martes, 3 de julio de 2012

La Combinatoria Militante de Italo Calvino

-a la luz de una lectura de las Lecciones Americanas-
Por: Mónica Chamorro.

Cuando en 1985 Italo Calvino muere de un accidente cerebral  su vida y su obra habían fluctuado ampliamente por posturas políticas y estéticas al parecer contrapuestas. Pero aun en los momentos más disimiles de su trayectoria como hombre y como artista, hay en Calvino una coherencia implícita que nos lleva a reconocerlo, a saber que siempre, aun vistiendo los paños más diversos  (el neorrealismo de los primeros anos, la literatura fantástica de la plena juventud, la combinatoria de la madurez), Calvino fue siempre el mismo escritor que creyó firmemente en la acción transformadora de la literatura.
       Por ello su incursión en la literatura combinatoria  -Calvino se afilia al OULIPO, el discutido Ouvroir de Littérature Potentielle de R. Queneau y  de F. Le Lionnais, al final de los años sesenta-  no puede ser leída como una deserción hacia la especulación, hacia la vacuidad de un tipo de literatura que privilegia sobre todo el experimento intelectual. En Calvino la combinatoria es otra cosa. No es el abandono de la fe ardiente que animó cada uno de sus actos de hombre de letras profundamente radicado a una realidad concreta que amaba desde todos los ángulos de su ser artístico. Porque en Calvino hay un amor desmesurado por la vitalidad del mundo.  Un amor que desde su infancia y por tradición familiar, es en él curiosidad inagotable y disciplinada ciencia.
La combinatoria, para Calvino es la suma del vértigo de sus dudas, porque el último Calvino, el de los laberintos de El castillo de los destinos cruzados  (1973),  el de Las ciudades invisibles  (1974), y el de Si en una noche de invierno un viajero(1979),   ha renunciado al alivio de las certezas. Para el escritor que en 1968 empieza a asistir a las reuniones en las que se discuten los experimentos matemático-literarios de Vilmorin, Fournel, Roubaud y Perec, la literatura debía ser algo más que una mímesis de la realidad. Hay, en los juegos combinatorios calvinianos, una angustia esencial respecto al papel de la literatura  (“mundo escrito”),  en el mundo real   (o “mundo no escrito”). Asi lo expresa en 1983 en la New York University:
“Creo que también en  mi juventud las cosas iban de este modo, pero en aquella época me hacía ilusiones con que el mundo escrito y el mundo no escrito se iluminasen mutuamente, que las experiencias de la vida y las experiencias de lectura fueran de alguna manera complementarias, y a cada paso hacia adelante, llevado a cabo en un campo,  se correspondiera otro paso adelante en el otro campo. Hoy puedo decir que del mundo escrito conozco mucho más que en aquel tiempo: al interior de los libros, la experiencia es siempre posible, pero su importancia no se extiende más allá del margen blanco de la página[1]”.
Calvino, al reconocer los límites del oficio literario, desde el abismo de juegos abstractos de la combinatoria, se yergue como un  equilibrista entre una realidad inefable y  un lenguaje, supremo artefacto, capaz de desvirtuar la existencia de lo real. La busqueda que Calvino emprende con la combinatoria, se nutre de dos fuentes filosóficas contradictorias: Wittgenstiana, la primera que concibe al mundo como un ente esencialmente silencioso, imposible de cifrar en un sistema de signos; y estructuralista la segunda, en la que el lenguaje es un artefacto autoreferencial y autónomo a la realidad misma.
