martes, 9 de diciembre de 2014

Los vándalos: una novela alucinante de amor y de muerte

POR: Noemí Viegas Cabeceras


Hace tiempo tuve la suerte de leer Never More, una novela negra del escritor cubano Reynaldo Cañizares, segunda finalista en el Concurso de Novela de la Semana Negra, en Gijón. Entonces comprendí que se trataba de una literatura distinta a la que hacían los demás escritores del género porque incluía elementos e imágenes oníricas y surrealistas tan creíbles, que hacían al lector vivir y morir con cada uno de los personajes de la trama. Años después tuve la oportunidad de convertirme en amiga de aquel escritor tan sugerente.
Han pasado varios meses desde que Reynaldo Cañizares tuvo la deferencia  de enviarme su novela  Los vándalos, que estaba próxima a publicarse en España. Si un sólo lector la lee esteré satisfecho, me dijo humildemente en aquella ocasión.
La editorial madrileña Atmósfera Literaria, dirigida por el narrador y editor Luife Galeano acaba de publicar Los vándalos, novela que se suma a la extensa producción literaria de Reynaldo.
Un crítico y periodista, durante la concesión del Premio de Cultura Comunitaria 2014, otorgado en su país a Reynaldo Cañizares, dijo que ésta era una de las voces más auténticas de la literatura cubana actual y señalaba que en los últimos años no existía una antología de relatos neo policiales cubanos donde no estuviese incluido un cuento suyo.
No creo que puedan separarse los argumentos de sus cuentos y sus novelas pues, en su conjunto, la literatura de Reynaldo no deja de ser un trágico testimonio artístico acerca de los desarraigados y las crisis en las relaciones que existen en los micro mundos que constituyen sus historias.
Considerado el máximo exponente del realismo mágico en la literatura negra en Cuba y fiel a sus raíces rurales, es un autor crítico que construye sus historias en un lenguaje nítido que nunca pierde el imaginario popular y que nos atrapa en el universo asfixiante del barrio cubano, una tierra de sombras y de sueños rotos; elementos todos ellos del movimiento que viene desarrollándose en los últimos años y que ya denominan la nueva novela negra cubana.
 Los vándalos no es una excepción si bien muestra una mayor madurez creativa del autor gracias a la riqueza sicológica de los personajes y la renovación de su propia literatura con la savia de un escritor surrealista.
Se trata de una novela tanto literaria como social que cala con precisión la atmósfera de la vida en Cuba en los primeros años de este siglo. El análisis estético de la novela lleva al lector a sacar vastas conclusiones históricas.
La historia transcurre en el barrio de El Condado de la ciudad de Santa Clara. El investigador es un personaje que vive obsesionado por haber denunciado, cuando estudiante, a su novia Margarita al descubrir que ésta lo engañaba con una amiga. Eran tiempos en los que ser homosexual o religioso en las universidades del país era un acto criminal que conllevaba a la expulsión inmediata.
Este complejo de culpa lo lleva a la búsqueda infructuosa de Margarita en los lugares que frecuentan  las lesbianas y los gays y, por ello, su jefe y compañeros de la unidad policial lo consideran un pervertido y lo desprecian profundamente.
Al producirse la desaparición de una muchacha, éste es designado responsable de esclarecer el caso. El investigador supone que la muchacha perdida es Margarita y se lanza en una búsqueda frenética.
Tras enterarse que dos testigos habían visto entrar a la muchacha a la misma hora en dos lugares distintos con dos personas diferentes, comienza a descubrir toda una retahíla de negocios ilícitos, vicios, traiciones y crímenes y llega a la conclusión de que todo es válido en el barrio y que la calle es la calle y el asesino, siempre es el asesino.
Piedras, callejuelas, escenarios tenebrosos, inscripciones, recogidas de libros prohibidos, muertes, nadie sabe en qué proporción tales elementos se han mezclado, pero todo ayuda a armar el rompecabezas a través de muchas vidas.
Como me dijera Reynaldo Cañizares: si un sólo lector lee Los vándalos, si uno sólo escucha los pasos de los personajes, si se confunde en la calle con ellos, si respira el olor de la sangre, si siente su dolor, entonces no habré escrito en balde.
Hay algo romántico y a la vez terrible en la consecución de los detalles de esta novela. Hay tanto de historia real como de ficción literaria. Hay tanta magia y tanto dolor que me inquieta profundamente. Estoy convencida que el autor puede sentirse satisfecho.

