Pero la lista de loros geniales no es corta. Cabe mencionar también al memorioso Prudle, que durante años ostentó el record Guinness del vocabulario más extenso para un loro, con 800 palabras. O qué decir de su sucesor en el record, el flemático N'kisi, famoso por su magistral uso de la lengua inglesa y por haber dado muestras de poseer un críptico sentido del humor. 




Durante un tiempo salí con una veterinaria que tenía un albergue para animales abandonados. El lugar estaba situado en una carretera comarcal, a las afueras de Madrid. La primera vez que estuve allí me sorprendió ver que había una formidable colección de bichos exóticos. Mi amiga me explicó que la gente caprichosa compra animales procedentes de países tropicales y, cuando se aburre de ellos, los tira a la calle como quien se deshace de una cosa vieja. 

Todos los fines de semana yo iba a echar una mano en las labores de mantenimiento del albergue, que consistían básicamente en limpiar las jaulas y dar de comer a los animales.

Mi amiga era una persona reservada y valoraba el silencio, así que muchos de mis recuerdos de aquellos días son estampitas beatíficas atravesadas de vez en cuando por horribles gruñidos, aullidos o chillidos salvajes.

Un día llevaron a un loro. Lo habían encontrado en un descampado, medio muerto bajo un montón de chatarra. Gracias al esmero con que mi amiga se dedicó a cuidarlo, el animal fue recuperando su esplendor. Unas pocas semanas después descubrimos que era, en efecto, muy bonito, con sus plumitas verdeazules, el pico amarillo y los ojos oscuros rodeados por un diminuto salvavidas blanco con pintas rojas. Con todo, el animal parecía incapaz de superar el trauma del abandono: comía poco, se mostraba siempre circunspecto y dormía con los ojos abiertos en un rincón de la habitación de mi amiga, a quien retribuyó sus cuidados con una celosa vigilancia. Si alguien, incluido yo, intentaba acercarse a ella en presencia del loro, éste profería un lastimero chillido. 
Uno de esos días, mientras limpiaba las jaulas, escuché una voz.
− Ey, tú.
Levanté la cabeza y vi al loro aferrado a un palo que sobresalía del techo de zinc.
− Ey, tú, sudaca.
Me quedé atónito, claro. Pese a todo, sonreí.
− Sudaca de mierda− continuó. – ¿Por qué no te largas, compadre?
Noté entonces que tenía un fuerte acento peruano.
− ¿Perdón?− contesté.
− Ya, pues, patita, deja de hacerte el gringo. Mejor te vas, ¿no? 
Intenté pensar en un insulto a la medida, pero en ese momento estaba demasiado apabullado por la arrogancia del loro.  A menudo me sucede que los mejores insultos se me ocurren demasiado tarde, mucho después de la confrontación en la que habrían resultado oportunos, de modo que volví a poner mi sonrisa de tonto.
− Vete a tu país que aquí estamos hartos de mantener a tanto negro.
− ¿Y tú dónde aprendiste a hablar así? – le pregunté, no del todo convencido de que debía sentirme indignado.
− En el rancho de tu vieja, negro.
En ese momento apareció mi amiga y el loro cerró el pico al instante. Luego caminó de un lado a otro del palo, contoneándose con coquetería y emitió uno de sus lastimeros chillidos. Mi amiga dijo que se le partía el alma cada vez que lo escuchaba hacer eso. 




Cuando yo era niño, en mi pequeña ciudad natal se le enseñaba a hablar a los loros dándoles a beber un jarabe de color verde oscuro que vendían en botellas recicladas de aguardiente caucano. El jarabe se conseguía por unos pocos pesos en los puestos de las yerbateras de la galería de La Esmeralda, donde también se vendían muy bien los azabaches que se amarraban a la muñeca de los bebés para evitar el mal de ojo.

La persona encargada de instruir al animal rellenaba una tapita con el jarabe y, a medida que el loro iba bebiendo, el maestro pronunciaba las palabras que aquel tendría que memorizar y repetir.

En casa de mi vecino había un loro y a mí me gustaba asistir a las clases que le daba un muchacho aindiado cuyo nombre no recuerdo ahora. Cuando el maestro se marchaba yo me quedaba durante unos minutos hablándole al loro, esperando en vano que me contestara. La tarea requería mucha paciencia y a mí me resultaba algo frustrante. Demasiado esfuerzo para obtener tan solo unos pocos balbuceos. Y sin embargo, el día en que el loro empezó a hablar con claridad creí hallarme ante un milagro. Las primeras palabras fueron: “Cacaíto, cacaíto”. El muchacho me miró con aire satisfecho y yo deduje entonces que aquel jarabe misterioso era una poción mágica capaz de aumentar la inteligencia y de otorgar a quien la bebiera el don de la elocuencia. Por supuesto, me llevé la botella envuelta en un trapo.

Al día siguiente fui al colegio y en la hora de descanso les enseñé el jarabe a mis compañeros a la vez que les hablaba sobre sus maravillosas propiedades.  Y para demostrarlo me bebí una tapita. Tenía un sabor dulzón, nada desagradable, que lo hacía resbalar con facilidad garganta abajo. Pasaron unos instantes y como no percibí ninguna mejoría evidente en mis facultades intelectuales, me tomé otras cuatro tapitas. Segundos después repetí la dosis. Excitados, mis compañeros no me quitaban el ojo de encima. Al rato empecé a notar un leve mareo. Luego vi bailar unos pequeños fogonazos muy veloces que, gradualmente, se fueron estabilizando en discretas alucinaciones de colores muy vivos. Las formas geométricas de las baldosas fluctuaron y una deliciosa euforia me electrizó todo el cuerpo. Sentí deseos de respirar aire fresco y empecé a correr por el salón, agitando los brazos  como si quisiera volar. De repente tropecé, o quizás alguien me hizo zancadilla, no sé, el caso es que caí al suelo raspándome los brazos y la cara sin sentir ningún dolor. Fue así, echado en el piso, como se completó la metamorfosis: la piel quedó oculta bajo un manto de plumas, los ojos redondos se desplazaron hacia los costados de la cabeza. Ahora estaba en un palo, en el último patio del colegio, mis compañeros me alimentaban con trozos de fruta y me enseñaban a insultar a los profesores. Yo hacía un esfuerzo por hacerles saber que era un ser humano, pero por alguna razón no lograba que me entendieran. Luego venía el muchacho aindiado y me obligaba a aprenderme tangos. Yo sufría mucho, lloraba desconsoladamente pidiendo ver a mi mamá, pero era inútil. No podía comunicarme. Aún así, no me rendiría tan fácilmente. Sabía que era mi última oportunidad. Reuní todas mis fuerzas, tomé una gran bocanada de aire y después de un terrible esfuerzo conseguí escuchar el sonido de mi propia voz, haciendo retumbar una última palabra de desahogo: “Cacaíto”. 

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