“Las dos filosofías  tienen fuertes razones entre sí, las dos representan un desafío para el escritor: la primera, exige el uso de un lenguaje que responda sólo a sí mismo, a sus leyes internas, la segunda, al uso de un lenguaje que pueda hacer frente al silencio del mundo. Las dos ejercitan sobre mi su fascinación y su influencia. Esto significa que termino por no seguir ni la una ni la otra, que no creo ni en la una ni en la otra. ¿En qué creo entonces?”[2]
Calvino, decidió creer en la singularidad de lo existente, en la inflexión mínima, en los gestos anódinos. En lo que aparece como marginal e irrelevante para la formulación de una  explicación total,  como por ejemplo, el juego. Calvino cree en el juego, el de la adivinación  en las barajas de El Castillo de los destinos cruzados, el juego con el lector en  Si en una noche de invierno un viajero.
  De otra parte en las Lecciones americana[3], las seis conferencias Charles Eliot Norton que la muerte le impidió dictar en Harvard  University en el otoño de 1985, Calvino, ante quienes que anunciaban la muerte de la literatura, sostiene en cambio su vigencia y su justificación ontológica, la capacidad de la literatura para interpretar con sus medios técnicos particulares la complejidad heterogenea del mundo . Propone para la literatura del próximo milenio, es decir para éste, el vigésimo primer siglo, cinco recursos técnicos, cinco esencias imprecindibles, destiladas laboriosamente en las cuatro décadas de ejercicio literario que llevaron a ese jóven partisano de las Brigadas Garibaldi que fue Calvino, a los terrenos lúdicos de la combinatoria.
 El primero, quizas el esencial, es la levedad. Calvino la pone ante nuestros ojos  como Perseo victorioso, volando al lomo de Pegaso, mientras sostiene en su mano el despojo sangrante de la cabeza de la Medusa, el monstruo mitológico capaz de transformar todo aquello que mira, en piedra. Y similar a este Perseo victorioso debe ser el escritor, el poeta; capaz de librar la batalla contra lo monstruoso y de llevar en un vuelo leve y triunfal el aspecto mas aniquilador y abrasivo de la realidad.    
Por ello, la combinatoria para Calvino es juego y por ende aquello que carece de gravedad, lo in-grávido, lo que escapa al insoportable peso del mundo no escrito. La combinatoria para Calvino es una de las formas de la levedad. Pero no es una levedad que se agota en la ensoñación, es una levedad que actua sobre el mundo, que reclama nuestra atención ante ese ángulo incognito en el que en medio de la gravedad de lo real anida lo poético. Calvino se propone descubrir un aspecto de la realidad que en abstracto reconoce como inaprehensible pero que en lo concreto considera  sensiblemente incontrovertible. La levedad no es un  artificio para hacer menos pavorosa la fealdad; la literatura de la levedad,  en la máquina infernal de nuestros tiempos, es una traza luminiosa que con gracia poética revela el esqueleto tenebroso de la realidad.
Pero la levedad, es decir el moverse suavemente y sin peso alguno en los circuitos de lo insoportable, es posible solamente a partir de la constricción. Sólo a través del respeto de un canon riguroso, la literatura puede moverse volatil, aérea, tal y como los poetas clásicos lo hacían, a pesar de estar presos en  la armadura de hierro del metro y de la rima. Y la constricción, el plan prefigurado a través de un sistema abstracto, la aplicación de una liturgia matemática o geométrica, son las claves de la combinatoria. Esta es la empresa que acomete Calvino con su ingreso al OULIPO, la empresa de la libertad en medio del mayor rigor, la de la levedad en un mundo agobiado por el peso.
La constricción, la ley que impera en el mundo de la combinatoria,  es una de las expresiones de la  exactitud, la segunda cualidad calviniana de la literatura del nuevo milenio. El oficio de hombre de letras que Calvino asumió en contradicción con la tradición familiar que señalaba para él un destino científico (su padre era agrónomo y su madre botánica y él mismo estuvo inscrito a la facultad de Agronomía), le dejó para siempre una nostalgia por la precisión y la certeza de la ciencia. Para Calvino, el recurso a los experimientos matemáticos oulipianos, es una de las formas de la nostalgia por el paraiso perdido de la ciencia.
