martes, 28 de agosto de 2012

RECUERDOS DE UN MAGNICIDIO LITERARIO




Por Carlos Bermeo


El profesor Moriarty lo atenazó con sus brazos, se acercó al abismo y saltó, arrastrando consigo al detective más famoso de todos los tiempos. Así murió Sherlock Holmes, en las cataratas de Reichenbach, Suiza.

Arthur Conan Doyle, creador del personaje más célebre de las novelas de aventuras, puso punto final al cuento “El último caso” y lo envió a su editor. Jamás sospechó que en un par de semanas recibiría millares de cartas, enviadas desde los rincones más dispares de Inglaterra y Europa, firmadas por numerosos lectores enojados con el autor. Se había cometido un magnicidio, en este caso, literario. Sherlock Holmes no debía ni podía morir, aunque así se le antojara al inventor de sus novelas. A la casa de Arthur Conan Doyle y a las oficinas del Strand Magazine, llegaron incluso misivas amenazantes donde se constreñía a resucitar al detective so pena de actos violentos contra el autor y la casa editorial.

Arthur Conan Doyle se negó a las peticiones. El personaje había muerto. No había nada más que agregar.
 




EL NACIMIENTO DE UN MITO

Sherlock Holmes apareció por primera vez en la novela “Estudio en escarlata” publicada en 1887 y desde entonces, cautivó al público. El detective privado, vestido con frac a cuadros y gorra, cargando una pipa en la boca y una lupa en la mano, empezó a perseguir a los criminales más perversos del mundo literario. En este libro también aparece su eterno ayudante y confidente, el doctor Watson. Los dos personajes se encuentran por primera vez en el laboratorio de química del Hospital San Bartolomé de Londres. Sherlock mira de arriba a abajo a su futuro acompañante y le dice “Por lo que veo, a estado usted en Afganistán”. Luego, explica las pistas que lo llevaron a tal razonamiento, mientras su interlocutor enmudece. Dicha frase, célebre en el mundo literario, está grabada en una placa de bronce que aún hoy reposa en las paredes del laboratorio de patología del hospital londinense.

De Sherlock Holmes se sabe lo suficiente para imaginarlo : es delgado, alto, lleva el cabello peinado hacia atrás, gusta del tabaco y de la cocaína, toca como nadie el violín, se relaja con la música clásica, tiene los nervios de acero cuando persigue a un criminal y una mente fría y aguda que le permite descubrir a los protagonistas de cualquier crimen.

El doctor Watson, su acompañante, es gordo, luce bigote, cabello escaso y tiene una capacidad innata para escribir. No en vano los críticos y estudiosos de Sherlock Holmes ven en su compañero la viva estampa de Arthur Conan Doyle, el autor, quien gozaba de unas características físicas idénticas.
 



Luego vinieron otras novelas y relatos de suspenso: El signo de los cuatro, las aventuras de Sherlock Holmes, Memorias íntimas de Sherlock Holmes, El perro de Baskerville, etc. En cada libro, en cada cuento, el personaje va adquiriendo un carácter sólido, estructurado, fuerte, que supera incluso al de su autor. Ese fue el móvil de su crimen. Arthur Conan Doyle sintió que su creación favorita le estaba robando todas sus fuerzas y todo su tiempo. Su cerebro y sus manos solo servían para hablar del detective. Entonces lo mató.
 


AL DETECTIVE SÍ LE ESCRIBEN

Si seguimos las descripciones literarias, la residencia de Sherlock Holmes era harto conocida. Vivía en el número 221 B de la calle Baker Street, en Londres, a finales de siglo XIX. Que un personaje literario habite una casa o atienda una oficina no tiene nada de raro. Lo raro es que reciba cartas de lectores de carne y hueso, dirigidas al detective, con la dirección postal, como si el destinatario fuera alguien verdadero. En la única entrevista que Conan Doyle concedió ante una cámara de cine -para la Fox Film Corporation- afirmó: “Recibo cartas dirigidas a él (…) Incluso recibo cartas de señoritas que quisieran trabajar como su criada

Lo cómico es que aún en nuestra época, siga llegando correspondencia a la citada dirección, felicitando -en la mayoría de los casos- al investigador por sus magníficas labores. En la vida real, en esa calle está ubicada la empresa privada  Abbey National. Sus empleados al recibir tan extraño correo, en lugar de arrojarlo a la basura, han optado por publicar varios libros, entre ellos “Las cartas a Sherlock Holmes”, editado por Penguin Books en 1985.



