viernes, 3 de enero de 2014

OTRA NAVIDAD


(Cuento navideño)
POR: Álvaro Ernesto Sierra Eljach.
Dos de la mañana; llego oliendo a alcohol y a cigarrillo. Solo, otra vez. La  cama toda para mí, me convino no hacer ningún “levante” este sábado. La tele hasta quedarme dormido. Ocho de la mañana, suena el teléfono, nadie lo contesta, claro soy el único idiota desconfiando que no desconecta ese aparato “por si sucede alguna emergencia”. ¿Quién va a llamar a pedirle ayuda a un tipo sin carro, sin un peso, y con sus amigos a kilómetros de su casa? Nunca pude quitarme el hábito familiar de no desconectar el teléfono. Pero, bueno, no quería contestar, aunque al otro lado de la línea, no se cansaban de intentar localizarme o despertarme: hola hijo ¿no te da emoción? Esta navidad va a ser inolvidable –Mi padre es apasionado con reunir a sus hijos en la casa, utilizando cualquier pretexto: navidad, el día del amor y la amistad, el día de la madre, el primero de mayo, el veinte de julio, en fin, un hombre de familia; yo no; soy un ser cada día más oscuro; aferrado al televisor y a tener relaciones de una sola noche; creo que fue una reacción sicológica al crecer rodeado de tanto afecto. A los dieciséis trabajé como mensajero en una carnicería en el barrio donde crecí; mis padres decían que no tenía necesidad de trabajar, que me dedicara a estudiar, pero yo solo tenía un objetivo en mi adolescencia, ahorrar, no gastarme un peso para así, en unos dos años irme a vivir a Medellín, lejos de mi familia, intentar extrañarlos, darme esa oportunidad de ser un sujeto “familiar” como ellos, desde mi distancia, llegarles con regalos y la cara colorada de la dicha, saludar a mi padre y repetir montones de veces la comida de mi madre y de mi abuela, esas eran mis intenciones al alejarme, encontrar el amor familiar desde la distancia. Al cumplir diecinueve, tenía suficiente dinero ahorrado y dejé mi hogar; una maleta, una almohada y muchas expectativas e ilusiones me acompañaban. Han pasado once navidades y no he extrañado mi hogar; estudié, trabajé, salí con muchas mujeres, podría decir que he hecho un par de amigos, pero no siento ese deseo intenso de abrazar a mis familiares, muchos años viví atormentado por esa frialdad, pero con el paso del tiempo entendí que esa era mi forma de querer, sin embargo, asistía militarmente a todas las predecibles navidades en la casa de mi padre, las tengo grabadas en mi cabeza, treinta navidades exactas, solo que cada vez nos vemos más viejos, y la familia ha crecido un poco; la celebración navideña en los últimos once años ha sido la misma: primero, la llamada de mi padre el diez, el trece me llegaba un sobre, con un tiquete en avión Medellín-Bogotá, en Satena, para no tener que subir a Rionegro, luego, el catorce llego a Bogotá y toda la familia va a recogerme al aeropuerto, llegamos a la casa y me recibe un ajiaco lleno de crema de leche y alcaparras, la especialidad de mi madre, nos instalamos en la sala, tomamos un café y empezamos a desatrasarnos; mi padre a las cinco de la tarde, saca de la despensa una botella de ron y manda a mi cuñado a la tienda a comprar Coca-cola, sentados en la sala tomamos ron, la niña juega Nintendo, mi padre empieza a ponerse un poco melancólico, por cómo hemos crecido, mamá trae un postre de brevas con arequipe y queso, cae la noche y viene la pregunta del último trago de ron: -¿y usted es que no piensa organizarse?