La literatura debe ser, como la ciencia, una imagen del mundo y de este modo sus micro y sus macromecanismos deben estar regulados por la exactitud. Esta precisión es a la vez método y a la vez levedad, sutileza. Como la del ADN que regula el funcionamiento de la vida, como la de las sinapsis neuronales que gobiernan el pensamiento. El Calvino de las operaciones combinatorias, pretende una literatura que sea una lente cuidadosamente calibrada a través de la cual el mundo no escrito,  caótico e inexacto, adquiere el esplendor de la verdad. Su combinatoria es el resultado de su rechazo hacia lo inexacto, lo desenfocado, lo opaco. Calvino no confía la clave de la salida de sus laberintos a los caprichos del corazón de Ariadna, el se decide por la cifra precisa.
 La combinatoria traza los límites entre los cuales debe fluir el río creativo. El diseño de estos límites debe corresponder, sea en la arquitectura general de la obra, sea en lo mínimo -en el uso del léxico, de la retórica y de la sintaxis- a la exactitud. El Calvino que en 1967 traduce Les Freurs Bleues de Queneau, es un escritor que detesta el uso casual del lenguaje, que experimenta una molestia que él mismo define como “intolerable[4]” ante el uso aproximativo, casual e irreflexivo del lenguaje.
Pero mientras en el arte combinatoria de Queneau o de Perec, el rigor abstracto y la pericia matemática aparecen como formas puras, como embriones de laboratorio, en Calvino la exactitud está en conflicto, trabada en singular batalla, con la sensación. El mundo fluctúa entre dos polos, entre la exactitud de la ciencia y la indeterminación del sentimiento y sólo la literatura, aquella que no abandona el parámetro de la exactitud,  puede mediar entre estos extremos. La literatura para Calvino es una ciencia del objeto (del sujeto) individualmente considerado.
En El castillo y en La taberna de los destinos cruzados Calvino hace uso de un esquema sistemático de lectura de dos juegos de cartas de Tarot   (para  El castillo, usa el tarot  Visconteo de Bérgamo,  para La taberna, el  más moderno tarot Marselles). Aplica un esquema de lectura del Tartot diferente en cada caso, que en el caso de El castillo es, en su geométrica funcionalidad, una máquina literaria perfecta. Pero bajo este edificio elegantemente construido, las historias individuales, los destijnos cruzados fluctúan autónomos y anárquicos. Para Calvino como para Borges la “firme trama es de incesante hierro”, pero la libertad del sentimiento anida en las grietas de la  individualidad: “Desde el momento en el que escribí esa página me ha resultado claro que la mía búsqueda de la exactitud se bifurcaba en dos direcciones. De un lado la reducción de los acontecimientos contingentes a esquemas abstractos con los cuales se puedan llevar a cabo operaciones y demostrar teorias; del otro, un esfuerzo con las palabras para dar cuenta, con la mayor precisión posible, del aspecto sensible de las cosas”. [5]
  La combinatoria de Calvino, es una combinatoria que escapa a la modernidad compartimentada del conocimiento, es una combinatoria “renacentista” en la que hierben en un mare magnun indistinto la ciencia y la poesía.   Calvino es un nuevo Leonardo Da Vinci, un Leonardo frenético e industrioso que une el saber ciéntifico a un disciplinado ejercicio literario. Para Leonardo, no hay nada como el arte para describir las ciencias de la naturaleza, para Calvino, no hay nada como la ciencia  para insuflar vitalidad al arte.

Esta exactitud, que aplicada a la combinatoria podrá parecer un artefacto demasiado anguloso, debe ser modelada por la rapidez. La rapidez, la cuarta cualidad calviniana de las conferencias Norton, evita que el autor se pierda en excesivas digresiones o iteraciones y, a la vez, confiere al lector la agilidad necesaria para dejarse caer con naturalidad en medio de los meandros del texto. La rapidez garantiza el ritmo de la combinatoria, le permite adquirir  una cualidad musical e intuitiva que hace ágil la exactitud. Porque la combinatoria para Calvino se encuentra en un paraje extremadamente distante del terreno en el que florecen la ilegibilidad modernista del texto. El texto es, sólo en tanto es legible y por ende la mas intrincada combinatoria matemática no debe obstaculizar de ningún modo su fruición.