Sir Arhtur Conan Doyle



LA RESURRECCIÓN

En 1903, a diez años de su muerte, Sherlock Holmes por fin resucitó. Arthur Conan Doyle no soportó la presión del público, de sus editores y de su familia. Publicó un relato titulado “La casa vacía”, donde se explicaba que el detective no había muerto en brazos del profesor Moriarty en las cascadas de Reichenbach, en Suiza. Había logrado, mediante una maniobra perfecta de artes marciales, soltarse de su verdugo y huir, mientras el asesino caía al abismo. Había vagado a lo largo de varios años en la India y en Afganistán. Finalmente regresaba a Londres, para saldar cuentas con sus enemigos.

El público aplaudió el regreso del detective. Sus obras se dispararon en ventas y el autor gozó de mayor popularidad. Recibió de la corona inglesa su mayor distinción: el título de “Sir”, destacando sus labores literarias en el contexto de la guerra anglo-boer. Conan Doyle publico tres libros de relatos sobre el investigador privado: Reaparece Sherlock Holmes, Su último saludo en el escenario y Los archivos de Sherlock Holmes.

Como era de esperarse, Sherlock Holmes saltó de la literatura al teatro. Numerosas compañías itinerantes decidieron recrear las aventuras del detective y exhibirlas en las tablas, ante un público ansioso de suspenso. Con la llegada del cine, nuestro personaje también incursionó en las pantallas gigantescas y luego, en la televisión. Entre las películas filmadas goza de mayor popularidad la realizada por Karl Lamac, en 1937, titulada “El perro de Baskerville”. Vale la pena mencionar, que al término de la Segunda Guerra Mundial, una copia de esta película apareció entre los objetos personales de Hitler, el dictador alemán.
 



En el siglo XXI, se filmaron dos películas sobre Sherlock Holmes, dirigidas por Guy Ritchie y protagonizadas por Robert Downey Jr. Estos filmes –que cuentan con un alto nivel de tensión en materia de suspenso, impecables puestas en escena y actuaciones de primera línea- poco o nada tienen que ver con el personaje de Doyle, a quien se presenta sucio, degradado, loco e irrespetado por una sociedad que desconoce su trabajo. De una u otra forma, también estos filmes asesinan al personaje literario, a quien se muestra, en algunas escenas, como un payaso que produce risa e hilaridad en el público.

LA SEGUNDA MUERTE

1927 fue el año de la desaparición definitiva de Sherlock Holmes. Su autor, cansado del personaje, decidió enviarlo al olvido. En su último libro advierte a sus lectores :  Mucho me temo que el señor Sherlock Holmes vaya a correr la suerte de cualquiera de esos tenores populares, los cuales, después de haber triunfado durante la temporada que les competía en la vida, experimentan todavía las tentaciones de despedirse repetidamente de sus indulgentes públicos. Esto tiene que terminar y el personaje debe seguir el destino de todos los seres humanos, lo mismo reales que imaginarios. Me he propuesto decididamente acabar con Holmes porque creo que mis energías literarias no deben estar orientadas en esa dirección. Aquella figura pálida, de nobles rasgos y de ágiles miembros está monopolizando la actividad de mi imaginación”.
 



Sir Arthur Conan Doyle creía que el detective había eclipsado toda su obra literaria, echando por debajo más de sesenta libros que había escrito sobre temas históricos, psicológicos, poéticos y dramáticos que poseían una mayor profundidad intelectual. Sherlock Holmes debía morir. No había otra salida. No había otra solución. Sin duda, éste hubiera sido el momento ideal para que nuestro investigador pronunciara aquellas palabras eternas que nunca dijo y por las que injustamente, se le recuerda en el imaginario popular:

Elemental, mi querido Watson.

