viernes, 15 de mayo de 2015

Poema: Deshielo en el Glaciar Perito Moreno

POR: Jaime Andrés Fierro 


Bañados en sudor
como si hubiesen acabado de sumergirse en un río,
con los muslos temblorosos,
a causa del cansancio al que se fueron acostumbrando
y entregando por voluntad propia.

Un libro de mil páginas,
no podría describir lo que sintieron los viajantes aquel día.
ni encriptar los gemidos, las expresiones,
el olor a macho y hembra,
con sus movimientos arrítmicos.

Todo fue lujuria
hasta acabar por completo sus fuerzas,

mientras aquel sudor corría como un deshielo.


sábado, 7 de marzo de 2015

De telenovelas, crímenes y dinero fácil



En la Londres de hoy, una payanesa cuya educación sentimental proviene de la cultura pop y las telenovelas, se gana la vida en el mundo del crimen: le hace daño a quienes hacen daño, saquea a quienes saquean y chantajea a chantajistas, por mencionar algunos de sus delitos. A pesar de ello, su comportamiento se rige por un “código de justicia” que saca de su mira telescópica a los justos, evitando, así, que paguen como si fueran pecadores. La nueva novela de Rubén Varona es un postre de intrigas, móviles y acción pura. Reacciona frente a la cultura del dinero fácil y a la homogenización de las voces narrativas actuales que llegan a parecer meras traducciones. De La hora del cheesecake (La Pereza Ediciones), publicada en el mes de febrero, se tomó el siguiente fragmento de la segunda parte.