Buenos Aires, Argentina. 2014.


jueves, 2 de octubre de 2014

Jackie y Dios

Por: Mónica Chamorro


Creo que en este país muchos opinan que Gabriel García Márquez era un tipo antipático. Los de izquierda dicen que les caía mal porque es amigo personal de Bill Clinton y los de derecha, porque lo era de Fidel, los ambientalistas no entendían su afinidad con el Rey don Juan Carlos, gran cazador de elefantes, los del altiplano lo juzgaban por el simple hecho de ser costeño y los costeños por no vivir todo el año en esa maravilla que es Cartagena de Indias.
Hace pocos días, en un centro comercial y frente a un televisor en el que retransmitían las imágenes del homenaje fúnebre que México le rindió de nuestro Nobel en el Palacio de Bellas Artes, una señora, de pié a mi lado, lo sintetizó así:  “Ese comunista, corroncho, apátrida me caía mal”. Lo dijo así, en una frase con tres adjetivos juntos, una receta que el mismo Gabo consideraba apropiada para acentuar el ritmo de la narración. Me resultó imposible asimilar tanta iniquidad y tal vez la señora, que llevaba sobre la nariz unas gafas iguales a las que solía usar Jacqueline Kennedy,  de algún modo sintió lo mismo, porque quiso explicarse mejor:

-Es que se creía mexicano… no le gustaba Colombia.

       Mientras la televisión seguía transmitiendo las últimas imágenes conocidas de Gabriel García Márquez con vida, las de su cumpleaños número ochenta y siete, en las que aparece con su gran cabeza de demiurgo cansado, me pareció que  tal vez la señora a mi lado tenía razón y que su apatría consumada era incuestionable. Aunque también comprensible. A Gabo, como a Dios, no le gustaba vivir en medio de las criaturas que había creado, en medio del horror que nadie como él supo ordenar en palabras. Incluso le puso un nombre bonito: Realismo Mágico. Un nombre que ahora reconocen en todo el mundo, que nos identifica, a nosotros, que éramos nadie, no a la manera de Ulises que alguna vez fue alguien, sino simplemente nadie desde siempre, nadie a secas. Gabo nos hizo a punta de palabras y por ahí dicen que en un principio, allí en el caos del génesis, lo único que existía era eso, palabras.
No. No debe ser fácil para un demiurgo cansado como él vivir en medio de sus díscolas criaturas, criaturas como yo o como Jackie, por ejemplo, que mientras el noticiero arrojaba las últimas imágenes de la casa de Gabo y Mercedes en el Distrito Federal, buscaba algo denodadamente en el fondo de su bolso de mano. Lo que extrajo  finalmente fue un ejemplar de Crónica de una muerte anunciada. Estaba a punto de deshacerse y olía a Chanel No. 5. Era una vieja edición de bolsillo.

-¿Si ve? Este si me gusta, no como el otro... – imaginé que ese “otro” era Cien años de Soledad”,  de cuyo nombre no quería acordarse…

-Me parece increíble que uno quiera seguir leyendo un libro en el que todo se revela en la primera frase…