- es la pregunta navideña, debería conseguirse una novia y ajuiciarse, es que me lo imagino por allá lleno de putitas bien loquitas –siempre le he querido responder- ¿Para qué? ¿Para embarazarla? Pero prefiero evitarlo y simplemente guardo silencio. El siguiente día se va haciendo el mercado más grande del año, salimos a las ocho de la mañana y a las seis estamos en la casa, luego, el dieciseis empieza la novena; llega el veinticuatro y la repartición de regalos, la música, la comida, otra semana alquilando películas, el paseo  por todos los pueblitos cercanos, el año nuevo, la lloradera de mi padre ebrio totalmente, el guayabo del primero, el partido de fútbol el dos de enero con los vecinos, las salidas en familia, y su afán de organizarme, y el diez de enero me llevan todos al aeropuerto nostálgicos y melancólicos.
No. Esta vez por algún motivo encontré valor y le dije a mi padre que en esta navidad no iba a Bogotá, que tenía otros planes. Ah. Se hizo un silencio eterno en el teléfono, ya estaba más despierto y sentí un poco de pena, pero a su vez sentía una enorme emoción por mi primer diciembre solo, mi padre dijo que le daba pesar, pero que si necesitaba algo le avisara, y me hizo entender que si en cualquier momento deseaba visitarlos, me esperaban con los brazos abiertos; desperté, comí un roscón de guayaba con un vaso de leche, me bañé y pensé, cuál sería el mejor lugar para empezar mi aventura navideña, -¿me quedo? ¿ mejor salgo de la ciudad?- siempre quise una navidad oscura, conocer la otra mirada, las frías noches de los travestis y las prostitutas, las oscuras y silenciosas esquinas del centro en las fechas más familiares, caminar solo sin decirle a nadie feliz navidad, también quería coger un bus y bajarme en cualquier parte, sin depender de nadie, sin la familia  y sus críticas, sin tener que esperar que mi padre acabara la última gota de ron para poder dormirnos.  Lo había decidido, esta navidad iba a renunciar a mi cómoda identidad, empaqué tres camisas, un jean y tres calzoncillos y salí de mi casa, seguidamente pasé por el puente de la calle Colombia y boté las llaves al río; ahora sí, no tenía a dónde ir me acompañaban sesenta mil pesos, mi cédula y un pequeño morral. Parecía un idiota de lo libre que me sentía. Comencé a caminar hacia el centro, todo normal hasta que cayó la noche y empezó a hacer frío, era un lunes y no había mucho movimiento, así que decidí internarme en los bajos del metro, había una familia protegiéndose del frío con periódicos, muy arrinconados en una de las columnas del viaducto. Cinco niños, una señora demacrada y un hombre muy paciente; la imagen era conmovedora, subí dos cuadras hacia una panadería que estaba a punto de cerrar, y compré churros, pasteles, roscones, cuajadas y gaseosa. Me acerqué a aquella familia y les pedí el favor de recibir la comida, y dejarme acompañarlos.
-Joven, ¿tiene frío?
-Sí señor, está pegando como duro ¿no?
-¿Vicio?
-¿Perdón?
-Hombre, ¿qué le pasó a usted? Tiene cara de ser de buena familia.
Comencé a reír, me dio miedo decirle la verdad, sabía que me podía retirar la confianza y lo evadí diciéndole que venía de otra parte y que no tenía dónde amanecer.
-Usted sí que es bruto; con lo que se gastó en pan para nosotros hubiera podido pagar un buen cuarto en el centro.
-Pero ustedes… respondí y no hablé más. Me regaló periódicos y me envolví hasta quedar dormido, era extraña la cara de felicidad que tenía contrastando con el desespero y tristeza de aquella familia, a la cual no quise preguntar el por qué de su tragedia, no quería encariñarme con nadie. Esa era mi naturaleza. Muy temprano me levantó el primer tren; doblé los periódicos. Seguí mi camino buscando la navidad.
(2004)