¿QUÉ DIJISTE pues, mi blanquito, que me voy a acostar contigo así nomás? Je, a mejores albinos me he ligado. Y no me abras los ojos que no te voy a echar gotas, tampoco te vayas a herniar que la baranda es de hierro y con esos bracitos de lagartija somalí no irás a ninguna parte. Ayayay, pero es que eres bien ingenuo: ¿en serio pensaste que soy la hija de Ulrica y de Javier Otárola? Debes ver más televisión, a ver si aprendes un poquitín de la vida. ¿No tienes tele? Pues deja la tacañería y cómprate una. Y suscríbete a un servicio de cable, je, porque la televisión pública suiza es peor que la del tercer mundo, ¿cómo te parece?
       Hazme caso mi cándido-blanquito, cómprate una, y siéntate en el piojoso sillón de allá abajo, ármate de palomitas de maíz y sintoniza cualquier telenovela, incluso una mexicana, que por mal que te vaya, te irá bien, pues cualquier cosa es más interesante que los bostezos del Borges ese que tanto te gusta leer. Ya verás que en poco tiempo sabrás tanto de la vida que de un vistazo serás capaz de desentrañar los secreticos de quienes te rodean. Je, si no mírame a mí, quien gracias a los teleculebrones afiné mi detector de casquiflojas, sintonicé mis antenitas de vinil en la frecuencia de estafadores y las lacras como tú, porque ayayay, mijitico, resultaste ser el colmo: tras de ingenuo, profanador de tumbas; tras de absurdo, borgiano; tras de traficante de huesos, langaruto, blanquito y calentón.
       Ya que estamos en confianza, te cuento que te conocí por pura coincidencia. Llegué a Ginebra esta mañana, y como mis compromisos eran hoy en la tarde, de inmediato salí a turistear. Hice el típico recorrido en lancha por el lago Lemán y sí, las fotos clichesudas con el chorrito ese de las postales. Luego fui a las joyerías de la rue du Rhone, y cómo te parece: me enamoré de un anillo de diamantes que me quedó de infarto. No seas malito, mi blanquito-detallista, ¿me lo regalas?
       Anyways, miré la hora y me di cuenta de que el avión de Air France proveniente de la Argentina ya debía haber aterrizado. Tenía el tiempo justo para llegar al cementerio de los Reyes. Je, compré una rosa para la condesa Grisélidis Réal y como estaba tan cerca, me fui caminando; ¿de casualidad la conociste? No me mires de esa forma que esa nena sí que tenía carácter; fíjate que defender la dignidad de las prostitutas… Je je, el caso es que iba rumbo a Plain Palais, cuando divisé a un joven bien simpático. Justo a tiempo: se trataba de Sebastián Tapia, el comprador; je, tenía la misma camisa de la foto de su perfil en Twitter. Me acerqué a preguntarle la hora: las cinco menos cinco, me dijo. Por su francés escamoso como el de Sergio Pelz, confirmé que era el galán de las pampas que esperaba, che. Obviamente él también iba para el cementerio, pero según dijo, a visitar a Jorge Luis.
       —Hey, Sebas, ¿y Borges no debería estar sepultado en Buenos Aires?
       Y él se puso de todos los colores, y mientras decía que ajá, que cómo no, y que si yo podía creer semejante disparate, abrió y cerró cien veces los dedos de las manos como cazando pispirispis.
       —Pero tarde o temprano descansará en la Recoleta, porque, che, Borges es porteño, nacido a escasas cuadras del Río de la Plata. No es ningún patrimonio de la UNESCO, como nos hace creer la boluda de la María Kodama.
       En la rue des Rois divisamos los cipreses del cementerio y aceleramos el paso; la brisa descendía helada de los Alpes.
       —¡Che, nos vemos! ¡Disfrutá de la visita a la gran puta de tu amiga!
       Sebastián entró en la oficina de atención al público.
       En la cartelera de la pared hallé el listado de huéspedes, así como el número de la suite de cada uno de ellos. En ese momento fue cuando te vi, mi manchita de cloro, y por mi vida que fue amor a primera vista. Secretiabas con el argentino ese. Entonces seguí mi camino hasta la tumba de Grisélidis Réal, atenta de que ustedes concretaran el business que nos traería a todos felicidad. Minutos después, el argentino se marchó por donde entró, sin haber visitado a su compatriota, ajá, y tú te fuiste de inmediato al sector D, para hincarte frente a la tumba 735. ¡Todo estaba consumado! Je, fuiste a pedirle perdón a Borges por el sacrilegio que te disponías a cometer; ¿o me equivoco?