Jackie ahora sí que tenía razón. Eso era realmente increíble y era lo que hacía posible que personas como ella leyeran a un escritor como Gabo. Entonces me atreví a preguntarle si había leído algún otro libro del enemigo. Me respondió que todos. Desde Ojos de perro azul hasta el último, el de las prostitutas tristes. Putas, le corregí yo. Si, ese, asintió ella y me explicó que además en su mesa de noche tenía El amor en los tiempos del cólera que definitivamente era mucho mejor que la película.
A propósito de la película, esa que todo el mundo había esperado, le parecía malísima. Había ido a verla y del puro aburrimiento casi se sale antes del final. El vestuario, la ambientación, incluso la música de Shakira (otra apátrida) no estaban tan mal, pero lo que realmente la había decepcionado era que Javier Bardem, el mismísimo Javier que ella había admirado en otras películas, no le había llegado ni a los tobillos al Florentino Ariza de carne y hueso. ¿De carne y hueso? Le pregunté yo y ella me respondió que si, que no se parecía casi en nada al Florentino de verdad, el que lleva un corbatín negro bajo una capa de poeta y escribe cartas de amor.
Entonces tuve la tentación de decirle que más bien lo suyo hacia García Márquez era lo opuesto a lo que  pensaba porque el leer a alguien asiduamente no es más que una forma de enamoramiento, que releer a un autor es como ponerse a hablar con él a pocos centímetros de distancia, lo más parecido a una intimidad de susurros al oído. Pero no le dije nada y guardé silencio.  No sé porqué.  Tal vez porque no soy una costeña despabilada sino una montañera del interior y porque no me podía imaginar un amor más contrariado, más desgraciado incluso que el de Sierva María de todos los Ángeles y Cayetano  Delaura, que el amor entre Jackie y Gabo. Un amor así podía considerarse incluso como una indecencia, algo particularmente obsceno. Tampoco le pude decir que un odio tan apasionado como el suyo se parecía mucho al despecho, que tenía algo que ver con lo que los no creyentes sentimos hacia Dios: una rabia  impotente hacia su olímpica indiferencia.

No le pude decir esto ni ninguna otra cosa porque ella, de repente, tenía prisa. Se ajustó las gafas sobre la nariz y envainó su bolso. Miró el reloj y me dijo que a propósito, antes de irse, iba a pasar de una vez por la librería. Iba a aprovechar para comprar unos libros, en realidad no unos, sino uno: una copia de El amor en los tiempos del cólera pues el que tenía en la mesa de noche, tal como la Crónica que llevaba en el bolso, estaba a punto de deshacerse. Pero esta vez no quería una edición cualquiera, quería una de lujo, de esas con tapa dura, letras doradas en el lomo y cosida a mano.  Yo me quedé viéndola alejarse y pensé que al final de cuentas Jackie  -quién lo creyera-  podía prescindir de todo, incluso de sus gafas, del  bolso de charol o de la botellita de Chanel, pero no de un misal decente para recitar la plegaría canónica de su odio cotidiano. 

lunes, 22 de septiembre de 2014

Sobre distopías y tumbas

Breve aproximación a Mañana las ratas (1984), Ciudad sin estrellas (2011) y La destrucción de todas las cosas (1992).

 POR: Rubén Varona.

    Rodolfo Martinez dice que “la ciencia ficción es hija de su tiempo. Y, por tanto, construye sus ficciones y especulaciones a partir del presente” (A Quemarropa 05, 2014). Dicho presente al que se refiere Martinez padece de los males degenerativos de nuestra sociedad, los lleva al límite (distopías). De allí que, el caldo de cultivo de las novelas abordadas en los siguientes párrafos, provenga de sociedades indeseables a las que la humanidad está condenada a vivir de seguir por la senda que transita. Lo anterior permite entender por qué la literatura que incorpora elementos distópicos suele desarrollarse a partir de un hecho “fundacional[1]” que propicia dos circunstancias, principalmente: un poder totalitario (llámese estado o megacorporación), y una sociedad dividida en marcadas clases, donde las élites oprimen a las masas mediante el empleo de alguna forma de violencia.
    En Mañana las ratas del peruano José Adolph, se menciona un “acontecimiento” que destruyó los estados naciones (países). Las corporaciones ejercen el gobierno a través de un Directorio Supremo que, a su vez, es “gobernado” por las computadoras. Hay dos niveles de ciudadanos: las ratas, confinadas en aéreas marginadas de Lima y los funcionarios de las corporaciones, quienes como el protagonista viven en áreas exclusivas de la ciudad. En Ciudad sin estrellas de la española Montse de Paz, se menciona un desastre nuclear causante de que el mundo esté dividido en zonas, tales como la A, en la que se desarrollan las armas, la Z, donde están los laboratorios de tecnología de punta, o la B, donde se encuentra la ciudad de Ziénaga. Por su parte, en La destrucción de todas las cosas del mexicano Hugo Hiriart, el hecho fundacional es la invasión a México por “los Otros”, como se le llama a los alienígenas invasores de la tierra. Este evento apocalíptico, metáfora de la llegada de los españoles a América, desencadenó la fragmentación de la sociedad que debe circunscribirse a un espacio específico, porque sus habitantes no pueden circular libremente por todo el territorio.
    Estos regímenes totalitarios eliminan toda individualidad, pues el sistema no tiene reparos en desaparecer a todo aquel que sea diferente o en volver a reclutarlo, esta vez alienándolo por completo. De allí que los habitantes de este tipo de sociedades tiendan a convertirse en autómatas: “Ambos sabían que, simultáneamente, se estaba izando sobre el piso treinta y dos la bandera púrpura y verde de EPESA, y que cerca de dos mil quinientos otros fieles servidores, presentes en el edificio, escuchaban de pié y con la mano derecha en el corazón la melodía…” (Adolph 20)
    Para sentar las bases de esta sociedad de borregos de la que se habla, el régimen totalitario ofrece un vida de ensueño. Ziénaga, en Ciudad sin estrellas, tiene una apariencia idílica como menciona la propia autora en una entrevista para el blog Literatura Prospectiva: “sus habitantes tienen cubiertas todas sus necesidades básicas y gozan de múltiples diversiones”. Esta es la razón por la que el lector no tarda en descubrir que este mundo “utópico” sólo busca eliminar la capacidad de razonar de los ciudadanos, propiciándoles diversión y entretenimiento de todo tipo. Por supuesto, el arte, la literatura y la naturaleza no tienen cabida en estas sociedades, porque son elementos peligrosos para todo régimen, en la medida en que despiertan emociones y creatividad en sus habitantes.