 

La única entrevista en vídeo de Arthur Conan Doyle. En ella, habla sobre Sherlock Holmes y sobre el espiritismo.

martes, 21 de agosto de 2012

CANTA ¡OH MUSA! LA COLERA DEL PELIDA AQUILES


Por: Mónica Chamorro.

Yo tengo pésima ortografía. Realmente tengo eso que las maestras de escuela suelen llamar “horrografía” . De nada me han servido los muchos años de intentos infructuosos para corregirla: fichas y memo-fichas, planas de repetición y años de lectura, estudios en universidades varias, incluso me hice un examen con un experto que me declaró disléxica. Todo ha sido inútil. Mi ortografía continua a ser la misma horrografia  que descubrí tener el día en el que tuve que escribir mi primer ensayo de verdad.
Era el año de 1992, se celebraban los cuatrocientos años del descubrimiento de América, el ensayo que yo quería escribir era para un concurso que tenía como premio un viaje en barco entre España y la antigua Española, en compañía de otros noventa y nueve estudiantes pioneros en las excelencias de la gramática. Esa tarde en mi casa, mientras en la cocina mi abuelita me preparaba un jugo de guayaba y yo me sentaba en mi escritorio con un bolígrafo en un mano y una bella hoja de papel en la otra, me di cuenta de que mis esperanzas de ganarme un pasaje en el barco que se llamaba Guananí o Guantánamo, naufragaban más rápido que el Titanic porque no sabía si se escribía a través,  através o atravez, o si lo correcto era estube o estuve y si concejo con c era lo mismo que consejo con s.
No sé si los jurados leyeron o no mi ensayo que era un intento de Egiptología y se titulaba algo así como Nefertiti en el valle de los reyes o si simplemente lo descartaron cuando se dieron cuenta de que había escrito Egipto con j y alrededor con doble rr.  Lo que si sé es que a partir de ese momento entendí que para mí el escribir habría de ser siempre una doble fatiga que requeriría de una constante corrección y  aunque la llegada de Word mejoró en mucho la situación, no he dejado nunca de sentirme presa del terror cada vez que tengo que escribir cualquier cosa sin un diccionario a mano.
Sin embargo en estos duros años de vergüenzas y sonrojos, porque tener mala ortografía es algo así como andar por la calle con los dientes sucios, pude darme cuenta de que este calvario no era solamente mío. Una década después, cuando empecé a trabajar en el Instituto Cervantes de Roma como profesora de Español, entendí con alivio que no estaba sola, abrazada a mi círculo infernal de errores ortográficos. Tenía buena compañía entre mis colegas peruanos, venezolanos, guatemaltecos, mexicanos y chilenos. Descubrí que en realidad pertenecía a una nutrida hermandad latinoamericana que había asistido al colegio y a la universidad, que incluso hablaba otras lenguas extranjeras y que sin embargo, en mayor o en menor medida, tenían problemas ortográficos. Lo curioso es que los profesores españoles eran otro cuento, ellos no sufrían del mismo mal y casi todos hacían gala  de una excelente ortografía.
Esta sensación de comunidad horrográfica se acentuó cuando pude constatar en internet que el problema era de verdad, masivo. Basta entrar  en cualquier página en la que esté permitido escribir la propia opinión para tropezarse inmediatamente con frases horrorosamente escritas: “no se bendan”, “guarden rezpeto ijueputas”, “tengan educasion”. (Estos ejemplos los tomé de una de las páginas de MSN Latinoamérica, que suele publicar noticias de política internacional mezcladas con novedades de J.Lo y Paris Hilton).

Si uno se pregunta el porqué de este fenómeno extendido, la respuesta que surge espontáneamente está relacionada con la mala calidad del sistema escolar que enseña a leer y a escribir. Pero esta explicación, en lo personal, me ha parecido siempre defectuosa y demasiado simple. No creo, por razones numéricas, que algo que sucede en todo un continente pueda explicarse de este modo. Pienso que es lógicamente imposible que la mayor parte del universo de profesores y escuelas de América Latina participen en una gran conspiración ortográfica. La repetición tan frecuente de un error es estadísticamente poco probable.
En mi opinión la explicación debe buscarse en otra dirección. Me parece que esta carencia ortográfica puede tener una índole más compleja, con menos posibilidades de solución pero también mucho más entrañable. A mi entender se relaciona con algo que podría denominarse como un estadio homérico de nuestra lengua.









