martes, 24 de julio de 2012

Tres poemas


Sin título - Augusto Rivera
Por: Felipe García Quintero.


NORTH STAR

a Eleuterio Marín




Llegó de Cartago una mañana, venía cabalgando el potro enemigo de la noche solitaria.

Detrás de un río llorón quedaba su pequeña casa, y entró a la mía, sin puertas ni ventanas, con la lluvia incesante de la infancia.
Y eclipsado estuvo el corazón durante cierto tiempo. Acaso todavía lo esté hoy, porque sin saberlo, ese mismo aire pobló las nubes de animales bellos e inquietos.
Entonces supe lo que abraza el viento y tuve al fin un hermano en el silencio.
Extraña memoria es el nido de un pájaro, porque aladas eran sus manos.
De ese muchacho negro tengo intacta su sombra en cada paso y la risa celeste entorno de unos ojos muy abiertos y callados.
Y como un árbol aguarda mejores aguas, reía siempre de nada, incluso si el hambre muy adentro castañeara.
Nunca una queja salió de su voz o de sus leves cantos, sin embargo, otra tibia ceniza vendría a cubrir lo soñado.
Entre un latido de mangos viches y gajos dulces de limones, brilló el sol calcinante de la miseria en nuestros ojos de entonces.
Cómo anheló mi infancia sus dientes redondos y los músculos exactos de sus largos huesos claros.
En la tierra pisada del patio me enseñó a sembrar miradas, así ningún otro fruto jamás fuera lo negado.
Durante algunas semanas ocupó mi cama pero no el lugar de mi padre que aún mi madre guarda.
Tu nombre Eleuterio no será música apagada.



LAS GALLINAS


a la memoria de

Guillermo de Jesús Quintero



El Segundo Llanto de Francisco Quintana - Augusto Rivera

Estas aves lerdas crecieron conmigo en el patio. Sin embargo no han merecido antes un pensamiento mío.

Sólo hasta ahora que las recuerdo acompañando el silencio quedo de aquellas tardes largas del verano.
Porque escarbé la tierra con ellas, grano a grano su maíz llenó de soles mis manos.
Muchas veces de niño trepé al árbol y sacudí con fuerza los brazos, y cacareé la dicha de tener primero el tibio huevo torneado de blanco.
Por cierto, no son estas las aves que vio en nosotros Baudelaire. Tampoco guardan la virtud del ruiseñor de John Keats, ese pájaro no destinado a la muerte. Menos aun la fortuna de la alondra de Quessep, ni conservan algo de las 13 facultades que vio Wallace Stevens en el mirlo.
Nada de eso les ha sido conferido a las gallinas.
Ningún linaje o atributo más que pisar con nosotros la tierra, de andar por siempre en el suelo picoteando cuencos vacíos de estrellas.
Y como nosotros hoy, ellas un día también ya lejano, perdieron el vuelo mas no ese cantar el campo.
Desde entonces nunca jamás por el alba se extravió el rumbo del labrador solitario.




DEL HISTORIAL ÍNTIMO DE BOLÍVAR
(Técnica mixta. 100 x 70 cm. 1980. Augusto Rivera Garcés)



a Ricardo Quintero Rivera



Le dijo a la noche ser otro minero de ese fiero cielo, y muy pronto el niño palpó con sus ojos de agua el oro celeste del misterio.

Pero fue cuando escuchó hablar a Miguel Santos Quintero, que las nubes de tocar las puertas por fin se abrieron.
Bolívar, Cauca, no fue antes de esos trazos más que hierba de otro lánguido potrero.
Cómo de su copa beben aún los colores, si de dos viejos amigos que conversan brotan añejos los alcoholes.
Así el brindis es abrazo de quien a lo lejos habla a sus pasos.
Entre flores bordeando la jornada esquiva, tanto prodigio arde en la sombra para el solitario del patio que dibuja callado una paloma equina.
Todo lo que el pintor custodia es la distancia del tiempo, si con el peregrino han viajado el cerro y la mina.
Nada más cierto en la montaña de la mirada que el vuelo del viento.

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