    La droga y el sexo son mecanismos de los que se vale el sistema para controlar a la sociedad, en cuanto permiten que los ciudadanos se diviertan, no cuestionen y sacrifiquen su individualidad.  Aunque este elemento está presente en las obras mencionadas, es precisamente en Ciudad sin estrellas donde mejor se aprecia, ya que el gobierno promueve las cirugías plásticas, los prostíbulos y los videojuegos. Es un mundo artificial, apreciable, incluso, en la comida: si quieres adelgazar, te comes dos barras, pero si quieres músculo, te comes tres. De allí que los “misticoides”, a quienes el sistema eliminó uno por uno, cuestionaran la artificialidad de aquella vida material y llena de vicios que les fue impuesta, y buscaran acercarse a los orígenes, a la naturaleza, a su propia naturaleza.
    Como consecuencia de lo anterior, el héroe distópico, quien conoce el régimen desde adentro, porque habita en las entrañas de la distopía, no suela ganarle la batalla al sistema. Aunque Tony Tréveris, directivo de EPESA, en Mañana las ratas, descubre la traición del jefe supremo, no puede vencer al sistema y termina absorbido por él. Perseo Stone, por su parte, anhela “explorar” el universo construido en Ciudad sin estrellas, pero termina tildado de loco, desaparecido por el sistema como a la “misticoide” de su madre. La rebeldía de Esteban Lima, en La destrucción de todas las cosas, se aprecia en su condición de fugitivo. Vive con su mujer en un carro a las afueras de un pueblo mexicano y se niega a ser adoctrinado, a aceptar la imposición de “los Otros” en cosas tan fundamentales como la gastronomía, la cultura y la lengua. Su batalla está perdida y su derrota será una cuestión de tiempo.

    La efectividad en el uso de la distopía, en estas tres obras,  se puede medir a partir del comentario que hacen a una sociedad específica. En ese sentido, Mañana las ratas ofrece una mirada aguda a la sociedad de su tiempo, pues cuestiona el manido concepto del “tercer mundo” y critica la respuesta militar del gobierno peruano frente a los ataques de la guerrilla de Sendero Luminoso. La destrucción de todas las cosas es igualmente acertada en términos de comentario social, puesto que en un escenario futuro reproduce hechos cruciales para la historia de América (la conquista española). A partir de herramientas narrativas propias de la novela postmoderna (parodia, pastiche, montaje literario, etc.), ofrece una lectura bastante original, que permite entender por qué los mexicanos son como son y su país se encuentra como está. Por el contrario, Ciudad sin estrellas no resulta tan efectiva en el manejo de los elementos distópicos, ya que a pesar de ser empleados a fondo, no se articulan en función de comentar una realidad específica. De allí que esta última, ganadora del Premio Minotauro 2011, pudo ser una gran novela, pero se quedó a medio camino.

