martes, 10 de julio de 2012

Foucault en el Panóptico


Recuerdos del subsuelo: mazmorras tibias y torturas edificantes.

Por: Carlos Bermeo



A aquellos que se nieguen a creer en nuestros signos, los acercaremos al fuego ardiente. Tan pronto como su piel sea consumida por el fuego, los revestiremos con otra piel para hacerles probar nuevos suplicios
El Corán, Sura IV, Aleya 59


Descarnadas. Viscerales. Violentas. Obscenas ¿Cómo definir las primeras páginas de Vigilar y Castigar?  Un hombre es quemado con plomo derretido. A ese mismo hombre le han arrancado las tetillas y le han arrojado azufre hirviendo. Finalmente lo descuartizan con la ayuda de cuatro caballos carentes de fuerza y el hacha de un verdugo carente de talento. Ese hombre es Robert François Damiens, el miserable personaje de barriada (secundario, se diría en el cine o el teatro) que apuñaló al rey Luis XV cuando regresaba de visitar a su hija Madame Victoria, aquella princesa hermosa y holgazana que Jean- Marc Nattier pintó en 1748 con una piel pálida, ojos dormilones “boca sensual y mentón estrecho”, como la describió –quizá excitado sensualmente- Pedro de Nolhac. Damiens, por el contrario, fue dibujado con un mentón enorme, la boca desorbitada, los ojos encendidos y una cabellera crispada. Después de su ejecución, se incineró su cuerpo hasta el día siguiente en la plaza pública, para que no quedara nada de su infame paso por el mundo. Era un proscrito. Un “malo y maldito” que cabe perfectamente en las categorías imaginarias de los antihéroes de Fernando Savater. El rey apuñalado, por su parte, regresó a sus salones espléndidos a refocilarse con sus lúbricas barraganas que tanto hicieron escandalizar a la ya escandalosa Francia de aquel entonces. De su hija, Madame Victoria, la de boca diminuta y cachetes rosados, poco sabemos: detestaba a su padre lujurioso y putañero. En la época de la revolución huyó a Italia. De Damiens nos queda –al menos a los seguidores de Foucault- ese retrato pavoroso y espeluznante, que el historiador (¿o arqueólogo?) francés, exhibió ante nuestros ojos, consciente de su amarillismo pleno y de su sensacionalismo intenso, en busca crear un efecto irreversible de pavor en el lector. “Prensa canalla”, diría Tom Wolfe.

Michel Foucault, el autor que cita tan descarnado relato, murió en 1984 por una complicación bacteriana en la sangre, asociada al Sida que padecía desde muchos años atrás. Detrás de él dejó una obra abundante que comprendía títulos como: La arqueología del saber, Historia de la sexualidad (I, II y III), El nacimiento de la Clínica, Las palabras y las cosas y por supuesto, el libro que nos ocupa y nos atormenta: Vigilar y Castigar. De Foucault quizá hay mucho que decir: que mandó al diablo la carrera de medicina que su padre le quería heredar, que la mandó al diablo porque no aprobó el examen de ingreso –esa es la verdad-, que estudió psicología, que se diplomó en filosofía, que escribió una tesis sobre Hegel, que trabajó en hospitales psiquiátricos, que vivía obsesionado con el surrealismo, que leía a Nietzsche, que pensaba que las ciencias humanas jamás alcanzarían la objetividad, que visitaba las prisiones, que fue estructuralista, que fue socialista, que fue homosexual, que conoció a Sartre y a Bordieu, que fue profesor de Derrida, que quería suicidarse como casi todos los escritores, que no se suicidó como casi todos los escritores, que escribió frases famosas y bonitas como "No me pregunten quién soy ni me pidan que siga siendo el mismo", que reclutaba jóvenes izquierdistas en Vincennes, que amó a Stalin, que odió a Stalin, etc. Todo eso se puede hablar de Foucault y mucho más, pero no lo haremos. La verdad es que hay poco espacio y además, la paga es escasa. En lugar de ello, trataremos el tema del poder, que quizá es uno de los puntos fundamentales de la doctrina de Foucault. Luego regresaremos a ese libraco visceral llamado Vigilar y Castigar.
El poder, para Foucault, no se concentra exclusivamente en el ámbito gubernativo, ni en el estado, ni en las clases privilegiadas. Por debajo de éstos últimos, existe una multiplicidad de poderes que se reflejan en los universos sociales en que se desenvuelven los individuos. Existen complejas relaciones de autoridad como las del maestro y el alumno, el padre y el hijo, el hombre y la mujer, el médico y el paciente. Este tipo de relaciones de mando son autónomos frente a los estamentos gubernamentales. El poder está ligado a la familia, a la sexualidad, a la producción, etc. En todo momento, en todo lugar, aparecen individuos dominantes e individuos dominados, situaciones condicionantes que se transforman en mecanismos de autoridad. Allí está, según Foucault el objeto de estudio del poder.