El lenguaje hablado le costó a la humanidad varios millones de años de evolución y, otros tantos, le costó transformar ese tejido oral en lenguaje escrito. El lograr que ese lenguaje escrito se adhiriera como una segundo piel a los objetos del mundo  significó a su vez varios milenios de evolución de cada lengua y de su respectivo sistema de registro escrito. En Europa por ejemplo, este proceso es un hecho cumplido. Allí, al menos desde la antigua Grecia, los pensamientos se confían a la amistad del pergamino y del papel.
Para nosotros las cosas han sido diferentes. Cuando España llegó a América ninguna de las grandes civilizaciones locales tenía un sistema de escritura.  Había calendarios y calculadoras, sistemas de irrigación y ciudades flotantes, pero ningún asomo de lengua escrita. En este terreno, originalmente iletrado, se extendió el alfabeto latino y la lengua castellana. Por ello nuestra relación con la palabra escrita es epidérmica, sutil. No ha permeado aun el fondo de nuestros pensamientos.
Este conflicto con la lengua escrita empeora con el hecho de que para bien o para mal en América Latina manipulamos la realidad con una lengua extranjera. Las palabras del castellano son foráneas, no nacieron aquí, los segmentos de significado que unidos forman el léxico de una lengua no llenan todos los espacios de significación. Hay vacios, discontinuidades, espacios mudos que yacen en el fondo de lo que sentimos y somos. Cosas que aun no tienen nombre.
Estamos en vías de apropiarnos de la escritura. La palabra escrita no deja de parecernos un artefacto complicado que tiene varias llaves de más. Que no deja de incomodarnos, de dejarnos cicatriz. Otra cosa muy distinta es hablar, soltar el aire que tenemos dentro de los pulmones y hacerlo rodar sobre la carne de la lengua que no es koynè, lenguaje soberano e unificado, sino palabra intima, no común.  
En América Latina el lenguaje vive una etapa precoz (prefiero hablar de precocidad que tiene que ver con lo que sucede portentosamente, antes de tiempo y no hablar en cambio de embrionario, que tiene que ver con lo fetal y lo incompleto). Nuestra lengua es precoz porque estamos viviendo la etapa  oral y mítica que el Griego vivió en tiempos de Homero. Nuestro castellano no sirve solamente para nombrar, sino que está buscando crear un mundo, tal como sucede en la Ilíada. En sus hexámetros los eventos y los personajes son evocados con tanta potencia y frescura que es como si dios acabara de soplar sobre ellos para darles vida. El lenguaje en Latinoamérica se encuentra en el proceso de fabricación de un nuevo espectro de significados que rehúsa encasillarse en el armazón de la codificación escrita. 
No sé si esta sea la justificación mejor para mi propia ineptitud ortográfica y la de tantos latinoamericanos que horrorizamos el mundo de los bien escribientes. Lo cierto es que es una explicación altamente romántica. Y como buena latinoamericana, además de tener una pésima ortografía, me gusta todo lo romántico,  mejor aun si es hiperbólico o incluso exagerado, como ese tango, ese bolero o ese corrido que dice:  Canta ¡Oh musa! la cólera del pelida Aquiles…

martes, 14 de agosto de 2012

Historia de un deicidio


Por: Rubén Varona.