       By the way, El Escocés, tu patrón, sí que es un peso pesado del marketing delicuencial: mis respetos. Dizque venderle al argentino un cadáver sin exhumar, como quien dice, sobre planos, como si se tratara de un apartamento por construir en el Bronx.
       Dejé mi flor sobre la leyenda: Escritora – Pintora – Prostituta y, pensando que Grisélidis se pondría fúrica al perder a uno de sus clientes habituales, me acerqué a ti, mi blanquito-coquetón, decidida a hablarte, como José Francisco cuando abordó a Venus al terminar la clase: ¿viste Claroscuro de pasión?
       Que me llamo Menganito y soy fotógrafo profesional; que por accidente escuché que acabas de llegar de Dinamarca y te interesa hacer contactos en el mundo de la belleza; y para sus adentros, que le ganaría la apuesta a su amigo Beto, que antes de terminar la semana sus Converse vinotinto amanecerían bajo la cama de su nueva compañera de clase. Y Venus que qué gusto conocerlo, que había ido a Venezuela por ser una fábrica de reinas y que la disculpara por su español, que como Carito lo hablaba poquito; y José Francisco que se diera una vueltica, que qué cuuuerpazo; je, y no veía la hora de ganarle a su amigo el acetato de Rafael Orozco, el cantante vallenato. Y ella que su sueño era representar a su país en Miss Universo, y él que trabajaba como fotógrafo en Sésamo, la revista donde salían las nenas más hot del continente, y que claro, que cómo no, que tenía muchísimos contactos en el medio, que la miss Dayana Mendoza era la novia de su primo Enriquito, y sonrisa va y sonrisa viene, y Venus que necesitaba unas fotos, y él que esa misma tarde le haría todo un estudio en su casa.
       Je, hice algunas tomas a la cripta, sin importar que tú, mi blanquito-deslactosado, siguieras allí de rodillas. Fotografié la leyenda que se encontraba en la cara anteroposterior izquierda de la piedra, debajo del grabado de la nave vikinga:
       De Ulrica a Javier Otárola.
       Entonces recordé una conversación con don Juaco, el ilustre lustrabotas de la plaza central de la ciudad donde nací.
       —¿Sabía que Popayán ha sido mencionada tres veces en la literatura universal?
       —¿Y usted, señor, por qué sabe todo eso?
—No ve que me gano la vida lustrando, ¿y qué mejor que sacarle brillo al ego de los payaneses? No me vaya a decir que esa sonrisita tan picarona es falsa.
—¡Atrevido! Je, a ver si deja de mamar gallo y se concentra en su trabajo, porque harto brillo que sí necesito.
—¿En las botas o en el ego?
—Pues en ambos.
—La alusión que más me gusta es la de Moby Dick, la novela de don Herman Melville. El capitán del barco le ofrece un doblón forjado aquí al marino que aviste al cachalote blanco.
—¿Y por qué le gusta tanto?
—Vea, niña, yo no la he leído, pero me parece la berraquera por aquello que dicen que este pueblo era grande cuando era chico, y como en la Colonia aquí quedaba la casa de la moneda. Mejor dicho, ahí le suelto ese dato…
—¿Y cuál es la mención que menos le gusta?
—Ah, pues la de Roberto Bolaño, en Putas Asesinas; ¿no ve que no salimos bien parados? Imagínese que un actor porno aparece colgado en una habitación de esta ciudad. Debió ser en el Hotel Arabia, porque allá puede pasar cualquier cosa.
—¡Quién lo ve a usted tan dateado!
—La última de las alusiones la hace Borges, en su cuento Ulrica. Javier Otárola, el protagonista, es un payanés que trabaja como profesor de la UniAndes. Dicen que el cieguito lo escribió pensando en el maestro Negret; ¿sí lo distingue? El que hace girasoles a punta de tuercas y tornillos.
El lustrabotas estaba en lo cierto, además de sacarle brillo al ego de los payaneses, Borges dejó en ese relato una sentencia tan memorable para la gente de mi país, que por ella, y solamente por ella, todo el mundo allá es seguidor suyo.
—¿Qué es ser colombiano? —Ulrica le pregunta a Javier.
—No sé —él le responde—. Es un acto de fe.
¿Que qué significa eso? Je, pues ni idea, pero aquel fraseo nos encanta, así como creer que Medellín es la capital mundial del tango, sólo porque Carlitos Gardel, el Morocho del Abasto, colgó su bandoneón en esta tierra santa; ¿viste?
—¿Cómo te llamas?
—Ulrica, Ulrica Otárola, y vengo de Popayán.
Te respondí con firmeza; je, como si hubiera dicho Montecarlo, Praga o Lisboa. Arrugaste el ceño, ajá, de la misma manera en que lo haces ahora.
       —Debo irme, pero te aseguro que pronto volveremos a encontrarnos.