 


En “Vigilar y Castigar” se aborda el complejo tema del poder y se analiza la evolución conceptual de los castigos y las penas en un trasfondo más generalizado: el de la represión. Desde las primeras hasta las últimas páginas, el autor se pregunta cómo evolucionó el modelo represivo social que partió desde la tortura y la exhibición pública y que culminó en la prisión ascéptica y en los castigos de índole privada, que se dictaminan al interior de una oficina y se ejecutan en lugares apartados de la sociedad. En la primera parte titulada “Suplicio”, además de enrostrarnos el pavoroso guiñapo humano de Damiens, de llevarnos de la mano, como Virgilio a Dante, por las mazmorras adornadas con tripas multicolores, vísceras humanas hediondas y un olor a mierda profundo, nos habla del primer concepto de justicia: los delitos se purgan y se extirpan con el dolor físico del cuerpo humano, con su tortura y con la vergüenza pública por ofender “al rey”. Feliz, Foucault nos arrastra por los cadalsos, por las horcas, por los espectáculos sanguinolentos y depravados presididos por el verdugo, ese sacerdote del dolor, de la miseria humana, del sadismo y del verdadero rostro del hombre: la crueldad. Los verdugos de Foucault nos recuerdan la película esperpéntica de Robert Zemeckis, Beowulf, con un Anthony Hopkins que todavía se puede rescatar: “Soy el Verdugo, Asesino, Azotador, Ejecutor. Soy el colmillo de la oscuridad, las garras de la noche. Mía es la fuerza, la lujuria y el poder...”. Su santidad, el infalible pontífice Jean Paul Sartre le decía a la corte de pobres diablos que lo veneraban en el “Café de Flore” del Bulevar Saint Germain de París: “a los verdugos se los reconoce siempre. Tienen cara de miedo”. Seguro lo decía porque los había visto: sus líderes espirituales Stalin y Mao Tse Tung los esparcían como arena por el oriente. A esos verdugos descarnados y violentos, el filósofo cafre siempre admiró.


La segunda parte “Castigo” aborda la evolución hacia un nuevo concepto represivo. El autor cita a Seligman “que las penas sean moderadas y proporcionadas a los delitos (…) que los suplicios que indignan a la humanidad sean abolidos” (pág. 77) La tortura y el espectáculo deben quedar atrás, en las mazmorras tibias de la historia, definitivamente no es civilizado desgarrarle las extremidades a un preso ni introducirle una barra de acero por el culo. El concepto de castigo ya no debe infringir dolor físico, pero sí debe obrar sobre el cuerpo humano. El cuerpo debe ser apresado, reducido a prisión. Toda pena contra “la sociedad” se castigará con la privación de la libertad, con la reclusión. La sociedad se escandaliza con este nuevo concepto. Un parlamentario afirma "De manera que si he traicionado a mi país, se me encierra; si he matado a mi padre, se me encierra; todos los delitos imaginables se castigan de la manera más uniforme. Me parece estar viendo un médico que para todos los males tiene el mismo remedio. (pág. 109). 
Finalmente y a pesar de lo que pensara o dijera este parlamentario tonto y charlatán, el sistema se impuso y a los criminales se los envió a prisión. Y sí, el médico trata todos los males con el mismo remedio: con la muerte. Le guste o no le guste a los honorables parlamentarios franceses. Así es la vida –se quejaba mi abuelo- y el que no tiene más, con su mujer se acuesta.
La tercera parte “Disciplina” trata de la vigilancia. Se debe prevenir el delito. Se debe educar desde las escuelas. El individuo es moldeable desde su niñez. Mediante reglas estrictas, movimientos precisos, vigilancias jerárquicas, exámenes, se obtendrá un ciudadano ejemplar. Un ser social. Como Charles Manson en Estados Unidos, como André Chikatilo en Rusia o Luis Alfredo Garavito, el pedófilo asesino de Colombia. La obediencia de las reglas y la pedagogía de la educación son las claves para construir un hombre nuevo: ese cuento chimbo también nos lo vendió Mockus en Colombia, pero ya nadie le cree a los pedagogos, ni a los psicólogos, ni a los historiadores, ni a Foucault.