Trabajo citado
Adolph, José B. Mañana, las ratas. Lima: Mosca Azul, 1984.
De Paz, Montse. Ciudad sin estrellas. Barcelona: Planeta, 2011.
Hiriart, Hugo. La destrucción de todas las cosas. México DF: Era, 1992.
Martínez, Rodolfo. "Distopías: la cara "B" del futuro." A Quemarropa 05 Julio 2014: 4. Web. 19 Jul. 2014.
Literatura Prospectiva. Miradas al futuro desde la literatura. “Entrevista a Montse de Paz” 15 Marzo 2011. Web. 19 Jul. 2014.




[1] Puede ser un apocalipsis, una guerra nuclear, o cualquier trastorno al orden social, político o natural.

viernes, 3 de enero de 2014

OTRA NAVIDAD


(Cuento navideño)
POR: Álvaro Ernesto Sierra Eljach.
Dos de la mañana; llego oliendo a alcohol y a cigarrillo. Solo, otra vez. La  cama toda para mí, me convino no hacer ningún “levante” este sábado. La tele hasta quedarme dormido. Ocho de la mañana, suena el teléfono, nadie lo contesta, claro soy el único idiota desconfiando que no desconecta ese aparato “por si sucede alguna emergencia”. ¿Quién va a llamar a pedirle ayuda a un tipo sin carro, sin un peso, y con sus amigos a kilómetros de su casa? Nunca pude quitarme el hábito familiar de no desconectar el teléfono. Pero, bueno, no quería contestar, aunque al otro lado de la línea, no se cansaban de intentar localizarme o despertarme: hola hijo ¿no te da emoción? Esta navidad va a ser inolvidable –Mi padre es apasionado con reunir a sus hijos en la casa, utilizando cualquier pretexto: navidad, el día del amor y la amistad, el día de la madre, el primero de mayo, el veinte de julio, en fin, un hombre de familia; yo no; soy un ser cada día más oscuro; aferrado al televisor y a tener relaciones de una sola noche; creo que fue una reacción sicológica al crecer rodeado de tanto afecto. A los dieciséis trabajé como mensajero en una carnicería en el barrio donde crecí; mis padres decían que no tenía necesidad de trabajar, que me dedicara a estudiar, pero yo solo tenía un objetivo en mi adolescencia, ahorrar, no gastarme un peso para así, en unos dos años irme a vivir a Medellín, lejos de mi familia, intentar extrañarlos, darme esa oportunidad de ser un sujeto “familiar” como ellos, desde mi distancia, llegarles con regalos y la cara colorada de la dicha, saludar a mi padre y repetir montones de veces la comida de mi madre y de mi abuela, esas eran mis intenciones al alejarme, encontrar el amor familiar desde la distancia. Al cumplir diecinueve, tenía suficiente dinero ahorrado y dejé mi hogar; una maleta, una almohada y muchas expectativas e ilusiones me acompañaban. Han pasado once navidades y no he extrañado mi hogar; estudié, trabajé, salí con muchas mujeres, podría decir que he hecho un par de amigos, pero no siento ese deseo intenso de abrazar a mis familiares, muchos años viví atormentado por esa frialdad, pero con el paso del tiempo entendí que esa era mi forma de querer, sin embargo, asistía militarmente a todas las predecibles navidades en la casa de mi padre, las tengo grabadas en mi cabeza, treinta navidades exactas, solo que cada vez nos vemos más viejos, y la familia ha crecido un poco; la celebración navideña en los últimos once años ha sido la misma: primero, la llamada de mi padre el diez, el trece me llegaba un sobre, con un tiquete en avión Medellín-Bogotá, en Satena, para no tener que subir a Rionegro, luego, el catorce llego a Bogotá y toda la familia va a recogerme al aeropuerto, llegamos a la casa y me recibe un ajiaco lleno de crema de leche y alcaparras, la especialidad de mi madre, nos instalamos en la sala, tomamos un café y empezamos a desatrasarnos; mi padre a las cinco de la tarde, saca de la despensa una botella de ron y manda a mi cuñado a la tienda a comprar Coca-cola, sentados en la sala tomamos ron, la niña juega Nintendo, mi padre empieza a ponerse un poco melancólico, por cómo hemos crecido, mamá trae un postre de brevas con arequipe y queso, cae la noche y viene la pregunta del último trago de ron: -¿y usted es que no piensa organizarse?