Recuerdo la primera vez que hablé con un escritor que gozaba de cierto prestigio. Se trataba de Rafael Humberto Moreno-Durán, autor poco conocido por fuera de Colombia, y tristemente olvidado en este país, pues murió en el 2005 y nada que encontramos la cura para la peste del insomnio. Lo cierto es que R.H., como firmaba sus libros, tenía una de las columnas de opinión más influyentes del periódico que yo leía entonces, y había escrito la trilogía Fémina Suite, por muchos considerada una de las cinco novelas colombianas más importantes del siglo XX. Traigo esta historia a colación porque aquella noche mientras cenaba con R.H., gracias a la invitación que me hizo el poeta y amigo Felipe García Quintero, corroboré dos premisas que ya había escuchado antes:
       1) Los escritores hablan más de la cuenta, especialmente si son novelistas, por ello se les debe creer un tercio de la mitad de lo que dicen. Según dijo, R.H. leyó por primera vez El Quijote a los 11 años, y todos los diciembres lo releía sin dejar de sorprenderse. Hasta el año de su muerte tuvo que leerlo 49 veces.
       2) Los buenos escritores son excelentes lectores. Leen y releen lo que les interesa, lo aprenden de memoria.

R.H. Moreno-Durán
       
No me referiré al primer punto, al considerarlo una perogrullada, pero sí al segundo de ellos. Acabo de leer el ensayo titulado: García Márquez: historia de un deicidio, la tesis doctoral de Mario Vargas Llosa (1971). Lo cierto es que, a pesar del  notable conocimiento sobre la cultura Caribeña, la historia y la geografía colombiana, no me sorprendió el concienzudo análisis realizado por el peruano a la obra de Gabo. Tampoco me impresionó su lucidez al establecer un magistral diálogo entre los cuentos y las novelas del autor en cuestión, mucho menos las relaciones en el nivel metaliterario que encontró entre las ficciones garcíamarquianas y otras de diferentes autores: ¡Era lo menos que podía esperar de un premio Nobel en gestación!
       Lo que en verdad me atrapó de este largo ensayo (610 páginas), fueron las reflexiones del lector-escritor respecto del oficio de García Márquez. Me explico, el texto se vuelve fundacional en el momento en que Vargas Llosa disecciona con el bisturí del novelista, no sólo del crítico, la obra objeto de estudio, especialmente Cien Años de Soledad, y con la maestría de un hacker, viola los códigos de seguridad de su entonces entrañable amigo. Pone en evidencia subjetividades tales como la intencionalidad del autor para escribir un capítulo de determinada manera, el andamiaje de pre-supuestos sobre el cual Gabo edificó aquellas ficciones, la caja de herramientas que empleó para lograr tal o cual efecto (voz narrativa, tono, timbre, punto de vista, la distancia frente a lo narrado, etc.)

García Márquez, Vargas Llosa, familia y amigos.
    
Sin pretender descalificar ningún oficio, imagino que un panadero puede hacer los mejores pasteles del barrio y, sin embargo, ser diabético y no poder disfrutar de ellos, ni de los de la competencia; circunstancia que en nada altera el desempeño en su oficio. Sin embargo, una buena obra literaria no podría alcanzar su “punto de nieve”, sin las babas del autor y el ritmo en el batido dado por las obras que lo antecedieron y posibilitaron su existencia: sólo a partir de ellas es posible re-inventarse a sí mismos, y configurar su Arte Poética. Por supuesto que hablo de Vargas Llosa, en Historia de un deicidio, y de R.H. Moreno-Durán, quien en aquella cena en Popayán, se pavoneaba de ser el mejor lector de El Quijote; sí, de Nuestro Señor Don Quijote de la Mancha, que sin carne ni hueso, hoy 14 de agosto de 2012, sigue más vivo que cualquiera de nosotros y suele consumir sus tardes y sus córneas pegado a un Ipad de última generación.


martes, 7 de agosto de 2012

Cacaíto


Por: Juan Sebastián Cárdenas.

Hasta hace no mucho se pensaba que los loros parlanchines no eran capaces de comprender lo que decían. La ciencia los concebía como simples máquinas reproductoras de pequeñas fórmulas con una misteriosa predilección por los insultos. Es más, parte del efecto humorístico que provocaban sus frases soeces radicaba en el hecho de que los loros no fueran conscientes del sentido de las mismas. Por alguna razón nos resulta cómica esa desconexión entre los mensajes y su significado. Durante los años más oscuros de la violencia bipartidista, el abuelo Arturo Cárdenas solía pedirle a mi padre, entonces un niño de cinco años, que entrara a los bares de los conservadores y gritara vivas al partido Liberal. El abuelo pretendía usar a su hijo como un loro. 