La última parte de este libraco perverso y maldito trata sobre los nuevos especialistas, o nuevos verdugos de la prisión: los médicos, los psicólogos, los psiquiatras, los juristas, los jueces, los fiscales, los abogados defensores, los filósofos del derecho y en fin, toda esa caterva “de inmunda pelambrera” como diría Pablo Neruda, que se dedica al noble oficio de castigar en nuestra sociedad. Sólo Dios y los abogados pueden juzgar al hombre, decía un profesor de Derecho Penal de la Universidad del Cauca -de cuyo nombre es mejor no acordarse- mientras se derrumbaba borracho frente a sus alumnos por haberse bebido toda una botella de aguardiente barato. Sí, son ellos, los nuevos especialistas, quienes controlan nuestra sociedad.
De la lectura de Foucault se infiere que nuestro mundo, tal como lo concebimos hoy en día, es una prisión. Desde la familia, desde la escuela, desde las relaciones de poder en la sociedad. Desde las leyes que se promulgan por encima de nosotros y que nos atrapan con sus redes. Ya no se necesitan verdugos ni cadalsos ni hachas ensangrentadas ni horcas de eucalipto que perfuman a los condenados. No necesitamos prisiones ni lugares de reclusión: es este régimen endemoniado el que nos tiene presos, el que nos ha capturado sin que lo sepamos.


Michel Foucault en esta reseña, está sentado en el Panóptico. Ese mecanismo diabólico e inhumano que permitía a un solo guardia vigilar a un centenar de presos. Foucault nos mira a cada uno de nosotros desde su lugar privilegiado y luego posa sus ojos de Torquemada sobre toda la sociedad. Desde su torre nos analiza, se burla de nosotros, revisa nuestras vidas pasajeras y luego se dedica a filosofar. A ejercitar sus mecanismos de poder como intelectual. A crear libros como Vigilar y Castigar.
Las descripciones descarnadas y violentas, empapan innecesariamente este libro con imágenes efectistas extraídas de la crueldad. No solo de torturar, sino también de encerrar y de educar. El pasaje de los niños que deben recitar más de cien reglas en la escuela, de memoria, nos recuerda necesariamente el filme The Wall de Alan Parker. En una escena lírica, digna de los maestros surrealistas, los niños entran en una máquina que los convierte en salchichas para nutrir a la sociedad. Salchichas ambientadas con la música de Pink Floyd y con la humareda del régimen socialista que comenzaba a chamuscarse. Dalí habría delirado con esa escena, siempre quiso, como lo confesó en el Parque Güell de Barcelona, hacer una escultura con carne y huesos de humanos vivos.



La obra de Foucault podría aportar nuevos elementos a los estudios que sobre “La violencia” se adelantan en Colombia, por ejemplo: el análisis de los mecanismos de poder en las comunidades marginales, los micropoderes sociales en la cotidianidad, la evolución de los dispositivos intelectuales y físicos de la represión, el poder sobre los prisioneros y su tratamiento, los discursos habituales que ocultan relaciones de autoridad, etc. Además –y sobre todo- está lo visceral. Lo amarillista. Lo grotesco. La barbarie. La tanatomanía de la violencia en Colombia que ofrece imágenes más repulsivas, más repugnantes, que las que se jacta en describir Foucault: en los años cincuenta se practicaba el corte corbata, el corte franela y el canibalismo sobre las partes mutiladas. En los años noventa la violencia se tecnificó con el uso de la moto sierra. Afortunadamente, la brutalidad y la sevicia no conocen fronteras ni límites geo espaciales. En cuanto a crímenes, violaciones y torturas, Colombia no tiene nada que envidiarle a la culta Europa y mucho menos, a la refinada Francia de Michel Foucault.


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