domingo, 24 de noviembre de 2013

Bievenida a la novela negra Teresa Dovalpage



POR: Reinaldo Cañizares Mesa.


Es innegable que vivamos donde vivamos a los escritores cubanos nos une una similitud de pensamiento que es la razón más fuerte para el acercamiento de las literaturas y que actúa como regla no escrita independiente del enfoque y del rigor del criterio social_ porque los cubanos siempre escribimos sobre Cuba.
Teresa Dovalpage nació en la Habana y se graduó de Licenciada en Lengua Inglesa en la Universidad capitalina de la isla; reside en EE.UU, en Taos, un pueblo  rodeado de montañas en el  suroeste americano.
Junto a Chely Lima y Daina Chaviano, una de las voces más auténticas de la literatura femenina cubana extra fronteras, es de esa generación que ha recorrido todos los caminos de la penuria en el exilio y que ha pasado por las llamas y por el océano intelectual entre las dos aguas y que cuando se tiene parte de la vida hecha, torna más dura la metamorfosis.
Hace pocos días recibí su última novela: “Orfeo en el Caribe”,  publicada por la Editorial madrileña “Atmósfera Literaria”, dirigida por el crítico, narrador y amigo Luife Galiano. Su tema; la vida de un grupo de músicos integrantes de “Mal de ojo”, una banda habanera, y la preparación de una fuga en balsa desde La Habana hacia el exilio de Miami. Todo ello genera ricas sub tramas y personajes, de modo que la claridad de los hechos aparece envuelta en una niebla que desemboca en un amargo fin de fiesta.
Me impactó el tema –pues los cubanos hemos tenido que marcar muchas cruces en el Estrecho de la Florida — pero más que ello la forma original que escoge la autora para desarrollar la trama, pues el hecho de que otros escritores hayan tratado en sus obras este fenómeno social, no impide a Teresa Dovalpage delinear las fronteras entre lo profundamente humano y lo artístico a la hora de plasmar su argumento.
Y no es que la autora no demuestre su fino humor, como en sus anteriores libros de cuentos y novelas, pero esta es una jovialidad menos abierta  que muestra lo inhumano de lo humano, lo cómico de lo trágico.
“_ Eury, ¿te irías conmigo?_ le dice Orfeo a su novia Eury la gorda, a quien ama.”
Esta gorda, lectora de novelas románticas, es una estudiante universitaria, exiliada nostálgica de su propio hogar y que se enamora perdidamente del joven mulato en quien ve la única esperanza, pues en 20 años de vida ningún otro hombre se ha fijado en ella.
“Y allí en el Malecón sentí que el destino me susurraba un canto de esperanza. Era un canto sobre otro mundo donde podría leer en su idioma original todos los libros que dieron a luz las hermanas Brontë y Florence L. Barclay, y todos los best-sellers del New York Times. Un canto sobre mi propia casa (no una beca llena de ladrones ni el apartamento de tía), un canto sobre un piano Yamaha que tocaría cuando quisiera, sin molestar a nadie. Un canto sobre el cuarto propio —¡ay, Virginia!— donde tomarme tranquilamente una taza de té. Oh, yes”
Casi sin darme cuenta le contesté que sí, que cómo no, qué cuándo era la cosa porque por mí, ya me estaba montando en la lanchita”
Entonces, el problema político de la fuga del país, se convierte meramente en un problema espiritual y estético.
En el centro del drama está el personaje protagónico de Orfeo Vázquez, un joven y talentoso músico cubano sin futuro, a quien su padre, un funcionario gubernamental con posibilidades económicas, le ha regalado un automóvil, y por tanto tiene un nivel adquisitivo superior al de los demás jóvenes que lo rodean;  ha encontrado el amor de su vida en la rolliza Eury, no obstante decide abandonar ilegalmente el país hacia la Florida, en una barca, en busca del “sueño americano”,  lo cual es andar en Cuba mesclando dinamita con fuego.
Esta renovada Teresa Dovalpaje se nos refleja ya no solo por la exterioridad sino por su espíritu, pues a través de sus páginas todo lo mira con ojos del pueblo cubano. “Orfeo en el Caribe” abre sus puertas a vocablos populares,  que universalizan las expresiones poéticas contenidas en ellos, con lo cual les confieren una nueva dignidad.
A ratos Teresa Dovalpage se asemeja a Raymond Chandler por la dureza del lenguaje; otras a Dashiel Hammet, por el desenfado con que narra las cosas más tremebundas; aunque algunos elementos la acercan más a la prosa sutil de Rodolfo Pérez Valero. Un conocido crítico me hablaba de que la novela crea un mundo de seres aislados dentro de la sociedad, rico en historias angustiosas, al estilo de Dostoievski. Quizás ella se nutrió de algunos de esos maestros del género. Pero su novela es universal, porque pone al descubierto la riqueza sicológica de sus personajes, proyectándolos más allá de las fronteras de Cuba.
No resulta tarea fácil descubrir antes del final el enigma de esta Novela negra de amor, aunque el lector tiene en sus manos todos los elementos. “Orfeo en el Caribe” rompe cánones, rechaza la diferencia insondable entre los géneros. Lección de novela. Lección de teatro. La realidad de los personajes no reside en el lugar donde se desarrolla la trama, ni en el tiempo, ni siquiera en la magnífica historia que narra, sino en las pasiones y en la verosimilitud de los sentimientos y las circunstancias.
Bienvenida al gremio de la Novela negra, Teresa Dovalpage, con “Orfeo en el Caribe”!