Como se sabe, todas estas ideas se tambalearon con la aparición de Álex, el animal que maravilló a los científicos durante más de dos décadas gracias a sus impresionantes habilidades lingüísticas y matemáticas. Numerosas pruebas demostraron que Álex, un loro gris africano, podía reconocer cincuenta objetos diferentes, contar hasta seis, identificar siete colores y cinco formas, y lo que es mejor, era capaz de aplicar conceptos como “más grande”, “más pequeño”, “igual” o “diferente”. Su vocabulario llegaba a las 150 palabras, distinguía varios materiales y, según se nos informa en www.alexfoundation.org, el loro había desarrollado por sí solo un concepto similar al del número cero, podía inferir la conexión entre numerales escritos, series de objetos, así como la vocalización de los números. Su extraña muerte, ocurrida en 2007, sólo ha contribuido a agrandar la leyenda y ha dado lugar a toda clase de especulaciones. Para los aficionados a las teorías conspiratorias, la inteligencia de Álex resultaba sencillamente insultante. Sabía demasiado.  

Pero la lista de loros geniales no es corta. Cabe mencionar también al memorioso Prudle, que durante años ostentó el record Guinness del vocabulario más extenso para un loro, con 800 palabras. O qué decir de su sucesor en el record, el flemático N'kisi, famoso por su magistral uso de la lengua inglesa y por haber dado muestras de poseer un críptico sentido del humor. 




Durante un tiempo salí con una veterinaria que tenía un albergue para animales abandonados. El lugar estaba situado en una carretera comarcal, a las afueras de Madrid. La primera vez que estuve allí me sorprendió ver que había una formidable colección de bichos exóticos. Mi amiga me explicó que la gente caprichosa compra animales procedentes de países tropicales y, cuando se aburre de ellos, los tira a la calle como quien se deshace de una cosa vieja. 

Todos los fines de semana yo iba a echar una mano en las labores de mantenimiento del albergue, que consistían básicamente en limpiar las jaulas y dar de comer a los animales.

Mi amiga era una persona reservada y valoraba el silencio, así que muchos de mis recuerdos de aquellos días son estampitas beatíficas atravesadas de vez en cuando por horribles gruñidos, aullidos o chillidos salvajes.

Un día llevaron a un loro. Lo habían encontrado en un descampado, medio muerto bajo un montón de chatarra. Gracias al esmero con que mi amiga se dedicó a cuidarlo, el animal fue recuperando su esplendor. Unas pocas semanas después descubrimos que era, en efecto, muy bonito, con sus plumitas verdeazules, el pico amarillo y los ojos oscuros rodeados por un diminuto salvavidas blanco con pintas rojas. Con todo, el animal parecía incapaz de superar el trauma del abandono: comía poco, se mostraba siempre circunspecto y dormía con los ojos abiertos en un rincón de la habitación de mi amiga, a quien retribuyó sus cuidados con una celosa vigilancia. Si alguien, incluido yo, intentaba acercarse a ella en presencia del loro, éste profería un lastimero chillido. 
Uno de esos días, mientras limpiaba las jaulas, escuché una voz.
− Ey, tú.
Levanté la cabeza y vi al loro aferrado a un palo que sobresalía del techo de zinc.
− Ey, tú, sudaca.
Me quedé atónito, claro. Pese a todo, sonreí.
− Sudaca de mierda− continuó. – ¿Por qué no te largas, compadre?
Noté entonces que tenía un fuerte acento peruano.
− ¿Perdón?− contesté.
− Ya, pues, patita, deja de hacerte el gringo. Mejor te vas, ¿no? 
Intenté pensar en un insulto a la medida, pero en ese momento estaba demasiado apabullado por la arrogancia del loro.  A menudo me sucede que los mejores insultos se me ocurren demasiado tarde, mucho después de la confrontación en la que habrían resultado oportunos, de modo que volví a poner mi sonrisa de tonto.
− Vete a tu país que aquí estamos hartos de mantener a tanto negro.
− ¿Y tú dónde aprendiste a hablar así? – le pregunté, no del todo convencido de que debía sentirme indignado.
− En el rancho de tu vieja, negro.
En ese momento apareció mi amiga y el loro cerró el pico al instante. Luego caminó de un lado a otro del palo, contoneándose con coquetería y emitió uno de sus lastimeros chillidos. Mi amiga dijo que se le partía el alma cada vez que lo escuchaba hacer eso. 