       ¿No hablaba yo la lengua de los pájaros? 

jueves, 12 de febrero de 2015

Cárdenas y Constaín: una cosecha literaria


Por: Juan Carlos Pino Correa

El miércoles a medianoche leí en la página web del periódico El Espectador que Juan Esteban Constaín había ganado, con El hombre que no fue Jueves, el Premio Biblioteca de Narrativa Colombiana que se otorga a la mejor novela publicada en 2014 en nuestro país. Debo decir que me alegré mucho, de la misma manera que me alegré al enterarme el pasado diciembre que la novela Los estratos, de Juan Sebastián Cárdenas, había obtenido el Premio Otras Voces Otros Ámbitos, distinción que dan editores, escritores y libreros españoles a la mejor novela de culto publicada en 2013. Me alegré en ambos casos porque estos jóvenes escritores payaneses empiezan a cosechar los frutos de un trabajo que han ido forjando al recorrer caminos geográficos y literarios muy vastos.
A Juan Esteban Constaín me he referido en un par de ocasiones en mis columnas, aunque no he comentado en detalle que una de las facetas de su obra es la novela histórica pero no a la manera tradicional, es decir de reescritura de hechos pasados, sino como pretexto para ficcionalizar algunas aristas de la realidad y para interpretar y hacer lectura crítica del mundo con un toque de humor inteligente y sutil. Se deconstruyen unas “verdades” y se construyen otras mostrando sus estratagemas y engranajes. En esa ruta se hace alusión a momentos históricos y se revisan escenas puntuales pero también hay invención. Por eso aparecen referentes claramente identificables, nombres conocidos o lugares que pueden señalarse con el dedo dentro de los mapas, como sucede en El hombre que no fue Jueves: “Un proceso de santidad de un católico como Chesterton, iniciado por Juan XXIII, era un mensaje que nadie había querido interpretar, casi una bomba. Ni siquiera el mismo papa Juan fue capaz de seguir adelante, pues muy pronto dedicó todas sus fuerzas al Concilio Vaticano II y se olvidó por siempre de Chesterton”. Antes, en el El naufragio del Imperio, Juan Esteban había reunido a Napoleón Bonaparte con neogranadinos, y mucho antes, en Los mártires, había pintado breves frescos sobre situaciones elocuentes o significativas de algunos grandes artistas.
De otro lado, la literatura de Juan Sebastián Cárdenas se interesa por otras cosas. Estoy convencido de que la intemperie es la protagonista de sus novelas y entonces en ellas no es importante que se evidencie el nombre de un hombre o de una mujer o el de una ciudad porque como esa intemperie cubre a todos, cualquier persona puede ser quien huye de un hospital al enterarse de la muerte de un ser querido o cualquier persona puede ser quien, por recuperar un recuerdo de infancia, lo deje todo atrás y decida aventurarse por geografías inhóspitas tanto exteriores como interiores. Así, como una expresión de esa intemperie, la cotidianidad prevalece en los escritos de Juan Sebastián, la historia de las pequeñas cosas. Esa cotidianidad y esas pequeñas cosas configuran la vida en sus momentos esenciales, en su muchas veces ignorada trascendencia. Eso pasa en Los estratos: “A pesar de la lluvia, la gente se las arregla para seguir ahí, vendiendo cosas o simplemente charlando y viendo llover en una esquina”. Y por eso no es extraño que un personaje afirme que “El buen gusto es una cierta elegancia a la hora de negociar cotidianamente con la muerte”. Esas pequeñas cosas que a veces terminan siendo, ¿por qué no?, un tanto absurdas e irracionales, también protagonizan Zumbido y Carreras delictivas, los dos libros anteriores de Juan Sebastián.
Bien podría decirse que tanto Juan Esteban Constaín como Juan Sebastián Cárdenas hacen parte de ese grupo que Francisca Noguerol llama “escritores por biografía y vocación, comprometidos con su carrera literaria y dispuestos a desplazarse a otros países para alcanzar proyección internacional”. Ambos han viajado mucho por los territorios del mundo y por los territorios de la literatura y en esos itinerarios han afinado su pulso para escribir y alimentado su pulsión por unos temas que luego convierten en libros. En libros como los dos recientemente premiados. Libros de dos payaneses para leer aquí y en cualquier lugar, para leer en español o en cualquier idioma. Y es que, parafraseando a Séneca, su nacimiento no los vincula con un único rincón porque su patria es el mundo. 