La digresión para Calvino es una ausencia del autor, quien perdido en sus circuitos mentales, abandona al lector en el bosque narrativo de la obra.  De este modo el lector se encuentra en la imposibilidad de realizar el destino fundamental de toda obra literaria: el conocimiento y la clasificación del mundo. La rapidez, por el contrario, anuda  los circuitos mentales del escritor a los del lector  y  es por ende la única cualidad que permite no solamente cancelar la distancia que existe entre el mundo interior o subjetivo y el mundo exterior u objetivo, sino también la distancia existente entre los innumerables mundos subjetivos de la conciencia.
La disciplina de la rapidez, de la mano con la exactitud, prevé un fervor poético que conlleva la búsqueda de la expresión justa, de la palabra insustituible capaz de unir la forma y el significado en un binomio inescindible. Es una destreza obligatoria para quien desee construir un mundo literario hecho de expresiones, únicas, densas, memorables.[6]
Sólo a partir de la rapidez se puede obtener la densidad de significado necesaria para la  efectividad de las operaciones combinatorias. El sumergir la prosa en sus aguas es impregnarla de significado, es poblarla de imágenes.  Solamente una prosa plena de significado es capaz de acumular un alto potencial icónico.  De este modo podemos afirmar que la rapidez en la combinatoria suscita la imaginación.
Es así como la inmersión en la rapidez nos lleva hacia la visibilidad. Partiendo de Starobinsky[7] quien considera que existen dos conceptos de imaginación, el primero como una conexión subjetiva con el alma del mundo y el segundo como una forma de conocimiento similar a la ciencia, Calvino ubica el tipo de visibilidad contemporánea, aquella profundamente modificada por la difusión de los mass media, en el segundo tipo: la imagen como forma de conocimiento y deduce que una literatura para el nuevo milenio tendrá que hacer cuentas con el potencial tecnológico que si bien de una parte se funda en el predominio de la imagen, también amenaza la capacidad primigenia del hombre de recrear las propias en el silencio de su mente. La civilización de la imagen amenaza contradictoriamente el acto de pensar con imágenes, un acto de importancia fundamental para el pensamiento creativo.
La imagen antecede a la palabra, pero la creación de estereotipos severamente implantados en el subsuelo de cada conciencia puede llegar a enmudecerla. Nuestras mentes están llenas de un substrato de imágenes con un contenido establecido, tan plenamente definido que no quedan resquicios para el misterio, enfáticamensente presente en las artes figurativas del Medioevo, el Renacimiento y el Barroco. Las imágenes de la comunicación de masa padecen de una expresividad excesiva, hablan en demasía, están llenas de significado unívoco y reiterado. Asistimos a la constitución de un abecedario indefinido de imágenes en las que el significado se halla tan profundamente cifrado en el significante, que nuestra imaginación está sufriendo una mutación   (una simplificación)  similar a la que sufrió el lenguaje escrito cuando se abandonó el ideograma por el alfabeto.
La literatura debe entonces correr al rescate de la imaginación. La combinatoria, aquella que  pone en juego la imagen, es uno de los recursos con los que cuenta el escritor para reportarla a su estatus polisémico. La producción literaria de cada autor es, en cierta medida, una experiencia combinatoria implícita llevada a cabo a partir de su patrimonio personal de imágenes. La imaginación jamás es realmente libre. No es posible imaginar algo a partir de lo jamás visto. Imaginar es en realidad combinar imágenes ya existentes, es realizar una variación de estilo sobre un tema. El escritor se encuentra frente al repertorio de imágenes mentales constituido desde su infancia y se ve obligado a moverse dentro de la constricción de una obra ya escrita. Por ello el escribir en el nuevo milenio, época de imágenes sin hermetismo, es más que nunca un ejercicio combinatorio.
