martes, 31 de julio de 2012

Esto, por ahora

POR: Johann Rodríguez-Bravo.

Nací, de repente, un día en que Dios no estuvo enfermo, sino enguayabado. Fue, si mi mamá no me engaña y los datos son reales, el 20 de Octubre de 1980 en Popayán. Ese mismo día, en el mundo pasaban cosas sin importancia: en Cuba se declaraba el “Día de la Cultura”; en Misiones (Argentina) se creaba “La Casa del Niño”; Grecia volvía a ser parte del mando conjunto de la OTAN.
Lo primero que dije —cuenta mi abuela— fue papá. Nada original, claro. Pero lo que me hizo famoso, en esos días, fue mi cabello rizado y rubio. ¿De dónde sacó esos churos?, preguntaban los metidos, y mamá sonreía con orgullo. Mi papá, que es trigueño, me heredó su mirada y su sonrisa en línea recta; también sus manos grandes.
No sé por qué, cuando apenas decía tres cosas, me dio por cantar. Me aprendí la canción Juan Charrasqueado. Mi tío Álvaro, que brilla por su ingenio desbocado, me peinó lamido-de-vaca y me llevó corriendo a hacer el primer ridículo de mi vida en un concurso de canto organizado por RCN. Por esos días también quedé finalista en el concurso “El niño Leche Klim”; el culpable, mi tío Álvaro, por supuesto.
Días después del terremoto de 1983, me tomaron una foto con Pacheco. Luego, no sé. La vida de verdad empezó, años más tarde, cuando un mongólico me reventó las narices de un cabezazo. Yo cursaba el cuarto, como dicen. Era el colegio.
Al terminar mi primaria, me cambié del Guillermo León Valencia, al Seminario Menor Arquidiocesano. En éste, tuve mi primer contacto con la muerte. Estaba parado en una esquina, cuando el techo se me vino encima. Casi me mata un bloque de adobe que se cayó por efecto de la estampida de facinerosos que corrían por ganar un lugar en la cola de la tienda.
Johann Rodríguez - 1 año
En octavo grado, me pasé a un colegio mixto. Las niñas con sus faldas a cuadros, los niños molestando. La vida empezó otra vez; y ésta, con una patada en la cara que me dio un cinturón amarillo en el salón de entrenamiento de la Liga de Hapkido del Cauca. Me volví artista marcial: chacos, afiche de Van-Damme y dragones lanzando fuego, llenaron mi habitación; también, un cuadro, tamaño natural, de Pamela Anderson, en Guardianes de la Bahía.
Cambié de voz, me masturbé, conseguí novia, me regalaron moto, me masturbé otra vez porque mi novia era boba. Ya era adolescente, un rufián. Como no me aceptaron en ninguna pandilla, tuve que armar la mía propia. Los Ventolini, nos llamaron al vernos tan sin gracia; cuatro amigos: dos gordos, un flaco, un chiquitico. Desde ese entonces, me di cuenta de que jamás tendría enemigos.
Al graduarme del colegio, sin saber qué hacer, me dio porque quería ir de intercambio a Estados Unidos. Pasé sin pena ni gloria con un machete y un mate de manjar blanco por la requisa del DAS y por la inmigración norteamericana. El dulce se lo comieron dos amigos colombianos que me fueron a visitar a Loveland (Colorado); y el machete, con seguridad, aún reposa entre las reliquias más preciadas de la familia Atwood, naturales de ese lugar.
A mi regreso, después de retratarme en la corona de la Estatua de la Libertad y, de pura chiripa, en la azotea de una de las desaparecidas Torres Gemelas, tenía una chaqueta grandota, me había crecido la barba y mis cachetes revelaban, por lo menos, cinco kilos más. Popayán, la misma, la de siempre, la del siglo XIX, me desanimó; así que me quedé en Cali y, sin querer queriendo, matriculado en Economía y Negocios Internacionales en la Universidad Icesi; “la carrera del futuro”, decía un folleto.
Un semestre, dos semestres, tres semestres… diez semestres. No tengo el cálculo de los parciales que gané, tampoco de los que perdí. Me gradué, sin embargo, de aspirante a escritor. El diploma lo saqué Cum Laude y de regalo me mandaron a México. Más fotos: las pirámides, el Zocalo.
Dos años después, hoy: pelo largo, gafas cuadradas, un año de experiencia laboral, un año maestría en Literatura, 24 años de vida. Ahora sí, a reproducirme y morir.

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