lunes, 4 de noviembre de 2013

PARÍS-BOSTON


POR: Álvaro Sierra

Personajes

Witson
Toño
Perla
Yeison
Serenatero

Escenario, Un video recorre las calles de Medellín, entra Witson con una llanta y una llave, Perla con un retrovisor, Toño con una veladora y Yeison con un pasacintas.

Witson: Medellín está lleno.
Yeison: Repleto.
Toño: De mamacitas.
Perla: Y buses.
Witson: Si quiere monas, hay monas, pelirrojas, morochitas, negritas, hasta achinaditas.
Yeison: Seguro.
Toño: Pero ¿sabe dónde están las mejores?
Los tres hombres, eufórico: En los barrios.
Witson: Si señores, en el norte, Popular, en el parque Guadalupe, en el campo, Santo Domingo,
Yeison: Castilla, Pedregal, Doce de octubre
Toño: En Cabañitas, Robledo.
Perla: En Lovaina.

Todos la miran
Los tres hombres: Así no mi amor.

Perla: Pero de allá no salen.
Witson: Pues por la carne
Toño: El acopio de hospital.
Yeison: El cementerio.
Perla: Si, les voy a creer.  Yo no meto las manos en el fuego por nadie.  Y menos después de lo que uno ve en esta nave.  Ríe.
Witson: Bueno, bueno.  Como decía, la progesterona abunda, adoro la nueva moda, todas con esos jeancitos apretaditos, las camisitas hasta las costillitas, bien talladitas con esas cinturitas, con ese arete en el ombligo.
Perla, Toño y Yeison: Piercing.
Witson: Ya ome.  Déjenme desahogarme, con tanta corregidora no voy a terminar diciendo nada.  Y para colmo varado.  Hasta con frío, qué tembladera tan brava.
Perla: Deberías “temblar” cuando te pasas los semáforos, o cuando bajas emberracado de las lomas.
Witson: Ya, ya, dejá tanta cantaleta Perlita. Tengo mucho por hacer, estoy perdiendo plata, y tiempo, para bajarme por la ochenta a marcarles tarjeta a mis hembras.  En el consumo visito a Claudia la de las apuestas, siempre le juego al 323 como mi Mazda, un día de estos me gano un premio pesado y me la llevo a bailar.  En la glorieta de la treinta paro a comerme un roscón en esa panadería toda iluminada, Maritza tiene como quince, la estoy cultivando a esa en un par de añitos  la mantengo. Ríe.  Si no me conquista Elena la meserita de Santa Gema, toda bonita, pelirrojita, elegantita, siempre le pito tres veces, si se asoma quiere decir que la recoja a las doce para ir a bailar, si sale otro mesero, pailas, está con el novio. Pausa.  Si eso llega a pasar, me deprimo mucho, es que de verdad me gusta mucho, entonces paro en Don Quijote me como un perrito de dos mil y me desahogo con Margot, la grandota, subo hasta Los Colores, Gina, Robledo, Melisa, mamita, Castilla, Laurita, me bajo para el Terminal, me quedo un ratico en el acopio chismoseando con Pilar la de Copetrán, arrimo a Sevilla donde Andrea, Manrique donde Viviana, subo al Campo donde Patricia pero ojo, callado que es amiga de Livianita…Estoy agotado, tengo hambre, tengo seca la lengua de tanto besito y cuchicheo, y me duele la cabeza, de pensar en cada frase, una silaba de más y me voy p’al infierno.  Voy a una tienda, Don Plinio en Ecuador, si, que me atienda un hombre, solo me voy a tomar una gaseosa y a comer siete empanadas, quince minutos, suficientes, recargué motores, ¿Para dónde?, Parque Obrero, allá me espera Isabelita, con su perro, su bolsita y sus Pausa ojos, parqueo, caminamos, todo está bien hasta que empieza con la preguntadera, es una niña muy inteligente, me confunde, pero no caigo. 
Yeison: ¿Y a vos si te queda tiempo para trabajar?
Toño: Hermano, qué energía, usted es una máquina pecadora.
Witson: ¿Pecado? Si soy a lo bien con todas.
Perla: Lo que sos es un pipiloco.
Toño: ¿Te falta alguna?
Perla: Todavía hay mucho Medellín pa’ este príncipe.