La santidad sin santos

Por: Juan Carlos Pino Correa

Hace año y medio o dos, no recuerdo muy bien la época, mientras tomábamos un café en Bogotá, le pregunté a Juan Esteban Constaín por el tema de su siguiente novela, después de la excelente recepción de ¡Calcio! Él me respondió que estaba empezando a escribir una historia sobre una propuesta de canonización del escritor inglés G. K. Chesterton por parte del Vaticano. Yo no le conté que en mi infancia almaguereña había leído El candor del padre Brown porque recordaba muy poco aquel libro que hacía parte de la biblioteca contemporánea de Editorial Losada que era uno de los tesoros más preciados de mi padre y que fue la culpable de que yo habitara luego, a veces dando tumbos de ciego, los caminos y territorios de la literatura. Ese libro aún lo tengo.
El caso es que eso me dijo Juan Esteban de su novela en ciernes, y cuando apenas salió publicada con el título El hombre que no fue Jueves la compré con premura en el primer lugar donde la ofrecían: el café Rabo de nube, en Popayán. Entonces la devoré en un par de días y me di cuenta de que sí, que la historia que allí se contaba era la fallida canonización de Chesterton. En lo primero que pensé fue en todo lo que había entre la brevísima sinopsis que había hecho Juan Esteban en Bogotá y el libro que tenía en mis manos. Y sé, por experiencia propia, que hay un largo camino recorrido entre una cosa y la otra. Entonces no pude evitar imaginar al autor payanés esbozando los personajes de la novela: Giacomo Girolamo Casanova, Cinzia Crivellari (profesora de Historia que “jamás enseña temas ni cosas sino pasiones”), los sacerdotes Giuliano y Vicenzo, Jorge Bergoglio y Benedicto XVI, entre otros. Y no pude evitar imaginar a Juan Esteban quizá sonriendo cuando decide proyectar un narrador de corte autoficcional, es decir donde nosotros, los lectores, podamos pensar que ese narrador es el propio Juan Esteban Constaín, un joven escritor que ha vivido en Italia con sus hijas y es capaz de hacer traducciones del latín y del inglés de los bárbaros. Lo imagine sonriendo porque Juan Esteban sabe que la autoficción es la biografía puesta en duda y porque sabe que en el universo literario el narrador es distinto al autor, aunque a veces se llamen igual o coincidan muchos detalles de sus vidas, como por ejemplo que para buscar un seudónimo se opte por Percy Thrillington.
En definitiva, el Vaticano contacta subrepticiamente a un latinoamericano que vive en Padua y que ha adelantado estudios de posgrado en Venecia para que traduzca con la más absoluta confidencialidad unos documentos que hacen parte del expediente Chesterton. El proceso de canonización del escritor se apoya, entre otras cosas, en las notas escritas en 1972 por un novicio jesuita llamado Jorge Bergoglio y cuenta con el beneplácito del papa Benedicto XVI. En la novela se señala que canonizar a Chesterton era una obsesión de Juan XXIII desde su llegada al Vaticano en 1958. En referencia a su interés por acercarse a la Iglesia de Inglaterra, aquella que creo Enrique VIII por dar rienda suelta a su pasión por Ana  Bolena, “a Juan XXIII se le había metido en la cabeza que Chesterton, un inglés que había sido descreído y anglicano y luego católico de verdad, es decir, un hereje, le podía servir más que nadie para cerrar esa herida que unas faldas abrieron”. Pero pese a aquella voluntad política todo en el camino se va llenando de espinas y la iniciativa del papa Roncalli no la puede acabar de concretar el papa Ratzinger. De la evidencia del expediente sólo queda la copia que hace el traductor, subrepticiamente también. Porque, en el fondo, esta novela es una forma de mostrar cómo se tejen las historias, cómo se escriben las novelas.
Con El hombre que no fue Jueves, Juan Esteban Constaín quizá quiera recordarnos que el argumento fundamental para canonizar a Chesterton puede aplicarse a muchas cosas en el mundo de hoy: “la santidad no es cosa de santos”. 


sábado, 17 de enero de 2015

Poema: Psicópata

Por: Mónica Chamorro


Asesiné al amor con mis manos.
Por eso las llevo tintas en su sangre,
llenas de su magnífica verdad.
Mis dedos se hundieron en su carne,
irrumpieron en el precioso mecanismo
mas solo hallaron una piedra palpitante.
Ahora soy una Euménide cansada
con los pies lacerados de recuerdos
que persigue el silencio del cortejo
arrastrando los despojos del amor.
Frente a su cuerpo inmóvil lloro su muerte.
Como si fuera un sueño, oro por su resurrección.
Solo lo necesito vivo un nuevo instante,
Solo necesito volverle a matar.