- es la pregunta navideña, debería conseguirse una novia y ajuiciarse, es que me lo imagino por allá lleno de putitas bien loquitas –siempre le he querido responder- ¿Para qué? ¿Para embarazarla? Pero prefiero evitarlo y simplemente guardo silencio. El siguiente día se va haciendo el mercado más grande del año, salimos a las ocho de la mañana y a las seis estamos en la casa, luego, el dieciseis empieza la novena; llega el veinticuatro y la repartición de regalos, la música, la comida, otra semana alquilando películas, el paseo  por todos los pueblitos cercanos, el año nuevo, la lloradera de mi padre ebrio totalmente, el guayabo del primero, el partido de fútbol el dos de enero con los vecinos, las salidas en familia, y su afán de organizarme, y el diez de enero me llevan todos al aeropuerto nostálgicos y melancólicos.
No. Esta vez por algún motivo encontré valor y le dije a mi padre que en esta navidad no iba a Bogotá, que tenía otros planes. Ah. Se hizo un silencio eterno en el teléfono, ya estaba más despierto y sentí un poco de pena, pero a su vez sentía una enorme emoción por mi primer diciembre solo, mi padre dijo que le daba pesar, pero que si necesitaba algo le avisara, y me hizo entender que si en cualquier momento deseaba visitarlos, me esperaban con los brazos abiertos; desperté, comí un roscón de guayaba con un vaso de leche, me bañé y pensé, cuál sería el mejor lugar para empezar mi aventura navideña, -¿me quedo? ¿ mejor salgo de la ciudad?- siempre quise una navidad oscura, conocer la otra mirada, las frías noches de los travestis y las prostitutas, las oscuras y silenciosas esquinas del centro en las fechas más familiares, caminar solo sin decirle a nadie feliz navidad, también quería coger un bus y bajarme en cualquier parte, sin depender de nadie, sin la familia  y sus críticas, sin tener que esperar que mi padre acabara la última gota de ron para poder dormirnos.  Lo había decidido, esta navidad iba a renunciar a mi cómoda identidad, empaqué tres camisas, un jean y tres calzoncillos y salí de mi casa, seguidamente pasé por el puente de la calle Colombia y boté las llaves al río; ahora sí, no tenía a dónde ir me acompañaban sesenta mil pesos, mi cédula y un pequeño morral. Parecía un idiota de lo libre que me sentía. Comencé a caminar hacia el centro, todo normal hasta que cayó la noche y empezó a hacer frío, era un lunes y no había mucho movimiento, así que decidí internarme en los bajos del metro, había una familia protegiéndose del frío con periódicos, muy arrinconados en una de las columnas del viaducto. Cinco niños, una señora demacrada y un hombre muy paciente; la imagen era conmovedora, subí dos cuadras hacia una panadería que estaba a punto de cerrar, y compré churros, pasteles, roscones, cuajadas y gaseosa. Me acerqué a aquella familia y les pedí el favor de recibir la comida, y dejarme acompañarlos.
-Joven, ¿tiene frío?
-Sí señor, está pegando como duro ¿no?
-¿Vicio?
-¿Perdón?
-Hombre, ¿qué le pasó a usted? Tiene cara de ser de buena familia.
Comencé a reír, me dio miedo decirle la verdad, sabía que me podía retirar la confianza y lo evadí diciéndole que venía de otra parte y que no tenía dónde amanecer.
-Usted sí que es bruto; con lo que se gastó en pan para nosotros hubiera podido pagar un buen cuarto en el centro.
-Pero ustedes… respondí y no hablé más. Me regaló periódicos y me envolví hasta quedar dormido, era extraña la cara de felicidad que tenía contrastando con el desespero y tristeza de aquella familia, a la cual no quise preguntar el por qué de su tragedia, no quería encariñarme con nadie. Esa era mi naturaleza. Muy temprano me levantó el primer tren; doblé los periódicos. Seguí mi camino buscando la navidad.
(2004)