Todos ríen/ Witson cambia de humor/ Melancólico
Witson: Mucha calle, mucho cariño, un dulce no, me desafina el taxímetro
Entra un serenatero en su solo de guitarra:
Serenantero: Me amanezco por verla cruzar la calle y caminar cuadras hasta el colectivo, me le ofrezco, de rodillas, le pito, me insulta, la amo, me ignora, me duele, no.
Canta el serenatero, Witson baila con la llanta, la abraza, le dice un secreto, la rueda, sale del escenario, llora, entran los dos taxistas, lo consuelan, lo animan, sale el serenatero.  Entra música alegre de trompetas. Los personajes en actitud de animadores.
Yeison: A ver, a ver, a ver, a ver muchachos, señoritas, colegas, ¿Estamos pasándola bien?... Eso.  Bacano, acá todos disfrutando del espectáculo.
Perla: Sean todos bienvenidos a participar de la única.
Toño: La inigualable.
Witson: La incomparable.
Todos: Rifa.
Perla: Pondremos a prueba sus conocimientos universales, premiándolos con estos espectaculares pasajes.
Yeison: Primero, ¿Quién me dice, calcula o aproxima? ¿Cuánto tiempo me echo viajando de Buenos Aires a Sevilla?
Witson: Como un día
Toño: Error, mi querido compañero.
Yeison: A ver, ¿Quién sabe la respuesta? Alguien del público responde. Correcto.  Eso es tener oficio, le pido al caballero que se levante, eso, un aplauso.  El (la) señor (Sra.) ha sido merecedor (ra) de un pasaje desde La iglesia de Buenos Aires, hasta la farmacia Céspedes, donde podrá reclamar una leche de magnesia, ojo no bote el recibo.
Perla: Muy bien, y ahora vamos con una pregunta de distancias.  ¿Cuánto hay de Maracaibo a Bucaramanga?
Toño: Yo me he metido ese viaje Perlita, son como cuatrocientos kilómetros más o menos.
Yeison: No pelao, a ver quién sabe pues, esa está difícil usted dígame Responden Muy bien, usted ha sido merecedor  de este tour Maracaibo- Bucaramanga, pasando por Caracas, Perú, Bolivia, Argentina, vía el Palo y luego, en el viaje de regreso a Maracaibo podrá reclamar cinco panes mariquiteños y una Pony Malta en la panadería Grosty.
Perla: La cosa se pone buena, a ver, otra, de “Cultura General”. ¿Cuál es la comida que más abunda en la zona del  mediterráneo?
Yeison: Los Mariscos.
Perla: Nada.
Witson: Algún arroz bien raro.
Perla: Negación.
Toño: No, eso está muy difícil.
Perla: Nooo.  Vea, es un plato muy típico de la zona, especial para quitar una borrachera, alto en colesterol, por su variedad de salsas, el tamaño de su pan, el ripio de papitas, y ni hablar del queso. ¿Ya se la pillaron? Responden Muy bien, un aplauso, se ha ganado una hamburguesa en Los Verdes de la ochenta.
Toño: Otra, ¿cuánto vale un viaje de Paris a Boston?
Yeison: Ocho lucas.
Todos: Muy bien
Yeison: Me la sé de memoria, a cada rato me la meto, cojo por la regional hago el giro en Barranquilla, Popayán, More, Mon y Velarde, el Obrero, el Principal, recorro los parques, con hambre, con ganas de encontrarme a esas pecuecas.  Dos días arañando el baúl contando cada segundo, escuchando pajaritos, pitos, perros, sintiendo como el móvil se inclinaba en posición de loma, subía y subía la chatarra, se escuchaba a lo lejos las risas de esos canallas, esas valijas con cara de niños buenos que no mataban ni una mosca, me tenían acorralado, asfixiándome en el calor de un baúl, una llanta pinchada y una caja de herramientas vacía, las piernas dormidas, el cráneo sangrando del cachazo, y ese afán por no llorar, por no darle la razón a mi cuchita, por dármelas de bravo, con tres niños, armados hasta los dientes.  