La combinatoria que Calvino realiza en El castillo y La taberna de los destinos cruzados es un ejemplo personal de privilegio de la visibilidad. Calvino confiere a cada una de las cartas de las dos barajas un sentido diferente en función de la historia narrada. De este modo La Papisa o La Torre  (El castillo de los destinos cruzados), son personajes, escenarios, acciones diferentes en cada uno de los relatos. La Papisa por ejemplo, en la Historia del alquimista que vende el alma, es una bruja habitante de un bosque:  “…in questa ricerca aveva finito per  chiedere il consiglio e l’aiuto di donne che s’incontrano talora nei boschi, esperte in filtri e intrugli magici, dedite alle arti della stregoneria e della divinazione del futuro”[8], mientras que la misma carta en el relato conclusivo del Castillo,  Todas las otras historias, es una abadesa:  “…e noi eravamo portati a vedere La Papessa anche come Badessa d’un convento…”[9]. La torre es, en la Historia de un ladrón de sepulcros,  la Torre de Babel:  …era una città i cui tetti toccavano la volta del cielo, come già La Torre di Babele…”[10], mientras que en la Historia de Astolfo en la luna:”…rappresenta con verisimiglianza il precipitare dei cadaveri giù dagli spalti tra getti d’olio rovente e macchine d’assedio all’opera…”.[11]  
El suyo es un uso alquímico de la imágenes, crea  lo que el mismo llama una iconografía fantástica en la que cada uno de los elementos visuales que aparecen las cartas del tarot es manipulado en un  caldero semiológico. El resultado es una trasmutación virtualmente infinita del contenido narrativo de las imágenes. De este modo la imagen interpretada en sentido combinatorio es para Calvino al mismo tiempo paradigma  (la imagen pre-existe al pensamiento) y a la vez  libertad  (su contenido semiótico es potencialmente infinito).
Finalmente hemos llegado en este análisis de la combinatoria calviniana a la quinta y última propuesta[12]: la multiplicidad.
Para Calvino el mundo es infinitamente múltiple y por lo tanto es inobservable. Esta incertidumbre, compartida hoy por la ciencia experimental, es el más importante desafío con el que la literatura jamás se haya enfrentado. El escritor contemporáneo tiene ante sí un proyecto inmenso, ambicioso, incluso reconoce Calvino, con mínimas posibilidades de realización. Pero ese es precisamente el espíritu de la literatura: lo inalcanzable, el deseo desmesurado.
En la red que es el mundo, los seres y los objetos están suspendidos en las convergencias o nudos formados por el precipitarse de los acontecimientos. Cada convergencia, a su vez, afecta a las restantes y el escritor mismo, sujeto también él a la red y precipitándose en su propio nudo, debe encontrar un sistema de representar lo perennemente inconcluso, lo conjetural, lo prematuro y lo vario.
Otros autores como Gadda y Musil,  Alfred Jarry y Borges, Flaubert o Proust han acometido la mimesis de la multiplicidad desde diferentes frentes. Gadda y Musil desde lo inacabado, Alfred Jarry y Borges desde las narraciones polisémicas, Flaubert desde el enciclopedismo y Proust tejiendo una retícula espacio temporal a partir de las sensaciones individuales. Por su parte Calvino  propone la combinatoria tal y como la ejercitaron Perec y Queneau.
La vie mode d’emploi (Paris, 1978)  de Perec es un ejemplo magistral de representación de la multiplicidad a través de la combinatoria. Perec teje una serie de historias en las que cada sujeto y cada objeto, tanto en su singularidad como en su conjunto, sirven para retratar la pluralidad del mundo. La obra de Perec es una exhaustiva representación del caos de la realidad a partir de un esquema matemáticamente preciso.