martes, 9 de diciembre de 2014

Los vándalos: una novela alucinante de amor y de muerte

POR: Noemí Viegas Cabeceras


Hace tiempo tuve la suerte de leer Never More, una novela negra del escritor cubano Reynaldo Cañizares, segunda finalista en el Concurso de Novela de la Semana Negra, en Gijón. Entonces comprendí que se trataba de una literatura distinta a la que hacían los demás escritores del género porque incluía elementos e imágenes oníricas y surrealistas tan creíbles, que hacían al lector vivir y morir con cada uno de los personajes de la trama. Años después tuve la oportunidad de convertirme en amiga de aquel escritor tan sugerente.
Han pasado varios meses desde que Reynaldo Cañizares tuvo la deferencia  de enviarme su novela  Los vándalos, que estaba próxima a publicarse en España. Si un sólo lector la lee esteré satisfecho, me dijo humildemente en aquella ocasión.
La editorial madrileña Atmósfera Literaria, dirigida por el narrador y editor Luife Galeano acaba de publicar Los vándalos, novela que se suma a la extensa producción literaria de Reynaldo.
Un crítico y periodista, durante la concesión del Premio de Cultura Comunitaria 2014, otorgado en su país a Reynaldo Cañizares, dijo que ésta era una de las voces más auténticas de la literatura cubana actual y señalaba que en los últimos años no existía una antología de relatos neo policiales cubanos donde no estuviese incluido un cuento suyo.
No creo que puedan separarse los argumentos de sus cuentos y sus novelas pues, en su conjunto, la literatura de Reynaldo no deja de ser un trágico testimonio artístico acerca de los desarraigados y las crisis en las relaciones que existen en los micro mundos que constituyen sus historias.
Considerado el máximo exponente del realismo mágico en la literatura negra en Cuba y fiel a sus raíces rurales, es un autor crítico que construye sus historias en un lenguaje nítido que nunca pierde el imaginario popular y que nos atrapa en el universo asfixiante del barrio cubano, una tierra de sombras y de sueños rotos; elementos todos ellos del movimiento que viene desarrollándose en los últimos años y que ya denominan la nueva novela negra cubana.
 Los vándalos no es una excepción si bien muestra una mayor madurez creativa del autor gracias a la riqueza sicológica de los personajes y la renovación de su propia literatura con la savia de un escritor surrealista.
Se trata de una novela tanto literaria como social que cala con precisión la atmósfera de la vida en Cuba en los primeros años de este siglo. El análisis estético de la novela lleva al lector a sacar vastas conclusiones históricas.
La historia transcurre en el barrio de El Condado de la ciudad de Santa Clara. El investigador es un personaje que vive obsesionado por haber denunciado, cuando estudiante, a su novia Margarita al descubrir que ésta lo engañaba con una amiga. Eran tiempos en los que ser homosexual o religioso en las universidades del país era un acto criminal que conllevaba a la expulsión inmediata.
Este complejo de culpa lo lleva a la búsqueda infructuosa de Margarita en los lugares que frecuentan  las lesbianas y los gays y, por ello, su jefe y compañeros de la unidad policial lo consideran un pervertido y lo desprecian profundamente.
Al producirse la desaparición de una muchacha, éste es designado responsable de esclarecer el caso. El investigador supone que la muchacha perdida es Margarita y se lanza en una búsqueda frenética.
Tras enterarse que dos testigos habían visto entrar a la muchacha a la misma hora en dos lugares distintos con dos personas diferentes, comienza a descubrir toda una retahíla de negocios ilícitos, vicios, traiciones y crímenes y llega a la conclusión de que todo es válido en el barrio y que la calle es la calle y el asesino, siempre es el asesino.
Piedras, callejuelas, escenarios tenebrosos, inscripciones, recogidas de libros prohibidos, muertes, nadie sabe en qué proporción tales elementos se han mezclado, pero todo ayuda a armar el rompecabezas a través de muchas vidas.
Como me dijera Reynaldo Cañizares: si un sólo lector lee Los vándalos, si uno sólo escucha los pasos de los personajes, si se confunde en la calle con ellos, si respira el olor de la sangre, si siente su dolor, entonces no habré escrito en balde.
Hay algo romántico y a la vez terrible en la consecución de los detalles de esta novela. Hay tanto de historia real como de ficción literaria. Hay tanta magia y tanto dolor que me inquieta profundamente. Estoy convencida que el autor puede sentirse satisfecho.

Buenos Aires, Argentina. 2014.