Cuando yo era niño, en mi pequeña ciudad natal se le enseñaba a hablar a los loros dándoles a beber un jarabe de color verde oscuro que vendían en botellas recicladas de aguardiente caucano. El jarabe se conseguía por unos pocos pesos en los puestos de las yerbateras de la galería de La Esmeralda, donde también se vendían muy bien los azabaches que se amarraban a la muñeca de los bebés para evitar el mal de ojo.

La persona encargada de instruir al animal rellenaba una tapita con el jarabe y, a medida que el loro iba bebiendo, el maestro pronunciaba las palabras que aquel tendría que memorizar y repetir.

En casa de mi vecino había un loro y a mí me gustaba asistir a las clases que le daba un muchacho aindiado cuyo nombre no recuerdo ahora. Cuando el maestro se marchaba yo me quedaba durante unos minutos hablándole al loro, esperando en vano que me contestara. La tarea requería mucha paciencia y a mí me resultaba algo frustrante. Demasiado esfuerzo para obtener tan solo unos pocos balbuceos. Y sin embargo, el día en que el loro empezó a hablar con claridad creí hallarme ante un milagro. Las primeras palabras fueron: “Cacaíto, cacaíto”. El muchacho me miró con aire satisfecho y yo deduje entonces que aquel jarabe misterioso era una poción mágica capaz de aumentar la inteligencia y de otorgar a quien la bebiera el don de la elocuencia. Por supuesto, me llevé la botella envuelta en un trapo.

Al día siguiente fui al colegio y en la hora de descanso les enseñé el jarabe a mis compañeros a la vez que les hablaba sobre sus maravillosas propiedades.  Y para demostrarlo me bebí una tapita. Tenía un sabor dulzón, nada desagradable, que lo hacía resbalar con facilidad garganta abajo. Pasaron unos instantes y como no percibí ninguna mejoría evidente en mis facultades intelectuales, me tomé otras cuatro tapitas. Segundos después repetí la dosis. Excitados, mis compañeros no me quitaban el ojo de encima. Al rato empecé a notar un leve mareo. Luego vi bailar unos pequeños fogonazos muy veloces que, gradualmente, se fueron estabilizando en discretas alucinaciones de colores muy vivos. Las formas geométricas de las baldosas fluctuaron y una deliciosa euforia me electrizó todo el cuerpo. Sentí deseos de respirar aire fresco y empecé a correr por el salón, agitando los brazos  como si quisiera volar. De repente tropecé, o quizás alguien me hizo zancadilla, no sé, el caso es que caí al suelo raspándome los brazos y la cara sin sentir ningún dolor. Fue así, echado en el piso, como se completó la metamorfosis: la piel quedó oculta bajo un manto de plumas, los ojos redondos se desplazaron hacia los costados de la cabeza. Ahora estaba en un palo, en el último patio del colegio, mis compañeros me alimentaban con trozos de fruta y me enseñaban a insultar a los profesores. Yo hacía un esfuerzo por hacerles saber que era un ser humano, pero por alguna razón no lograba que me entendieran. Luego venía el muchacho aindiado y me obligaba a aprenderme tangos. Yo sufría mucho, lloraba desconsoladamente pidiendo ver a mi mamá, pero era inútil. No podía comunicarme. Aún así, no me rendiría tan fácilmente. Sabía que era mi última oportunidad. Reuní todas mis fuerzas, tomé una gran bocanada de aire y después de un terrible esfuerzo conseguí escuchar el sonido de mi propia voz, haciendo retumbar una última palabra de desahogo: “Cacaíto”.