La salsa, detonante de valientes, elixir del guerrero motivaba mis articulaciones, aclaraba mis recuerdos, aquel hoyo en el extremo izquierdo del sofá producido por un anterior pasajero, mi mano como una culebra se deslizaba en el sofá.  Yo creo que en el fondo ya estaba muerto y quería devolverme, me aburrí del infierno.  Ese olor de la bareta me indicó que estaban repailas, hace mucho no arrancaban y justo me deja el papayazo, un fuete junto al muslo del pirobo medio dormido, muerto de la risa, lo fui entrando al baúl suavecito, rellené con cariño el hueco de la silla, y esperé, horas y horas apuntando la tapa del baúl, quietud total, concentración, optimismo, según mis cálculos era ya miércoles y en la noche había clásico Suena salsa pesada, todo estaba listo, escuchaba a esas ratas criticar el mal estado de la nave, la escasez de billete y el milagro una llanta pinchada, había que abrir el baúl, y los esperaba su papá enfierrado y ofendido, Suena un grito, entra el bailarín, se levanta la tapa, empezaba la fiesta, rodaba con amor el tambor de ese revolver.  Un cariñito en el pecho del “Sapotierno”, lo usé como escudo y le calenté una rodilla al “Guacamayo”, corrieron por todo el monte, me tenían embolatado, parecía el oriente, o la carretera a la costa, Santa Rosa, yo no sé, donde fuera hacía mucho frío y me habían acabado el Renolito, tres niños en Paris, hablando de ir a una fiesta en el Parque de Boston.  Ojo parceros, Échenle análisis a los sardinos, y más si están bien vestidos y con celulares bacanos.
Witson: Yo si sé quien le anda echando ojo a los sardinos en el Daewoo.
Todos: ¿De verdad Perlita?
Perla: Yo le echo ojo a todo, no sean tan cizañeros.
En off un vendedor gritando “solteritas”, Perla empieza a manotear y a pedirle a todos que no le digan así.
Perla: Ya Muchachos, no me la monten, si estoy así es porque se me ha dado la gana, propuestas no me faltan, Menos en la noche,  no hay nada peor que un borracho solo, luego de salir de una discoteca, desparchado, perdedor y ante todo alborotado, con el famoso “mal de vereda”, una oportunidad para hacer lo que no pudo en toda la noche con la vecina o la compañera de oficina, y claro, ahí aparece la presente, boleando aruñones y cachetadas a los cuatro vientos.
Vuelven a gritar “Solterita”, “rica solterita”, Perla se intimida, se arregla con el retrovisor, gritan “deliciosa solterita” empieza a reírse, entra un vendedor de solteritas y Perla se decepciona, lo llama, le paga una solterita, come, entran los tres taxistas le compran una solterita y salen del escenario.
Perla: Estoy segura que una pasajera me echó una maldición, Debió ser la vieja carebruja esa que le quede debiendo los doscientos de cambio, entonces ¿le regalaba la carrera?, ¿iba a ir hasta la bomba del otro barrio por cambiar un billete de mil?, es un pacto de honor con el pasajero, si la carrera vale dos ochocientos, el me da tres, si vale tres doscientos, el me da tres, y así todos vivimos tranquilos, pero no.  Un gato negro en el semáforo, canas en el plato de la sopa, días sin un solo pasajero, billetes falsos, cuatro llantas pinchadas, un eterno olor a caño en la cojinería, Madre de Dios, me tienen atolondrada, para colmo esta rasquiña en los muslos Suena música, se rasca, en los tobillos, en la espalda, muchachos, Llegan los muchachos, la rascan en la espalda.  Lo que más me asusta es todo ese pelo blanco en la comida, yo busco y busco a esa señora a ver si le puedo devolver la monedita, si, va a tocar porque ni un cura, ni un doctor, vea, he ido a todas las iglesias, a la catedral, a la iglesia de San Joaquín, a la América, a la Consolata, a la Veracruz, a la bonita de Manrique, a la de Campo Valdez, a la de San Antonio, a la de San Javier, a la iglesia de Belén, a Boston, a San José, a todas, ni mi abuelita en la Estrella, ha podido quitarme esta sal, además la soñadera con cucarachas y ranas, muy maluco.  La solución, enyerbar mi cuerpo y el cuerpo de mi carro, sí, romero, penca de sábila, hierbabuena, ruda, manzanilla, Y aceite de marrana virgen, como en las películas, en una olla, se hierve y a echárselo todo, ahora a esperar, al menos ya no huele a caño el taxi.
