sábado, 23 de junio de 2012

La muerte del hombre conjuro



POR: Rubén Varona.

Que sea ésta, mi primera columna en la revista La Mandrágora online, la excusa para comentar la primer novela detectivesca escrita por un afroamericano (Rudolph Fisher). Sucede en el barrio neoyorquino de Harlem, en los años 30. A falta de uno, esta ficción tiene cuatro detectives afroamericanos (innovación en el género). Por supuesto que sus personajes también son afroamericanos; situación que en sí misma se configura como una denuncia a la marcada división racial de la época, ya que en un mismo territorio (la ciudad de Nueva York), surgieron universos completamente independientes y autónomos, en este caso el de los negros y el de los blancos.

Sin embargo, The Conjure-man dies (novela aún sin traducir al español), va más allá, y explora las diferencias sociales existentes entre la población afro. Pone en evidencia el racismo dentro de esta comunidad, que ha terminado reproduciendo formas de discriminación basadas en la intensidad del color de la piel, y se ha convertido en determinante de las preferencias y de los roles sociales de los individuos de esa comunidad. Me explico, la piel de Dr. Archer es un poco más clara que la del promedio, y su lenguaje resulta mucho más elaborado; se trata de un médico que representa la clase alta afroamericana. Por su parte, Perry Dart es el primero de los diez policías de Harlem en ser promovido a detective; el color oscuro de su piel es sinónimo de autoridad: todos lo respetan porque saben que fue elegido para servir a la comunidad afro-descendiente. Bubber y Jinx, tienen la piel mucho más oscura que Dart. Ellos representan la clase trabajadora; todo el tiempo se están insultando, y jugando con las palabras. En sus conversaciones se llaman simios el uno al otro:

     “The reference to ancestors as ‘apes’ strikes two chords and suggest a third. Apes and monkeys by context suggest the antecedent trickster figure of the signifying on white racist imagery blacks as beasts. The third meaning suggests blacks’s pure thirst for their African heritage, which has been degraded, distorted, or erased by white control of their history.” (Soitos 1996, 112)

Rudolph Fisher fotografía el Harlem de los años 30, en especial la dualidad existente en el comportamiento de sus habitantes. Ellos, a pesar de reconocer sus raíces africanas y de conservar muchas de sus creencias, se discriminan, incluso se someten los unos a los otros. En este sentido, encontramos un claro ejemplo en el hecho de que prefieran ser sanados por N’Gana Frimbo, el chamán africano, y no por el Dr. Archer, quien practica medicina occidental; curiosamente los consultorios de estos dos personajes quedan en la misma calle: el uno frente al otro.




Quiero terminar esta aproximación crítica a la novela, mencionando que N’Gana Frimbo, quien además es el rey de Buwongo (Africa), es una suerte de alter-ego del autor. No lo digo por el color de su piel, sino porque tanto Frimbo, como Rudolph Fisher, se graduaron en una universidad norteamericana, tienen una basta cultura (Fisher es una de las figuras más emblemáticas del Harlem Renaissance), así como un amplio conocimiento de las ciencias y de la filosofía.

No me cabe la menor duda de que al publicarse estanovela,tanto el autor, como Frimbo y Dr. Archer, rompieron los estereotipos, y contribuyeron a redefinir la forma en que el mundo percibía a la población afroamericana.





Soitos, Stephen F. The Blues Detective: A Study of African American Detective Fiction. Univ of Massachusetts Press, 1996.

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