Por su parte, la combinatoria que está en el origen de Se in una notte d’inverno un viaggiatore pretende representar las macro y las micro estructuras que gobiernan la realidad. Calvino la denomina una “hiper-novela”, un mecanismo capaz de producir novelas que, pese a su diversidad temática y formal, fluctúen dentro de los limites de un marco común. Las hipo-novelas se movilizan dentro de las fronteras de la hiper-novela sin que ésta constituya en realidad un límite absoluto,  su papel corresponde más bien al de matriz creadora. En realidad las hipo-novelas oscilan en una dinámica de influencia reciproca que termina por afectar también la macro estructura.
 Los personajes y los eventos de Se in una notte d’inverno un viaggiatore, como los sujetos y los objetos del mundo real, están atrapados en vórtices de causas y de  efectos. La combinatoria es la clave del enigma. Su vigencia no se agota en la mimesis sino  que abarca la interpretación y por ende la modificación de la realidad.
La realidad es inseparable de su observador, el observador está incluido en la realidad, la perturba y es perturbado por ella.  El observador es en este sentido un demiurgo, pero un demiurgo lastimosamente atado al universo que lo contiene. Es así como cualquier idea de libertad es ilusoria. Sólo la atenta observación de la cárcel, una visión que despierte  la conciencia de esta coacción, permite saltar las paredes, escapar hacia el goce de una autentica autonomía personal.
La literatura combinatoria es el espejo en el que podemos contemplar los detalles de esta esclavitud. La constricción –las reglas del juego- , a la que se somete el escritor que se vale de la combinatoria, es en todo semejante a la constricción que sobre nosotros ejercita la red de causas y efectos de la realidad.
Desde el centro de esta cárcel Calvino delinea su idea de libertad: la posibilidad de interpretar semiológicamente el mundo de un modo infinito. Las imágenes nos han sido dadas, como las cartas del tarot marsellés o visconteo, pero la interpretación es toda nuestra, y dado que interpretar es a la vez intermediar y permutar, es posible cambiar el contenido de la gran imagen, del gran diseño, en el que nuestra pequeñez está incluida. Esta es la llave que el último Calvino quiso entregar a los escritores del nuevo milenio.
Italo Calvino,  dogmáticamente anticlerical,  testigo de excepción de la hecatombe de la Segunda Guerra Mundial y de la caída del socialismo real, experimentó como pocos la evanescencia de las convicciones. Pero esta lucidez no afectó el optimismo de su búsqueda. El ultimo Calvino, como el primero, no ceja en la búsqueda de la libertad. Los  medios de los que se sirve han variado desde sus tiempos como partisano en las filas Resistencia,  pero su militancia sigue intacta. Nos es dable afirmar que la  literatura combinatoria fue la última lanza que decidió romper en esa lucha.


[1] CALVINO Italo, Mondo scritto e mondo non scritto. Milano, Oscar Mondatori, 2002, p. 115.
[2] Ibidem, 117.
[3] ITALO Calvino. Lezione americane. Sei proposte per il prossimo millennio. Milano, Oscar Mondatori, 2002.
[4] Ibidem, 66.
[5] Ibidem, 82.
[6] Italo Caslvino. Lezione americane. Sei proposte per il prossimo millennio. op.cit., p. 56.
[7] Jean Starobinsky. El imperio del immaginario en La relation critique, Paris, Gallimard, 1970.
[8] Italo Calvino. “Il castello dei destini incrociati”. Milano, Oscar Mondatori, 2011, p. 36. 
[9] Ibidem, p. 47. 
[10] Ibidem, p. 27. 
[11] Ibidem, p. 36.
[12] En realidad la multiplicidad era la penúltima conferencia prevista por Calvino, mas la sexta y última, la consistencia no llegó a ser escrita a causa de la muerte imprevista del autor.

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