Yeison: Olés a Palo santo de la iglesia de San José.
Toño: Y te la pasás toda sudada.
Todos: Definitivamente, te enyerbaron por no tener menuda.
Suenan truenos y Perla se asusta, sale corriendo, los tres hombres se quedan en el espacio, Toño silencioso saca una calculadora, cuenta a los espectadores, vuelve a la calculadora.
Perla, Yeison y Witson: Oíste. ¿Y a vos que te pasa?
Toño: Setecientos
Witson: ¿Qué?
Toño: Eso es mucha, mucha plata la que se está perdiendo.  Píllesela.  Setecientos pacientes a mínima cuyo valor equivale a dos mil ochocientos da como resultado un millón novecientos sesenta mil, con que cada taxista en el día haga un mínimo de seis mínimas sumaría once millones setecientos sesenta mil pesos, descontando  dos monedas de doscientos de la limpiadita del vidrio daría doscientos ochenta mil o sea once millones cuatrocientos ochenta mil menos la porción de papaya de la 65 o de la avenida Guayabal o de la playa o de la Unidad deportiva que promedia los quinientos pesos serían 350.000 o sea once millones ciento treinta mil, menos cinco mil pesos de gasolina haciendo como promedio la tanqueadita del día darían tres millones quinientos mil restándoselos al total equivaldrían a siete millones seis cientos treinta mil pesos aproximadamente. Y el aguacate.  Quítele mil pesos al aguacate del almuerzo.   Setecientos mil menos o sea seis millones novecientos treinta mil.  ¿Y si se almuerza en la calle?  Tres mil quinientos de promedio dos millones cuatrocientos cincuenta mil menos, tendríamos cuatro millones cuatrocientos ochenta. ¿Y el tinto? A cuatrocientos pero como la mitad no debe tomar pongamos el promedio en doscientos.  Es decir, réstele ciento cuarenta mil pesos más.
Yeison: ¿Cuánto dio?
Toño: Cuatro millones trescientos cuarenta.
Perla: Eso es billete.
Toño: Dividido entre setecientos.  Pausa  Ganaríamos seis mil doscientos pesos, es decir dos mínimas y medio banderazo. Entra un hombre haciendo un acto de fuego. Eso lo mejor es seguir derecho, lavar sus vidrios, llevar coca con un bananito, un termo con agua, tanquear corriente, empujar el carrito en el acopio, aguacatito día de por medio, y así evitar los lujos.
Yeison: Lo que pasa es que sos un man muy tacaño.
Toño: Precavido, apunto en la cabeza cada centavo que va y que viene, al salir a las cinco de la mañana de mi casa tengo veinte mil pesos en monedas de doscientos para darle vueltas a cien carreras mínimas, tengo listo el dulce abrigo para limpiar el vidrio en la sesenta y cinco a las ocho de la mañana, caliento el almuerzo en el restaurante de un amigo y pido un vasito de agua de la llave, me tomo un tinto a la semana perdiendo cincuenta y siete pesos diarios, mejor dicho la cojo suave.
Witson: Mejor dicho, estás loco.
Yeison: Pero tenés razón, se hace tarde y hay que poner a trabajar la nave.
Perla: Si, tengo que ir a Cisneros a hacerle un lavado de las siete esencias.
Witson: Y yo cojo hacia la ochenta, tengo que hacer una visitita.
Toño: Y yo… no se qué hacer, ¿me invitan a almorzar?
Los Tres: No, tacaño.
Salen del escena